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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 21-12-2006

Uruguay / Argentina
Pasteras y empastamientos

Luis E. Sabini Fernndez
Rebelin


Los problemas complejos tienen soluciones errneas que son sencillas y fciles de comprender. Una de las leyes de Murphy.

El conflicto entre los proyectos y construccin de finalmente la pastera de Botnia en Fray Bentos y la Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaych (ACAG) ha adquirido definitivamente estatuto meditico, es decir la primera plana de los diarios y noticiarios televisivos.
Como siguiendo una ley de degradacin progresiva, a medida que ms se habla de la cuestin, ms parcializados los anlisis y ms simplificadas las soluciones.

El tema en realidad es muy complejo y una enumeracin sin duda incompleta nos obligara a considerar siquiera sumariamente la relacin entre empresas primermundianas y la periferia planetaria; la relacin entre un gobierno saliente neoconservador y a la vez neoliberal y un gobierno entrante con un programa progresista de corte socialdemcrata (en el caso de Uruguay); la relacin entre un pas grande y uno chico; la relacin entre un movimiento vecinal y las autoridades investidas en ese mismo vecindario (ya sea locales, provinciales o nacionales), sobre todo cuando la misma ha pasado de un idilio aparentemente sin fisuras a una diferencia tctica que ninguna de las partes quiere convertir en conflicto; las razones del rechazo a la fabricacin de pasta de papel que por lo menos obligan a preguntarse por qu, cuando tantos otros emprendimientos con razones similares para el rechazo no lo han tenido; anlisis de los motivos, presuntamente ambientales a juzgar por el nombre del agrupamiento vecinal que encabeza la resistencia del conflicto; la importancia de la licencia social que los asamblearios reclaman como derecho de los pueblos y que acerca el protagonismo de las decisiones a la gente comn y corriente, la historia sucinta de la aprobacin de dichos emprendimientos teniendo en cuenta diversos aspectos, como que se asienta en dcadas de plantaciones de monocultivos en este caso en territorio uruguayo (aunque sea bueno tener en cuenta que tales monocultivos arbreos se hallan en por lo menos igual proporcin en territorios como el entrerriano o el correntino), o como que se trata de aguas compartidas.

Despus de esta retahla, tenemos que confesar que seguramente hay todava una enorme cantidad de factores ms en juego. Pero vamos a prescindir de su anlisis porque nos remitimos a una nota anterior, que publicamos a mediados del 2006 (donde tratamos buena parte de los aspectos reseados) y nos vamos a concentrar, en cambio, en algunos factores que han ingresado al ruedo, como por ejemplo el cambio de miras o las precisiones en las demandas de la ACAG, que, podramos decir, han tomado dos rumbos a la vez y diferenciados: por un lado el reconocimiento de la contaminacin visual y las implicancias tursticas que ello tiene (aunque ni se las mencione) y por el otro una (saludable) ecologizacin de la demanda de los vecinos de Gualeguaych. Asimismo, merecen una consideracin los acontecimientos ms recientes e igualmente la incorporacin de nuevas voces a la cuestin, algunas que se pretenden con peso propio.

El desplome de la idea de contaminacin acutica, por cuanto el cauce principal del Uruguay (como de cualquier ro en el planeta) se lleva aguas abajo la contaminacin proveniente de una orilla que no llega as, no puede llegar, a la otra orilla a su misma altura (aunque s alcanzar a ambas orillas aguas abajo), y la falta de certidumbre del grado de contaminacin area (que nadie niega pero que para los ms optimistas no llega a 72 horas anuales y para los ms pesimistas, en cambio, abarcar 180 das al ao), le ha dado relevancia a la contaminacin visual.
Uno podra considerar el rapto de pureza paisajstica en un universo industrial como el de nuestra civilizacin actual como un gesto de esquizofrenia aguda o de exquisitez utpica, pero aun concedindole importancia al dao que ocasione la vista y presencia de chimeneas, el grado de contaminacin visual, si no est sustentado en contaminaciones ms materiales, del aire o del agua, por ejemplo, no deja de ser un factor de una llamativa endeblez.

Y uno no puede dejar de preguntarse cul es el sentido de la demanda. Muy buena pregunta le hizo, invirtiendo los roles, el entrevistado Jaime Roos a su entrevistador Lalo Mir: la ACAG habra tomado el mismo comportamiento y la misma beligerancia si la instalacin de la/s pastera/s hubiese/n tenido lugar en territorio entrerriano? Y ambos, afortunadamente uno oriental el otro porteo, acordaron en que no habra habido el mismo revuelo.
Esa sana superacin de la estrechez nacional no parece, empero, ser atributo fcilmente encontrable. No aparece, ciertamente, en las disquisiciones de un politlogo de pensamiento matizado, pero que para el affaire Botnia-Fray Bentos-Gualeguaych ha encontrado una clave sencilla, de un facilismo intelectualmente llamativo (por no decir llamativamente intelectual). Sostiene el argentinsimo Jos Pablo Feinmann: Botnia destruye el Mercosur. Y apostrofa sobre lo que le conviene al Uruguay: defender el Mercosur para poder desarrollarse. Lstima que JPF no se haya tomado el trabajo de conocer un poco el paisito (por ms viajado que est en visitas importantes y con importantes): porque si algo debiera quedar claro es que el Mercosur, el mismo que ha ayudado o le ha servido a la Argentina y al Brasil es el que para nada bueno ha cado sobre Uruguay (y nos imaginamos algo por el estilo para Paraguay). Las poqusimas industrias que Uruguay poda poner en circulacin con alguna ventaja comparativa dentro del Mercosur, han sido sistemticamente bloqueadas; pienso, por ejemplo, en la lctea, la de neumticos o en la de bicicletas. No slo no se les ha permitido nunca invadir a sus hermanos mayores sino que stos, con productos de menor calidad han invadido en cambio, el minsculo mercado oriental.

Qu triste es perorar desde una situacin particular y privilegiada creyndose verdad revelada para todos, no para esa misma particularidad privilegiada!
Otra observacin, lamentablemente de mucho mayor alcance, es el grado de sumisin ideolgica, de rendicin incondicional de buena parte de los partidos polticos de izquierda, llmese MST, PCA o PO ante las reivindicaciones de la ACAG. Reivindicaciones que haran agua a raudales ante cualquiera de los valores postulados tradicionalmente por la izquierda: internacionalismo, interconexin de las problemticas, anticapitalismo. Para traducirlo a lenguaje ecolgico: si hay que combatir las pasteras frente Gualeguaych es porque tambin se combaten las pasteras en cualquier otra parte, del planeta y al menos del estado en que se desarrolla la accin. Por eso he recibido tantas veces la consulta de amigos argentinos; decme, en Argentina hay pasteras? Y cuando le digo que s, que varias, que algunas son por diseo mucho ms contaminantes que las proyectadas, me miran como comprendiendo el terreno minado que estamos pisando.
Pero el activismo de la izquierda partidaria mide la realidad con un activmetro o un movimientmetro: le basta para rendirse de admiracin o envidia.

Significativamente, mientras los rechazos a la pastera de Botnia vinculados con lo ambiental siguen en el reino de lo hipottico, algunos ni existen y otros lgicamente no se han podido verificar todava, aumenta lo que denominamos la ecologizacin de la ACAG. Durante un buen perodo, en realidad hasta hace apenas uno o dos meses, sus principales integrantes insistan un da s, otro tambin, que no eran ecologistas ni lo queran ser. Que podan incluso respetar los planteos ecologistas, pero que abarcaban una serie de puntos (pensemos en el desastre ambiental de la soja, tan caracterstico en Entre Ros o el de la extraccin de minerales a cianuro para recoger gramos de oro, por ejemplo, contaminando toneladas de agua, slo concebibles por empresas extraas al hbitat que van a devastar), que ellos como asamblestas vecinales vean complejos, complicados, inviables. Por eso sinceraban su lucha y simplificaban su demanda: sencillamente no queran tener enfrente a la/s pastera/s.
Esa actitud, as como cierta connivencia entre sus demandas y las de las autoridades tanto provinciales como nacionales, permitieron en su momento homologar la lucha de la ACAG con la tan mentada actitud NIMBY, que ha prosperado en el Primer Mundo. Not in my backyard. No en el patio trasero de mi casa. La actitud caracterstica de tanto vecino porteo con los desechos domiciliarios que prefiere verlos enterrados bien lejos, entre bonaerenses.

La actiud NIMBY no procura cambiar nada, al contrario, casi casi lo afirma, slo que sin hacerse cargo. Con lo cual uno poda inferir que los vecinos de Gualeguaych podan querer seguir usando papel al mejor estilo Primer Mundo, o nafta al estilo American Way of Life, o soja al estilo Monsanto, no modificar en suma ni un pice comportamientos y valores pero sin sufrir con el paisaje de alguna pastera a la vista.
Tendramos que decir que es por lo menos incongruente, para no entrar en planos ticos, esto de rechazar una manifestacin la chimenea del sistema de produccin, consumo y contaminacin resultante que alegremente se acepta.
Pero por alguna razn que an no hemos desentraado, la situacin, el eje de las apuestas est variando. La ACAG empieza a hablar de los daos ambientales producidos por el capital transnacional, all en el codo del ro Uruguay, por supuesto, pero tambin en los Andes, en el Riachuelo y en tantos, tantos otros sitios de sta no inmaculada, precisamente, tierra.
Si la ecologizacin de la ACAG fuera puramente tctica, si se tratase de una politizacin que en lugar de asumirla como avance de la conciencia se concibiera como avance en las alianzas, nos tememos que su cometido tenga el vuelo corto, pese al apoyo incondicional de los grandes politizadores por antonomasia, los partidos radicales o radicalizados de la izquierda, nac & pop o pura y dura.

Pero no tiene porque ser necesariamente as. La experiencia de lucha y resistencia que de todos modos, y pese a las facilidades de los poderes establecidos, los vecinos nucleados en la ACAG han tenido, los puede estar politizando y concienciando en serio.
Superando el triste regodeo de algunos asamblearios que se enorgullecen de contar con el apoyo de la Shell local o la Sociedad Rural de Gualeguaych, porque, dentro de la ciudad no aceptan discrepancias de ninguna manera.
Y, entonces, a su aporte inicial, que es el de haber puesto muy celosos mrgenes a la impunidad empresaria de los proyectos pasteros allende el ro (y la frontera, como tan sabiamente nos lo recuerda Roos) en cuestiones de contaminacin ambiental, le podramos empezar a agregar este otro aporte a un compromiso ms general con los problemas del capital(ismo) depredador que caracteriza al mundo desde hace medio milenio, pero particularmente desde hace medio siglo con la imposicin de la modalidad estadounidense de capital global + american way of life. El del reino del use y tire. Del gasto irrestricto. No ya del consumo sino del consumismo. El capital que en lugar de defender la durabilidad defiende la obsolescencia como treta para incrementar la produccin y el gasto; el reino de lo efmero, en suma.

Si la ACAG avanza hacia las causas de la defensa del planeta (que inevitablemente y cada vez ms implica una negacin del orden capitalista) ser muy bien recibida y su aporte resultar memorable. Si persiste en la resistencia a un nico cuco, que cmodamente aparece situado fuera de frontera, y adems es chiquito, repetir una vez ms una de las leyes de Murphy, con la que hemos abierto estas consideraciones.


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