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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-12-2006

Venezuela: las piezas del puzzle bolivariano

Juan Torres Lpez
Contrapunto de Amrica Latina


Los medios que hoy da estn a nuestro alcance para conocer con exactitud lo que ocurre a nuestro alrededor son ms sofisticados que nunca y podran permitirnos descubrir claramente la naturaleza efectiva de las realidad sociales.

Sin embargo, quiz nunca como ahora hayan estado tan velados los fenmenos sociales que ocurren a nuestro lado.

Los cientficos sociales tienen a su alcance todo tipo de medios para estudiar la historia de nuestros das, los cambios que se estn produciendo y la orientacin en que efectivamente se realizan. Pero nada de eso proporciona un mnimo saber objetivo sobre la naturaleza de los episodios recientes, de modo que la controversia, que adems suele hacerse permanente, tiende a ser bastante infundada y, por tanto, demasiado confusa.

Puesto que es evidente que este fenmeno, casi una especie de impuesto relativismo cognitivo, no es el resultado de la escasez de medios de conocimiento, no hay ms remedio que achacarlo al hecho, creo yo que as mismo innegable, de que el anlisis de las realidades sociales nunca estuvo tan influido como hoy da por intereses polticos, econmicos, mediticos y de todas clases que tratan de oscurecerlo y difuminarlo.

El caso del proceso de transformacin social que se vive en Venezuela es una prueba paradigmtica de esto.

Hay estadsticas suficientemente fiables, por ejemplo, que podran mostrar sin lugar a dudas el uso que se hace de los recursos, los logros o fracasos del gobierno en materia econmica, en asuntos como la lucha contra la pobreza, el suministro de servicios pblicos o en la construccin de infraestructuras. Disponemos de pelculas, grabaciones, testimonios de todo tipo... que nos informan, la mayora de las veces sin resquicio alguno para la duda, de lo que en realidad sucedi o sucede en hechos discutidos, en conflictos sociales, en muertes, asesinatos, o golpes de Estado... Pero a pesar de eso, no hay manera de que prevalezca una lectura objetiva de esos asuntos que contenga el mnimo comn denominador que permita cierto acuerdo o consenso social sobre su naturaleza real.

Valgan solamente un par de ejemplos recientes sacados del diario espaol El Pas, especialmente tiles por venir de un medio que durante tantos aos viene siendo una especie de "biblia" meditica para los sectores progresistas de habla castellana.

El da 27 de marzo de 2006 se publicaba en ese diario el primero de la que iba a ser una serie de tres largos artculos de "Investigacin y Anlisis" sobre el Gobierno de Hugo Chvez, serie que finalmente se qued reducida a dos textos, al parecer, por las protestas que suscitaron sus escandalosos errores y su evidente falta de objetividad (1). Al inicio del primer artculo se afirma que "lo nico que parece estar haciendo Chvez es continuar la triste lnea de inmenso desperdicio de los ingresos por petrleo, desorganizacin e inversiones fracasadas que, en las ltimas dcadas, ha empobrecido al pueblo venezolano". Sin embargo, slo unas lneas ms adelante deca que las masas de pobres son "el sector de la poblacin en el que Chvez est tratando de construir su base poltica mediante generosas inversiones en proyectos sociales". Con qu debera quedarse, entonces, el lector?: dilapida el gobierno de Chvez los ingresos petroleros o los invierte generosamente en proyectos sociales para las masas de pobres?, o es que quiz se quiera hacer entender que una y otra cosa son lo mismo?

Un segundo ejemplo extrado del mismo diario progresista es el artculo ms reciente de un intelectual de larga trayectoria de crtica al neoliberalismo y compromiso social (2) . En un texto de muy pocas lneas, Luis de Sebastin se refera al Presidente Chvez y al proceso venezolano para establecer que ni uno ni otro pueden considerarse como ejemplos de lo que hace o debe hacer la izquierda y lo haca aplicndoles trminos o juicios como los siguientes: "caudillos que se creen elegidos no por los ciudadanos sino por la Providencia", "sin una concepcin integral y coherente de la sociedad que quieren crear", "ser de izquierda no consiste en lanzar a los desposedos contra los ricos y a los impotentes contra los poderosos, y de ninguna manera es de izquierda sembrar el odio y la intranquilidad en la sociedad", "la izquierda moderna tiene que actuar dentro del marco de la democracia parlamentaria, en una pugna respetuosa con los dems partidos que compiten por el poder, sin ventajas, ni atajos, ni abusos", "el mesinico Hugo Chvez se ha dedicado a sustituir los anteriores proyectos de integracin en Latinoamrica por un ilusorio mercado bolivariano a travs del chantaje del petrleo y el gas natural".

Si un pensador honesto, crtico de las polticas neoliberales y comprometido con lo que, al menos convencionalmente, llamamos izquierda en su versin ms abierta, renuncia a los datos y a los hechos para razonar sobre lo que ocurre en Venezuela, como en este caso, a base de juicios de intenciones, de descalificaciones nominales o de faltas evidentes de veracidad, cmo se forjar, entonces, la opinin de alguien que no comparta los principios que inspiran a quienes dirigen el proceso de cambio social en Venezuela?

Como es natural, con la reflexin que hago en estas pginas no trato, ni mucho menos, de solventar esa impresionante disonancia que desde el principio est asociada al proceso venezolano. Pretendo limitarme, simplemente, a exponer lo que a mi modo de ver son sus elementos cruciales, los que me parece hay que tener necesariamente en cuenta para comprender lo que all viene ocurriendo. Aunque, seguramente, algunos de ellos resultarn tambin esenciales para explicar esa disonancia.

Una revolucin compleja y paradjica

Las mayores dificultades para poder establecer puntos de acuerdo acerca de lo que realmente est ocurriendo en la Venezuela bolivariana de nuestros das provienen, sin duda, del conflicto de puntos de vista, de los intereses cruzados y del poder enorme de los medios de comunicacin cuyos propietarios estn directamente afectados por las medidas de gobierno que all se toman.

Los medios y los grandes poderes oligrquicos que sintieron que se les expropiaba un pas al que consideraban una propiedad ms, han creado un entorno endiablado en donde no existe la ecuanimidad ni la serenidad necesarias para deducir los elementos objetivos que precisa el conocimiento riguroso de los hechos. Basta leer la prensa o ver los programas de televisin para comprobar que se difunden claves radicalmente diferenciadas que crean apariencias distintas de lo que es una misma realidad.

Los medios ocuparon el lugar de la oposicin poltica y en lugar de proporcionar informacin se dedican a combatir al gobierno por todos los medios, manipulando la realidad segn convenga a sus intereses en todo momento. La emisin de dibujos animados en abril de 2002 en lugar de informar a la poblacin de que se estaba desmoronando un golpe de Estado debe pasar a la historia como uno de los grandes hitos en la historia de la manipulacin de los medios de masas.

Pero aunque eso es un problema cierto que dificulta el hacerse una idea cierta de lo que viene ocurriendo en Venezuela no es solamente eso lo que ocurre.

Es verdad, tambin, que la propia revolucin es compleja y muy paradjica, llena de tonalidades que producen sombras que pueden confundir fcilmente al observador.

El proceso poltico es compulsivo y lo primero que no es fcil dilucidar es si sta es una caracterstica buscada para mantener una constante pulsin movilizadora, una componente deseada de la estrategia del cambio social, o si, por el contrario, es ms bien una calentura y, por tanto, una autntica herida abierta en el proceso que terminar provocando, en un futuro ms o menos inmediato, el cansancio, el hasto y con ellos la desercin y la desmovilizacin.

En cualquier caso, el movimiento acelerado y compulsivo del proceso de cambio poltico, econmico y social que se vive en Venezuela dificulta su conocimiento. Se suceden y muchas veces se superponen las estrategias, los horizontes se redefinen casi constantemente, a menudo, sin que hayan cambiado las circunstancias que justificaron los anteriores. En apenas seis aos y casi sin solucin de continuidad se ha pasado de proponer cambios de naturaleza realmente moderada, orientados a lograr equilibrios bsicos en la vida poltica, econmica y social del pas y que en realidad no afectaban a la estructura esencial del capitalismo all existente (aunque, como sealar ms adelante, s a la pauta de distribucin y eso fue lo que inevitablemente lo hizo saltar velozmente hacia adelante), a orientarse hacia el llamado "socialismo del siglo XXI".

Por otra parte, en ese periodo se han producido cambios muy notables en la legislacin y en el uso de los recursos. Su naturaleza es muy evidente e incluso sus primeros efectos, pero su complejidad y calado hacen que todava sea casi imposible determinar su exacta profundidad, sus efectos reales a medio y largo y plazo, y, por supuesto, la sostenibilidad de los procesos en que se vienen basando.

La ausencia de una autntica administracin pblica de los recursos hace que sea factible conocer el origen de los cambios pero mucho ms problemtico determinar hasta dnde han llegado verdaderamente y a quin han afectado de verdad. Eso es seguramente lo que contribuye a generar la contradictoria impresin que se tiene sobre lo que en realidad est significando la revolucin bolivariana: muchos de los cambios no estn todava sino en su primitiva etapa de gestin conflictiva, siendo todava meros proyectos de transformacin social que no llegan a consolidarse como modificaciones reales de las estructuras sociales o econmicas.

El problema, pues, es doble. La beligerancia poltica y meditica contra el proceso bolivariano siembra confusin y ruido pero sus propias debilidades internas y su desarrollo an escaso impiden que pueda conocerse su naturaleza profunda y sus efectos reales sobre el bienestar social en la medida necesaria para generar en torno a s todo el consenso y la confianza que sera deseable (3) .

Eso significa que para entender la revolucin bolivariana, si es que de verdad se la quiere entender y no slo combatir o defender por encima de cualquier otra consideracin, es imprescindible afinar muy bien la perspectiva, contemplar desde muchos ngulos lo que est ocurriendo, despojarse de prejuicios y analizar lo que sucede con la generosidad de quien es consciente de la limitacin de su conocimiento y con el rigor de quien no slo percibe en el otro aquello que le conviene.

Naturalmente, si eso es una tarea extraordinariamente ardua incluso para el observador externo y ms o menos imparcial, podemos fcilmente imaginarnos en qu medida ser difcil de practicar cuando quienes tengan que hacerlo sean los propios protagonistas o afectados por esos cambios. Y eso es lo que lleva a que la revolucin bolivariana transcurra con protagonistas (no solo de la oposicin sino incluso dentro de las propias filas que lideran el proceso) que se enfrentan a una misma realidad pero que es percibida como radicalmente diferente por cada uno de ellos: la peor condicin que puede darse para que los seres humanos convivan pacficamente y lleguen a entenderse.

Algo ms que un nuevo Presidente, la V Repblica

Otro elemento que hay que tomar en consideracin para entender la llamada "revolucin bolivariana" es que su punto de partida radica en la completa degeneracin del rgimen poltico que haba nacido en el llamado "Pacto de Punto Fijo" (4).

La mejor expresin de lo que ste significaba es el acuerdo elemental que uni a los partidos que, en virtud de ese pacto, se disputaran amigablemente el poder: nadie perder aunque el otro gane.

Un pacto de esta naturaleza facilit una alternancia poltica relativamente estable basada tambin en un reparto oligrquico de las rentas petroleras: las clases altas se beneficiaban principalmente de ellas, pero permitiendo que se produjese el "derrame" suficiente hacia las clases medias urbanas como para que estas legitimaran la situacin al sentirse tambin como sus beneficiarias.

El problema apareci, sin embargo, cuando se fueron combinando, principalmente, tres circunstancias que los corruptos dirigentes polticos de la poca no supieron anticipar. En primer lugar, un impresionante crecimiento demogrfico; en segundo lugar, el uso irresponsable de los recursos sociales y, finalmente, una despreocupacin de las clases dirigentes hacia la elemental redistribucin de la renta y la riqueza social que hubiera podido garantizar una mnima e imprescindible legitimacin y paz social.

As, entre 1970 y 2000 la poblacin aument de 10,7 millones de personas a 24,1, un incremento que iba generando una masas de pobres y marginados cuyas necesidades no se estaba dispuesto a satisfacer en lo ms mnimo porque eso hubiera obligado a replantearse la distribucin privilegiada de las rentas petroleras. Las clases dirigentes vivieron completamente de espaldas a este cambio, ignorantes de que ah se encontraba el origen de un nuevo sujeto social que, antes o despus, iba a exigir un lugar en la mesa donde se reparta el pastel.

El uso irresponsable de los recursos nacionales que hizo la oligarqua venezolana, e incluso gran parte de las clases medias, se manifest principalmente en el continuado proceso de externalizacin de las rentas petroleras que, cada vez en mayor medida se situaban fuera del propio pas. Sus estrategias completamente ajenas a las demandas bsicas que planteaba incluso el ms elemental modelo de desarrollo nacional se tradujeron, al mismo tiempo, en la evasin permanente de capitales (calculada entre los 80.000 y los 100.000 millones de dlares de 1974 a 2000).

Para colmo, las polticas neoliberales que comenzaban a aplicarse siguiendo las directrices de los centros del poder econmico internacional agudizaban el problema, destruan tejido industrial, empobrecan la actividad productiva, externalizaban las fuentes de creacin empleo y riqueza y terminaban por crear ms y ms pobreza,

El incremento de la poblacin, la salida de capital y las polticas neoliberales que se fueron aplicando desde los aos ochenta provocaron la continuada degradacin de las condiciones de vida de la mayora de los ciudadanos de un pas que haba llegado a tener una renta per capita igual o incluso superior a la de los pases ms avanzados de Europa occidental. El salario real descendi un 40% en ese periodo, la informalidad se adue del mercado de trabajo y eso provoc que el consumo per capita cayera en un 25%. Algunos estudios llegaban a cifrar el nivel de pobreza en el 70% de la poblacin a finales de los aos noventa (5).

La llegada al poder de Carlos Andrs Prez, concebida como un cambio de rumbo para salir airosamente de la crisis que afectaba al rgimen de la IV Repblica, signific en realidad su definitiva condena de muerte. La aplicacin contundente de las medidas neoliberales del Consenso de Washington produjo en muy poco tiempo efectos an ms traumticos sobre las condiciones de vida de millones de personas. Empezaron a empeorar, no slo para los grupos sociales hasta entonces ms desfavorecidos sino incluso para cada vez ms amplios sectores de las clases medias (6).

Las continuas movilizaciones que culminaron con las matanzas del llamado "caracazo" o la simpata que despertara el golpe fallido que protagoniz Hugo Chvez con otros oficiales fueron sntomas bien evidentes de que lo que se haba podrido no era solamente un momento poltico sino todo un rgimen y de que la salida no poda ser otra que su cambio radical.

Si fue sintomtico que Hugo Chvez barriera a los dems candidatos en las elecciones de 1989, obteniendo en la primera vuelta el 56,2% de los votos, lo que realmente muestra el clima social y la contundente voluntad ciudadana que iba a inspirar los cambios que se avecinaban fue que la propuesta de iniciar un proceso constituyente para elaborar una nueva Carta Magna fuese aprobada poco ms tarde con el 86,4% de los votantes.

Lo que se produjo en Venezuela, y lo que se viene dilucidando desde entonces, no fue solamente una alternancia o una simple modificacin en la velocidad de crucero de la poltica sino el establecimiento de un nuevo espacio poltico.

Este cambio fue efectivamente deseado inicialmente por una proporcin casi masiva de la sociedad (algo menor una vez que la Constitucin se aprobara definitivamente) pero en su interior se contenan intereses y demandas implcitas de muy diferente signo y que pronto iban a comenzar a mostrarse como muy difcilmente conciliables. Sobre todo, cuando comenz a hacerse evidente que el factor que estaba impulsando realmente los cambios que se estaban dando era la irrupcin en la vida social de un nuevo sujeto colectivo formado por una masa ingente de desheredados que, hasta entonces, haban sido literalmente excluidos de todo tipo de participacin en la vida pblica, que no haban participado en "el derrame" y que a partir de ahora iban a comenzar por demandar, primero, su espacio correspondiente en la vida poltica e, inmediatamente despus, una parte privilegiada en el reparto de la renta. Lo primero se lo iba a dar la nueva Constitucin que erigira a ese sujeto innominado en sujeto poltico. Lo segundo, las polticas sociales que trataran de darle al sujeto poltico todos sus derechos econmicos y sociales.

La irrupcin de ese nuevo sujeto es lo que no ha sido ni bien entendida ni, mucho menos, bien aceptada, por quienes haban considerado que la situacin de exclusin era un problema menor y consustancial a la sociedad venezolana y, por tanto, por quienes creyeron que los cambios que iban a producirse no iban a afectar a la pauta de distribucin de los recursos sociales..

La comprensin de este fenmeno es tambin crucial para entender lo que desde fuera se percibe que ocurre en la Venezuela bolivariana: dos sociedades que no se reconocen una a la otra o que ni siquiera desean admitirse como parte integrante de un mismo espacio social y poltico. La de los beneficiarios de un rgimen de privilegios y de sosiego tan aparente que creyeron real, y la de los advenedizos. Por un lado, la gente guapa de los comercios y los aviones dispuestos a salir para Estados Unidos a cualquier hora, la de las cuentas en dlares, la de las urbanizaciones cerradas y la de los bares elegantes abiertos sin parar, la gente bien de Caracas y su secuela de profesionales, profesores, mdicos, abogados, comerciantes, o contables... Por otro, los buhoneros, los trabajadores de mil oficios, los habitantes de los cerros, los negros, los desclasados, los campesinos pobres, o simplemente lo que se hartaron de seguir viviendo como antes. Cualquiera puede apreciar el desprecio, la lejana, la brecha abierta, incluso el racismo que destilan las relaciones sociales y el abismo que hay entre ambos.

De esa desigualdad nace un clima enrarecido en donde se hace muy difcil alcanzar el dilogo y el reencuentro y que la sociedad se entienda y se perciba en su compleja totalidad, como una sola parte aunque en su interior est diferenciada. Una tarea que est resultando prcticamente imposible conseguir en Venezuela.

Y de ah nace uno de los elementos problemticos de la revolucin bolivariana que la hace sufrir una tensin sin descanso, que la obliga a vivirse como un pulso permanente, en el nterin de una amenaza constante, en un ntimo y continuo sobresalto.

Otra Constitucin, una nueva democracia

Lgicamente, la revolucin bolivariana no puede ser entendida sin considerar el papel de la Constitucin, que es extraordinariamente complejo y muy distinto al que en otros pases desempean estas normas superiores. De hecho, algo que siempre y a cualquier observador seguramente debe haberle sorprendido fue el sentimiento de propiedad que las clases populares tuvieron del nuevo texto constitucional desde que comenz su gestacin.

La Constitucin bolivariana iba a ser el texto que reconociera nuevos derechos (por ejemplo a los indgenas, a las mujeres, a todos los ciudadanos), nuevas formas de propiedad y gobierno de la economa, nuevos poderes (el Ciudadano y el Electoral), procedimientos novedosos de revocacin de todas los cargos electos, una nueva estructura del Estado, nuevos regmenes y procedimientos de representacin poltica, incluso un nuevo lenguaje. Pero, sobre todo, iba a ser la base un nuevo tipo de democracia, ms directa que indirecta y ms participativa, y que, sin renunciar (como efectivamente ocurre a pesar de las acusaciones verdaderamente injustas por infundadas que proliferan) a la democracia formal al uso en el resto de los pases, avanza en nuevas formas de protagonismo civil. La nueva Constitucin supuso un doble avance poltico y social en Venezuela.

Por un lado, proporcion instrumentos para una vida mucho ms democrtica, que vienen siendo utilizados no slo por el Gobierno sino -como ocurriera con el referendum revocatorio, o con la mayor independencia de los poderes judicial o electoral- por la propia oposicin que luego se deshace en crtica a la democracia existente. Por otro lado, la Constitucin -y el desarrollo normativo que ha tenido en este sentido- ha servido para encauzar la participacin poltica de los ciudadanos en moldes ms flexibles y autnticos que los de la tradicional maquinaria electoral o de los partidos polticos (que, de hecho, apenas si se mencionan en el texto constitucional). Se han impulsado y creado estructuras participativas en forma de comits, asambleas u organismos ms abiertos y descentralizados que lgicamente confieren mucho mayor protagonismo a la voluntad ciudadana, en tanto que esta no queda encorsetada en los aparatos o procesos de participacin poltica tradicionales.

Esto ltimo es lo que ha podido ir configurando como sujetos polticos en accin, como titulares de derechos y portadores de capacidad de decisin, a los meros rebeldes que cre la IV Repblica y que haban ido adquiriendo carta de naturaleza como titulares de derechos y obligaciones a medida que avanzaba el proceso.

Uno de los hechos polticos ms significativos y quiz menos conocidos o incluso mal valorados de la revolucin bolivariana es el simple acto de conceder la "cdula", la documentacin civil necesaria para existir como ciudadanos o ciudadanas, a millones de hombres y mujeres que, hasta entonces, sencillamente no lo eran a efectos de las relaciones civiles ms elementales. Se estima que antes de que se pusiera en marcha la Misin Identidad (encargada de resolver ese problema de cedulacin) tenan problema con su cdula 8 de cada 10 venezolanos, mientras que ahora esos problemas afectan a menos de 2 de cada 10. Slo entre octubre de 2003 y octubre de 2004 se tramitaron 8.212.659 de cdulas a los venezolanos que necesitaban adquirir su documento de identidad o simplemente no estaban registrados.

Es frecuente oir decir que esta medida se hizo para que los pobres votaran a Chvez sin percatarse ni valorar que antes de ello no podan votar ni al actual presidente ni a nadie.

Sin tomar en consideracin el sentido de autopertenencia y autoestima civil que supone el mero hecho de poder ser identificado como ciudadano, no se entiende que el efecto primero de la Revolucin Bolivariana fue propiciar el alumbramiento (para muchos inesperado) de un nuevo sujeto poltico venezolano.

La Constitucin bolivariana responde o contiene, por tanto, dos grandes lgicas. Una, la que inspira la arquitectura formal de los poderes, la lgica institucional que por definicin es ms rgida y predecible. Otra, la lgica de la participacin, la que inspira la nueva democracia "protagnica" y que tambin es por naturaleza ms flexible, menos formal y ms dctil, menos dada al control y poco susceptible de ser encorsetada en los aparatos formales.

Se trata de un binomio que enriquece la democracia pero que la hace compleja y ms difcil de vivir y ejercer porque, como sealan los constitucionalistas, tiende a crear problemas de conciliacin, sobre todo, cuando uno de los sujetos, carente y deseoso de los privilegios que histricamente han correspondido a otros grupos sociales, tiene prisa por disfrutarlos en igualdad de condiciones (7) .

El problema principal que plantea este nueva dimensin de la democracia es que, en la medida en que quiere hacerse ms autntica por ser ms protagnica, necesita ser ms deliberativa y, por tanto, esencialmente inclusiva y nunca exclusiva. Pero eso requiere el que toda la sociedad acepte el marco de juego democrtico. La trgica paradoja de la democracia (que tan crudamente se est viviendo estos aos en Venezuela en medio de una gran incomprensin exterior) es que ninguna puede llegar a serlo cuando alguna parte implicada se arroga el derecho a excluirse si lo deliberado o decidido no le satisface, lo que quiere decir que quien no quiere la democracia tiene un poder efectivo para hacer que la democracia, si no les complace, no llegue nunca a serlo.

En las ltimas elecciones legislativas celebradas en Venezuela el poder electoral acept prcticamente todas las exigencias de la oposicin pero, incluso as, sta decidi retirarse: despus de la votacin su discurso es que en Venezuela no hay legitimidad democrtica a travs de las urnas porque la oposicin no est representada. Y lo que es peor no es esa retrica, sino que, al no estar representada, la democracia efectivamente se resiente.

En cualquier caso, los problemas que acabo de plantear se refieren naturalmente a los que ha de resolver, entre demcratas, un proceso que se abre a un nuevo tipo de democracia. Pero la situacin es otra an ms compleja desde el primer momento en que las viejas oligarquas optan expresamente por destruir la propia democracia mediante el golpe de Estado de 2002 (llamado "vaco de poder" por el poder judicial que la oposicin acusa de estar al servicio del gobierno), por el golpe petrolero de 2003-2004 o por los continuos actos de sabotaje y agresin que en cualquier otro pas seran calificados como simples acciones terroristas pero que, tratndose de Venezuela, se contemplan con simpata o reciben el apoyo, sobre todo, de Estados Unidos.

Todo ello es lo que hace que en lugar de que la constitucin como sujeto poltico de una parte de la sociedad que el rgimen anterior haba condenado al ostracismo y a la exclusin social se perciba como un (necesario) momento superior de la democracia, ese trance se convierta en un motivo de ruptura y negacin de la democracia.

La inclusin de los desheredados en la polis se concibe como una negacin de la democracia. Pero, obviamente, no porque su carcter incluyente la haga menos democrtica, sino porque la presencia de nuevos sujetos obliga a modificar el criterio de reparto y disfrute de los derechos y libertades que, hasta entonces, haban sido exclusivos de los privilegiados.

El nuevo sujeto poltico, un sujeto de derechos sociales


Desde que en Venezuela se inici el cambio revolucionario que lidera Hugo Chvez, se ha producido un proceso que es innegable: la transformacin sustancial en la pauta distributiva que siguen las polticas estatales, incluso teniendo en cuenta la brecha que en este aspecto abri en su da el golpe de Estado y, ms adelante, el paro petrolero.

Los adversarios del proceso de cambio suelen argumentar que lo ocurrido es, simplemente, que el gobierno de Hugo Chvez se encontr con una fase de precios del petrleo muy elevados que le ha permitido hacer enormes dispendios y elevar el gasto pblico.

Pero eso no es la verdad.

Segn los datos que proporciona el Ministerio de Economa y Finanzas, los ingresos petroleros que se recibieron en 2003 fueron, en trminos reales, aproximadamente la mitad de los que se registraron en 1974. Respecto a los que se reciban en el primer gobierno de Carlos Andrs Prez, no alcanzan ni el 27%. Unos porcentajes que han mejorado en 2005 y 2006 pero que an quedan lejos de los de aquellos aos de la "Venezuela saud", sobre todo, si se tiene en cuenta que la poblacin prcticamente se ha duplicado en esos ltimos 32 aos.

Cuando Chvez gan las primeras elecciones, el ingreso fiscal de la renta petrolera fue el menor de la historia, una de las circunstancia que indujo a una doble estrategia: procurar unos precios internacionales ms justos y una asignacin menos dilapidadora de la renta de la empresa petrolera nacional (PDVSA) al Estado.

En cualquier caso, es un hecho innegable de que la principal riqueza de Venezuela es el petrleo y, por tanto, la cuestin que hay que discutir es la del destino que se la ha dado a sus frutos y cmo se distribuyen los ingresos que genera, porque es natural que los principales recursos de un estado petrolero sea esos y no otros. Otra cosa es, como analizar ms adelante, en qu medida se utilizan esos recursos para avanzar hacia un modelo de crecimiento menos dependiente de un recurso que es agotable y ms sostenible a largo plazo. Los ejes de esa nueva pauta redistributiva han sido la alimentacin, la salud, la educacin y, en general, todos los gastos sociales.

Como puede verse claramente en el cuadro que acompaa a estas lneas, el peso del gasto pblico total en el PIB ha aumentado 5,4 puntos y el del gasto social 3,9, mientras que los incrementos que han registrado los diferentes conceptos de gasto real por habitante (ms significativos de su beneficio final sobre las personas que del esfuerzo del estado para financiarlo) son an ms importantes. En todo el periodo ha ido aumentando el esfuerzo realizado por el Estado para financiar los gastos sociales, lo que se mide por el porcentaje que representan sobre el PIB.
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Lgicamente, ese mayor gasto es lo que ha permitido que millones de ciudadanos que antes no disfrutaban apenas de ningn derecho social hayan comenzado a ser sus titulares. Sin tratar de realizar aqu un anlisis exhaustivo de esos logros (que pueden consultarse en las estadsticas oficiales o en las de los organismos internacionales (8)), se puede destacar la alfabetizacin de ms de un milln y medio de personas, la inclusin de tres millones en las diferentes etapas del sistema educativo, o el aumento del 83% de la matrcula en la enseanza preescolar, del 13% en la bsica o del 55% en la media.

Por otro lado, la puesta en marcha de Misiones sanitarias (principalmente la de Barrio Adentro) ha permitido realizar del orden 70 millones de actuaciones y establecer 20 millones de tratamientos.

Del avance que esto supone es un buen ejemplo un dato que me proporcion en alguna ocasin el propio Presidente Chvez y que no he visto despus publicado: quirfanos ambulantes que actuaban en las zonas ms pobres estaban realizando en una semana el mismo nmero de pequeas operaciones que antes se realizaban en siete aos.

Han sido ms de cien mil las personas que, en mayor o menor medida, han vuelto a ver y muchos ms las que han sido curadas de dolencias antes crnicas, y millones las que han comenzado a tener atencin mdica asegurada por primera vez en su vida.

En el campo de la seguridad alimentaria destaca la actuacin de los mercados populares de alimentos (MERCAL) que han proporcionado productos alimenticios de diferentes clases con descuentos de entre el 25 y el 50% a ms de quince millones de personas, hasta el punto de que es cada vez ms habitual que las propias clases medias los usen cada vez ms frecuentemente.

Hay que tener en cuenta, adems, que al gasto pblico consignado en los presupuestos del Estado hay que aadir las cantidades millonarias que la empresa pblica de petrleo (PDVSA) transfiere cada ao a las Misiones, integradas a su vez en los correspondientes ministerios, por un montante que se ha calculado incluso en el 50% del correspondiente presupuesto estatal.

Eso significa que en trminos reales y efectivos, el gasto que est llegando a los sectores populares, los que normalmente son beneficiarios de estas polticas, es mucho ms elevado que el que parece en las cifras oficiales que provienen de fuentes presupuestarias.

Todo ello puede interpretarse de muchas formas, como de hecho ocurre. En los crculos de opinin opuestos al gobierno prevalece la idea de que ste "compra" las voluntades de los ciudadanos. El profesor del Centro de Polticas Pblicas del Jos Manuel Puente estima, por ejemplo, que se trata de una "estrategia poltica para moldear la percepcin de los ciudadanos votantes" (9).

Es, sin duda, una opinin legtima, aunque basada en juicios de intenciones o en una idea bastante simplista, porque estara por ver qu gobierno del planeta hace gasto pblico sin la intencin de aumentar el nmero de sus votantes. Pero, en cualquier caso, lo que parece que debera ser lo relevante y merecedor de ser destacado es que ahora perciben beneficios sociales ciudadanos que antes no los perciban. Porque, por otro lado, es bastante fcil adivinar que a quienes no podan ir a las escuelas, ni tenan mdicos, ni agua en sus viviendas... seguramente no le hubiera importado que los gobiernos de la IV Repblica hubieran tratado de "moldear sus percepciones" si era a cambio de los bienes sociales que ahora reciben del gobierno chavista.

Lo que est ocurriendo es que no se percibe el fenmeno esencial: que ahora hay millones de nuevas personas que se sienten titulares de nuevos derechos (por muy imperfecta que sea todava la forma en que los disfrutan), que perciben beneficios antes impensables y, como no poda ser menos, que se sienten dueos de las rentas (principalmente petroleras) que se producen en su pas. Eso es lo que ha dado carta de naturaleza como sujetos poltico a quienes se haban sentido siempre como simples desheredados.

Claro que los triunfos electorales de Chvez y de los partidos que gobiernan Venezuela estn ligados a esas polticas sociales, a ese reparto de la renta petrolera, al incremento del gasto social, a las inversiones dedicadas a satisfacer las necesidades de los ms pobres ... ! Es normal, e incluso parece que debe ser lo lgico y deseable que as ocurra en las democracias. Lo que no parece tan lgico es criticar esto y, al mismo tiempo, no reconocer que quiz se est en contra de ese gobierno justamente porque ha establecido prioridades de reparto que no resultan tan satisfactorias para los dems o, al menos, tanto como las anteriores que dejaban fuera del reparto a millones de conciudadanos (10).

Los dos espacios de la poltica econmica


Uno de los rasgos ms interesantes del proceso revolucionario venezolano es, al mismo tiempo, el que quiz cuesta ms trabajo reconocer a sus adversarios.

Es una evidencia que la economa se encontraba en una situacin realmente catastrfica a finales de los aos noventa y que estuvo a punto de volver a estarlo en 2003, como consecuencia del paro petrolero. Pero lo que ha resultado sorprendente es que el gobierno de Hugo Chvez haya sido capaz de devolverle la senda del crecimiento y lograr resultados positivos en periodos de tiempo tan relativamente breves.

Es muy difcil, por no decir imposible, encontrar en la historia econmica de nuestros das una experiencia semejante a la venezolana, que acumule en un lapso de tiempo tan corto salidas millonarias de divisas, un golpe de Estado, un ambiente de constante movilizacin y altercados callejero, cierres patronales y, sobre todo, un golpe tan daino como el que supuso la huelga petrolera que durante ms de dos meses produjo ms de 13.000 millones de dlares en daos directos y otros indirectos sencillamente incalculables y que provoc una cada del PIB del 7,6% y del 8,9% en 2002 y 2003 respectivamente. Y, al mismo tiempo, que muestre un mejoramiento neto de la situacin econmica en un lapso de tiempo tan breve.

Sin duda, esta intensa y tan efectiva capacidad de reaccin tiene que ver con las nuevas estructuras y con la poltica econmica que el gobierno bolivariano ha sabido imponer en la economa venezolana. No puede haber cado del cielo.

En concreto, creo que se deben destacar tres circunstancias que la explican.

En primer lugar, que se ha rechazado explcitamente aplicar las recetas neoliberales del Fondo Monetario Internacional e incluso que se han aplicado orientaciones claramente contrarias a esa ortodoxia, lo que ha procurado independencia y capacidad de maniobra sin la cual hubiera sido imposible salir de las situaciones problemticas a las que se ha enfrentado el pas.

No slo se han aplicado polticas expansivas que han resultado ser muy convenientes, como sealar enseguida, sino que, a diferencia de lo ocurrido en otros pases, se han instrumentado otras como el control de cambios, extraordinariamente razonables e imprescindibles para que las economas se defiendan de la fuga de capitales o de la especulacin financiera tan nefasta para la economa productiva y para los negocios creadores de riqueza real.

En segundo lugar, que esas medidas han dado resultados bastante positivos hasta el momento tanto en el equilibrio macroeconmico como en los procesos reales de creacin de actividad, empleo y riqueza mejor distribuida.

Cuando Hugo Chvez fue elegido por primera vez slo el 25% de los trabajadores cotizaban a la seguridad social, el salario medio era solo un 20% mayor que el ya reducidsimo salario mnimo. En 1998 los salarios reales eran el 56,8% de los de 1990, el 20% hogares no tenan ingreso fijo, el 50% hogares no reciba agua potable diariamente, el 89% de los nios entre 4 y 15 estaban en situacin de pobreza. En aquel momento, Venezuela era el octavo productor de petrleo y haba sido el primero durante muchos aos pero era el tercer pas ms desigual del mundo. De 1990 a 1998 el 70% de los puestos de trabajo creados haban sido en el sector informal y en 2000 haba 4,7 millones de trabajadores en esa situacin. Durante los aos 90 el PIB por persona tuvo un crecimiento del 0% y el PIB por persona cuando Chvez lleg al poder era el 75% que el de 1977 (11).

Los gobiernos anteriores nunca se haban preocupado por establecer instrumentos fiscales eficaces que permitieran alcanzar equilibrio macroeconmico y justicia social. La recaudacin del impuesto sobre la renta en Venezuela representaba aproximadamente el 0,2% PIB cuando Chvez comenz a gobernar y la formacin bruta de capital privada que en 1978 representaba el 24% del PIB baj al 8% en 1998, y la pblica pas del 18% al 9% (12).

Los ingentes ingresos petroleros de los que disfrut el pas en todos esos aos no se dedicaron a mejorar o incrementar la capacidad productiva del pas sino todo lo contrario. Venezuela se convirti en un pas rentista en el peor sentido del trmino, que reparta los ingresos de la explotacin petrolera entre los sectores privilegiados y los consuma sin ms, en la confianza de que los pozos no iban a parar nunca de dar oro negro a los mercados.

En contra de lo que venan siendo las directrices neoliberales del Fondo Monetario Internacional, las primeras medidas econmicas del proceso se dirigieron a recobrar el pulso productivo mostrando, al mismo tiempo, su expreso y rotundo compromiso popular. Se decretaron subidas de sueldos y salarios tanto en el sector pblico como en el privado, de modo que solo entre 1998 y 2001 se produjo un incremento del 12% en los salarios reales promedio (que, recordemos, haban bajado un 20% en los ltimos diez aos). Adems, se pusieron en marcha las polticas sociales que he comentado antes, adems de otras de reestructuracin de la actividad productiva, para lograr ms equilibrio e integracin internos.

Los resultados de estos primeros aos del proceso bolivariano fueron real y objetivamente exitosos. Frente a los datos de crecimiento negativo del PIB a finales de los aos noventa, en 2000 ya se alcanz un crecimiento positivo del 3,2%. En 2001, el PIB no petrolero (ms significativo de la evolucin del total de la economa y no slo del "tirn" del petrleo) aument el 4%, la construccin el 12,5%, las comunicaciones el 13,2, las manufacturas el 4,2. La consecuencia de ello fue que el PIB per capita aument un 1% en 2001.

La inflacin haba sido del 30% en 1998, pero baj al 20% en 1999, al 13,4% en 2000 y al 12,3% en 2001. El saldo positivo de la balanza de pagos por cuenta corriente casi se multiplic por cuatro entre 1999 y 2001 y las reservas internacionales aumentaron en casi 5.000 millones de dlares. La ocupacin aument en casi 550.000 personas, de ellas, ms de 315.000 empleadas en el sector privado. El paro juvenil se redujo solo entre 1990 y 2000 del 28% al 22,3%.

Una expresin evidente de esta mejora, incluso desde la perspectiva de los parmetros ms ortodoxos, era que la inversin extranjera casi se haba doblado desde 1998 a 2001.

A finales de 2001 se poda decir, por lo tanto, que la evolucin de la economa venezolana era realmente positiva.

Como he sealado antes, el golpe de estado primero y el paro petrolero despus paralizaron la economa, provocando la prdida de cientos de miles de puestos de trabajo, de inversiones, de capitales que salieron por millones fuera del pas, e incluso de casi 3.800 pozos petroleros. Pero, lo sorprendente fue que, una vez vencidas esas resistencias antidemocrticas, la profundizacin en las polticas expansivas y redistributivas permiti que ya en 2004 se alcanzase un crecimiento del PIB del 17,3% y, despus de diez trimestres consecutivos con crecimiento positivo, del 9,4 en 2005.

En este ltimo ao se consolid la recuperacin econmica de forma palpable y no solamente como consecuencia del tirn de la industria petrolera, puesto que el PIB correspondiente al sector no petrolero aument incluso ms, el 10,9%.

En 2005 aument una vez ms el gasto pblico, un 39%, y la inversin; y disminuyeron la inflacin (que se situ en el 14,5%) y el desempleo (que alcanz el 10,1 frente al 18% de 2003). Los ingresos del Estado aumentaron un 80%, en parte como consecuencia de la subida de las regalas petroleras y en parte tambin como efecto de la mayor recaudacin fiscal conseguida. Eso permiti que el dficit pblico haya pasado de representar el 4,4% del PIB en 2003 al 1,5%. Aument la entrada de capital hasta los 7.500 millones de dlares y las exportaciones se incrementaron un 44%, frente a un 30% las importaciones.

Puede decirse, por tanto, que la revolucin bolivariana ha logrado mantener, a pesar de los ingentes problemas que se le han plateado, los equilibrios macroeconmicos bsicos. Incluso desde esta perspectiva ms bien ortodoxa (reduccin de los dficits, de la inflacin, del desempleo, atraccin de los capitales...) ha logrado resultados que son claramente superiores a los alcanzados en otros pases en los que se vienen aplicando las recetas neoliberales.

Es obvio que eso lo ha podido hacer gracias a la inmensa riqueza petrolera que posee el pas, pero se dira una verdad a medias si, al mismo tiempo que se dice esto, se olvida que la misma riqueza estaba en manos de los gobiernos de la IV Repblica que llevaron la economa a la ruina, o incluso de otras grandes potencias econmicas: en 2002 el gobierno bolivariano haba logrado reducir el porcentaje de personas cuyo ingreso estaba por debajo del ingreso medio per capita del 70,8% en 1997 al 68,7%. Slo en el ao siguiente, en 2003, el nmero de pobres aument en Estados Unidos, bajo la administracin de George Bush en 1,3 millones de pobres. Es una diferencia bien notable en cuanto a "performance" econmica de un gobierno y de otro.

Pero si ese factor de xito en la gestin macroeconmica es realmente distintivo, un tercer elemento que resulta ser una de las claves fundamentales de la transformacin bolivariana es que, al mismo tiempo que se ha realizado ese tipo de gestin ms bien anclada en una ortodoxia no neoliberal, se ha abierto un profundo espacio para el desarrollo de nuevas relaciones econmicas, tal y como seala la Constitucin al hablar del fomento de una economa diferente basada en mecanismos autogestionarios y cogestionarios o en "asociaciones solidarias, corporaciones y cooperativas.

Sobre todo despus del paro petrolero el gobierno impuls la estrategia llamada de desarrollo endgeno que pretende, bsicamente, potenciar el autoabastecimiento, reducir las dependencias indeseables, diversificar la produccin y aumentar la produccin y exportacin de bienes industriales. Es decir, generar alternativas a la enorme extraversin y desintegracin que han producido las polticas neoliberales.

En los ltimos aos se han creado miles de cooperativas o Empresas de Produccin Social y se han puesto en funcionamiento mltiples instrumentos de financiacin alternativos (bancos pblicos especializados en diferentes sectores o actividades econmicas o abundante microfinanciacin) (13).

Su desarrollo, sin embargo, es todava muy limitado (e incluso muchas de ellas ni siquiera funcionan con efectividad), sobre todo, debido a que se carece del suficiente mercado interno, de redes de transporte y comunicacin adecuadas y, en general de la integracin que resulta necesaria para que todas esas actividades generan las economas y sinergias que las hagan competitivas.

Pero, incluso a pesar de ese escaso desarrollo, este nuevo espacio econmico representa la realidad ms interesante del panorama econmico venezolano, la autntica va por la que se podra avanzar hacia una transformacin social que garantice mayor satisfaccin general y mejor rendimiento econmico. De su futuro depender, seguramente, no slo lo que ocurra con la economa venezolana sino quiz con todo el proceso poltico que la dirige y sostiene.

La ambiciosa sombra de la Espada de Bolvar ... y la larga mano del vecino del norte

Para finalizar este comentario que trata de subrayar los elementos que me parecen centrales en la revolucin bolivariana hay que mencionar a su proyeccin exterior.

Esta ha sido, efectivamente, uno de los ejes sobre los que ha gravitado la accin del gobierno de Hugo Chvez, empeado siempre en rememorar los sueos integradores de Simn Bolvar. Como otros tantos aspectos de la poltica de la Repblica, ha sido interpretada de mil formas, pero la mayora de las veces apresurada y equivocadamente.

Por parte de sus adversarios se resuelve el asunto sealando simplemente que el presidente venezolano es un revolucionario interesado nada ms que en exportar su experiencia o su modelo social a otras latitudes, recurriendo a los tpicos ms primitivos que tratan de descubrir por todos lados "la amenaza comunista".

Es verdad que los regates en corto (aunque en muchas ocasiones sean inevitables), la precipitacin, el histrionismo ocasional y la imprudencia con que Hugo Chvez aborda a veces las cuestiones internacionales (ms que cualquier otra exigentes de tacto y diplomacia) provocan confusiones e incluso problemas que a veces se vuelven contra los propios intereses progresistas que trata de defender (como puede haber ocurrido en Per con sus desesperados intentos de "ayudar" a la candidatura de Ollanta Humala). Pero los detalles accidentales no deberan ocultar la naturaleza real del papel que el entorno internacional juega en la revolucin bolivariana, y viceversa.

La primera orientacin internacional del gobierno de Chvez se dirigi inteligentemente a fortalecer la posicin de los pases exportadores de petrleo, algo que sus antecesores haban descuidado y que provoc la perdida de millones de dlares en ingresos como consecuencia de los precios tan bajos del crudo.

Un segundo eje de la poltica exterior venezolana ha consistido en forjar la mayor solidaridad posible con el proceso de cambio que se viene realizando o, al menos, la neutralizacin de las posiciones poco amistosas que Estados Unidos, principalmente, ha ido cultivando en la diplomacia internacional desde que "le vio las orejas" al lobo chavista.

Esta estrategia se ha complementado con la apertura o fortalecimiento de lazos comerciales con pases hasta ahora alejados de los intereses venezolanos, como China, Rusia o Irn, pero con quienes est abriendo una va de proyeccin exterior que sin duda va a proporcionarle no slo mercados muy rentables sino tambin una gran dosis de independencia en sus relaciones exteriores.

En este sentido, ha modificado tambin sus relaciones con pases de la Unin Europea, especialmente con Espaa, o quiz a travs justamente de Espaa, lo que ha permitido desbloquear relaciones comerciales y ganar posiciones de mayor neutralidad a la hora de hacer frente a los conflictos que inevitablemente le comporta a la revolucin bolivariana el circular contra la corriente poltica e ideolgica dominante en casi todo el planeta.

Sin embargo, en donde Venezuela est desplegando una mayor actividad es en el espacio que se constituye como el mbito natural de la transformacin social que all se lleva a cabo: Amrica Latina.

No puede ser de otra manera. En nuestra poca de redes e interrelaciones de todo tipo, de inmediatez, flexibilidad y de transnacionalismo el mbito en el que inexcusablemente tiende a proyectarse cualquier proceso de transformacin social es internacional. Sin este, es muy difcil que cuaje el cambio productivo, o incluso el poltico o el cultural en el interior de cualquier pas. Es injusto que se defienda continuamente la globalizacin "realmente existente", bastante imperfecta, desequilibrada y asimtrica y que, al mismo tiempo, se critique que la revolucin bolivariana tienda a crear un espacio propio, aunque por definicin compartido y, por tanto, consensuado y diseado en conjunto, en el espacio internacional en el que se inserta.

Lo que ocurre es que esa tendencia a la proyeccin exterior no es exclusiva de Venezuela sino que es buscada igualmente por quienes tienen proyectos de transformacin social muy diferentes, lo que provoca que la correspondiente bsqueda del espacio exterior natural se haga en condiciones conflictivas, de choque y contradiccin de intereses. Y en esa situacin, las respuestas que se ofrecen no suelen ser las democrticas porque los ms fuertes no admiten reglas del juego y se empean siempre en imponer sus condiciones.

La paradoja es que en nombre de la libertad y la democracia se niegue el espacio, por ejemplo, para un proyecto de integracin continental como el que propone y est empezando a construirse bajo el impulso venezolano (el ALBA, la integracin energtica, comunicativa, educativa, etc.) mientras que se da por hecho que el proyecto centrado exclusivamente en la integracin de los mercados (como el ALCA o los Tratados de Libre Comercio que tratan de paliar su paralizacin) es solamente el que tiene derecho a existir legtimamente.

Es un simplismo creer que la poltica exterior bolivariana busca que Chvez se convierta en el dueo de Amrica, una expresin que aunque parezca exagerada puede escucharse habitualmente en comentaristas o idelogos que no simpatizan con su gobierno. Se quiera o no, una integracin regional de nuevo tipo es imprescindible para los pases que quieran no ya iniciar un proceso de cambio radical (que ni siquiera se est dando en Venezuela) sino, simplemente, reutilizar mejor sus recursos endgenos para hacer frente a la desertizacin productiva que ha provocado el neoliberalismo, reorientar su economa hacia la satisfaccin de las necesidades sociales, mejorar la distribucin de la renta y lograr un poco ms de capacidad de maniobra a la hora de hacer frente a los desequilibrios econmicos (14).

Bien es verdad, sin embargo, que todo ello tiene una restriccin fundamental: el hostigamiento continuo de Estados Unidos que va desde la financiacin a la oposicin (una prctica que sera condenada en cualquier otro lugar del mundo) hasta la proteccin a terroristas como Posada Carriles, pasando por el sabotaje econmico, por la prctica de bloqueos comerciales de hecho o por la constante preparacin de todo tipo de ataques al orden constitucional y al gobierno legtimo de Venezuela.

Estados Unidos es la fuente principal de agresin a un gobierno legtimo y que, segn las encuestas nacionales e internacionales, adems de los propios resultados electorales, goza de un inmenso apoyo popular.

No deja de sorprender el continuo discurso descalificador procedente del gobierno de Estados Unidos cuando los ciudadanos venezolanos expresan, seguramente ms a menudo y en mayor medida que los de otros pases, una gran confianza en su gobierno. Una encuesta realizad en 2005 indicaba que slo un 23% de la poblacin consideraba que viva en una dictadura, mientras que el 74% afirmaba vivir en democracia.

El Latinobarmetro que anualmente proporciona informacin sobre el grado de aceptacin de la democracia y satisfaccin con los gobiernos en Amrica latina viene mostrando en los ltimos aos que Venezuela es el pas que proporciona datos ms satisfactorios. Por ejemplo, es en el que desde 1999, ao en que comenz a gobernar Hugo Chvez, hay ms confianza en la democracia y en donde ms se confa en las elecciones. Otras encuestas ha mostrado que casi la mitad la poblacin, el 45%, afirma sentirse beneficiada por el reparto de la riqueza petrolera, cuando ese porcentaje rondaba el 20% en los aos anteriores a la revolucin bolivariana. Aunque no suelen reconocerlo los adversarios del proceso, lo cierto es que los porcentajes de popularidad y aceptacin de la gestin del Presidente Chvez suelen estar entre el 50% y el 60% en las encuestas (15).

Pese a ello, es muy difcil encontrar otro pas en el mundo que se enfrente a un entorno internacional tan complicado, que sufra una descalificacin tan constante sobre su experiencia democrtica, un desconocimiento tan profundo sobre lo que all sucede y una agresin tan explcita a sus instituciones legtimas.

Tambin hay lugar para las sombras

Como es natural, la revolucin bolivariana no est exenta de problemas sin resolver, de limitaciones graves y de desviaciones que en muchas ocasiones desfiguran su autntica naturaleza o impiden que se logren los objetivos de bienestar humano que se persiguen.

Analizarlos obligara a comenzar de nuevo otro texto y no es esa mi intencin aqu, aunque s me parece necesario apuntar, al menos, los que me parecen ms relevantes.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que, aunque la eleccin de Hugo Chvez abri las puertas a una autntica revolucin que dio la vuelta a la cultura poltica y a sus instituciones, a la pauta de reparto y a la forma de gobernar el pas, la administracin del Estado prcticamente se mantuvo inamovible. An hoy est formada en su mayor medida por personas opuestas a la transformacin social que se quiere llevar a cabo y eso provoca a menudo que las medidas del gobierno se desvanezcan en el aire, por la falta de instrumentos administrativos que las hagan efectivas.

Se trata de una carencia fundamental que ha tratado de solventarse utilizando el ejrcito o creando las Misiones pero es evidente que esa alternativa no es siempre la adecuada, que tiene limitaciones importantes y que puede ocasionar a la larga ms problemas de los que resuelve.

A esa circunstancia se aade la extendida corrupcin que se padece en casi todas las actividades sociales. Una corrupcin que se hered como una autntica cultura, fuertemente arraigada y extendida, pero que nadie ha sido capaz de erradicar con eficacia. Se trata de prcticas que literalmente minan la economa, que generan una extraordinaria ineficacia, que desaniman a la poblacin y que generan impotencia, frustracin y desaliento.

Por otro lado, aunque se han logrado avances, Venezuela sigue siendo un pas inseguro y violento en donde los conflictos se resuelven a menudo de forma incivilizada y esa es una enfermedad social de la que no estn completamente exentas las relaciones polticas y civiles en general. Ms bien al contrario, la presin que crea ese clima se traduce inevitablemente en un medio ambiente social crispado y en donde la convivencia no siempre es la que permite cultivar el dilogo y el reconocimiento social.

La revolucin bolivariana es una transformacin de valores que ha tenido como singularidad la de incorporar principios ticos muy explcitos a la vida poltica y social. En el mejor sentido del trmino, desea ser una transformacin social moralizante (y por eso se entiende mal, por ejemplo, que instituciones como la Iglesia Catlica sean tan opuestas a las polticas de reparto que est inspirando, a las polticas sociales de ayuda a los ms pobres, a su discurso igualitario o a su radicalismo democrtico). Sin embargo, la revolucin no ha sido capaz de avanzar suficientemente en la lucha contra el machismo o incluso contra los brotes (aunque sean ms implcitos que claramente explcitos) de cierto racismo que tantas veces dominan las relaciones sociales.

La revolucin tambin ha estado y sigue estando lenta a la hora de hacer frente a algunos problemas de infraestructuras sociales muy graves. Haber visitado una crcel venezolana es una experiencia desoladora. Se necesita avanzar mucho ms en esos campos, como tambin en el de la vivienda (que podra convertirse en un cuello de botella insalvable en ese pas si se sigue produciendo el actual crecimiento demogrfico).

Al parecer, si se tiene en cuenta la continua controversia que hay sobre ello en crculos ms especializados, tampoco parece que se haya terminado de resolver un asunto tan crucial en Venezuela como es la gestin y el control de la industria petrolera, de modo que muchos advierten que lo que se ha hecho es sustituir a una meritocracia por otra.

Finalmente, hay que sealar que, a pesar de que el gobierno se propone avanzar en la generacin de un espacio econmico alternativo y disear un modelo de crecimiento no dependiente de la renta petrolera, esa es una tarea tan ardua en la que slo se ha avanzado escasamente. Eso significa que sigue pendiente, y seguramente lo seguir estando durante muchos aos, la consolidacin de una va econmica ms sostenible a medio y largo plazo.

A esos problemas, en fin, se podran aadir, sobre todo, los derivados del escaso control que en realidad se tiene sobre el poder real que hoy da gobierna nuestras sociedades y que en el caso de Venezuela se traduce en una oligarqua tan poderosa como egosta y carente de principios. Su poder no est incrustado solamente en los grandes escenarios de la economa, de las multinacionales o de las finanzas, sino que ha generado extensiones en otros mbitos ms domsticos: en la polica, en la judicatura, en sectores del ejrcito (aunque ste quiz ms depurado que ninguna otra institucin), en la enseanza, en las jerarquas de las iglesias...

No son pocos, por tanto, los escollos a los que se enfrenta continuamente este proceso singular y complejo pero con una caracterstica que se superpone sobre cualquier otra: la de haberle dado la voz y la ciudadana efectiva (la que se expresa con el voto pero tambin con la posibilidad de disfrutar de derechos sociales) a millones de hombres y mujeres antes desheredados.

En definitiva, todo estas cuestiones son las que plantea inevitablemente un proceso que pretende crear un socialismo del siglo XXI en una sociedad que padece desigualdad y pobreza del siglo XIX. Seguramente, sea la primera vez que un proceso revolucionario de esta naturaleza se da en un pas que tiene dinero. Pero, desgraciadamente, no basta con tener dinero.

Hace unos aos un periodista le pregunt a Jorge Giordani, Ministro de Planificacin de Venezuela, que cmo lograr el pas "destetarse" del petrleo. Dice el periodista que antes de contestar suspir como diciendo "qu ingenuo!" y luego le dijo: "Desde que asumimos hemos estado continuamente librando batallas polticas. Mucha gente ha aprendido a leer en los ltimos aos, pero cunto tiempo les llevar poder formarse para trabajar en alta tecnologa, o en el campo de la medicina o de los servicios? Diez aos? Una generacin? Estamos combatiendo contra una cultura rentstica, y muy individualista. Siempre lo mismo: 'Mam Estado, pap Estado, denme algo del dinero que produce el petrleo'. Organizar a la gente es muy, pero muy difcil".

Luis Althusser habl alguna vez de "procesos sin sujeto". Si la revolucin bolivariana tiene algo, adems de todos los problemas que he mencionado, es eso: un sujeto que no parece que, de momento, est dispuesto a dejar de serlo.

NOTAS

1. Norman Gall, "La dudosa obra de Chvez", El Pas, 27 de marzo de 2006.

2. Luis de Sebastin, "El reparto de la globalizacin", El Pas, 28 de mayo de 2006.

3. Sobre la "guerra de los medios" vid. Emilia Bolinches. "Venezuela traicionada por sus medios". Agora, Revista de Ciencias Sociales, n 10 (pp.187-198).

4. Una anlisis histrico resumido de este proceso en el captulo De Punto Fijo a la Constituyente. Los bolivarianos, entre la accin y la reaccin de Rubn Martnez Dalmau en Juan Torres Lpez, "Venezuela a contracorriente. Los orgenes y las claves de la revolucin bolivariana". Icaria 2006.

5. Juan Torres Lpez y Alberto Montero, Hay ms pobres en Venezuela con Hugo Chvez?, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=5651.

6. Algo que se escucha muy frecuentemente en Venezuela es que Chvez ha destruido a la clase media venezolana. Muchos estudios, sin embargo, muestran que el deterioro de las clases medias (algo que no deja de ser un eufemismo en un pas donde ms de la mitad de la poblacin est bajo el umbral estadstico de la pobreza) comenz mucho antes. As, Patricia Mquez y Ramn Piango afirman que entre 1975 y 1997 la clase media venezolana se redujo del 56,9% al 31,3%. En Patricia Mrquez y Ramn Piango (edits): "Realidades y nuevos caminos en esta Venezuela". IESA 2003).

7. Sobre este asunto pueden verse los captulos 2 y 3 de Juan Torres Lpez, "Venezuela a contracorriente, op.cit.

8. En el portal del Sistema integrado de indicadores sociales de la Repblica Bolivariana de Venezuela pueden encontrarse datos actualizados sobre la realidad social del pas. Su direccin es: http://www.sisov.mpd.gov.ve/indicadores/index.html.

9. En: http://www.asemaster.com.ve/Jose%20Manuel%20Puente.pdf.

10. Un anlisis reciente sobre los efectos de estas polticas sobre la desigualdad de partida en Rodolfo Magallanes, "La igualdad en la Repblica Bolivariana de Venezuela (1999-2004)", Revista Venezolana de Economa y Ciencias Sociales, 2005, vol. 11, n 2, pp. 71-99.

11. Vid. Juan Torres Lpez, "La economa en tiempos de convulsin: luces y sombras" en "Venezuela, a contracorriente...", ob.cit.

12 . Juan Torres Lpez, "Ha hundido Chvez la economa venezolana?" en Pascual Serrano (Coord.), Mirando a Venezuela, Editorial Hiru. San Sebastin 2004.

13. Cuando Chvez lleg al poder, existan algo menos de 900 cooperativas, aunque slo la mitad funcionaba con algn xito. En el ao 2001 surgieron ms de 1.000, y ms de 2.000 el ao siguiente, pero desde que el gobierno comenz a fomentarlas y a financiarlas con gran generosidad su nmero creci exponencialmente: se crearon 18.000 en 2003, 36.000 en 2004 y 41.000 en 2005. Lgicamente, no todas, ni mucho menos, tienen una actividad potente ni contribuyen en igual medida a la creacin de riqueza y al desarrollo econmico nacional.

14. Como es fcil comprobar, y en contra de la caricatura que suele predominar en muchos anlisis de la proyeccin externa de la revolucin bolivariana, el papel real que desempea Cuba en esas estrategias, dada su situacin geopoltica, no es desde luego nada determinante, aunque es obvio que la isla es la primera interesada en que Amrica Latina se dote de un espacio econmico integrado que favorezca proyectos de esa naturaleza. Quienes slo quieren ver en la poltica exterior venezolana una alianza entre comunistas gobernada por el viejo comandante de Mayar simplifican hasta la exageracin y lo que les ocurre es que no pueden detectar el autntico cariz que estn alcanzando los procesos de integracin en el continente.

15. Los datos del Latinobarmetro se pueden encontrar en http://www.latinobarometro.org/. Los dems estn recogidos en Ernesto Fidel de Chzaro, "Buscando la Revolucin Bolivariana" (2006), pendiente de la edicin escrita puede encontrarse en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=30980.

Juan Torres Lpez es Catedrtico de Economa Aplicada de la Universidad de Mlaga (Espaa) y coordinador del libro Venezuela a contracorriente. Los orgenes y las claves de la revolucin bolivariana (Barcelona, Icaria 2006).
Su web: www.juantorreslopez.com




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