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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 01-09-2004

Antgona

Alfonso Sastre
Rebelin


Acaso sea sta que yo voy a recordar ahora una de las ms bellas historias que hayan ocurrido en los ltimos aos por estos lares: En una prisin francesa cierto patriota vasco recibe una visita reglamentaria de su hermano. Durante la entrevista, el prisionero se viste con las ropas del visitante y ste ocupa el lugar del preso, el cual abandona la prisin y se dirige a la calle de manera que unos instantes despus se halla en libertad. All en el calabozo queda su hermano, que as queda preso. Qu le ocurrir al nuevo prisionero all dentro? Obtendr su libertad por la aplicacin de lo que yo llamo "los derechos de Antgona", es decir, quedar l exculpado porque se admita que su acto ha sido una expresin moral, que comportara su inocencia penal, como expresin de un amor fraterno, o sea, que su solidaridad amorosa con un perseguido se estimar como una eximente, o al menos como una circunstancia atenuante de su accin? Cmo estn hoy las cosas en ese orden? Se detiene y procesa, por ejemplo, a una madre porque d cobertura a su hijo perseguido por la polica? (Malos tiempos corren para este orden de humanismos, y baste para considerarlo as tener en cuenta que el Ejrcito Israel bombardea los hogares en los que viven las familias de quienes son sospechosos de una militancia patritica antisionista, y all perecen sus hijos o sus padres y quienes resulten estar por los alrededores, de manera que sus modestos hogares son convertidos en una ruina y sus seres queridos son destripados junto con su habitculo. Es decir, que ni siquiera es que se castigue un gesto de amor a la persona perseguida sino que el mero hecho de haber una relacin familiar o amistosa es castigado como un delito, y ello con medios brutales, de alta envergadura militar, y en definitiva altamente terroristas. El asunto de la dispersin y la lejana de los prisioneros vascos es un ejemplo suave de esta misma situacin regresiva del humanismo en el mundo de hoy).

Consideremos la cuestin en estas circunstancias: los parientes y amigos de un militante, estn, en el actual orden (desorden) de cosas, en la obligacin de entregar a la polica al hijo, al hermano, al amigo sospechoso de actividades "terroristas", so pena de ser considerados terroristas ellos mismos tambin? Algo as es por raro que parezca . Israel no deja de dar pruebas de esta visin de las cosas, y pone en ello toda la fuerza de sus medios de destruccin masiva, reduciendo a ruinas las casas familiares y hasta los enseres domsticos, sus camas, sus sillas, las fotos de sus bodas y sus vestidos y todo lo dems, incluso los sueos que habitan en las casas de los pobres: los ensueos de una vida mejor en que pudieran "salir de pobres" y alcanzar una vida digna.

En un artculo que publiqu en este diario hace unos meses me permit escribir, para concluirlo, una frase casi lapidaria, que dice as: "All donde Antgona es detenida no hay democracia". A qu me refera? Las grandes tragedias clsicas tienen todas ellas sus virtualidades aplicables a la ltima actualidad, y en ello reside la relativa perennidad de sus valores; ello es as tambin con las grandes obras de arte en general: todas ellas dicen una infinidad de cosas en una sola expresin: ello es una especie de multi significacin proyectada en el tiempo; es, en fin, un cierto grado de atemporalidad de las obras clsicas que nos permite decir, por ejemplo, que Antgona vive entre nosotros. El arte es multvoco, y una fbula -si la acompaa un estilo potico adecuado- es una floresta de significaciones. Don Quijote, que nunca existi, no deja de pasear su irrisoria figura por los campos de la Mancha.

En aquel artculo, que titul "La nocin de entorno y la abolicin de la amistad", el amor al hermano por parte de Antgona, que la mueve a desobedecer las rdenes del Rey que ha prohibido rendir honras fnebres a su hermano muerto en una batalla, me sirvi para tratar el tema de la solidaridad como delito, en el caso concreto del profesor Alfonso Martnez.

Ahora me estoy refiriendo a otra historia actual y debo decir que el desenlace real de la bella historia que he recordado al principio no ha sido tan bello como era de esperar, pues el hroe de esta historia sufre hoy la prisin como castigo de su acto en Francia. Precisamente hemos tenido una carta suya -Antgona nos ha escrito!-. Se llama Jos A. Berasategi y es de oficio fontanero. Nos cuenta que, despus de una breve libertad provisional

est de nuevo en prisin "desde el 15 de junio, por sentir y amar a un hermano, a una tierra, a un pueblo". Condenado para tres aos "a la invisibilidad, a la sombra, al destierro". l nos escribe -dice- "desde una celda de las muchas que hay en este mundo, tanto fuera como dentro de unos muros", en las cercanas de la ciudad ms turstica del mundo", "un recinto monumental catalogado como patrimonio cultural para la represin humana", "un recinto de fsiles vivientes", pues "hoy en da existen ms celdas fuera de las prisiones que dentro de ellas. Para al final, sin duda con la mano en el corazn, desearnos "que el sol amanezca cada da y que podis disfrutar de l".

Se experimenta una gran emocin cuando se recibe una carta de Antgona! Hoy la herona mujer es un hroe varn y se nos presenta con un sencillo traje de trabajador manual; y su drama es generalmente y por todo el mundo ignorado. l, como aquella Antgona hizo, ya ha hecho lo que tena que hacer; ya ha desempeado su papel heroico. Ahora nos toca a nosotros hacer lo que tendramos que cumplir los dems en esta historia. Yo, que no s hacer otra cosa, he escrito, por lo menos, este pequeo artculo.





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