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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 12-07-2006

La religin del odio

Carlo Frabetti
Rebelin


Puede que el cristianismo, entendido en un sentido muy amplio (en ese amplio sentido que le permite a un Fidel Castro decir Yo soy cristiano en lo social), sea una religin del amor (una, en todo caso, no la: las hay anteriores y mejores). Pero el catolicismo ortodoxo es, obviamente, una religin del odio.

Obviamente, s, aunque algunos, mediante una acrobacia mental que raya en el delirio, se nieguen a verlo. Y aunque muchos catlicos de buena voluntad sean herejes sin saberlo. Pues para un catlico ortodoxo es dogma de fe que existe un infierno donde los ngeles cados y los hombres muertos en pecado mortal penarn eternamente. Y slo desde el odio ms feroz y obtuso se puede aceptar la posibilidad de un castigo eterno y pretender, adems, hacerla compatible con la idea de un Dios justo y misericordioso. Dicho sin ambages: para creer en el infierno hay que ser un descerebrado o una mala persona, y preferentemente ambas cosas a la vez.

Al igual que la seudoizquierda tergiversa el marxismo y lo pone, en versin degradada, al servicio del sistema, la Iglesia Catlica Apostlica Romana (ICAR) tergiversa el cristianismo, le reincorpora la brutal ideologa patriarcal judaica (con la que Cristo rompi) y lo convierte en un instrumento de dominacin. Y por eso la ICAR necesita el infierno. Un castigo finito y situado en otro plano de realidad sera poco eficaz como espantajo disuasorio, es decir, como medida de control; cualquier castigo pasajero, frente a una posterior eternidad de bienaventuranza, se volvera insignificante, infinitesimal. Y un infinitesimal, para que adquiera consistencia, hay que multiplicarlo por infinito. Por lo tanto, el purgatorio no basta: algo tan etreo y lejano como un castigo en el ms all no puede impresionar mucho a los pecadores si no es eterno. Es necesario un infierno definitivo con la terrible leyenda dantesca en la entrada: Dejad toda esperanza los que entris. Solo hay un problema: un Dios justo y misericordioso no puede infligir un castigo infinito a un ser de responsabilidad finita, como es obvio para cualquiera que tenga dos dedos de frente; pero puesto que la religin judeocatlica no est pensada para personas con dos dedos de frente, el problema desaparece.

Y ni siquiera es necesario (aunque s suficiente) hablar del infierno: la sangrienta historia de la ICAR es la ms clara evidencia de que, lejos de ser una religin del amor, el judeocatolicismo es una religin del odio, la religin del odio por excelencia. Y no hace falta remontarse a las Cruzadas o a la evangelizacin de Amrica o a la Inquisicin: la historia reciente es igualmente inequvoca. Y por historia reciente podemos entender, sin ir ms lejos, la de la semana pasada en Valencia. Al igual que Jos Antonio, y por las mismas razones, el Papa ha proclamado una vez ms que la familia (patriarcal nuclear) es la clula de la sociedad (y lo ha hecho, dicho sea de paso, con una ostentacin y un boato que es un insulto a los desposedos del mundo y al propio concepto de pobreza cristiana). Al igual que todos los totalitarismos, la ICAR manifiesta su horror y su aversin -su odio disfrazado de compasin- a lo diferente, a todo aquello que dificulta la homologacin social y la dominacin. No slo defiende a muerte la nefasta institucin familiar (que por suerte empieza a dar signos de debilidad), sino que adems pretende tener la marca registrada, el derecho en exclusiva sobre su denominacin de origen. Los inquisidores ya no pueden quemar vivos a los y las homosexuales, como han hecho durante siglos, pero siguen negndoles los derechos ms bsicos, el derecho mismo a la existencia; ya no pueden condenarlos a la hoguera en el ms ac, pero siguen condenndolos al fuego eterno en el ms all.

Nunca, ni siquiera de nio, me ha asustado el infierno. Lo que s que me asusta, y mucho, es vivir rodeado de personas que creen en l.



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