Portada :: Otro mundo es posible :: II Seminario: La Humanidad frente al Imperialismo (Oviedo, octubre 2006)
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-11-2006

Creacin revolucionaria y cerveza helada

Beln Gopegui
Rebelin


 

Dijo en una ocasin Oscar Wilde y se ha citado con frecuencia: Todo arte es bastante intil. Hace slo unos das Paul Auster lo recordaba aqu en Oviedo, al recibir el premio Prncipe de Asturias, si bien Auster privaba a la frase del bastante y deca slo el arte es intil. Despus de leer su discurso pens: suena bonito lo de la inutilidad, pero que hay que podrsela permitir. O, si no, hay que pensar que la realidad, la que tenemos, no da escalofros; hay que echar un vistazo a lo que nos rodea y decidir que es ms o menos lo normal: esta mezcla de cines, barrios masacrados, ascensores, opresin, cerveza helada, terror en el trabajo, paseos, agotamiento de los recursos, bueno, todo eso sera ms o menos lo normal.

Una vez decidido, es sencillo afirmar, cito, que el valor del arte reside en su misma inutilidad y a continuacin preguntarse, como hizo Auster, como han hecho miles de artistas: Pero qu tiene de malo la inutilidad?. Digo esto sin apenas irona. A m tambin me gusta hablar del encanto de lo intil. Aunque pienso que si un hombre se est ahogando y ve pasar cerca a varios msicos de los cuales ninguno se tira al agua ni le arroja una cuerda o un trozo de madera sino que entre todos se ponen a tocar para l un cuarteto maravillosamente intil, pienso que a ese hombre no le cabra ninguna duda acerca de qu es lo que tiene de malo la inutilidad.

La cuestin es que el mundo no se est ahogando todo el rato. En cierto modo s, en cierto modo sabemos que ahora mismo la cantidad de sufrimiento evitable que hay en el mundo es muy superior a la cantidad de cualquier otra cosa, hay ms sufrimiento evitable que petrleo, ms que cerveza helada y ms, seguramente, que agua de mar. Sin embargo, ocurre que la vida de las personas, la nuestra, es limitada y sucesiva y necesita pausas. Nadie puede dejar de dormir, y tampoco nadie puede estar continuamente achicando el sufrimiento evitable. As que paseamos, bebemos cerveza helada y, un buen da, leemos una novela o escuchamos una cancin de amor, slo de amor, y necesitamos esa cancin.

Entonces, qu podemos hacer quienes pensamos que la realidad da escalofros y que es preciso revolucionarla, y pensamos que la inutilidad es un lujo? A primera vista parece que estaramos condenados, y condenadas, a que nos conviertan en aguafiestas: mira, con lo bonito que haba sido ese discurso ahora vienen a recordarme que ni siquiera puedo cantar una intil cancin de amor. Pero eso es una trampa. Porque sabemos que la vida es sucesiva, y cada noche se duerme. Y sabemos que debe haber un espacio para lo intil, si bien preferimos ajustarnos a la precisin de Wilde: lo bastante pero no del todo intil, pues algunas canciones de amor acompaan y hacen la vida ms llevadera. Sabemos que debe haber un espacio para lo que no es siempre y por completo revolucionario. Simplemente, pensamos tambin que ese espacio no debe ser inmenso. No mientras la realidad siga dndonos escalofros. Y como no debe ser inmenso pensamos, por ejemplo, que entre las ms de doscientas pginas de una novela puede, y a veces es muy conveniente que haya sitio para otras cosas adems de la inutilidad. As como tambin pensamos que, a menudo, la inutilidad ha sido un mero pretexto para que el artista diga a los dueos del orden imperante lo que estos quieren or y lo que a estos les interesa que oigan los dems, pero esa es otra historia.

Hoy no quiero hablar de la batalla artstica sino slo del campo donde tiene lugar. Como es sabido, en los enfrentamientos suele obtener la victoria aquel que elige el campo de batalla. Y aunque la mayora de las veces quien puede elegirlo el ejrcito ms poderoso, en otras ocasiones las guerrillas, o los ejrcitos ms dbiles, han logrado esquivar la atraccin del campo de batalla que propona el enemigo y llevarle al suyo. En la pequea batalla de la creacin artstica podra hacerse lo mismo, como deca, con el concepto de arte intil: durante mucho tiempo ha parecido que nuestras nicas opciones eran: o bien reivindicar un arte constantemente til o bien aceptar su plena inutilidad y renunciar, por tanto, a la capacidad del arte para sembrar conciencias. Propongo en cambio que dejemos de luchar en su terreno y vayamos a un espacio en donde casi todo sea posible. Que no nos hagan renunciar a la mitad del cuadrado por ellos elegida; seremos nosotros y nosotras quienes digamos si es la mitad o un cuarto o quiz todo el cuadrado lo que nos importa.

Hace unos das en un artculo de prensa se criticaba a un libro porque incurra en los tpicos de la correccin poltica, por ejemplo, cito los fascistas son muy malos y los pobres sufren mucho. Comprendo el canon esttico de donde procede la crtica, en cierto modo lo comparto, creo que los tpicos suelen dar lugar a una imaginacin reblandecida y creo que las simplificaciones y el maniquesmo en poco o nada ayudan a comprender el mundo. Sin embargo, observo la evolucin de la literatura y veo que el miedo a contrariar ese canon esttico est dando lugar a productos patticos. Ha de hablarse acaso, para no incurrir en el tpico, de que el fascismo no es tan malo? Ha de idealizarse la pobreza diciendo que hace a quien la padece sabio, alegre, simptico, y le otorga mayor potencia sexual? Porque lo cierto es que esto ocurre con frecuencia. Y cuando ocurre tiene, como sabemos, menor castigo que lo anterior en la esttica y por tanto la ideologa dominantes. De tal manera que autores de izquierdas, o revolucionarios, o simplemente crticos, terminan contradiciendo lo que sus ojos ven por miedo a incurrir en el tpico. Por un miedo legtimo a no incurrir en la ramplonera y en lo pueril y por un miedo, no tan legtimo, a contrariar a los dueos del orden, terminan disculpando el fascismo o mitificando el sexo y la alegra del pobre tal como hacan, y tal vez hacen an, amplios sectores de la Iglesia Catlica. O bien directamente se escapan, abandonan la posibilidad de tratar ciertos temas en la literatura y se enclaustran en lo extico, lo visceral, lo exclusivamente familiar, cualquier cosa que est lejos de la dialctica poltica. Pero es posible, y si no tendremos que luchar para que lo sea, ser justo sin ser maniqueo, ser complejo sin ser cobarde, ser apasionado sin ser pueril.

Dijo tambin Paul Auster: La novela es una colaboracin a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el nico lugar del mundo donde dos extraos pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad. La novela revolucionaria, en cambio, no puede permitirse hablar nicamente a la intimidad del individuo aislado, y habla tambin al individuo en tanto miembro de una colectividad siquiera potencialmente revolucionaria. Pero es que tampoco la novela instalada o convencional se dirige slo al individuo aislado. Cada lector ntimo y aislado lee la misma novela que muchos otros lectores, hecho que trae consigo el sentido de pertenencia a la comunidad lectora de esa novela y otorga al arte cierta capacidad de cohesin. De manera que una vez ms, y para terminar, se trata de no aceptar la dicotoma. La creacin revolucionaria, igual que, lo quiera o no, la creacin instalada y convencional, se dirige al individuo como individuo y al mismo tiempo se dirige al individuo como miembro de una comunidad. Lo que ocurre es que, en el primer caso, se trata de una comunidad conforme con su propio destino, mientras que en el segundo se trata de dos cosas al mismo tiempo: una comunidad conforme con los paseos o la cerveza helada, pero inconforme, y a veces en conflicto, con la opresin y el miedo. Muchas gracias.

* Intervencin de Beln Gopegui en el II Seminario Internacional por el Progreso del Mundo: La Humanidad frente al Imperialismo. Red en Defensa de la Humanidad. Del 25 al 28 de octubre de 2006 en Oviedo.



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