Portada :: Palestina y Oriente Prximo
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-11-2006

El "derecho sagrado" de Israel a la tierra palestina
Israel-Palestina: la geopoltica de la divinidad

Bruno Guigue
oumma.com

Traducido para Rebelin y Tlaxcala por Caty R. y revisado por Mara Poumier


Contrariamente a lo que sugiere una idea preestablecida, los orgenes del conflicto entre Israel y Palestina no se pierden en la noche de los tiempos. Por muy bello que parezca en el discurso de algunos protagonistas situar el origen en una poca ancestral, la demostracin slo convence a los convencidos. Lejos de radicar en la rivalidad entre Israel e Ismael, el conflicto israelo-palestino es un retoo de la modernidad: judos y rabes se enfrentan en Palestina desde hace un siglo, mucho tiempo en trminos absolutos, pero muy poco desde el punto de vista de la historia.

Sin embargo a menudo aceptamos la idea de que este enfrentamiento, surgido a principios del siglo XX, nos llega de tiempos inmemoriales. Como si fuera satisfactorio para el espritu creer que un conflicto tan tenaz pueda tener otro significado adems del histrico, le prestamos una eternidad imaginaria. Y porque en l a menudo se confunden lo poltico y lo religioso, creemos poseer con esta confusin la explicacin suficiente de su aparente irreductibilidad.

Si el conflicto tiene una dimensin religiosa, sta, evidentemente, no lo resume. Y sobre todo, tampoco lo explica. Omnipresente y repetitiva, la retrica de lo sagrado ejerce un efecto de agrandamiento. A menudo conduce al observador a sobrestimar la importancia del factor religioso. Por el hecho de que crean en ellas, las ideas que invocan los contendientes no proporcionan una explicacin plausible de los acontecimientos.

Bien es verdad que Palestina es algo ms que Palestina. El montn de creencias que se remiten a ella puede convertirse, llegado el caso, en una autntica fuerza material. Es Eretz Isral (la Tierra de Israel) para unos, el joyero de Al-Qods (La Santa) para otros. Espacio sagrado, espacio simblico, Palestina es un espacio-pretexto que se presta a las tentativas de apropiacin exclusiva; y la lucha se presenta tanto ms encarnizada en cuanto que ambos campos reivindican las mismas credenciales.

El sionismo, a pesar de sus proclamas laicas, est fundado sobre una representacin casi mstica de Eretz Isral. Es inseparable, en su esencia, del compromiso fsico y espiritual que vincula a los judos con la tierra de Israel. La liturgia radica all, las fiestas judas hablan del pas de Israel. Para algunas corrientes del pensamiento judo, la alteracin de las relaciones del pueblo judo con su tierra es el sntoma de una alteracin de sus relaciones con Dios. La vuelta de los judos a la tierra de Israel para trabajarla, vendra a reparar la relacin con Dios estropeada por el exilio. Para las almas en pena del judasmo ruso a finales del siglo XIX, la tierra de Israel encarn al mismo tiempo la redencin moral y el renacimiento fsico.

El logro principal del sionismo es que ha convertido la tierra soada en el motor de una emancipacin nacional. La ideologa moderna ha laicizado la esperanza mesinica sustituyendo la espera del salvador por la accin poltica destinada a tomar posesin de Eretz Isral. Pero para Theodor Herzl, "si la reivindicacin de ese pedazo de tierra es legtima, entonces todos los pueblos que creen en la Biblia tienen el deber de reconocer el derecho de los judos". Bblicamente establecida, la legitimidad de un estado judo en Palestina es evidente y el texto sagrado hace las veces de ttulo de propiedad.

Desde esta perspectiva, el derecho de los judos sobre la tierra de Israel se apoya en la trascendencia. Para la corriente sionista religiosa, el regreso de los judos a Eretz Isral est propiamente grabado en el relato de la Alianza. El sionismo sigue escrupulosamente la va trazada por el Todopoderoso: tomar posesin de la tierra que Dios les dio a los judos forma parte del plan divino y renunciar a esta ofrenda sera contrariarle.

Igual que la derecha revisionista, los sionistas religiosos rechazan cualquier compromiso territorial con los rabes. Al da siguiente de la Segunda Guerra Mundial, el gran rabino de Palestina declar ante una comisin internacional: "Tenemos la absoluta conviccin de que nadie, ningn individuo ni poder instituido, tienen derecho a alterar el estatuto de Palestina que ha sido establecido por derecho divino".

El general Effi Eitam, jefe del partido nacional-religioso, explicaba en 2002: "Somos el nico pueblo del mundo que mantiene un dilogo con Dios. Un Estado intrnsecamente judo tendr como fundamento el territorio, del mar al Jordn, que constituye el espacio vital del pueblo judo Nunca existir otra soberana que no sea la israel entre el mar y el Jordn".

La Biblia una escritura notarial? Es verdad que abundan en el Libro los detalles sobre los contornos de la tierra prometida. Encontramos all mltiples definiciones territoriales de Eretz Isral. La primera definicin acompaa a la promesa de Yav a Abraham en el Gnesis (15, Trad. cumnique de la Bible): "Doy este pas a tu descendencia, desde el ro de Egipto al gran ro, el ro Efrates". Abarcando tambin un vasto territorio, el xodo (23) es un poco ms preciso: "establecer tu territorio desde el mar de los Juncos al mar de los Filisteos y desde el desierto al ro".

Las definiciones bblicas de Eretz Isral, ciertamente, estn sujetas a variaciones. No todas tienen el mismo grado de precisin, su estatuto teolgico es heterogneo, los contornos de la tierra prometida oscilan entre una versin mxima y una versin mnima. Pero esta diversidad de las representaciones espaciales pone claramente de manifiesto un "ncleo duro" ya que en la abundante toponimia esparcida por el texto bblico, los nombres de ciertos lugares aparecen investidos de una sacralidad extraordinaria.

Tras la conquista de la ciudad de los jebuseos por David, Jerusaln figura en el corazn del relato bblico. Entra a formar parte de la gesta hebrea cuando el rey David decide trasladar all su capital. Erigida en ciudad-faro del reino, la ciudad de David se santifica definitivamente bajo el reinado de su sucesor, convirtindose en el joyero de la presencia divina. El martirio sufrido en el momento de la destruccin del Templo no altera en nada la sacralidad, que se cie desde entonces a la espera mesinica.

Antes de trasladar su capital a Jerusaln, David unific a las tribus judas en una ciudad situada en el corazn de los montes de Judea: "Todas las tribus de Israel vinieron hacia David a Hebrn" (Samuel II, 5). Mencionada antes que Jerusaln por el texto bblico, Hebrn goza de un grado de sacralidad igual o mayor. Vestigio prestigioso de la gesta abrahamica, la Tumba de los Patriarcas es objeto de una veneracin a la medida de la santidad de Abraham, Isaac y Jacob. Estas dos ciudades santas, Judea-Samaria y Galilea conforman desde entonces el corazn histrico de Eretz Isral.

Investidos de un significado religioso, ambos lugares son tambin los vestigios de una historia nacional magnificada por la ideologa sionista. Espacio de comunicacin con la divinidad, son al mismo tiempo testimonio del movimiento hebraico. Por eso la arqueologa israel busc all obstinadamente los rastros de una antigua presencia juda. Presentando las pruebas de una ocupacin ancestral, las excavaciones dirigidas por el "general arquelogo" Ygal Yadin en los aos 60, aspiraban a introducir en la historia algo que perteneca al terreno de lo sagrado.

La opinin israel crey entonces, gracias a esas viejas piedras, poseer la prueba irrefutable de que los reinos de David y Salomn eran hechos histricos. En aquella poca, la arqueologa oficial no slo aport un respaldo cientfico al relato bblico, sino que adems ofreca un discurso de sustitucin que haca superfluo el recurso de la fe para acreditar la historia hebraica. Pero esta supremaca de la argumentacin histrica sobre el discurso religioso dur poco, porque a medida que avanzaban las investigaciones sobre el terreno, numerosas certezas adquiridas apresuradamente se desmoronaron. El director del departamento de arqueologa de la Universidad de Tel Aviv, Israel Finkelstein ha hecho recientemente el inventario de los conocimientos sobre los sitios bblicos y sus conclusiones son devastadoras:

"Las excavaciones realizadas en Jerusaln no aportaron ninguna prueba de la grandeza de la ciudad en las pocas de David y Salomn. En cuanto a los edificios monumentales atribuidos antao a Salomn, parece mucho ms razonable atriburselos a otros reyes. Las implicaciones de esta revisin son enormes porque si efectivamente no hubo Patriarcas, ni xodo, ni conquista de Canan, ni monarqua unificada y prspera bajo David y Salomn, debemos deducir que el Israel bblico como lo describen los cinco libros de Moiss, los de Josu, de los Jueces y de Samuel, nunca existi?" [1].

El resultado de estos desengaos arqueolgicos no es ajeno al repentino regreso a lo teolgico de la ideologa dominante israel. Poco les importa a los sionistas religiosos lo que revele la arqueologa sobre los mitos fundadores, lo esencial es creer en ellos. Especialmente si esta creencia encuentra su lugar dentro de la espera escatlogica. Es decir, que el advenimiento de los tiempos mesinicos resta validez a cualquier especulacin sobre un pasado lejano.

Despojada de la credencial histrica, la gesta de los reyes de Israel es por tanto un mito movilizador que legitima el renacimiento de la soberana juda en tierra bblica. No es la primera vez que un dogma quebrado por la ciencia renace de sus cenizas, animado por un vigor nuevo. Y sin duda har falta ms para desarmar la conviccin de los pioneros del Gran Israel, tanto ms indiferentes a la historia cuanto ms suean con la eternidad.

Sin duda podramos decir de los sitios bblicos lo que un historiador de la antigedad deca de las ruinas de Troya: "estos lugares sagrados conmemoran menos hechos comprobados que las creencias que han suscitado y se han hecho fuertes arraigando en ellos". Esta geografa de lo sagrado rica en simbolismo es lo que alienta el sionismo, lo que inspira en Israel una geopoltica de lo divino que proporciona una coartada religiosa a la colonizacin juda.

A su manera, el Islam tambin sacraliza la tierra palestina. La percepcin rabe y musulmana de Palestina hunde sus races en el texto cornico y sobre todo en la tradicin que atribuye un papel primordial a Jerusaln. La fuente principal es la evocacin del Viaje nocturno del Profeta: "Gloria al que hizo viajar por la noche a su servidor de la Mezquita consagrada a la Mezquita muy alejada cuyo recinto bendijimos para mostrarle algunos de nuestros signos. Dios es el que oye y el que ve perfectamente" (Corn, XVII, 1. Trad. D. Masson).

La mezquita muy alejada, que la tradicin identifica con el emplazamiento del templo de Salomn, es el punto de llegada del viaje nocturno de Mahoma. Pero el relato del Viaje, en la exgesis cornica, es inseparable del de la Ascensin. En esta tradicin, Mahoma efecta un viaje inicitico que lo lleva hasta los esplendores celestiales. Este relato es el origen de la veneracin dedicada a la cpula de la roca en Jerusaln, el lugar desde el que Mahoma habra emprendido su ascensin hasta Dios. Jerusaln-Al Qods accedi entonces al prestigioso rango de tercer lugar santo del Islam.

Blanco de Las cruzadas, Al-Qods se convirti adems en el smbolo del enfrentamiento entre el mundo rabe musulmn y el mundo occidental cristiano. Por su brillo espiritual, la ciudad santa confiere al conjunto del territorio palestino el estatuto de un bien inalienable de vocacin religiosa, un waqf. Y en la poca contempornea, si cristaliza tanto las pasiones rabes, es por ser vctima de una colonizacin sistemtica por el Estado de Israel. Verdadero epicentro del conflicto, Al-Qods entra en resonancia con las tres dimensiones simblicas de la causa palestina: el nacionalismo rabe, la defensa del Islam y la afirmacin de la identidad palestina.

Si Al-Qods ocupa el primer sitio en el imaginario musulmn, el sitio de Hebrn merece indiscutiblemente el segundo. Los rabes llaman a la ciudad Al-Khalil (el amigo), ttulo con el que el Corn honra a Abraham. Este ltimo encarna en su pureza original el mensaje monotesta. Con el "no sacrificio" de su hijo Ismael en La Meca, estableci la alianza original con Al. Enterrado en Hbrn, confiere con su presencia espiritual un aura especial a la tierra palestina. Abraham conecta Arabia con Palestina, al mismo tiempo que relaciona la gesta bblica con la predicacin musulmana.

As la sacralizacin musulmana redobla las sacralizaciones anteriores. Inviste el espacio sagrado del judasmo con un nuevo significado que integra, sin borrarlos, los significados simblicos nacidos del relato bblico. Pero para los musulmanes, el mensaje cornico cerr definitivamente el ciclo de las profecas. Y si la tradicin islmica le concede a la gente del Libro un estatuto particular, tambin postula de todas formas la irreversibilidad de la islamizacin.

Una guerra de religin el conflicto israelo-palestino? Esa es a veces la impresin dominante, en efecto. Y vemos que esta guerra no carece de municiones, por poca lea que se eche al fuego. Fruto de la intransigencia israel, la segunda Intifada inaugur un nuevo ciclo de violencia donde se utiliz el repertorio religioso hasta la saciedad, como si la llegada a los extremos se encontrara confirmada por la divinidad. Y apareci la temtica islamista del sacrificio por Palestina, replicando con virulencia a la brutalidad de la ocupacin militar.

La prctica de los atentados suicidas demuestra especialmente la exacerbacin de un conflicto que parece sacar de la fe religiosa su carcter inexpugnable. La figura del shahid constituye a este respecto, para las organizaciones palestinas, una respuesta simtrica a la retrica religiosa del adversario. Frente a una derecha israel que invoca la Biblia para reivindicar el Gran Israel, el sacrificio supremo de los jvenes mrtires pretende combatir el sionismo en el terreno de la fe. Y olvidamos demasiado a menudo que el primer atentado suicida fue perpetrado por el ultranacionalista judo Baruch Goldstein, en Hebrn en 1994.

Esta fuerza de lo religioso en la ideologa de los protagonistas explica, finalmente, otro fenmeno: la asombrosa desproporcin entre la exigidad del territorio disputado y la amplitud del enfrentamiento por lo que est en juego. En el momento de las negociaciones de Camp David (julio de 2000), la escala elegida para las negociaciones sobre Jerusaln no exceda el metro cuadrado. Este fenmeno sera incomprensible sin la excepcional carga emocional que se dedica a la tierra de Palestina.

Concentrado en la ciudad, desde Jerusaln un poderoso haz de significados simblicos irradia el espacio situado entre el Mediterrneo y el Jordn. La religin, aqu, tendra su faceta diablica? Este exceso de sentimientos sobre una geografa tan modesta condenara al fracaso toda tentativa de arreglo entre protagonistas que se aferran al absoluto? El exceso de transcendencia hara imposible la constitucin del ruedo poltico donde habitualmente se zanjan los desacuerdos entre los pueblos?

En ninguna otra parte el enmaraamiento de las poblaciones est multiplicado hasta este punto por el enmaraamiento de los significados simblicos. Y desde septiembre de 2000, el conflicto entre el Estado de Israel y el movimiento nacional palestino, en efecto, ofrece el aspecto de una guerra tanto ms despiadada porque parece enfrentar a los pretendientes a la posesin del mismo espacio sacralizado.

No obstante, este paralelismo aparente corre el peligro de inducir al error. El sionismo, sea o no de inspiracin religiosa, reivindica la Tierra de Israel slo para el pueblo judo. Reduciendo el judasmo a una religin nacional y particularista, exige la devolucin de Palestina exclusivamente al Estado judo. En nombre de un derecho divino que repercute en el derecho internacional, postula la judeizacin intrnseca de una tierra que, sin embargo, acogi en su historia a numerosas confesiones.

En cambio la devolucin tnica de la tierra palestina es totalmente ajena a la tradicin musulmana. El Islam es una fe universalista que no erige a ningn pueblo singular por encima de los otros y no crea ningn privilegio exorbitante del derecho comn. Al mismo tiempo que sacraliza Palestina, el Islam afirma el derecho a la diferencia religiosa. La carta de Hams, por ejemplo, ofrece una garanta islmica indefectible al derecho de los cristianos y los judos a vivir en Palestina. Lo que rechaza es la pretensin de un "Estado judo" que ejerza all una soberana absoluta.

Ciertamente la imposicin de lo sagrado contribuye a endurecer el conflicto. Cuando la fe se convierte en el argumento supremo, no queda sitio para la negociacin. Las posiciones de unos y otros estn afectadas por una intangibilidad que no favorece la aproximacin y excluye la sntesis. Pero no hay ninguna simetra entre las dos partes implicadas, sus pretensiones no son de la misma naturaleza. Es una reduccin simplista afirmar que la derecha israel y la direccin palestina rivalizan en intolerancia manipulando la religin. Y un artificio cmodo considerar de la misma forma esta doble sacralizacin condenndola a la misma reprobacin indignada de la conciencia laica occidental.

Cuando Yasser Arafat rechaz el plan israelo-estadounidense sobre Jerusaln en Camp David, record lo que ninguno de sus interlocutores poda pretender ignorar y que figura en los documentos oficiales de la OLP: "Como parte integrante de los territorios ocupados en 1967, Jerusaln Este se incluye en las disposiciones de la resolucin 242 del Consejo de Seguridad. Jerusaln Este es parte integrante del territorio sobre el que el Estado de Palestina, tan pronto como se establezca, ejercer su soberana". El Presidente de la Autoridad palestina no opuso a las pretensiones israeles el relato cornico del viaje nocturno del Profeta, sino que cit las resoluciones de la ONU. En resumen, la misma legalidad internacional a la que apela hoy Hams, subyacente en la proposicin de tregua de larga duracin formulada en 1995 por el jeque Yassine.

Entonces, cmo escapar de este callejn sin salida? Paradjicamente, la universalidad simblica del conflicto es, a la vez, lo que lo hace inextricable y lo que proporciona el elemento para su resolucin. Porque el conflicto israelo-palestino no concierne slo a los contendientes, la comunidad internacional tiene obligaciones al respecto; y el hecho de que haya sido totalmente incapaz de cumplirlas por su parcialidad hacia USA no las despoja en absoluto de su carcter imprescriptible.

No hay ms salida al conflicto israelo-palestino que un reparto equitativo. Si no llegamos a ese reparto, el conflicto permanecer irresoluble, como atado por las frustraciones de las que se alimenta. Grabada en el mrmol de un reglamento definitivo, la delimitacin de los espacios de soberana har desaparecer el principal motivo del enfrentamiento. Para disipar la confusin entre lo poltico y lo teolgico, la mejor solucin (hoy), es devolver a cada uno su casa.

Pero todo el problema reside, como hemos visto, en la definicin solipsista de ese "su casa" a la que aparece obstinadamente aferrada una de las partes implicadas. Destinado por promesa divina a un pueblo determinado, lo consagrado -claman algunos- no se reparte. Y si tambin en el caso contrario es rigurosamente cierto? Sin embargo el reparto se efectu durante siglos, desde el califa Omar (que autoriz a los judos a volver a Jerusaln) hasta el Imperio otomano, experto en tolerancia religiosa. Paradjicamente, hizo falta la irrupcin en Oriente Prximo de un nacionalismo secular, al amparo de la ocupacin colonial britnica, para arruinar esta coexistencia armoniosa.

No es la abundancia de simbologa lo que promueve el enfrentamiento, sino la pretensin de un estado confesional (y supuestamente laico) de apropiarse [la tierra] de forma exclusiva. Si la particin del territorio favorece el reparto de lo sagrado, es precisamente porque lleva a cabo la desconexin entre espacio simblico y espacio poltico. Particin del territorio entre ambos estados, reparto de lo sagrado entre todos. Para poner fin a esta guerra, hay que reafirmar la irreductibilidad de lo sagrado; y, contra la geopoltica de lo divino, ilegitimar cualquier tentativa de apropiarse de lo inapropiable.

[1] Isral Finkelstein et Neil Asher Silberman, La Bible dvoile, les nouvelles rvlations de larchologie, Bayard, 2002, p. 150.

http://oumma.com/spip.php?article2248

Caty R. y Mara Poumier pertenecen a los colectivos de Rebelin y Tlaxcala, la red de traductores por la diversidad lingstica. Esta traduccin se puede reproducir libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, la traductora y la fuente.



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