Portada :: Argentina :: 30 aos por la verdad y la justicia
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-11-2006

Un espejo molesto que se llama Jorge Julio Lpez

Carlos Aznrez
Rebelin


Qu no est pasando como sociedad? Han pasado ya dos meses desde que desapareciera el compaero Jorge Julio Lpez y pareciera que estamos envueltos en un sopor que no nos permite reaccionar como debiramos. Y no me refiero precisamente a quienes sobreponindose a esta enrarecida atmsfera de somnolencia s se estn movilizando, como lo han hecho en otras oportunidades. Esos que no preguntaron nunca si era uno o eran mil los represaliados, torturados, prisioneros o desaparecidos, y salieron a la calle a gritar su protesta.

Hablo en cambio, de todos los otros y otras a quienes no les parece conmocionante que otra vez las patotas parapoliciales o policiales (quin si no?) nos hayan arrebatado a otro hermano revolucionario.

Con el paso de los das. el nombre de Jorge Julio Lpez no slo su cuerpo- fue desapareciendo tambin de la superficie. Los medios de comunicacin comenzaron a ignorarlo, ya no en sus primeras planas (porque nunca se las dieron) sino tambin en sus pginas interiores.

Junto con ello se produjo otro fenmeno inquietante: extraas elucubraciones sobre la personalidad de la vctima, sutiles dudas sobre su comportamiento, perturbadoras seales de que este caso no es como otros. Todo esto fue apuntalando el actual momento en el que dos meses despus, casi nadie habla de Lpez ni de su paradero.

Quin es Jorge Julio Lpez? Ms all de las notas morbosas y amarillentas de medios que abrevaron siempre en la pusilanimidad, podemos decir que se trata de un compaero revolucionario y combatiente. Revolucionario porque en los 70 abraz esa causa y la llev con dignidad en las buenas y en las malas. Peronista, que como tantos otros, reivindic lo mejor de ese Movimiento y se desmarc de las componendas que lo fueron convirtiendo en un partido ms. Montonero de abajo, de los que no necesitaban encuadramientos ni cargos ni distintivos especiales, para jugarse al lado de su pueblo agredido. Obrero albail, que hizo de sus herramientas de trabajo un arma, ya que detrs de los muros levantados construy su propia atalaya para ir conociendo a quienes seran los verdugos de sus compaeros y de su propia osamenta. Hombre de pocas palabras pero que a la hora de cumplir con tareas militantes (todos lo que recuerdan su paso por la Unidad Bsica Juan Pablo Maestre, hablan con cario de su compromiso) no le sacaba el cuerpo a los sacrificios y muchas veces callaba con humildad, ante el discurso altisonante de algunos super militantes que cuando arreci el temporal pusieron primera y literalmente se rajaron.

A la hora de ser secuestrado por primera vez, Lpez aguant con entereza las ms brutales torturas (esas que dejaron marcas imborrables en su cuerpo y en sus recuerdos). No dio un solo nombre a los esbirros de la picana, no quebraron ni un pice su fortaleza a pesar de que vio y escuch todos los horrores y todas las sevicias. En un rinconcito de su cerebro construy l que era albail- un slido compartimento para guardar cada uno de los datos, nombres, nmeros, rostros, impresiones, huellas, gritos, silencios y manchas de sangre producidos por la Bestia. Y gracias a esa precaucin, Lpez fue mucho ms que un simple testigo a la hora de enterrar en una cadena perpetua al comisario Etchecolatz, uno de los tantos genocidas que horadaron el cuerpo de quien ahora sigue desaparecido.

Por qu dudar entonces de Lpez? Por qu esta campaa extraa que pareciera querernos convencer que el desaparecido se cans de dar testimonio y se fue de viaje? O lo que es peor, generar una rara incertidumbre de que a lo mejor est escondido con el recuerdo de sus horrores, ocultndose de propios y extraos, incluso de su familia a la que protegi hasta el hartazgo tratando de no involucrarlos en lo que significaba su banco de datos sobre la represin, o de los compaeros a quienes se haba acercado para ofrecerse como testigo.

No cierran por ningn lado estas versiones. Nadie que hizo lo que Lpez desarroll en el juicio contra el comisario asesino, arriesgando el pellejo frente a las amenazas de los mismos que operaban en aquellos aos de plomo, luego se borra sin dejar huellas.

Tampoco parece lgico que esta nueva desaparicin pudiera formar parte como se insinu en cierto momento- de una conspiracin para jaquear al gobierno de Kirchner. Para lograr eso, ni siquiera hubiera ido a declarar y con ello habra posibilitado sin dudas, que el acusado pudiera salir ileso de semejante juicio. No, no nos caben estas elucubraciones muy tiradas de los pelos.

Lo que realmente ocurre es que como sociedad estamos fallando. Y lo peor es que esto ocurre en un pas que ya debera haber aprendido de la triste experiencia del pasado cercano. Slo 30 aos atrs los Lpez se contaban por miles y el miedo era tan destructivo que no haba tiempo de sobreponerse. Pero ahora, cul es la excusa para tanto inmovilismo?. Qu extrao virus ha penetrado en el cuerpo social, que en vez de protestar masivamente y en la calle por esta nueva desaparicin -eso es lo que corresponde en tiempos de democracia- la mayora opta por mirar a un costado y en el mejor de los casos poner cara de y qu ms se puede hacer?.

Jorge Julio Lpez nos pone obligatoriamente frente a un espejo molesto. Qu estamos esperando para reaccionar? Qu haya ms Lpez? No son suficientes las decenas de amenazados y amenazadas que por estos das y sobre todo desde que Lpez desapareci- estn recibiendo mensajes perturbadores en sus telfonos, en sus casas, en sus cuerpos?
Estamos tan ciegos y tan dbiles que no nos damos cuenta que si no nos movilizamos por Lpez, naturalmente les ampliamos la luz verde a sus secuestradores?

Puede ser posible que desde el Gobierno, ms an, desde la Presidencia, se insista en que Lpez tiene que aparecer, como si este viejo roble de setenta y pico de aos estuviera jugando a las escondidas? Puede ser aceptable que desde fuentes oficiales se deje entrever que no se tiene una pista, y que todo indicara que se trata de gente de la bonaerense sobre la que no se tiene control? La sola descripcin de estas y otras increbles excusas nos ponen al borde del precipicio en materia de la proteccin que el Estado puede ofrecer a cada uno de sus ciudadanos. Y lo ms lamentable es que seguimos como si no nos enterramos. O damos rienda suelta a la peor de las frivolidades, que es la de burlarse de la tragedia algo tan habitual en cierto periodismo progre- como esta misma semana hizo ese pasqun llamado Barcelona, cuando en ttulo catstrofe marc en su tapa: Jorge Julio Lpez En Cuba con los dlares montoneros?. De qu se rien estos hijos de mil putas? De las torturas, del horror de estar desaparecido, de la muerte, de nuestra tragedia de ser un pas donde se premia a los miserables y se ningunea a los luchadores?.

A dos meses de tu tercera desaparicin (la primera fue en los 70, la segunda el 18 de septiembre del 2006 y la tercera, cuando una mano negra motorizada por cmplices de todo pelaje decidi matarte con el silencio), compaero Jorge Julio Lpez, hombre digno, rebelde inclaudicable, montonero corajudo, buen tipo, hecho en la forja donde se moldea la gente humilde de este pueblo, los que no te olvidamos seguiremos dando testimonio de que movilizarse por tu aparicin con vida y el castigo a los culpables de tanto y repetido horror, es algo ms que una consigna. Se parece bastante a una accin indispensable de autodefensa como Nacin.



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