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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-07-2006

Peces-Barba y no me toques la Constitucin

Carlos X. Blanco
Rebelin


El estado es un aparato de dominacin

Para muchos, especialmente si se trata de juristas, el Estado se consagra y condensa en un papel. En este estado espaol el papel de marras es la constitucin de 1978. Algunos la adoran como si fuera un relicario. Otros, quiz D. Gregorio Peces-Barba entre ellos, la quieren como a una hija. Estos patriotas constitucionales ven con malos ojos cualquier deseo de tocar el mentado papel, pues intuyen que algo sostenido cual castillo de naipes podra caerse. Estamos, en definitiva, ante un fenmeno muy espaol, algo as como un libreto de zarzuela, algo as como el penoso espectculo taurino. Demostraciones de fuerza que revelan en el fondo debilidad. Llamamientos al orden y al miedo, para que nada cambie y cada uno se mantenga en su sitio. Mientras tanto, la monstruosa configuracin heterognea de los territorios del estado sigue sin resolverse en esta bendita constitucin, pues en ella sigue existiendo esa Espaa inventada que niega realidad poltica a las naciones fagocitadas por ella en diversas fases de la historia.

El estado es un aparato de dominacin. No vamos a discutir si se trata de un imperativo de la naturaleza humana. Hay quien dice, en efecto, que sin un estado los hombres dejaramos de ser ciudadanos, y acabaramos devorndonos mutuamente. La discusin filosfica en torno a si el estado es necesario, o si es universal, queda zanjada ante la evidencia etnolgica de que no todas las sociedades humanas han exigido darse a s mismas este tipo de aparato coercitivo. S es cierto que el estado aparece en cuanto que la jerarquizacin de los seres humanos en el seno de una sociedad es acusada y genera tensiones irresolubles. Esto suele darse en sociedades urbanizadas o en proceso de urbanizacin, donde emerge adems algn tipo de jefatura poltica que encarna (literalmente) el estado. El experimento social de revertir las condiciones, esto es, volver ms igualitaria la sociedad con el fin de ver que desaparezca el estado, constituye ms que un ensayo teortico. Es la revolucin. Si la aniquilacin del estado tras de este experimento social es inmediata o, por el contrario, exige una transicin socialista de aos, o quiz siglos, es cuestin crucial que ha fracturado la unin anti-capitalista casi desde sus comienzos.

El estado monopoliza la violencia, y desde luego siempre la emplear contundentemente en su propia defensa. Los ejemplos de estados tolerantes, o cuando menos blandos en cuanto el trato dispensado a sus adversarios reales, son ms bien escasos en el mundo. El grado de tolerancia o blandura de los estados est en proporcin directa con el grado de seguridad en s mismos, de firmeza de sus bases y de confianza en su continuidad futura, por encima de cualquier golpe recibido. La democracia formal de nuestro entorno (hemisferio norte, blanco, occidental, europeo, etc.) cuenta con un amplio grado de consenso de capas sociales extensas que se benefician de este tipo de estado y que, al menos desde la inaccin o el consenso tcito, apoyarn la violencia discreta de sus estados. Adems, a la violencia discreta, arropada bajo el manto de la legitimidad, se une la violencia en sentido lato (no estrictamente violencia fsica, sino tambin psicolgica) que emana de los medios de comunicacin masiva, de los aparatos de propaganda y adoctrinamiento institucional, el recurso al miedo, la criminalizacin de colectivos segn crculos de radio creciente, etc. Estos mecanismos de ataque y defensa por parte de los estados, esta violencia con pretensiones monopolizadoras y legtimas, no puede por menos de generar contra-violencia. En ocasiones la chispa de la contra-violencia se extingue del todo por una represin eficaz. Otras veces, la chispa se exacerba por medidas represivas desproporcionadas y descaradas, y se entra en una dinmica circular cerrada y de aumento sostenido del sufrimiento. Es muy raro que los estados, incluso las democracias formales ms afianzadas y con el sistema de capitalismo tardo, alcancen un consenso total y un enmudecer absoluto de las conciencias. Por otra parte, debido al hecho de que las fronteras de los estados ya no sean totalmente impermeables a los problemas tradicionalmente tenidos por extranjeros, y por tanto debido a que tales conflictos se globalicen, se da entonces la coartada perfecta para que los estados refuercen y ultimen sus mecanismos de ataque-defensa, su cometido exacto en calidad de detentores del poder y ejecutores nicos de la violencia legtima.

Un estado democrtico es aquel que permite la discusin permanente y sin coacciones de todos y cada uno de los fundamentos en que este estado se sostiene. Se trata de un ideal del que dudamos mucho acerca de su cumplimiento efectivo en rincn alguno del mundo. Desde luego, el estado espaol est lastrado gravemente por sus antecedentes histricos. Estos son el franquismo y una transicin vigilada por los militares (y en ltima instancia por los EE UU y el capital internacional). La redaccin de una constitucin bajo amenaza continua de golpe de estado, de involucin fascista y del constante terrorismo de uniforme y sotana, no fue precisamente una situacin ideal para el dilogo no coactivo de los sectores sociales condenados a entenderse. El patriotismo constitucional, que tanto gusta de invocarse en nuestros das, quiere hacer tabla rasa sobre aquellas condiciones de violencia de estado, de verdadero terrorismo de estado agonizante desde el cual haba de parirse un estado de nueva naturaleza, refundado por obra y gracia de un texto constitucional. Hacer de ese texto unas Tablas de Moiss inamovibles no tiene nada de democrtico, y negar la discusin de su reforma, e incluso negar la posibilidad de una nueva redaccin radical de su articulado significa, verdaderamente, seguir con la mcula del Pecado Original.

Constitucin de 1978: no tienes nada de gloriosa. Naciste hija del miedo, del fascismo que no se resignaba a morir, de un pacto coyuntural del que no vamos a discutir ahora su utilidad en el momento (eso ya es labor de los historiadores), pero s su vigencia. No podemos aceptar, y si lo hacemos nos autoconsideramos sbditos, pero no ciudadanos, el recurso al miedo. Ese es el recurso invocado por el Padre Peces-Barba. Este reverendo constitucionalista no quiere que sus hijos mancillen el legado que l les ha confiado. Escribe:

Debe cuidarse que la reforma constitucional no sea un campo de desconfianza y de desencuentros que abra de nuevo la puerta de los demonios familiares. Sera un error de fatales consecuencias. La Historia juzgar muy duramente a quienes propicien estas situaciones (G. Peces-Barba: La Reforma de la Constitucin, Claves de Razn Prctica, N 148, Diciembre de 2004, p. 30).

Aunque de forma un tanto crptica, este seor alude al peligro de guerra civil. Si en el estado nos volvemos a fracturar en posiciones irreconciliables, acabaremos tomando las armas. Los demonios familiares ya sabemos lo que son: guerras civiles, rosario de alzamientos y matanzas que resumen perfectamente la historia contempornea del estado espaol. Recuerda mucho esta invocacin al miedo, a aquella otra que en estas mismas pginas sealbamos en Eugenio Tras (vid. Carlos X. Blanco: Trias, Patriota Constitucional)

Ante actitudes independentistas que se manifiestan como pacficas, o no violentas, siempre me pregunto lo mismo: Saben exactamente lo que quieren? Conocen las consecuencias de su orientacin y tendencia? Han reflexionado de verdad sobre lo que arriesgan? Se inspiran en un examen serio sobre las posibilidades reales que su proyecto independentista posee? Pueden vislumbrar, aunque sea de forma tentativa y aproximada, los modos, las rutas o los meandros posibles a travs de los cuales su idea poltica puede llegar a implantarse? Tienen en cuenta la situacin geopoltica en que Catalua y Euskadi se hallan? Son las suyas actitudes verdaderamente responsables? (E. Tras: Defensa de las nacionalidades histricas :http://www.nodo50.org/reformaenserio/articulos/enero2005/trias.htm).

El conservadurismo constitucional tiene un lema: este tinglado, mejor es no tocarlo. Conservador, pues, es aquel que quiere conservar lo bueno. Contra esa actitud, nada habra que reprochar en democracia. Pero de veras es tan buena la Constitucin de 1978? No se pueden hacer enmiendas, reformas e incluso renegociar aspectos sustanciales de la misma sin el recurso al miedo y a la guerra civil? Decir esto es lo bueno cuando se tiene de su lado a todo el poder del estado, no ya solo el aparato jurdico, los medios de adoctrinamiento y persuasin, etc. , sino la coaccin uniformada, no tiene mucho que ver con el dilogo en condiciones de ausencia de coaccin de estilo habermasiano, que parece invocarse en el concepto de Patriotismo Constitucional. Muchas naciones del estado tienen bloqueada la posibilidad de renegociar pacficamente su status dentro del estado por este recurso al miedo. La criminalizacin de todo nacionalista e independentista pacficos, las falsas e interesadas analogas con el conflicto vasco, las invocaciones a los demonios familiares de la guerra civil, el desprecio a las diferencias nacionales dentro del estado, con trminos tales como reinos de taifas, etc., son moneda vulgar y corriente para esa parte de la sociedad que aora viejas estructuras centrales (otrora, Imperiales) que en realidad nunca funcionaron, y menos ahora lo harn revestidas de un rosceo manto de democracia formal y constitucional. La Historia, a la que invoca Peces-Barba como magistrada inapelable en el sumarsimo del porvenir, es maestra, no juez. Y nos ensea una cosa. Que las naciones y regiones del estado espaol han sufrido mucho con el centralismo impuesto. Que el estado espaol es un invento de Castilla, con el nimo de ser Imperio aglutinador de territorios. Y que muerto el Imperio, muere la rabia de su corona, y de todo consejero ulico que la sostiene y la reverencia. Que sepan los seores de la Corte, grandes consejeros, que hace ya mucho tiempo que se ha muerto Franco, que todo es negociable en democracia. Que sepan que el problema territorial est ah candente, y que no se puede circunscribir interesadamente a Euskadi y Catalua: que es problema del mismo estado, es su pecado original. Y que sepan tambin que su recurso al miedo es violencia institucional.



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