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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-12-2006

Los desafos del Polo Democrtico

William Ospina
Rebelin


Dicen que nuestro padre Bolvar, que tena derecho a criticarnos, dijo alguna vez que cada colombiano era un pas enemigo. La verdad es que Colombia fue por mucho tiempo, a pesar de la abnegacin y la generosidad de innumerables luchadores populares, y como consecuencia de una poltica estudiada y exitosa de las lites, un pas fragmentado e insolidario. Y en el orden social la insolidaridad es el peor enemigo. La dirigencia que maneja al pas desde la aurora de la repblica supo siempre que su xito dependera de mantener a un pueblo tan diverso por su composicin y por sus costumbres, dividido para siempre. Dividido, escindido, estratificado. Aqu en nada ponen ms cuidado que en ensearnos a todos a saber a qu estrato pertenecemos. Incluso la educacin, que se nos predica como la solucin a todos los problemas, es ante todo una escuela de estratificaci n. Hasta en una concentracin del Polo Democrtico vi un da algo que me desanim. Haba una seccin llamada VIP, sigla nefasta que significa very important people, gente muy importante. Y me dije con cierto sabor de frustracin que si Polo permita que se abrieran camino esos melindres clasistas, no saldramos nunca de la Colombia del Jockey Club. Eso lo digo como una amistosa observacin.

Yo creo que a ningn pueblo se le han predicado tantas diferencias. El hecho de que Colombia sea un pas de extraordinaria diversidad ha favorecido esas divisiones intencionadas que nos inmovilizan y nos dejan inermes en manos de la barbarie, y los partidos polticos tradicionales fueron por mucho tiempo ctedras de odio entre los colombianos. Por eso entiendo la frecuencia con que se oye en este Congreso la consigna de Unidad, repetida muchas veces. Todos sabemos que el secreto del triunfo de un proyecto generoso y democrtico en Colombia est en la conquista de la unidad. Pero cul es el secreto de una verdadera unidad? La mera voluntad no basta, se requiere un mtodo. Esa unidad anhelada exige sinceridad y franqueza, porque no se hace unin callando lo que pensamos sino expresndolo con confianza y con lealtad. Afirmarnos en nuestras convicciones y nuestros principios sin que eso se interprete como hostilidad, sin tener que fingir que hay que estar de acuerdo en todo para poder cumplir juntos algunas tareas indispensables.
Para tener de verdad confianza en los otros se requiere conocimiento, pensamiento, y ante todo confianza en s mismo. Estoy seguro de que aqu se est encontrando, casi por primera vez, una Colombia que no se conoca. Una Colombia invisibilizada, acallada y excluida. Es una extraordinaria oportunidad de conocer a Colombia asistir a este Congreso, y sera una lstima que no la aprovechramos. Nada como ese dilogo, como ese intercambio de memorias y sueos, nos permitir avanzar en la formulacin de un proyecto de pas que no slo sea posible sino acertado. Para confiar en nosotros mismos necesitamos conocer lo que nos rodea: necesitamos una mezcla profunda de memoria y orgullo, slo eso nos puede ayudar a estar seguros de lo que somos y de lo que merecemos.

Cierta vez le o decir a Santiago Garca: Los pases del Occidente como la India y la China, y los pases del Oriente como Espaa y Francia. Me pareci que haba un error y le dije: Querrs decir los pases orientales como la China y la India y los occidentales como Espaa y Francia. Entonces muy amablemente me contest: Es que confundimos la cultura con la geografa. Como uno est mentalmente en Europa piensa que la China y la India estn en el Oriente, pero para nosotros estn al Occidente. Y basta mirar el mapa para ver que Espaa y Francia estn al Oriente de Colombia. Ese pequeo ejemplo bast para demostrarme que vivimos en un mundo de convenciones.

Muy a menudo, sin darnos cuenta miramos con los ojos de las metrpolis que nos conquistaron, y en la lucha por conquistar ese orgullo y esa seguridad mental sin los cuales no somos buenos interlocutores de nadie, hace falta arraigar en nuestro mundo, conocerlo en detalle y apropiarnos de su memoria. Muchos colombianos todava tenemos que dejar de vivir en ese pas que, como una anmala figura de la geometra, tuvo siempre el centro afuera: en la corona espaola, en el vaticano, en la revolucin francesa, en el mercantilismo ingls, en los centros comerciales de Miami. Dejar de percibir el mundo desde la ptica de las culturas dominantes.

Hace treinta aos los analistas de la realidad colombiana, vidos por hacer coincidir nuestra historia con los esquemas de Hegel, buscaban en ella la secuencia invariable del esclavismo, el feudalismo y el capitalismo. Ni se les ocurra que nuestra realidad no cabe en los esquemas de Hegel. Que aqu lleg hace cinco siglos la sociedad mercantil, el capitalismo incipiente, inaugurado por la edad de los descubrimientos; que la conquista de Amrica propici lo que llamaba Marx la acumulacin originaria del Capital, y que despus de llegado el capitalismo lleg, asombrosamente, el esclavismo. Que aqu lleg primero, en los galeones de los espaoles, la Contrarreforma, y slo ahora est llegando la Reforma. Interpretar nuestra realidad exige mirarla con ojos nuevos; exige ser, a la hora del anlisis, tan originales como ella.

La noticia, asombrosa para algunos, de que esto no es Europa, es fundamental para que podamos dialogar con el mundo desde nuestra realidad. La China sabe que no es Europa, los rabes saben que no son Europa, los hindes saben que son otra cosa. Pero yo he odo importantes intelectuales que niegan que los indgenas y los descendientes de frica jueguen un papel importante en nuestra cultura, gentes que creen todava que somos espaoles, que aqu no hay mestizaje. Y eso no lo decan solamente Silvio Villegas y los seores de la vieja Academia de Historia, sino gente joven de hoy. Aqu se abri camino la ilusin de que ramos europeos, acaso por ser, como deca Rubn Daro, la Amrica, que an reza a Jesucristo y an habla en espaol.

Se abri camino esa tradicin de negar nuestro pasado y nuestro presente indgena, nuestro mundo afroamericano, las selvas, los ros de barro, los caimanes, los jaguares, las dantas, los chigiros, la mayor variedad de aves del mundo, la mayor variedad imaginable de climas. Nos dedicamos a cantarle a los ruiseores, los nicos pjaros que no existen en esta geografa, y a decirles a las amadas en las canciones que esperen las flores de nuestro amor en primavera, que en el verano nuestra pasin ser cada vez ms ardiente, que en el otoo nuestras ilusiones caern como las hojas, que nuestro corazn ser una brasa bajo las nieves del invierno. Pero nos toc inventar la nieve navidea con bolitas de icopor porque el mundo en que creemos vivir se parece muy poco al mundo en que vivimos. Los europeos en cambio se abstienen rotundamente de decorar sus avenidas con carros tirados por jaguares, no hacen carnavales del hombre caimn, y para sus diseos prefieren inspirarse en las plantas de Europa. Viven donde viven.

Esa mala costumbre nuestra de creer que nacimos en el lado oscuro del jardn y que por eso tenemos que fingir ser de otra parte, puede simbolizarse en la figura casi caricatural de Miguel Antonio Caro, que slo hablaba en latn bajo los alcaparros del altiplano, que jams sali de la Sabana de Bogot, que gobernaba a Colombia como si fuera la Roma de Propercio o de Cicern, y que nos dej durante cien aos de soledad una Constitucin para la que no haba ni indios ni negros ni selvas ni tierra caliente ni lluvias del Choc ni malocas amaznicas ni el bastn susurrante del chamn ni el arrastrar de cadenas invisibles de la cumbia ni la frentica electricidad de los danzantes del mapal.

Yo escrib una vez sobre la necesidad de encontrar esa franja amarilla de la sociedad, en la metfora de la franja de la bandera nacional que puede representar a las mayoras excluidas y postergadas por nuestra historia. Pero pienso tambin en otro sentido de esa franja amarilla: es nuestra presencia en la regin equinoccial de Amrica, en la franja solar donde se produce la mayor diversidad de la vegetacin y de la fauna, en el paralelo cuatro que produce buena parte del oxgeno planetario, la franja del oro sagrado de los pueblos precolombinos, la tierra de los hombres del maz, la tierra fecunda de todos los mestizajes, la franja con mayor actividad elctrica del planeta, con la regeneradora capacidad de producir ozono que tiene nuestra atmsfera.

Mencionaba ayer Antonio Navarro a los grandes pioneros de este despertar ciudadano. S. Tenemos que ser dignos de la sangre de Gaitn y de Pardo Leal, de Bernardo Jaramillo y de Carlos Pizarro, y de tanta sangre inocente que impregna este suelo. Y tambin tenemos que ser dignos del ideario de Bolvar, de la sabidura de Humboldt, del pensamiento de Caldas, de las hazaas cientficas y estticas de la Expedicin Botnica, del legado de esa otra aventura inconclusa de reconocimiento del territorio, la Comisin Corogrfica.

Ya que la dirigencia colombiana ha traicionado buena parte de sus propias conquistas civilizadas, tenemos que asumir nosotros el ideario de la civilizacin. Hacer nuestros los grandes tesoros de la lengua, enriquecidos por el dilogo con muchas otras lenguas nuestras, indgenas, africanas, gitanas. El tesoro de nuestras artes. Ese patrimonio riqusimo que un da no slo tendremos que administrar sino en ocasiones por primera vez descifrar, revelar y compartir con el mundo. Hubo en nuestro pas proyectos que presentan lo que poda llegar a ser Colombia: pienso en las Lminas de la Expedicin Botnica y en el refinamiento del tesoro Quimbaya, bienes fundamentales de nuestra cultura injustamente retenidos por el gobierno espaol, pienso en los tesoros no divulgados de nuestra gran literatura, pienso en la saga de los ferrocarriles, en la saga de la navegacin por el Magdalena. Hubo una poca en que hasta los hoteles se hacan pensando de verdad en el pas que tenemos. Hubo y hay una arquitectura digna de nuestra tierra. Los ingleses que vinieron a buscar oro, a construir ferrocarriles, a construir el cable areo ms largo del mundo, inspiraron a partir de su experiencia en el Caribe y en Indochina la arquitectura en madera de las fincas de la zona cafetera que es una de las cosas ms bellas y originales de nuestra tierra.

Yo creo que un movimiento popular y moderno como el Polo tiene que convertirse en el orgulloso defensor de los esfuerzos creadores realizados por millones de colombianos a lo largo del tiempo, en dilogo de talentos con el mundo. Yo creo en la necesidad de un retorno a los campos, que no ser posible sin la paz. No podremos devolvernos hacia una improbable arcadia indgena: pero creo profundamente en un dilogo respetuoso con los saberes de las comunidades indgenas, en un esfuerzo consciente y continuado por conservar el legado de sus lenguas, por descifrar el tesoro de sus mitos, creo en la necesidad de un respeto profundo por su conocimiento de mundo natural. Yo s que la farmacia del futuro para todo el planeta est en nuestras selvas. Sin darle la espalda al gran saber cientfico de la modernidad, hay que enriquecerlo y contrastarlo con el conocimiento de muchas culturas nativas, con el saber de nuestra propia tradicin. Este tiene que ser tambin el partido de la maloca universal, de la piel constelada de la gran Anaconda, de la escritura del Dios en la piel del jaguar.

Cuando uno vuela sobre ciertas regiones de Colombia, ante todo sobre las orillas de las ciudades uno siente el asombro de ver dos realidades opuestas: Cuanta tierra sin gente aqu, cunta gente sin tierra all. Es indudable que los colombianos debemos tomar posesin de Colombia en trminos fsicos, que una reforma agraria sensata, productiva, histrica, es necesaria; que la redistribuci n del ingreso es necesaria; pero tambin hay que tomar posesin espiritual e intelectual de Colombia, conocer su geologa y su topografa, su geografa y su biologa, reformar la educacin con audacia y con originalidad, decirle adis a ese mundo de imposturas acadmicas que no valora los conocimientos reales y originales sino la sujecin a unos esquemas y la eterna subordinacin a unos modelos.

Aqu tenemos el desafo del rigor y tambin el desafo de la originalidad. Tenemos que hacernos dignos de lo mejor de la obra de nuestros grandes pensadores independientes. Todo lector sensato encontrar en las obras de Fernando Gonzlez, de Estanislao Zuleta, de tantos otros, no slo mucho material polmico, sino el pensamiento ms rebelde y ms original que pueda pensarse. Hay que hacerse dignos del pensamiento rico, amplio, lleno de fecundas aproximaciones entre disciplinas y de ricas sntesis, de muchos de nuestros pensadores.

Colombia tiene grandes tareas culturales que cumplir para conquistar su cohesin como nacin. No digo yo su identidad, porque sin duda no somos idnticos unos a otros, pero s esa memoria que nos devuelva la conciencia de ser hijos de una misma historia, ese conocimiento de nuestro mundo que nos permita hablar con propiedad sabiendo desde dnde hablamos y quines somos, y ese orgullo de unos saberes y unos lenguajes originales que nos darn un rostro y una voz precisa en el dilogo planetario. Y nada es tan ilustrativo como el modo en que nuestro mestizaje en el arte y en la msica ha sabido recibir y fusionar el legado de las grandes tradiciones americana, africana y europea. Alguien dijo que un colombiano es alguien que piensa como europeo, siente como indio y baila como africano. Tambin de la msica se puede aprender a hacer poltica. Concertar y armonizar instrumentos distintos, voces diferentes, ritmos y melodas diversos. Y nuestra msica s que es una sntesis prodigiosa de todos esos componentes.

El horror de la tradicin poltica colombiana consiste en que los polticos y los gobernantes de los partidos tradicionales nunca entendieron el papel de la cultura en la vida de los pueblos. En eso s no aprendieron jams de Espaa, ni de Francia, ni de Italia, ni de Mxico. Confundan la cultura con lo ornamental, con lo bonito, con lo decorativo, con lo innecesario. Tambin a esa ignorancia y a esa frivolidad le debemos el escenario de pasiones primarias, la violencia, la falta de debate, la falta de sutileza de nuestra vida pblica. La gran cultura colombiana siempre ha sido popular y siempre ha sido menospreciada por las lites, y el Polo Democrtico tiene que saber hacer de nuestra riqueza cultural su manera y su discurso. Carlos Gaviria lo sabe por fortuna ms que nadie.

Quiero decir que para que el Polo pueda cumplir sus altas tareas polticas, debe ser tambin, y sobre todo, un movimiento cultural, debe recoger la creatividad extraordinaria de este pueblo, cuya verdadera exclusin no consiste tanto en que no se le haya dado todo lo que merece, sino en que no se ha sabido recibir de l todo lo que tiene para dar y para ensear. Es sobre todo la exclusin, por razones clasistas y racistas, de una gran riqueza cultural.
Y el Polo debe asumir la certeza de que la poltica del futuro tendr sobre todo una expresin cultural, que las banderas del futuro son el amarillo del sol y el verde de la selva, que son blancas de oxgeno y azules de agua. Porque la gran epopeya del futuro inmediato es salvar a este planeta de las maquinaciones de la codicia, de las depredaciones del gran capital, de las pestes de la guerra, de las contaminaciones de la industria, del hasto de la sociedad de consumo, y del desprecio por lo humano de un mundo srdido y violento.

Colombia est en la primera fila de esas tareas, es una de las trincheras de la biodiversidad, de la defensa del agua y del oxgeno, de la defensa de la diversidad humana y cultural. Nosotros estamos cerca de los manantiales. Aqu est el porvenir.



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