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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-02-2007

Debate en la izquierda crtica de Italia
El feminismo de la izquierda anticapitalista

Lidia Cirillo
Revista Viento Sur

Traduccin de Andreu Coll


Hace ya algunas semanas que empez la discusin para redactar un manifiesto feminista de las mujeres de Sinistra Crtica (Izquierda Crtica), la asociacin que organiza a una de las minoras del Partido Refundacin Comunista (PRC, Rifondazione Comunista). El texto que sigue transcribe una parte de los apuntes de las primeras dos reuniones.

 

1. El feminismo y las corrientes democrticas, progresistas y revolucionarias

 

Feminismo se declina en plural, feminismos, porque las mujeres pertenecen a clases y culturas diversas y tienen distintos referentes polticos. Existe, por ejemplo, un feminismo de parlamentarias de la derecha y de mujeres que hacen carrera, que reivindican su parte de poder con los argumentos tradicionales del feminismo, lamentando las dinmicas de exclusin y de marginacin y pidiendo medidas antidiscriminacin.

 

Sin embargo, el feminismo nace y renace siempre en la izquierda, junto a las tendencias revolucionarias, democrticas o progresistas: en los mrgenes de la revolucin de 1789, en las revoluciones nacionales de la primera mitad del siglo XIX, en el seno del movimiento por la abolicin de la esclavitud en los Estados Unidos, junto al movimiento obrero, en la radicalizacin de los aos sesenta y setenta, en el movimiento altermundialista... El feminismo de derechas solo y siempre ha sido el efecto de un reflejo de ideas nacidas en la izquierda, una suerte de fall-out cultural que con anterioridad ha subvertido (y posteriormente sigue subvirtiendo) la sociedad en su conjunto. El fenmeno se da por la razn obvia de que ha sido ms fcil (o menos difcil) para las mujeres ejercer presiones en nombre de la liberacin sobre hombres de la izquierda, ponindoles en contradiccin y utilizando su lenguaje y sus esquemas de pensamiento. Las nociones de igualdad, autodeterminacin, liberacin, diferencia, revolucin, etc., no son otra cosa que la feminizacin de ideas elaboradas por las corrientes polticas a cuyo lado han nacido o renacido los diversos feminismos. Esta constatacin no consiente la existencia de visin idlica alguna sobre las relaciones entre feminismo y tendencias revolucionarias, democrticas y progresistas masculinas. La resistencia de los hombres al feminismo ha sido tenaz, unas veces explcita y vulgar, otras sutil o incluso inconsciente.

 

El movimiento socialista de los orgenes ha conocido hombres feministas como Saint-Simon o Fourier y misginos incalificables como Proudhon y Lasalle. Engels ech las bases conceptuales de un feminismo anticapitalista, comparando a las mujeres con el proletariado y a los hombres con la burguesa y situando en la produccin y la reproduccin las bases de la organizacin social de la especie humana; pero esas instituciones se han perdido en las teoras y las prcticas. Se podra escribir una verdadera historia de la misoginia y del antifeminismo en el movimiento obrero, pero aqu slo podremos mencionar los dos enfoques ms difundidos hoy en la izquierda anticapitalista.

 

En general, pocos hombres son tan toscos como para no rendir los debidos homenajes al feminismo y no plantear un futuro proletario, feminista y ecologista. Sin embargo, el reconocimiento casi siempre viene acompaado de un desinters: siguen siendo desconocidas las vicisitudes, las diferencias y las complejas elaboraciones tericas del feminismo y se ignora hasta qu punto el gnero puede representar una clave interpretativa para la comprensin de la lgica de las relaciones humanas.

 

El otro enfoque, bastante ms escepcional a decir verdad, es el paternalismo de los hombres que pretenden ensear el feminismo a las mujeres, dirigir su trabajo y sus discusiones. Naturalmente, no se puede descartar la posibilidad de que un individuo de sexo masculino sepa y comprenda ms que un individuo de sexo femenino incluso de poltica de las mujeres y de feminismo. Sin embargo, el feminismo nace, se consolida y se renueva solo a travs de un recorrido de autonomizacin intelectual y psicolgica de las mujeres, a veces lento y tortuoso, pero irrenunciable. A falta de autonoma tambin el feminismo de las mujeres de la izquierda anticapitalista se reduce a fall-out, a recada en eso que fue pensado y practicado en los ambientes del separatismo. Este feminismo se ha demostrado capaz de una elaboracin independiente y de una lectura ms pertinente de las relaciones de poder fundadas en el gnero. A su vez, ha representado a menudo deseos y puntos de vista de capas acadmicas o, al menos, de ambientes femeninos poco interesados en los conflictos de clase y siempre expuestos a la tentacin de representar los propios intereses particulares como los intereses de las mujeres en general.

 

2. Las estructuras patriarcales

 

Comprender el feminismo significa en primer lugar comprender la naturaleza de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Existe hoy un posfeminismo que niega la existencia misma de una opresin, al menos en las reas del mundo en las que se ha alcanzado una igualdad formal. La frmula opresin especfica les ofrece un pretexto y por ello aunque no slo estara superada. Es preferible decir que las sociedades humanas, todas sin excepcin, estn atravesadas por estructuras patriarcales manifiestas o latentes que, de modos diversos, discriminan, excluyen, oprimen y ejercen violencia sobre las mujeres. El patriarcado en el sentido literal del trmino es un sistema de relaciones en el que la propiedad y la posicin social se transmiten del padre al hijo varn, y casi siempre al primognito. Es evidente que en las sociedades noroccidentales (pero tambin en otras) ya no existe este tipo de reproduccin de las posiciones sociales y la realidad es menos explcita y ms compleja. Sin embargo, la lgica de la genealoga masculina del poder, por lo dems todava evidente ms all de los aspectos jurdicos y formales, tiene una dimensin antropolgica que dos siglos de luchas por la emancipacin todava no han podido superar. Las cuatro conferencias de la ONU sobre las mujeres han proporcionado datos que a su vez han sorprendido incluso a las tericas ms pesimistas de la opresin, revelando, por ejemplo, que el porcentaje de mujeres propietarias de tierras y de inmuebles en el mundo no supera el 3 o 4%. Los datos de Amnista Internacional sobre la violencia contra las mujeres tambin han sido una amarga sorpresa o una confirmacin. Pero el modo ms simple de comprender qu son las estructuras patriarcales es seguir el hilo de la existencia de una mujer europea desde el nacimiento hasta la muerte.

 

En sociedades distintas de las nuestras se da el aborto selectivo y la muerte por malnutricin de nias ms que de nios, en nuestras sociedades las estructuras patriarcales empiezan a operar ms tarde. En los primeros aos de vida, la nia, en su difcil recorrido hacia la feminidad, se tropieza con un fenmeno que Freud llam castracin, es decir, el descubrimiento de que est privada de pene, que le producira una sensacin dolorosa de inferioridad y condicionara su capacidad intelectual y el modo de percibirse y de ser percibida. En un primer momento, el feminismo respondi a la tesis de la castracin que Freud sobrepona su propio punto de vista masculino a lo femenino, pero posteriormente la cuestin se ha revelado mucho ms compleja.

 

Si Freud, como algunas haban sospechado, hubiera simplemente intercambiado el punto de vista de la nia con el del nio, habra incurrido en un grave equvoco. Por tanto, no explicaremos las razones de su gran influencia en el pensamiento occidental y no solo en el occidental.

 

La tesis de la castracin est ligada a experimentos clnicos, a la verificacin de que tambin las mujeres se perciben castradas, carentes y privadas de algo. La castracin tiene, por tanto, la funcin propia de la ideologa: es el punto de vista de quien en una relacin de poder est encima, interiorizado y apropiado por quien est debajo. La tesis de la inferioridad no es pues un prejuicio masculino, es una realidad del inconsciente femenino. Esta realidad opera siempre que entra en juego la diferencia, la real y no la presunta, la diferencia de posiciones respecto al poder. De hecho, las mujeres envidian, no el pene, sino el falo, es decir, el poder en sus formas diversificadas y mltiples y el pene solo es el fetiche del falo.

 

Otro ejemplo. La violencia contra las mujeres tiene unas dimensiones y una extensin que los datos de Amnista Internacional han hecho finalmente evidentes. Sin embargo, todava puede suceder que una mujer no sufra en su vida ningn tipo de violencia ms all de las que la naturaleza le inflige con las enfermedades y la muerte.

De todos modos, su vida estar profundamente condicionada por ellas, ya que la violencia posible se traduce en precaucin, estilos de vida y actitudes psicolgicas. La paradoja de la criminalizacin de las vctimas demuestra hasta qu punto el mundo est hecho a la medida del hombre. Las estructuras patriarcales que atraviesan la sociedad hacen de la violencia posible una de las principales razones de la segregacin de las mujeres, en particular de las mujeres jvenes. Los ejemplos tambin podran ser muy numerosos. El doble trabajo de las mujeres, es decir, la asuncin de tareas hasta hace poco solo femeninas y la ausencia de cualquier reciprocidad. Parece que en Italia entre las jvenes generaciones algo est cambiando. La hipertrofia de lo masculino en la esfera pblica que constrie a las mujeres en tiempos y modos disonantes con los de la propia existencia. Las imgenes normativas de la feminidad construidas y cristalizadas en milenios de monopolio masculino de la tradicin simblica.

 

Otros efectos de estas estructuras latentes son ms complejos, ms difciles de identificar y de definir. Si es verdad que tambin se piensa con el sexo, aunque quizs menos de lo que supone el psicoanlisis; si es verdad que los hombres han tenido durante milenios el monopolio de la cultura, entonces se vuelve posible una hiptesis inquietante. La hiptesis es que cada vez que una mujer penetre en los campos del conocimiento particularmente estructurados y formalizados deber atravesar una jungla de signos y de smbolos masculinos con los que tendr mayores dificultades para orientarse.

 

Tambin los modos en los que se manifiesta la presencia de las mujeres en la poltica son consecuencia de la existencia de estructuras patriarcales. Con sus silencios, con su limitada presencia, su inseguridad, las mujeres ejercen una crtica de cada uno de los lugares de la poltica. Cuanto mayor es la presencia y la dominacin masculina en un organismo poltico determinado tanto ms tiene que ver ese organismo con las lgicas del poder. Se podra enunciar un teorema o formular una ecuacin al respecto.

 

Las instituciones polticas, el ejrcito, el clero, etc., son los ambientes ms masculinos porque tambin son las ms implicadas en el ejercicio del poder. Por razones distintas estas instituciones pueden cooptar a las mujeres: para sustraerse a la denuncia y a la evidencia, para recuperar credibilidad o porque tienen necesidad de una relacin con el cuerpo social. El ejemplo ms significativo de la distribucin de lo masculino y lo femenino es justamente la Iglesia catlica. Una institucin que se liga a vastos sectores populares, incluso dando de comer de vez en cuando a los hambrientos y de beber a los sedientos, ha dependido necesariamente de la energa de las mujeres y de su tendencia a verse como las adictas al cura. Si una iglesia aparta lo femenino, donde sus articulaciones se sumergen en la sociedad, se levanta la cpula de una jerarqua de poder rgidamente cerrada a las mujeres, expresin de esa capacidad de conservar las relaciones humanas ms arcaicas propia de las religiones.

 

3. Tres temas para una feminismo anticapitalista en Italia

 

Las estructuras patriarcales condicionan la vida de las mujeres y construyen el gnero en modos bastante diversos entre ellos en el tiempo y en el espacio. La multiplicidad de las demandas recogidas por ejemplo en la plataforma de la Marcha Mundial de Mujeres de 2000 muestra la amplitud de los problemas irresueltos a nivel global. Es evidente que las mujeres en Afganistn tienen problemas distintos a los de las mujeres francesas o alemanas y que los temas que estn hoy en el centro de atencin en Italia no son los mismos que los de los decenios a caballo entre los siglos XIX y XX, que fueron testigos de la primer gran oleada de movimientos feministas. Es evidente que en ambientes sociales distintos, en las diversas generaciones y en las variadas aspiraciones femeninas, los obstculos que deben superar las mujeres no son los mismos. Todava es necesario renunciar a la ilusin cronolgica y no creer que tenemos la emancipacin a nuestras espaldas. Si bien es verdad que, donde se ha conquistado la igualdad formal, tareas ms complejas esperan al feminismo, tambin es cierto que batallas ya ganadas, problemas aparentemente ya resueltos y reacciones arcaicas vuelven a plantearse de nuevo. La violencia contra las mujeres constituye el ejemplo ms claro y su mayor visibilidad tiene explicaciones diferentes y complementarias. Las mujeres denuncian hoy ms a menudo lo que ayer soportaban; la opinin pblica se escandaliza cada vez ms ante lo que ayer absolva; los hombres reaccionan, como sucede a menudo en las relaciones de poder, con una combinacin de retrocesos y de violencias punitivas.

 

El feminismo de una izquierda anticapitalista no puede referirse solo a las necesidades y a las aspiraciones de las mujeres proletarias, sino que debe hacerse suyas las aspiraciones de las mujeres en su conjunto. Naturalmente, puesto que nuestra intervencin se orienta hacia ciertos ambientes, es obvio que se van a privilegiar las demandas de las trabajadoras, de las inmigradas, de las desempleadas, de las estudiantes, de las mujeres de partidos de izquierdas, movimientos y sindicatos. Estos son algunos ejemplos de temas sobre los que hemos trabajado en los ltimos aos y que tambin deberan ser prioritarios en el futuro inmediato.

 

a) La crtica de la guerra, del militarismo y de la violencia

 

La poltica de las mujeres dispone de los instrumentos para una crtica especfica de la deriva militar-viril producida por la guerra permanente, sin contraponerle la naturaleza pacfica de las mujeres y la no-violencia femenina. La no-violencia es el contraaltar de la violencia: una y otra presuponen la inmutabilidad de las relaciones de poder. La segunda como fuerza de disuasin permanente hacia quien quiera ponerla en cuestin, la primera porque solo es capaz de desarmar a una de las partes, es decir, a aquella que en la relacin de poder se encuentra debajo y sufre la opresin, la explotacin o el expolio neocolonial. La prueba ms evidente de ello la constituyen en Italia los defensores de la no-violencia: intransigentes al enfrentarse a la violencia de los oprimidos y luego constreidos a votar en el parlamento la refinanciacin de la misin militar italiana en Afganistn.

 

El feminismo ms sagaz ya ha explicado que la presunta naturaleza pacfica de las mujeres est en gran parte ligada a la exigencia de interiorizar una agresividad que la relacin de poder con los hombres no ha consentido que se manifestara. La crtica del militarismo y de la violencia (y en primer lugar de la que se ejerce contra las mujeres) se basa en algo muy distinto de la idealizacin de la subalternidad y de la opresin. Las mujeres pueden ejercitarla en primer lugar porque no tienen necesidad de alinearse con los estereotipos sobre los que se funda la construccin de la masculinidad. No tienen la exigencia de exhibir la dureza o la fuerza, que son fantasmas ligados a la sexualidad masculina. Ms hombres padecen los efectos devastadores de las relaciones humanas en las que domina la violencia.

 

Nuestro feminismo contrapone a la violencia sobre la que se fundan las relaciones de poder (entre los sexos, entre las naciones, etc.) en primer lugar una sociedad en la que ese tipo de relaciones haya sido abolido. Apoya pues las resistencias, las luchas y los proyectos de transformacin radical.

 

Est contra la guerra, el militarismo, los ejrcitos y su organizacin jerrquica. No cree que a la violencia se responda necesariamente con violencia, considera la vida de cualquier persona un bien precioso y no solo est contra la pena de muerte, sino contra la crueldad y los excesos tambin de una autodefensa legtima. No teoriza, sin embargo, la no-violencia, porque reconoce el derecho de los sujetos de liberacin a defender sus propios recorridos. Nuestro feminismo tambin responde a la violencia contra las mujeres con la lgica de la autodefensa, no naturalmente con la autodefensa armada de las mujeres contra los hombres, porque las relaciones entre los sexos se regulan de un modo muy distinto. No cree que el problema pueda resolverse mediante un recrudecimiento de las penas, incluso considerando la tutela del Estado necesaria y por el momento no sustituible por otra. Se deben entender por autodefensa las iniciativas de mujeres para crear y financiar centros antiviolencia, para que las denuncias no se vuelvan contra las vctimas y la vida metropolitana se organice fundamentalmente a la medida de las mujeres, desde el momento en que las mujeres pagan ms que nadie su irracionalidad y su violencia manifiesta o latente.

 

Recuerda, en fin, que la poltica de las mujeres ha sido no armada solo en apariencia, ya que las dinmicas de liberacin a menudo se han apoyado en las armas de los hombres de tendencias democrticas, progresistas o revolucionarias. Sin ir ms lejos, la Resistencia al nazifascismo a su vez contena tambin en su seno una importante puesta en juego para el feminismo y para las mujeres.

 

b) Por la laicidad y por la autodeterminacin, contra el integrismo catlico

 

Vivimos en un pas que la Iglesia catlica todava considera la entidad estatal en la que ejercitar su poder temporal: nunca se ha resignado a la laicidad del Estado y la sigue combatiendo con todos los medios a su disposicin. En los ltimos aos el ascenso de las derechas y los sistemas electorales que incrementan el poder de chantaje de las fuerzas polticas catlicas han hecho todava mayor la ceguera del clero con sus implicaciones patriarcales y homfobas. Se ha vuelto a poner en cuestin de varias maneras la posibilidad del aborto legal y asistido, se ha impedido la experimentacin del aborto farmacolgico, se ha aprobado una ley horrible que convierte en sujeto de derecho al embrin desde el momento mismo de su concepcin; se ha manifestado, a menudo de un modo agresivo y racista, una oposicin dursima contra cualquier forma de reconocimiento de las parejas gays y lesbianas. Han concluido estos das, con el acto de desobediencia civil de un mdico, las vicisitudes de Piergiorgio Welby, un enfermo de distrofia muscular en fase terminal. Welby pidi durante meses ser desconectado de la mquina que le obligaba a una dolorosa supervivencia y le habra impuesto a corto plazo una muerte todava ms dolorosa. Su demanda se ha convertido en un caso poltico clamoroso en el que la burocracia vaticana ha entrado con toda su fuerza de presin e intimidacin sobre jueces y mdicos.

 

El integrismo catlico (como, por lo dems, todos los integrismos) no solo representa una amenaza para las mujeres y para las personas homosexuales, sino para cualquier proceso de liberacin, ms all de las apariencias y de los envoltorios humanitarios y pacifistas de la accin poltica de la jerarqua eclesistica. Estos han tomado posicin contra la guerra, pero posteriormente han avalado la idea de la misin de paz del ejrcito italiano. Sostienen la necesidad de la acogida ante los inmigrantes, pero luego apoyan a los gobiernos de la derecha autoritaria y sus leyes discriminatorias y represivas contra las migraciones. Tampoco se puede olvidar que la Iglesia catlica fue una de las instituciones que favorecieron el ascenso del fascismo, del que fue posteriormente un pilar durante ms de veinte aos.

 

Evidentemente, la paz, la acogida y la democracia son para el clero catlico preocupaciones mucho menores que las que la inducen a privilegiar su relacin con la derecha, es decir, el control de la vida cotidiana, no solo de los fieles, sino de todo el pas sobre el que desea ejercer su poder temporal. En los ltimos aos, el movimiento feminista y el movimiento queer han sido los nicos protagonistas de la resistencia al integrismo catlico. En lo que respecta al feminismo, se ha tratado durante mucho tiempo de una resistencia dbil debido a su desorientacin. En el momento ms delicado, cuando se empez a confeccionar y posteriormente fue aprobada por el gobierno de derecha la ley sobre las tcnicas de reproduccin, organizaciones y grupos feministas se enfrascaron en una discusin en la que se haca evidente la presin de los argumentos ms sofisticados de los catlicos o bien las preocupaciones por los detalles inquietantes de la investigacin cientfica. El fantasma del cientfico creador de Frankenstein, temores arcaicos sobre la prdida del poder femenino sobre la reproduccin, inquietudes fundadas sobre los lmites de la investigacin cientfica o sobre el papel de las multinacionales en el trfico de embriones se mezclaron y representaron un freno a la iniciativa, que sobre ese tema no consigui trascender en mucho a los debates.

 

Tambin por esto se perdi el referndum por la derogacin de la ley. Mejor dicho, se perdi por dos razones. La primera fue la bajsima afluencia a las urnas, que no permiti reunir el quorum necesario: la materia de la contienda era compleja y la experiencia directa (contrariamente al aborto) comprometa a un nmero muy limitado de personas. La segunda es que, mientras el referndum sobre la ley que despenalizaba el aborto en los primeros tres meses de embarazo tena a sus espaldas un trabajo de aos de experiencias y de enraizamiento de los argumentos a favor de la autodeterminacin, el referndum por la ley sobre las tcnicas de reproduccin se decidi en los pocos meses que precedieron al voto y, en ese contexto, eran los medios de comunicacin los que tenan las de ganar.

 

Ataques directos tardos a la posibilidad de aborto legal, en los que se puede reconocer su substancia misgina y regresiva, han vuelto a poner en marcha al movimiento de las mujeres y, durante el mes de enero de 2006, una manifestacin de centenares de miles de mujeres en Miln constituy una respuesta eficaz. El mismo da se manifestaron en Roma por los PACS/1 las principales organizaciones del movimiento llamado LGBTQ, es decir, lesbianas, gays y transexuales. Y el 2006 ha sido en su conjunto un ao de manifestaciones, iniciativas y luchas sobre temas relacionados con la laicidad y la autodeterminacin.

 

4. La defensa de los derechos de las trabajadoras

 

Paradjicamente, las derrotas del trabajo asalariado y la globalizacin han abierto nuevas posibilidades de empleo a las mujeres. Sin embargo, no se trata de una paradoja, sino de algo en parte ya visto en la historia de las relaciones de clase.

 

Se ha preferido a las mujeres en las economas que se han enfrentado por primera vez al mercado mundial, porque estas han apostado por la produccin intensiva en fuerza de trabajo y han hecho palanca sobre los bajos salarios, sobre los lmites de la organizacin sindical y sobre la grave carencia de derechos. Tambin en Europa un movimiento obrero todava dbil tuvo que afrontar, a su vez, el problema de la competencia femenina ante la fuerza de trabajo masculina, y este fenmeno explica al menos en parte los aspectos misginos del movimiento obrero de los orgenes. La defensa de la trabajadoras tambin ha tenido pues el mvil de reducir el inters patronal por contratar a mujeres.

 

Se prefiere a las mujeres en las economas de los pases ms desarrollados, en los que ha crecido la componente de los servicios y los derechos del trabajo asalariado han sufrido drsticos recortes, sobre todo a travs de los procesos moleculares y amplios de precarizacin.

 

La otra cara de la moneda es que tambin la precariedad, que afecta al conjunto del trabajo asalariado, prefiere a las mujeres, para quienes la estabilidad en el puesto de trabajo parece haberse convertido en algo casi imposible. Las leyes de proteccin de la maternidad actan en este contexto como un fuerte desincentivador de la contratacin indefinida; no solo, pero en una dinmica de carreras cada vez ms competitivas, las mujeres estn destinadas al menos a quedarse en un segundo plano o a elegir entre carrera y maternidad. A decir verdad, en la mayora de los casos, la eleccin de la profesin puede revelarse imposible, ms all de los proyectos personales de vida, porque para una mujer estar en edad fecunda representa en todo caso un lmite en la posibilidad de cooptacin o de contratacin estable.

 

Por lo dems, estn en crisis salidas profesionales como la enseanza, que garantizaban salarios modestos, pero horarios de trabajo y derechos compatibles con las opciones de vida de la mayora de las mujeres.

 

Frente a problemas de esta naturaleza, el feminismo se ha encontrado en el pasado ante la disyuntiva entre pedir derechos especficos para las mujeres con el peligro de que se incrementaran las dificultades de contratacin o renunciar a esos derechos, plantendole tarde o temprano contradicciones irresolubles.

 

La cuestin no se puede resolver solo desde un punto de vista de gnero. Las tutelas hacen ms difcil la contratacin cuando las relaciones sociales son desfavorables a las clases subalternas: no por casualidad el fascismo fue un tutor convencido de la maternidad. Por eso no bastan las leyes que permiten a las mujeres conciliar el trabajo con una existencia distinta a la de los hombres, es necesario imponer tambin formas de contratacin que hagan imposible la discriminacin. En Italia, durante los aos setenta, una reforma del empleo de duracin breve obligaba a la patronal a dar entrada a las fbricas a muchas ms mujeres de lo que habra deseado. Pero muchas otras medidas son posibles.

 

Sobre los derechos tambin se hace necesario cambiar de ptica y de filosofa. Se debera reivindicar lo menos posible derechos especficos para las mujeres y pedir, en cambio, que sea la femenina y no la masculina la medida de la igualdad. Desde esta ptica, hemos rechazado la normativa europea que derogaba la prohibicin del trabajo nocturno para las mujeres, pidiendo que tambin se extendiera a los hombres, salvo en casos excepcionales en los que el trabajo nocturno es absolutamente indispensable. O bien en el caso de las jubilaciones anticipadas para las mujeres, ante las que preferimos reivindicar los aos sabticos para las tareas de cuidado, a los que podran acogerse tanto mujeres como hombres, del mismo modo que preferimos las bajas por maternidad-paternidad para las madres y para los padres.

 

Obviamente, este criterio deja de operar cuando se viola la diferencia irreductible del cuerpo. Derechos propios de las mujeres son, por ejemplo, las bajas por embarazo y parto sin prdida de salario, la posibilidad de aborto legal y gratuito, el acceso de las mujeres de mayor edad a las tcnicas de reproduccin asistida. En este caso, la diferencia debe operar hasta el fondo. No se puede sostener la igualdad de derecho de los hombres a decidir, porque son los cuerpos y las vidas de las mujeres los nicos comprometidos y trastornados.

 

 

Lidia Cirillo es una de las autoras italianas ms influyentes en el mbito del feminismo poltico. Es Doctora en Filosofa Poltica, fundadora de la coleccin "Quaderni Viola", y militante del PRC. Entre sus numerosos trabajos de investigacin y debate, destacamos: "Mejor hurfanas. Por una crtica feminista al pensamiento de la diferencia". Anthropos Editorial, Espaa 2002.

 

Nota del traductor

 

1. Patto Civile di Solidariet, es una reivindicacin que defiende la aprobacin en Italia de una legislacin semejante a las leyes de parejas de hecho que se han ido aprobando en diversos pases europeos (N del T).



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