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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-08-2006

Fidel y el dolor

Miguel Bonasso
Pgina 12


Antenoche recib un llamado de La Habana que me dej sin aliento. Un compaero argentino me avisaba: Parece que Fidel est mal, y de inmediato la conversacin se cort, generando un insoportable suspenso. A los pocos minutos la CNN informaba que Fidel Castro haba sido operado y que por primera vez en 47 aos transfera transitoriamente sus responsabilidades de Estado a su hermano Ral.
De inmediato comenc a llamar a todos los amigos de La Habana sin resultado. Las lneas estaban saturadas. Recin a las doce de la noche logr establecer contacto telefnico con uno de los colaboradores ms cercanos del Comandante.
Las cosas son as me dijo como se ha informado. T conoces nuestra tica y la del Jefe: jams le mentiramos ni le ocultaramos nada al pueblo.
Es cierto. Record a Fidel, sentado en una silla, aguantando el dolor de su terrible cada al finalizar un acto, cuando anticip el diagnstico de los traumatlogos y le explic al pueblo cubano (y al mundo) que se haba fracturado la rodilla y el hombro derecho.
Antenoche, en el comunicado que ley su secretario Carlitos Valenciaga, resplandeca la misma seriedad, la misma responsabilidad poltica, la misma precisin al hablar de radiografas, endoscopas y hasta filmaciones del inquietante sangrado que lo llevaba al quirfano. Era el estilo inconfundible del hidalgo que ha cedido transitoriamente la jefatura del Estado cubano.
El colaborador de Fidel agreg que la operacin haba sido exitosa y que comenzaba un proceso de recuperacin. Sus palabras y el tono de su voz me tranquilizaron. El episodio era serio, grave, pero el amigo confiaba, como yo, en la fortaleza del paciente, en ese dominio extraordinario que ejerce sobre la realidad su cerebro privilegiado.
Pens: Fidel se va a morir cuando l lo decida y todava no lo ha decidido.
Record una conversacin que habamos tenido en el Palacio de Convenciones, hace siete u ocho meses. Pareca abstrado, lejano, pero sbitamente me mir como si regresara del futuro y confes:
Lo que necesito es tiempo.
Tiempo para completar lo que l llama la revolucin energtica y le va a significar a la isla un ahorro anual de dos mil millones de dlares; tiempo para que Cuba sea econmicamente invulnerable, como ya lo es militarmente; tiempo para reconstruir el movimiento de Pases No Alineados; tiempo para operar de cataratas y pterigium a seis millones de latinoamericanos en los prximos seis aos; tiempo para que los educadores cubanos del programa Yo s puedo ayuden a desterrar el analfabetismo de toda Amrica latina; tiempo para que prospere la integracin latinoamericana y el ALBA.
Tiempo, en suma, para consumar una gigantesca empresa humanstica que parece descomunal, imposible, para una pequea isla sitiada de once millones de habitantes y ciento diez mil kilmetros cuadrados, que sobrevive a fuerza de dignidad, a noventa millas nuticas del monstruo. Que nadie espere encontrar aqu una nota objetiva: tengo el extraordinario privilegio de contarme entre los amigos personales del Comandante Fidel Castro. Es un honor que me concedi hace poco ms de tres aos. Antes lo miraba como todos los de mi generacin desde una respetuosa distancia. Lo vea instalado en la cima de la historia mundial, pero ignoraba sus rasgos de humor, sus provocaciones y travesuras, su fidelidad de fidel hacia los amigos, su desbordada curiosidad por todo lo humano, su imaginacin de navegante y sus hbitos inveterados de conspirador. Su real ternura por los desvalidos.
Una madrugada charlbamos en la sala de reuniones del Palacio de la Revolucin y empez a pronosticar lo que ocurrira a causa del gran terremoto que acababa de producirse en Pakistn. Pronto vendrn los grandes fros me dijo y los habitantes de los pueblos destruidos comenzarn a vagar sin destino en la ladera de las montaas. Habr fracturas expuestas, gangrenas, y dolor, un indecible dolor humano. Tenemos que hacer algo.
Pocos das despus, mdicos y paramdicos cubanos comenzaban a viajar a Pakistn hasta completar una generosa brigada de 2500. Que en cuatro meses atenderan a 700 mil pacientes. Que permaneceran con temperaturas bajo cero cuando los Mdicos Sin Fronteras y los mdicos de todas las ONG de este extrao mundo hubieran liado ya sus petates.
En febrero, diez das antes de que mi compaera Ana de Skalon muriera de cncer en La Habana, l la visit, como lo haca con frecuencia.
Se iba ya, cuando se dio vuelta en la sala y le dijo inesperadamente:
Yo s que t luchas, Anita, y me parece muy bien que lo hagas, porque t y yo pertenecemos a la misma clase de seres humanos.
Ana, desde su agona, le devolvi una sonrisa.
El da de sus funerales, cuando la condecor post mortem como amiga de Cuba, me llev a comer con l. No habl de Ana durante el almuerzo, pero mientras me acompaaba a los ascensores, me dijo con una voz inaudible.
Imagnate lo que sufres t, lo que sufri Anita y multiplcalo a nivel universal por los millones que sufren.
Entend, entonces, lo que le haba dicho alguna vez a su amigo Hugo Chvez, que l no crea en la trascendencia del alma, pero aceptaba que el presidente venezolano lo incluyera entre los cristianos.
Hace pocos das estuve con l aqu, en Crdoba, en la Cumbre del Mercosur. Lo acompa en el acto, en la visita a la casa familiar del Che en Alta Gracia y en un almuerzo tardo el mismo da de su partida.
Hablamos de todo un poco, junto con otros amigos cubanos y argentinos. Hasta de vinos. De tintos que l sabore con nosotros.
No soy clnico, pero lo vi bien. Animado, optimista. Contento porque a slo 24 horas de finalizada la Cumbre ya le haba comprado a nuestro pas cereales y alimentos por 100 millones de dlares. En el palier del hotel salud a todos los miembros de la embajada cubana y a los policas federales y de Crdoba que lo haban custodiado y queran retratarse con l.
Luego se fue, envuelto como siempre en multitudes. As lo quiero ver, muy pronto, arropado en el cario y la admiracin que se merece.


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