Portada :: Opinin
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-11-2006

Ciencia y consciencia. A propsito de la civilizacin y la violencia

Salvador Lpez Arnal
FIM


 

 

(...) Aunque no fuesen las armas las que matan, sino el que las empua, no sera, en todo caso, sin que la imagen presente o slo mental de una pistola le haya estando gritando a voces noche y da tal vez durante das y das, meses o aos "Mata, mata!", acaso hasta aadiendo. "Demustrales quin eres"!.

Rafael Snchez Ferlosio, La hija de la guerra y la madre de la patria, p.176.-

 

No saban ya Espartaco y los suyos, esclavos, de esa otra forma de barbarie, no germnica, ni africana, ni juda, sino romana, que se manifest trgicamente en el panem et circenses satirizado por Juvenal?

Francisco Fernndez Buey, La barbarie: de ellos y de los nuestros, p.56


 

En coherencia con la prudencia y sana incredulidad sofisticada que suele acompaar al viejo escepticismo, algn escptico destacado de nuestra post(pre)-modernidad ha solicitado pruebas del brindis con champn del presidente estadounidense Truman al recibir noticias del, digamos escandalizados, exitoso lanzamiento de la bomba atmica en Hiroshima.

Es muy probable que esta peticin escptica nunca pueda satisfacerse plenamente: acaso puede existir algn tipo de pruebas que pudiera resultar concluyente?. Empero la afirmacin no parece fruto de una imaginacin febril y malintencionada. Dean Acheson, miembro del gobierno de Truman, explicaba en el New York Times de 11 de octubre de 1969 que una vez acompa a Oppenheimer a la oficina de Truman, mientras "Oppie se retorca las manos exclamando 'Tengo manchadas las manos de sangre'". Prosegua el ex-secretario de Estado su relato indicando que, algo ms tarde, Truman le haba ordenado con voz enrgica que no le volviera a traer jams "a ese maldito cretino". "No es l [Oppenheimer] quien lanz la bomba. Fui yo. Estos lloriqueos me ponen enfermo" (1). El tono, las palabras, la desmesura del comentario apuntan a que la conjetura nada inocente sobre el probable entusiasmo de Truman, tras una de las ms tremendas manifestaciones de la barbarie de la primera mitad del XX, no sea un asunto descabellado. El caso de Richard Feynman, premio Nobel de Fsica en 1965, junto con Julian Schwinger y Sin-Itiro Tomonaga, y, sin duda, unos de la grandes cientficos del siglo, puede ayudar tambin a situarnos. Poco despus de doctorarse en la Universidad de Princeton, bajo la supervisin de John A. Wheeler, se uni en Los lamos, a partir de 1943, al equipo de J. Robert Oppenheimer -posterior portada del Time, con la indicacin "Riesgo para la seguridad nacional". El mismo Feynman, entrevistado en 1981 para el programa BBC Horizon, reflexionaba sobre su participacin en el proyecto Manhattan en los siguientes trminos:

"La razn original para poner en marcha el proyecto, que era que los alemanes constituiran un peligro, me involucr en un proceso que trataba de desarrollar este primer sistema en Princeton y luego en Los lamos; que trataba de hacer que la bomba funcionase [...] Y una vez que uno ha decidido hacer un proyecto como ste, sigue trabajando para conseguir el xito. Pero lo que yo hice -dira que de forma inmoral- fue olvidar la razn por la que dije que iba a hacerlo; y as, cuando la derrota de Alemania acab con el motivo original, no se me pas por la cabeza nada de esto, que este cambio significaba que tena que reconsiderar si iba a continuar en ella. Simplemente no lo pens (2)."

 

Y al reflexionar sobre el 6 de agosto de 1945, el da en que la bomba arras Hiroshima y sus pobladores, Feynman aada:

"La nica reaccin que recuerdo -quiz yo estaba cegado por mi propia reaccin- fue una euforia y una excitacin muy grandes. Haba fiestas y gente que beba para celebrarlo. Era un contraste tremendamente interesante; lo que estaba pasando en Los lamos y lo que al mismo tiempo pasaba en Hiroshima. Yo estaba envuelto en esta juerga, bebiendo tambin y tocando borracho un tambor sentado en el cap de un jeep; tocando el tambor con excitacin mientras recorramos Los lamos al mismo tiempo que haba gente muriendo y luchando en Hiroshima."

 

Si Feynman, con el filtro del recuerdo y del hablar en primera persona, nos da esa visin de lo sucedido, parece muy plausible que Truman brindara y no slo con champn. Por ello, es altamente razonable la tesis de fondo que acompaa al trabajo de Subirats sobre "Violencia y civilizacin" (El Viejo Topo, pp.45-55): la civilizacin, nuestra civilizacin, parece anunciar y significar la negacin y control de la violencia bajo cualquiera de sus formas, pero, al mismo tiempo, esa misma violencia ha definido hasta ahora, una y otra vez, reiteradamente, el propio progreso de la civilizacin. De ello, obviamente, no puede inferirse inexorabilidad alguna para el futuro a no ser que defendamos una filosofa de la historia transhistrica, obsoleta e injustificadamente esttica: el haber sido violentos no nos condena a serlo siempre.

De hecho, como Fernndez Buey ha sealado (3), el concepto antagnico de barbarie surgi en Atenas en el -V, como resultado de un discurso de superioridad, cuando la ciudad-Estado ateniense se haba convertido en una potencia imperial y necesitaba ideolgicamente oponer la civilizacin griega a la barbarie escita. El concepto fue una invencin de intelectuales metropolitanos como Esquilo o Eurpides y no surgi en el interior de dos pueblos distintos que, pese a sus diferencias, conviven en un mismo territorio. Fue pues una categora ideolgica cuya finalidad era diferenciarse con superioridad de los otros, distinguir entre los miembros de la sociedad a la que uno perteneca (libre, civilizada, con orden y mesura) y "el otro", los otros hombres (sbditos de un poder desptico, primitivos, descontrolados, crueles), entre la humanidad propiamente dicha y aquellos otros hombres incapaces de aspirar "a la virtud y a la felicidad, que son los fines racionales del hombre, entero, completo". De ah la importancia de otros usos y de otra forma de entender la contraposicin entre barbarie y civilizacin. Cuando Rosa Luxemburg anunciaba la disyuntiva de aquella hora, y de muchas otras, con su "socialismo o barbarie", estaba pensando en una barbarie, en una desorden cruel, originado por fuerzas y sectores sociales no ajenos, sino propios, internos a nuestra propia "civilizacin". El huevo de la serpiente creca ostentosamente en nuestro propio vientre. La bestia tena nuestro propio rostro.

Estando pues de acuerdo con algunas de las posiciones centrales del artculo de Subirats, me gustara sealar algunas discrepancias laterales y, especialmente, algunos matices sobre el papel y valoracin del conocimiento cientfico y de sus historia y de las propias actitudes de algunos destacados cientficos, empezando por el que, seguramente, no fue slo uno de los grandes investigadores de nuestro breve siglo sino uno de sus filsofos morales ms destacados.

 

 

1. Paisaje antes y despus de la batalla: el papel de Einstein

"Szilard y Einstein disearon el concepto cientfico, poltico e industrial de la bomba atmica, en la famosa carta al presidente Roosevelt, como un autntico proyecto civilizatorio de signo liberal. De acuerdo con su proyecto pionero, la bomba A debera acabar, en primer lugar, con las atrocidades del rgimen nazi. Einstein vincul explcitamente la creacin de la bomba atmica con el Holocausto judo. Frente al totalitarismo genocida, el holocausto nuclear estaba llamado a implantar un sistema mundial democrtico con arreglo a valores pacifistas..." (p.51)

"Pero lo nuevo en el holocausto nuclear era asimismo su capacidad cientficamente concebida por Einstein y tcnicamente formulada por Hahn, Meitner y Bohr, entre otros, de generar altas concentraciones de energa a travs de la desintegracin nuclear de la materia..." (p. 53).

 

Fue Alexander Sachs, consejero de la Lehman Corporation, quien sugiri a Leo Szilard, prominente fsico hngaro, la conveniencia de una carta de Einstein dirigida al presidente Roosevelt donde diera cuenta de la posibilidad de una reaccin nuclear en cadena, cuestin de la que Szilard haba hablado a Einstein apenas un ao antes. Edward Teller, el futuro "padre" de la bomba de hidrgeno, y el mismo Szilard visitaron a Einstein en 1939, en su lugar de vacaciones en Peconic. Ambos discutieron con l el contenido de la misiva que fue escrita, tal vez no slo por Einstein, el 2 de agosto de 1939 y que Sachs hizo llegar a Roosevelt en octubre de ese mismo ao.

En este conocido texto (4), el fsico de Ulm sealaba que "puede ser posible establecer una reaccin nuclear en cadena en una gran masa de uranio, mediante la cual se generaran bastas cantidades de energa y grandes cantidades de nuevos elementos del estilo del radio. Parece ahora casi seguro que esto podra conseguirse en un futuro inmediato". Indicaba Einstein a continuacin que este nuevo fenmeno podra conducir tambin a la construccin de bombas y que era concebible, aunque mucho menos seguro, que de esta manera se pudieran construir un nuevo tipo de bombas extremadamente poderosas. Por ello, apuntaba que "acaso Vd. pueda considerar aconsejable que exista algn contacto permanente entre la Administracin y el grupo de fsicos que trabajan en reacciones en cadena en Estados Unidos". Tal tarea, sugera Einstein, poda confiarse a una persona de la confianza de la presidencia y su misin consistira en mantener informados a los departamentos gubernamentales y prestar recomendaciones para acciones de gobierno, y, por otra parte, acelerar el trabajo experimental proveyendo nuevos fondos.

Einstein manifiesta finalmente el motivo central de su preocupacin: "Entiendo que Alemania ha detenido en la actualidad la venta de uranio de las minas checoeslovacas de las que se ha tomado tomado control. El que haya adoptado esta accin tan pronto puede acaso ser entendida en base a que el hijo del subsecretario de Estado alemn, von Weizscker, est asociado al Instituto Kaiser-Wilhelm de Berln en donde de estn repitiendo algunos de los trabajos estadounidenses sobre el uranio".

Tena pues Einstein sus razones. Otto Hahn y Lis Meitner, militantes del partido nacionalsocialista, haban descubierto en su laboratorio Kaiser Wilhelm Institut la desintegracin del uranio. Por otra parte, Philipp Lenard (premio Nobel de Fsica en 1905), al igual que Johannes Stark (premio Nobel de Fsica en 1919), ya haban teorizado -con el beneplcito entusiasta de Alfred Rosenberg- sobre una fsica alemana centrada en el concepto de energa y que exaltaba nuevamente la ciencia "aria", como ya hiciera en su obra anterior de 1929 Grandes sabios (Grosse Naturforscher).

Aos ms tarde, el 20 de septiembre de 1952, Einstein public -seguramente a peticin de la revista japonesa Kaizo (5)- un artculo titulado "Para la abolicin del peligro de guerra", en el que explicaba en los trminos siguientes su vinculacin con el proyecto Manhattan:

"Mi participacin en la construccin de la bomba atmica se limit a un nico hecho: firm la carta dirigida a presidente Roosevelt. En ella el nfasis se pona en la necesidad de preparar experimentos para estudiar la posibilidad de realizar una bomba atmica.

"Era consciente del horrendo peligro que la realizacin de ese intento representara para la humanidad. Pero la probabilidad de que los alemanes estuvieran trabajando en lo mismo me empuj a dar ese paso.

"No me qued otra salida, aunque siempre he sido un pacifista convencido. Matar en la guerra no es en mi opinin mejor que un asesinato vulgar [...]

"Hoy no tiene sentido protestar contra los armamentos. Solo puede ayudarnos la abolicin radical de las guerras y del peligro de guerra. Para esto debemos trabajar, sta debe ser nuestra inquebrantable inquietud: luchar contra el origen del mal y no contra sus efectos..."

 

Finalmente, no habra que condenar al olvido que en trminos parecidos se expresaba Einstein en el manifiesto que lleva su nombre y el de Bertrand Russell y que fue firmado por grandes cientficos de la poca como Max Born, P.E. Bridgman, L. Infeld, J.F. Joliot-Curie, Linus Pauling , C.F. Powell y Hideki Yukawa. En este manifiesto Russell-Einstein (6) se sostiene:

"Aunque un acuerdo para renunciar a las armas nucleares, como parte de una reduccin general de armamentos no permitira una solucin definitiva, servira en cambio para ciertos importantes propsitos [...] Se extiende frente a nosotros, si as lo elegimos, un continuo progreso en la felicidad, el conocimiento y la sabidura. Debemos, en lugar de ello, elegir la muerte, porque no podemos olvidar nuestras disputas?".

 

 

2. Sentido y sensibilidad

"Pero la bomba atmica ha significado algo ms que una defeccin de los cientficos de la humanidad, o una traicin de la administracin militar e industrial a los cientficos. Y es algo ms que el paradigma de una ciencia dotada de objetos letales. La industria nuclear y las estrategias militares atmicas son, al mismo tiempo, la culminacin de un modelo cientfico originado en la epistemologa de Bacon (la llamada Instauratio Magna) y la fsica de Newton. Ambos representan el apogeo, y al mismo tiempo, la liquidacin de los ideales humanistas ligados al concepto moderno de ciencia desde Galileo a los autores de la Encyclopdie" (p. 51)

 

Merton seal los cuatro valores que, en su opinin, definan la actividad de las comunidades cientficas: universalidad, comunidad de los conocimientos, escepticismo organizado y desinters. Manuel Sacristn, en su "Karl Marx como socilogo de la ciencia" (7), sin duda uno de los artculos ms documentados escrito nunca por germanista hispnico alguno, ya apuntaba que la creciente militarizacin de la ciencia, con su consecuente secretismo, estaba reduciendo el segundo de estos principios a mera hipocresa. No es el nico peligro. Riechmann nos ha brindado recientemente un ejemplo del efecto "del creciente dominio del poder empresarial sobre la economa, el comercio y sobre el sistema I+D" (8): la revisin de 166 estudios sobre los efectos del edulcorante artificial aspartamo en el terreno de la seguridad alimentaria hall que todos los estudios financiados por la industria (74 en total) declaraban su total inocuidad mientras que el 92% de las investigaciones independientes detectaban algn tipo de reaccin negativa.

Consiguientemente, podemos aadir al secretismo la creciente perspectiva sesgada e interesada que afecta a muchas investigaciones, e incluso, como algunos socilogos de la ciencia han apuntado, a un incoherente divorcio entre lo dicho y anunciado metodolgicamente y lo admitido y practicado de hecho en muchos e importantes laboratorios cientficos, amn de engaos, plagios o falsas pruebas.

La situacin actual, con los peligros de la creciente desorganizacin de la relacin entre nuestra especie y su entono natural, vnculo fuertemente mediado por saberes y haceres tecnocientficos, ha originado, como tambin apuntara Sacristn (9), un renacimiento de concepciones que pueden agruparse bajo la denominacin de "filosofas romnticas de la ciencia", englobando aqu a corrientes emparentadas con tesis del segundo Heidegger y con la literatura "contracultural" de los aos sesenta y posteriores, y que, seguramente, tienen en algunas reflexiones epistemolgicas de Nietzsche, autor al que Subirats cita con neto, admirado y algo exagerado entusiasmo "Exactamente como anunci Nietzsche...", p.55), una fuente primigenia. El mismo Heidegger, el que fuera rector de la Universidad de Friburgo en las delicadas fechas de 1934, lo haba dicho en forma no menos enrgica: previamente a que explotara la bomba atmica, el Ser ya haba sido liquidado por la cosificacin de la ciencia contempornea, ya que sta no trata realmente del Ser sino tan slo de los entes a los que considera siempre a su entera disposicin. El edificio construido por el saber cientfico no es, no ha sido, ni puede ser un hbitat esencial para la humanidad.

Aun apreciando las emociones que suelen subyacer en la crtica de estas corrientes y aun reconociendo el valor de algunos de sus anlisis y descripciones, hay que rechazar, pensamos con Sacristn, su menosprecio, casi generalizado, por el mero conocimiento operativo e instrumental. Al mismo tiempo, no representan una lnea adecuada para salir del espeso y peligroso bosque en el que nos encontramos inmersos, entre otras razones, por el peligro de "impostura intelectual" que en ocasiones les afecta: disertan y sentencian sobre el conocimiento positivo hablando de asuntos que no son, normalmente, la prctica cientfica realmente existente.

Sacristn apuntaba adems un paralogismo que afectaba a estas concepciones daando su correcta comprensin de la situacin: suelen confundir los planos de la bondad o maldad prctica con los de la correccin o incorreccin epistemolgica, pero es precisamente la peligrosidad prctica de la tecnociencia contempornea, sealada oportunamente por Subirats, la que est relacionada con su bondad epistemolgica. La maldad social, poltica de la bomba atmica, la tragedia que significa tu probada operatividad, es netamente dependiente de la calidad gnoseolgica, de los saberes fsicos que a ella subyacen. Si los fsicos atmicos, si Fermi, Born, Teller u Oppenheimer, hubieran sido unos simples idelogos obnubilados que tan slo fueran capaces de pensar falaz y prepotentemente, no nos encontaramos hoy ante situaciones tan abismales, tan de lmite, como los que pueden representar las armas nucleares o la energa atmica, por no hablar de las grandes esperanzas pero tambin de los grandes peligros que rodean a las nuevas biotecnologas.

Ms an, en el supuesto no admitido de que existiera un saber cognitivamente superior al conocimiento cientfico, como estas corrientes parecen defender, el peligro no slo no se anulara sino que se incrementara. Recordando la versin kantiana del mito del Gnesis acerca del rbol de la ciencia, Sacristn insista en que era, precisamente, el buen conocimiento el que era peligroso moral, prcticamente, y, con toda probabilidad, tanto ms amenazador cuanto mejor fuera epistmicamente. Las concepciones criticadas pueden caer en las heladas aguas de la falacia naturalista: si la bondad o calidad terica no lleva inexorablemente implcita ninguna bondad prctica -el saber terico nos nos hace siempre mejores-, la maldad moral no lleva adherida inexorablemente la invalidez terica -el horror de Hiroshima y Nagasaki no seala desconocimiento de las leyes de la materia. Todo lo contrario.

La situacin parece netamente dependiente del carcter operacionalista de la ciencia moderna, del estrecho hermanamiento, cuando no identificacin, entre la aventura (supuestamente desinteresada) de la ciencia y la empresa (interesada) de la tcnica. Pero no parece razonable una solucin en negro que defendiera, sin ms matices, una desvinculacin de ambas y una consideracin del ideal cientfico con helnica mirada contemplativa y separado drsticamente del mbito tecnolgico. No slo, aunque tambin, por lo que esta renuncia pudiera tener de irreal, sino porque la prctica tecnolgica es una parte imprescindible del avance cientfico ya que esa prctica era la que da, en ltima instancia, intimidad al conocer. Sacristn, en lnea con aquellos esperanzados versos de Hlderlin que a l le gustaba repetir ("De donde nace el peligro/ all nace la salvacin tambin"), lo expresaba hermosamente en una de sus notas de 1979: "La intencin es buena y fundada: es la tendencia a restaurar la contemplacin y preservar el ser, la naturaleza. Pero hay que saber que no puede uno ponerse a contemplar por debajo de la fuerza de sus ojos, y que el arte de acariciar no puede basarse sino en la misma tcnica que posibilita la tirana de violar y destruir". Por eso nos parece una aparente paradoja poco clarificadora, una forma de decir poco ilustrativa, la que Subirats usa al aceptar las interpretaciones de Bauman y de Heim y Aly sobre Auschwitz: "Ambos ponen de manifiesto la irracionalidad constitutiva de la racionalidad moderna" (p.54).

Finalmente, segn la mayor parte de los historiadores de la ciencia, al contrario de lo que apunta Subirats, no parece decisiva, o no es nica como mnimo, la influencia metodolgica de Bacon en el transcurrir de aqulla. Por otra parte, parece que Subirats defiende dos lneas enfrentadas en las consideraciones epistemolgicas de los pioneros de la nueva ciencia: los ideales humanistas, ligados a la categora de ciencia moderna, defendidos por Galileo y los enciclopedistas, frente a un modelo vencedor, deshumanizado, que tiene a Bacon y a Newton como mximos representantes. Sinceramente, no logramos ver nada que puede fundamentar esta disyuncin excluyente y sin duda notablemente original en la historiografa cientfica.

 

3. Todo lo slido se desvanece en el aire (10)

"En la nueva fsica de la desintegracin de la materia se pone de manifiesto ms bien una dimensin profunda de angustia. Un concepto de angustia filosficamente ms consistente que el formulado por Heidegger y Sartre precisamente porque no ignoraban sus premisas epistemolgicas ligadas a la investigacin cientfica y la ingeniera, ni el real panorama poltico y militar en el que se originaba" (p.52)

"La reduccin del principio mtico de la materia a los cuantos numricos de energa es la es la frmula lgica que describe una eliminacin potencialmente indefinida de la vida del planeta a travs de la contaminacin nuclear. La desmaterializacin, la volatizacin de lo material y su transformacin en fenmenos de luz y energa son asimismo metforas que describen la produccin meditica de lo real como espectculo y realidad virtual" (p.54).

 

"Cuanto" significa "porcin discreta", "cantidad". En el mundo macroscpico estamos normalmente acostumbrados a que las propiedades de un objeto (tamao, peso, color, temperatura, movimiento) sean todas ellas cualidades que puedan variar de modo continuo y suave, de un objeto a otro o de un instante a otro en el mismo objeto. Si una entidad tiene determinada temperatura, cualquier otro valor posible resulta admisible. La situacin es algo diferente a escala menor. Las propiedades de las partculas subatmicas -su movimiento, su energa o su espn, por ejemplo- no siempre presentan variaciones suaves, sino que difieren en cantidades discretas, no de forma continua.

Sin embargo, una de las propiedades bsicas de la que suele llamarse mecnica clsica es que las propiedades de la materia varan de modo continuo. Al descubrir que esa afirmacin era falsa a escala microscpica, los fsicos tuvieron que desarrollar un sistema de mecnica completamente nuevo: la teora cuntica es la conjetura cientfica que subyace a la nueva mecnica cuntica. Si se tiene en cuenta el reiterado xito de la mecnica clsica en la descripcin de toda clase objetos (bolas de billar, estrellas), as como sus sorprendentes predicciones (la existencia de Neptuno, por ejemplo), no es incomprensible que su sustitucin por un nuevo sistema terico fuese considerado como neta ruptura o, en trminos kuhnianos, como una verdadera revolucin cientfica, como un autntico e inusual cambio de paradigma.

Los fsicos probaron la validez de la nueva teora mediante la explicacin de un amplio rango de fenmenos que de otro modo no seran comprensibles. Actualmente, la cuntica es usualmente presentada como la teora cientfica ms exitosa jams creada o inventada por cientfico alguno. Un ejemplo. Cuenta Feynman11 que Paul Dirac, utilizando la relatividad einsteiniana, haba elaborado una teora del electrn que no tena totalmente en cuenta todos los efectos de su interaccin con la luz. Su teora estableca que el electrn tena un momento magntico que medido en determinadas unidades era exactamente igual a la unidad. Algo ms tarde se descubri que el valor exacto era prximo a 1,00118, con una incertidumbre de alrededor de 3 en el ltimo dgito. Se esperaba que la nueva teora de la electrodinmica cuntica (QED) predijera un resultado ajustado. Cuando se calcul inicialmente, la QED predijo un resultado infinito, lo cual era obviamente incorrecto experimentalmente. La cuestin fue solucionada en 1948 por Feynman, Schwinger y Tomonaga. El valor terico aproximado del momento magntico era de 1,00116, lo suficientemente prximo al valor experimental para pensar que se estaba en el camino acertado. La QED fue ganando en precisin. Los nuevos experimentos haban dado para el nmero de Dirac el valor de 1,00115965521 (11 decimales), con incertidumbre de 4 en el ltimo dgito. La teora, a principios de los ochenta, situaba este valor en 1,00115965246 (con incertidumbre, como mucho, cinco veces superior). Feynman explicaba la exactitud conseguida de forma muy grfica: si se midiese la distancia de Los ngeles a Nueva York con semejante precisin su valor diferira del correcto en el espesor de un cabello humano.

La teora cuntica tuvo sus orgenes (vacilantes) en 1900 con la publicacin de un artculo por Max Planck, que haba dirigido su atencin a lo que era entonces un problema no resuelto en la fsica del siglo XIX: la distribucin entre diversas longitudes de onda de la energa radiada por un cuerpo caliente. Bajo ciertas condiciones ideales, la energa se distribuye de un modo caracterstico que Planck demostr que poda ser explicado suponiendo que la radiacin electromagntica fuera emitida por los cuerpos no de forma continua sino en paquetes discretos a los que llam "quanta". En 1905, Einstein estimul la hiptesis de Planck explicando de forma satisfactoria el efecto fotoelctrico que consiste en la extraccin de electrones de la superficie de un metal mediante energa luminosa. Para explicar el modo particular en que esto sucede, Einstein se vio forzado a considerar el haz luminoso como un chorro de partculas (posteriormente llamadas fotones), en contra de la concepcin ondulatoria establecida por Maxwell y que haba sido "probada" por Thomas Young en 1891 con el experimento "de la doble rendija".

En 1913, Bohr propuso extender la hiptesis de Planck: los elementos atmicos estn tambin "cuantizados", es decir, podan permanecer en ciertos niveles fijos sin perder energa. Cuando los electrones saltan de un nivel orbital a otro, se absorbe o emite energa electromagntica en cantidades discretas, no continuas -estos paquetes energticos son los fotones. Empero, la razn por la que los electrones atmicos tenan de comportarse de modo discontinuo no fue puesta de manifiesto sino algo ms tarde, cuando se descubri (Davisson, De Broglie) la naturaleza ondulatoria de la materia. Hacia la mitad de la dcada de 1920, un nuevo tipo de mecnica -la cuntica- haba sido desarrollada independientemente por Erwin Schrdinger y Werner Heisenberg para tener en cuenta esa dualidad onda-partcula a propsito de la luz.

Bohr seal, como decisiva prueba cognitiva, que quien no se mostrara asombrado ante la teora cuntica no la haba comprendido realmente. Una fuerte sensacin de asombro y perplejidad se hizo eco entre sus contemporneos en la dcada de los 20 cuando sus consecuencias empezaron a conocerse completamente. La nueva teora cuntica no slo ha desafiado a la fsica clsica sino que tambin ha transformado radicalmente el punto de vista de la comunidad cientfica sobre la relacin de la humanidad con el mundo. En la discutida interpretacin de la teora defendida por Bohr, la existencia del llamado mundo "externo" no es algo que goce de independencia propia, sino que est ligada de forma inexorable a nuestras percepciones. Hermosas ironas de la historia de la ciencia, Einstein quien, como dijimos, haba desempeado un papel significativo en el desarrollo temprano de la cuntica, se convirti posteriormente en su crtico ms destacado. Hasta su fallecimiento estuvo convencido de que la formulacin de la teora careca de un ingrediente esencial y que, sin l, nuestra descripcin de la materia a escala atmica permaneca incierta y era, por lo tanto, incompleta. Dios, deca Einstein, no jugaba a los dados.

Ms all de posibles interpretaciones metafricas, todo ello, la nueva concepcin de la materia, la equivalencia masa-energa, la carcter no absoluto del valor de la masa de los cuerpos, no implica desmaterializacin alguna de la masa y los entes ni vemos que pueda provocar mayor o menor angustia existencial (o esencial), aunque es indudable que nos aleja, como no poda ser de otra forma, de la vieja y respetable concepcin presocrtica de los tomos indivisibles y corpreos. Se trata, insistimos, de una profunda teora cientfica, reiteradamente corroborada, cuya interpretacin filosfica da a algunos bazas para defender, contra el realismo ntico, el viejo idealismo y, por otra parte, tiende falazmente a favorecer el relativismo epistmico.

Sea como sea, el materialista temperado (12) que cree en el clsico y prudente inmanentismo, que piensa que no conseguimos nada, ms bien perdemos casi todo, apelando a desconocidos e infalibles seres extracsmicos para explicar fenmenos mundanos, que moralmente no es nada partidario de la historia ni la accin de las varias instituciones eclesisticas, que no cree fcilmente en la equivalencia de todo tipo de aproximaciones a la realidad social y natural, que entiende que en el campo de la historia humana los asuntos econmicos han sido y son bsicos para la comprensin de muchos acontecimientos, que no establece fronteras nticas y morales insuperables entre la especie humana y otras especies vivientes cercanas, ese materialista temperado, ilustrado o postilustrado, pero no postmodernizado, puede permanecer crticamente tranquilo: la mecnica cuntica no refuta, no falsa, no lanza al cuarto de lo trasnochado, su revisable posicin filosfico-moral.

 

4. Sobre la metodologa y la mitologa

"El papel civilizador y ordenador de la violencia puede reconstruirse asimismo a partir de la propia estructura epistemolgica del conocimiento cientfico industrial. Bacon vincul el progreso tecnocientfico a la expansin colonial de comercio y la industria europeos. La nueva constitucin inductiva y productiva de las ciencias, resultante de esta integracin al mismo tiempo epistemolgica e industrial, asuma la disolucin de los vnculos sociales y ticos, y la destruccin de las memorias histricas de las civilizaciones y pueblos colonizados como su condicin cientfica y poltico-econmica. La famosa crtica de los idolos de Bacon formulada en un lenguaje cientfico aquella misma estrategia destructiva de tradiciones y conocimientos heredados que, slo un siglo antes, haban esgrimido fieramente tanto los misioneros de la Iglesia cristiana como los conquistadores y bandeirantes ibricos" (p.48).

 

En History of Inductive Science (1840), Whilliam Whewell presentaba a Bacon no slo como uno de los fundadores sino como el supremo legislador de la moderna repblica de las ciencias: "si tenemos que elegir a un filsofo como el hroe de la revolucin del mtodo cientfico, Francis Bacon ocupa, fuera de toda duda, el puesto de honor". Pocos aos despus, Justus von Liebig, en F. Bacon von Verulam und die Methode der Naturforschung (1863) lo presentaba como pura exterioridad, incapaz de humildad, como combatiente quijotesco contra una escolstica ya destruida por Leonardo y Paracelso y cuya reflexin metodolgica "ignoraba o no estaba en condiciones de entender la esencia y los fines de la investigacin sobre la naturaleza...su proceso de pensamiento y su induccin son falsos e inaplicables en la ciencia natural".

El conflicto no se ha resuelto sino que tal vez se haya agrabado a lo largo del siglo XX. Los varios popperianismos (Agassi, Lakatos, el mismo Popper) han denunciado la ficcin total de la propuesta inductiva baconiana y su ilusoria y falaz tendencia a liberar la mente de cualquier tesis preestablecida y convertirla en una imposible e indeseable tabula rasa. Empero, para algunos destacados frankfurtianos, Bacon es ms bien la otra cara de la moneda: el smbolo de lo que ha ciencia fue y ha sido hasta el momento, pero que, salvo peligro manifiesto de abismo y horror, no debera seguir siendo.

Subirats es, creemos, deudor de esta aproximacin de Adorno y Horkheimer que puede ser resumida del modo siguiente: 1. En la concepcin baconiana, la ciencia es un tipo de conocimiento que coincide con el dominio ilimitado de una naturaleza "desencantada". 2. Un saber que es poder y que no conoce freno al avasallamiento tecnocientfico del mundo y de sus criaturas ni lmites en la docilidad con que sirve a los Seores de la guerra que descrean la Naturaleza. 3. Toda la ciencia moderna, en la lnea del Heidegger de Sendas perdidas, es indistinguible de la tcnica. 4. El entusiasmo tecnocientificista del Barn de Verulamio es, adems, base y causa de la mercantilizacin de la cultura y con ello la sociedad moderna ha alcanzado la ms destructiva alienacin y el ms alto conformismo, con la consiguiente destruccin de los valores esenciales de la especie.

Rossi (13) ha sealado algunos de los puntos ms discutibles de esta interpretacin. As, Adorno y Horkheimer sealan en la Dialctica de la Ilustracin que "La infecunda felicidad del conocimiento es lasciva para Bacon al igual que para Lutero.No importa esa satisfaccin que los hombres llaman verdad, sino la operation, el procedimiento eficaz" (p.13,15), mientras que Bacon, por ejemplo, finaliza el aforismo CXXIV de la 2 parte del Novum Organum sosteniendo ms bien la idea contraria: "(...) Por tanto, las cosas, tal y como realmente son en s mismas, ofrecen conjuntamente (en este gnero) la verdad y la utilidad; y las operaciones mismas han de ser estimadas ms por su calidad de prendas de verdad que por las comodidades que procuran a la vida (14)".

Por otra parte, no se trata aqu de discutir la discutida interpretacin popperiana de los idola como deseo imposible y paralizador de una mente cientfica desposeda de toda idea, pero s de valorar la aproximacin de Subirats a esta teora como formulacin cientfica (sic.) del deseo colonizador destructivo de las memorias histricas y de las cosmovisiones de otros pueblos colonizados y esquilmados. Ignoramos si algn conquistador-evangelizador hispnico o anglosajn ha citado en alguna ocasin algn paso de la Instauratio Magna sobre los idola, que en el aforismo XXXVIII Bacon los presenta del siguiente modo:

"Los dolos y falsas nociones que han ocupado ya el entendimiento humano y han arraigado profundamente en l no slo asedian las mentes humanas haciendo difcil el acceso a la verdad, sino que incluso en el caso de que se diera y concediera el acceso, esos dolos saldrn de nuevo al encuentro y causarn molestias en la misma restauracin de las ciencias a no ser que los hombres, prevenidos contra ellos, se defiendan en la medida de lo posible".

 

Obsrvese que Bacon habla aqu de las falsas nociones que han ocupado, sin distincin de etnias o civilizaciones, al entendimiento humano. Las consabidas cuatro clases de dolos tampoco parecen apuntar a ninguna ideologa de superioridad colonial. Las idola de la tribu estn fundados "en la misma naturaleza humana y en la misma tribu o raza humana". Los idola de la caverna son "los dolos del hombre individual", de todo hombre individualmente considerado. Los dolos del Foro surgen del "acuerdo y de la asociacin del gnero humano entre s" y apuntan a la extraordinaria violencia que el lenguaje ejerce sobre el entendimiento perturbndolo todo y "llevando a los hombres -a todos los hombres- a innumerables e inanes controversias y ficciones". La ltima clase de idola, los del Teatro, apunta a las falsas nociones que inmigraron a los nimos humanos desde "los diferentes dogmas de las filosofas y tambin a partir de las perversas leyes de las demostraciones". En opinin de Bacon, todas las filosofas -sin exclusin- que se han inventado "son fbulas compuestas y representadas en las cuales se forjaron mundos ficticios y teatrales". Y todas estas nociones extraviadas, de las que el entendimiento humano debera ponerse en guardia, no slo afectaban a las filosofas generales, sino tambin a "muchos principios y axiomas de las ciencias, los cuales se impusieron por tradicin, por credulidad y por negligencia".

An ms, como Sacristn seal en una recordada conferencia sobre poltica socialista de la ciencia en 1979 (15), el Bacon de La Nueva Atlntida haba sealado la existencia de dos clases de experimentos, los fructferos y los lucferos, "con un gracioso chiste teolgico-satnico". Los primeros, prosegua el Lord Canciller, no importaban mucho una vez se haban superado las necesidades elementales de la humanidad, umbral del que seguimos estando netamente alejados. Los segundos, los lucferos, eran en cambio los decisivos. No por su utilidad o por afn de poder o dominio sobre el mundo y sus pobladores, sino porque nos traan, porque arrojaban luz -como su misma denominacin sealaba-, aunque como tales no sirvieran para nada, aunque fueran perfecta y productivamente intiles, aunque no fueran fructferos. Por ello, en la misma Atlntida, el terrorfico, calumniado e irrestricto tecnoentusiasta Bacon arga que todo programa de investigacin debera ser controlado por todos los miembros de la comunidad cientfica, por todos los "sabios" ya que toda investigacin poda ser para mal. Dicho todo ello en el mismo instante del nacimiento de lo que en muchas ocasiones ha sido denominado, con evidente imprecisin, como destino ciego y cegador del ser o como ilimitada cosificacin de todo lo viviente o, acaso, de todo lo existente.

 

5. Del tecnoentusiasmo y la tecnofobia al principio de precaucin

 

No se trata pues de negar todas las razones ticas, estticas e incluso epistmicas que estn detrs de la posicin de Subirats. No es la tcnica ni la ciencia en s mismas consideradas forzosos instrumentos de avance y de liberacin, no hay duda de que detrs de muchos progresos hay netos regresos, es muy plausible que toda adoracin ciega a la tecnociencia esconda o manifieste una docilidad acrtica frente al poder y los poderes, es hirientemente verdadero que gran parte de los smbolos de la civilizacin postmoderna tardocapitalista son fetiches alienantes que esconde miseria y destruccin, es absolutamente necesario una nueva mesura tica en las aplicaciones y desarrollos tcnicos que pase por la prudente y aristotlica aceptacin del principio de precaucin, es sin duda deleznable el miserable uso y la banalizacin irresponsable de la violencia en productos mediticos, espectculos que, como apunta Subirats, tienden a "eliminar la violencia del campo de nuestra experiencia sin tener que removerla de nuestra realidad cotidiana y existencial", es condenable sin matices, como han argido Singer, y entre nosotros, Mostern y Riechmann, una tica del especesmo que pase por un trato cruelmente humano, demasiado humano, al resto de especies vivientes, prximas o lejanas, es irresponsable por suicida la relacin de soberbia, exagerada de la especie con la naturaleza a la que Subirats refiere de forma innecesariamente teolgica ("la transformacin de Gea, la madre tierra, el principio sagrado de la fertilizacin y la creacin..." (p.53), en fin, no hay duda, como Subirats sostiene, que la destruccin nuclear de Hiroshima y Nagasaki no ha sido inicio de una paz universal, pero no creemos que aclaremos la situacin y el papel que en ella desempean la ciencia y la tecnologa, afirmando, como sostiene Subirats, que "nuestra civilizacin es violenta en cuanto a sus premisas epistemolgicas" o que "el papel civilizador y ordenador de la violencia puede reconstruirse asimismo a partir de la propia estructura epistemolgica del conocimiento cientficoindustrial ".

Una de los campos de combate y de lucha cultural ms necesitados de intervencin es, probablemente, el mbito de las ciencias y sus instituciones. La pasividad que en l puede diagnosticarse es, probablemente, ndice de una realidad mucho ms global: la derrota, la supeditacin cultural de las fuerzas de emancipacin frente a la intensa contrarrevolucin conservadora que vivimos en estas ltimas dcadas.

Pero tambin aqu hay antecedentes y no toda la tradicin merece ser arrojada a la papelera de los archivos intiles. Einstein muri el 17 de abril de 1955. Mucho antes, en un discurso pronunciado en el Instituto de Tecnologa (de Tecnologa!) de California en 1937, ya haba apuntado dnde estaba el meollo del asunto transmitiendo este consejo a sus compaeros de la comunidad cientfica (16):

"La preocupacin por el hombre y su futuro debe constituir siempre la base principal de todos los esfuerzos tcnicos, la preocupacin por los grandes problemas de la organizacin del trabajo y la distribucin de los bienes que estn an por resolver, a fin de que las creaciones de nuestra mente sean una bendicin y no una maldicin para la humanidad. No olvidis nunca esto en medio de vuestros diagramas y ecuaciones".

 

Acaso nos empuja esta declaracin a la prctica de una racionalidad unilateral, sesgadamente tecnocrtica, insensible al sufrimiento, moralmente neutral, insidiosamente destructora?


 

Notas

(1) Jean Jacques Salomon, Ciencia y poltica. Mxico, Siglo XXI 1977, p. 208, nota 27.

(2) Richard P. Feynman, El placer de descubrir. Barcelona, Crtica 2000, pp.20-21

(3) Francisco Fernndez Buey, La barbarie. De ellos y de los nuestros. Barcelona, Paids 1995, cap.2.

(4) Existe una traduccin completa al castellano en Jos Manuel Snchez Ron, El poder de la ciencia. Madrid, Alianza editorial 1992, pp.324-325.

(5) Albert Einstein, Mi visin del mundo. Barcelona, Tusquets 1981, p.62. Edicin de Carl Seelig.

(6) Puede verse la traduccin completa al castellano del manifiesto Russell-Einstein en: Joseph Rotblat (ed), Los cientficos, la carrera armamentstica y el desarme. Barcelona, Ediciones del Serbal 1984, pp. 373-376.

(7) Manuel Sacristn, "Karl Marx como socilogo de la ciencia", mientras tanto nm.16-17, 1983, pp. 10-11.

(8) Jorge Riechmann, Qu son los alimentos transgnicos. Barcelona, RBA Libros 2002, pp.62-65.

(9) Manuel Sacristn, "Sobre los problemas presentemente percibidos...", en: Papeles de filosofa. Panfletos y materiales II. Barcelona, Icaria 1984, pp. 454-455.

(10) Hemos seguido en este punto P.C.W Davies y J.R. Brown, El espritu del tomo. Una discusin sobre los misterios de la fsica cuntica. Madrid, Alianza 1986 y Otto Frisch, De la fisin del tomo a la bomba de hidrgeno. Madrid, Alianza 1979.

(11) Richard Feynman, Electrodinmica cuntica. Madrid, Alianza Universidad, 1988, pp.20.21.

(12) El adjetivo se lo debemos a Francisco Fernndez Buey.

(13) Paolo Rossi, Las araas y las hormigas. Una apologa de la historia de la ciencia. Barcelona Crtica 1990, pp.89-110.

(14) Francis Bacon, La gran restauracin. Madrid, Alianza editorial 1985, p.178. Traduccin, presentacin y notas de Miguel A. Granada.

(15) Manuel Sacristn, "Reflexin sobre una poltica socialista de la ciencia", realitat nm 24, ao 1991, p.10.

(16) Brian Easlea, La liberacin social y los objetivos de la ciencia. Madrid, Siglo XXI 1977, p.467.

 


 

 



Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious  digg  meneame twitter