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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-09-2006

Cronopiando
Diario ntimo de Jack el Destripador/11

Koldo y Mercader
Rebelin


De regreso de mis vacaciones y mientras trataba de aclimatarme de nuevo a Santo Domingo, he vuelto a dejarme llevar de las emociones y a apelar otra vez al destripador que llevo dentro. No lo pude evitar. Tena tres das conteniendo mi ira, apaciguando mis instintos para fortuna de un niato que casi me atropella por andar haciendo exhibiciones idiotas con la yipeta del ms idiota de su padre, y para suerte de un carterista que me confundi con un banquero. A los dos pens aplicarles uno de mis habituales correctivos pero, a tiempo, control mis impulsos y los dej marchar.

Si hubiera obrado entonces como se me supone, tal vez hoy hubiera optado por absolver al taxista, quizs me hubiera limitado a considerar sus agravios como despistes de un mal da y nada ms hubiera ocurrido que un intercambio de insultos. El problema es que vena arrastrando desde ayer un insatisfecho deseo de poner las cosas en su sitio y, sin saberlo, el imbcil del taxista me tir de la lengua y yo, para no ser menos, casi tiro del cuchillo.

Y lo cuento porque siempre he sostenido la idea de que aquellos seres humanos que, como yo, han tenido la fortuna de disfrutar experiencias enriquecedoras, tienen la obligacin de divulgarlas y compartirlas para mejor edificar la opinin pblica.

Que conste que la primera impresin que me produjo el taxista fue muy grata.

Como siempre acostumbro antes de subir al vehculo, le ped la tarifa y le di la direccin. "No hay problema" -me respondi- son 150 pesitos de nada".

Confieso que hasta ah lleg la buena impresin que me causara pero no es verdad que yo fuera a degollarlo por esa bagatela. Adems, tuvo el detalle de buen gusto de no volver a agregar nada en las siguientes cinco calles y yo me relaj en el asiento de atrs olvidando el incidente y los 150 pesitos de nada.

Una esquina ms lejos, sin embargo, en algo repar el chofer que me volvi a preguntar la direccin. Una vez la repet puso en marcha la vieja tctica de "Ay ombe era ah! Yo pensaba que haba dicho! Bueno a donde vamos por lo menos son 180 pesitos de nada!.

Yo slo cruc las piernas y record aquel pasaje bblico que dice: Perdnalos Seor porque no saben lo que cobran, dando mi conformidad antes de que el taxista siguiera argumentando nuevos pretextos. Al fin y al cabo, destripador o no, sigo siendo un caballero de muy buenas costumbres y mejores palabras. Slo cuando advert en su rostro la frustrada codicia por no haber pedido ms, es que le hice saber que ni era turista ni pasaba por pendejo, al menos ms all de lo que aconseja la prudencia y, amablemente, di por terminada la negociacin reiterndole el nombre de la calle y el precio acordado.

El no quiso agregar nada, al menos, no inmediatamente. Espero a urdir otra nueva estratagema que le sirviera al aumento de la tarifa y cuando la tuvo, la solt.

Yo deba pagar, adems de los 180 pesos, 10 adicionales por la comodidad del vehculo que consista, segn me aclar, en un aire acondicionado que, por cierto, yo no haba pedido.

-S, es verdad que usted no lo ha pedido, pero tampoco me ha dicho que lo apague, y bien que lo ha disfrutado!

Regres mis piernas a la posicin anterior y volv a evocar la Biblia. Exactamente, aquella cita que dice: Pedid y se os dar. Y sin ser religioso, que no lo soy, slo por vivir una vez la experiencia de poner la otra mejilla, acept el suplemento y el taxista se volvi a callar lamentando no haber sido ms osado.

Supongo que fue por ello que dos esquinas ms lejos, a punto de llegar a mi destino, cuando le entrego 2 billetes de cien pesos para que se cobre, me confiesa sonriente que no tiene cambios y, aunque no lo diga, que tampoco est dispuesto a procurarlos.

No s si volv a cruzar las piernas pero record aquel versculo del Eclesiasts que dice que hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra y, al tiempo que le arrebataba de la mano los 200 pesos, le ped que detuviera el vehculo.

Me hizo saber entonces que la parada elevara 15 pesos ms la tarifa, caso de que no me demorase demasiado.

El pobre infeliz no saba lo que le esperaba. Con fingida frialdad, una vez detuvo el vehculo, tom de mi maletn de trabajo algunos necesarios instrumentos y, en cuestin de segundos, suprim el aire acondicionado reduciendo la tarifa 10 pesos. Ante su atnita mirada, desmont a golpes de mandarria las dos puertas delanteras del vehculo, que yo no haba utilizado, descontando 20 pesos ms de la tarifa, ms otros 15 pesos porque siendo de da no haba tenido el taxista que utilizar los faros que, aprovech para romprselos a batazos.

Por la misma razn y con los mismos descuentos, de tres patadas dej al vehculo sin luces intermitentes ni aparato de msica, hasta que mi deuda slo era de 20 pesos, todava a favor del taxista, pero la diferencia la enjugu seguidamente al tirar a un basurero prximo la rueda de recambio que tampoco se haba usado, e incrustarle en la boca el zapatito de un beb que llevaba colgado del parabrisas, por si acaso se le ocurra cobrarme tambin la decoracin.

Despus, largu a la calle el asiento delantero que maldita la falta que a m me haca sentado atrs, descapot el vehculo con ayuda de mi sierra por si pretenda cobrarme la sombra, y reanudamos el viaje, los treinta metros que faltaban para llegar a mi destino.

Cuando me baj, le saqu el zapato de la boca y, acaso arrepentido por mi exceso, le cobr slo 100 pesitos de nada por haberle hecho el favor de subirme a su ruina de coche.




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