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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 26-08-2006

Cronopiando
Diario ntimo de Jack el Destripador/8

Koldo y Jos Mercader
Rebelin


Pocos ratos me son tan gratos como los que habitualmente paso los domingos en playa Caribe. Son apenas tres horas en las que recompongo la deteriorada imagen que provoca en mi persona el trajn de la semana degollando cretinos.

Y es que no es fcil, da tras da, despanzurrar mondongos por esas calles sin que la sociedad te recompense o te agradezca tus desvelos por sacar de circulacin a tanto animal.

Por ello, los domingos, mi amigo Jos Mercader y yo nos instalamos en Playa Caribe, con el tablero de ajedrez en medio y un par de tragos al alcance de las manos para pasarnos la tarde derrocando y restaurando monarquas.

Y en ello estbamos este domingo, disfrutando la brisa de la tarde y arrullados por las apacibles olas, mientras desplegbamos, absortos en el juego, alfiles y peones cuando, sbitamente, se inici el bombardeo.

Miles de decibelios cargados de brutonio comenzaron a caer sobre la playa, reventando tmpanos y neuronas. Jos y yo, protegidos bajo el tablero, nos miramos sorprendidos, sin acabar de entender lo que estaba pasando...hasta que los vimos.

A menos de veinte metros de nosotros, tres jvenes haban aparcado su vehculo y, tras dejar al descubierto cuatro impresionantes amplificadores, haban iniciado, a todo volumen, la emisin de una insoportable descarga de estruendos caribeos.

Aunque tambalendose como consecuencia de los impactos, Jos se dirigi hacia donde se encontraba la lanzadera de decibelios y, con toda correccin, como en l es habitual, plante a los jvenes la posibilidad de reducir la intensidad de las emisiones de bazofia.

Esta playa es pblica y yo conozco mis derechos, que para algo soy abogado respondi el ms idiota de los tres.

Cualquier otro da, porque conozco a Jos y me conozco yo, ninguno de los dos le hubiera permitido al abogado alegar nada ms, pero no en domingo, no en ese santificado da en que uno se cree a salvo, en la solitaria playa, de tanto imbcil circulante. Yo los domingos canalizo a travs del ajedrez mi adiccin al destripamiento y apenas s practico alguna ejecucin que otra, slo como rutina. Por ello contuve mi ira y, lentamente, me aproxim al grupo mientras me cubra los odos. En ese momento, precisamente, Jos trataba de sobreponerse al estruendo e insista ante el tipejo que le aportara alguna otra razn que no fuera su oficio para justificar el escndalo.

-Ya no jodas viejo cmprate un bosque y pirdete!

Hasta ah lleg el domingo y la partida de ajedrez y la paciencia de Jos y la ma. Slo por delicadeza mi amigo pintor me cedi el uso de la palabra y yo, sin perder tiempo, le deposit al abogado una querella con las dos manos en la cabeza, justo a la altura de la nuez, para que el propio Jos completara el sumario interpelando de nuevo al prevenido con tres patadas en los huevos ante las que no hubo apelacin alguna. Yo conclu las formalidades de rigor firmando y sellando la sentencia a golpes de amplificador hasta que su boca, perdidas sus alegadas piezas, se cerr para siempre. A otro de los cmplices, en colectiva partida, Jos y yo le propinamos varios jaque mate consecutivos con el tablero en la cabeza, ya que no le encontramos el cerebro, hasta reducirla al tamao de una boiga, y al tercer desalmado, que tuvo a bien arrepentirse cuando ya me dispona a incrustarle los alfiles en las orejas y las torres en las narices, decidimos dejarlo ir. Tampoco era cosa de ensaarse y al menos a l no quisimos privarle de la oportunidad de leer esta crnica en Rebelin.



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