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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-02-2007

Megasequa en la frontera con Estados Unidos

Mike Davis
La Jornada


El oso polar sobre su plancha de hielo que se derrite se ha vuelto el urgente icono del calentamiento global y del desbocado cambio climtico. Aun el inquilino de la Casa Blanca, quien parece asumir la tesis de que la Tierra es plana, reconoce que los magnficos animales podran estar condenados a la extincin conforme se licua el hielo marino y el ocano rtico se transforma en aguas abiertas y azules por primera vez en millones de aos.

El "gran experimento geofsico" de la humanidad, como hace tiempo caracteriz el oceangrafo Roger Revelle esta empinada curva ascendente de emisin de bixido de carbono, ha descolocado la naturaleza de sus fundamentos holocenos en las tierras circumpolares.

Pero el rtico no es el nico teatro del espectacular e inequvoco cambio climtico, ni los osos polares los nicos heraldos de la nueva era de caos. Consideren, por ejemplo, a algunos de los parientes distantes del Ursus maritimus: los osos negros que buscan alimento, feliz pero ominosamente, en las legendarias montaas Chisos, del Parque Nacional Big Bend, en Texas. Ellos podran ser los mensajeros de una transformacin ambiental en las tierras fronterizas casi tan radical como la que ocurre en Alaska o Groenlandia.

Un clido da, muy fuera de lo comn para enero de 2002, mientras caminaba por los senderos que suben al Emory Peak (perseguido an por las imgenes apocalpticas del septiembre anterior), le hice un gesto de saludo a un extrao e inofensivo oso joven en la vereda de un campamento.

Las apariciones de los osos son siempre un poco mgicas y supuse que el encuentro era la afirmacin de una espesura prcticamente intocada. De hecho, me sorprend cuando al otro da uno de los guardabosques me dijo que el oso joven era, por as decirlo, un mojado ­una camada de los recientes inmigrantes indocumentados que cruzan desde el otro lado del ro Bravo.

Los osos negros fueron comunes en las montaas Chisos cuando stas eran el casi mtico reducto de los guerreros apache-mescaleros y comanches en los siglos XVII y XVIII, pero los rancheros los cazaron implacables casi al punto de extinguirlos a principios del siglo XX.

Luego, casi milagrosamente, los osos reaparecieron entre los madroos y los pinos de Emory Park, al iniciarse la dcada de los ochenta. Los sorprendidos bilogos de la vida salvaje alegaron sin pruebas que los animales haban migrado de la Sierra del Carmen, en Coahuila, nadando el ro Bravo, para cruzar despus los 64 kilmetros de un desierto quemante cual horno hasta llegar a la cordillera Chisos, una tierra prometida de dciles venados y abundante basura.

Como los jaguares que se reasentaron en las montaas fronterizas de Arizona en aos recientes o, para el caso, como los chupacabras del folclor norteo, que se dice han sido vistos en los suburbios de Los Angeles, los osos negros son parte de una migracin pica de especies salvajes y de gente, al otro lado.

Aunque nadie sabe exactamente por qu los osos, los grandes felinos y los legendarios vampiros se estn moviendo hacia el norte, una hiptesis plausible es que estn ajustando sus rangos y poblaciones a una nueva era de sequa en el norte de Mxico y el suroeste de USA.

El caso humano es muy claro: los ranchitos abandonados y los pueblos casi fantasmas por todo Coahuila, Chihuahua y Sonora dan testimonio de una sucesin implacable de aos de sequa ­una que comenz en los ochenta pero que asumi una intensidad verdaderamente catastrfica a finales de los noventa­ y que ha empujado a cientos de miles de personas pobres del campo hacia los talleres de sudor de Ciudad Jurez y a los barrios de Los Angeles.

En pocos aos, la "excepcional sequa" se ha tragado planicies enteras de Canad a Mxico; en otros, los incendios carmes de los mapas climticos se extienden hasta la costa de Luisiana en el Golfo de Mxico o han cruzado las Rocallosas hacia el noroeste del interior estadunidense. Pero los epicentros semipermanentes siguen siendo Texas, Arizona y sus estados hermanos en Mxico.

En 2003, por ejemplo, el lago Powell baj 24 metros en tres aos, y los embalses cruciales a lo largo del ro Grande no eran sino charcos de lodo. Entretanto, el invierno de 2005-2006, en el suroeste, fue uno de los ms secos registrados, y Phoenix estuvo sin una gota de lluvia durante 143 das seguidos. Las raras interrupciones de la sequa, como el monzn, digno de No, del verano pasado (cuando partes de El Paso captaron 76 centmetros de lluvia) han sido insuficientes para recargar adecuadamente los acuferos o llenar las represas, y en 2006 tanto Arizona como Texas sufrieron las peores prdidas en la historia por sequa de cultivos y ganado (7 mil millones de dlares en total).

Una sequa persistente, como el hielo que se derrite, reorganiza con rapidez los ecosistemas y transforma horizontes completos. Sin la humedad suficiente para producir savia, cientos de miles de hectreas de piones y de pinos ponderosa han sucumbido a las plagas de escarabajos de corteza; estos bosques y chaparrales muertos, a su vez, sirven de yesca para las mareas de fuego que han llegado a los suburbios de Los Angeles, San Diego, Las Vegas y Denver, o que han destruido parte de Los Alamos. En Texas, los pastizales tambin ardieron ­cerca de 809 mil hectreas tan slo en 2006­ y conforme la cubierta de suelo desaparece las praderas se degradan a una condicin de desiertos.

Algunos climatlogos no han dudado en llamar a esto "megasequa", aun la "peor en 500 aos". Otros son ms cautelosos: no estn seguros de si la aridez actual en el oeste ya sobrepas los notorios umbrales de los aos treinta (el famoso Dustbowl o tazn de polvo de las planicies del sur) o en los cincuenta (la devastadora sequa del suroeste). Pero posiblemente el debate est fuera de lugar: las investigaciones ms recientes y calificadas indican que tal "rojo atardecer en el oeste" (por invocar el portentoso subttulo del libro Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy) no es simplemente una sequa episdica, sino el nuevo "clima normal" de la regin.

En un alarmante testimonio presentado a finales de diciembre ante el National Research Council, un veterano geofsico del Lamont Doherty Earth Observatory, de Columbia University, advirti que los ms importantes generadores de modelos del mundo estaban volcando el mismo resultado de sus supercomputadoras: "segn los modelos, en el suroeste, un clima semejante a la sequa de los aos cincuenta se volver el nuevo clima en los prximos pocos aos o en pocas dcadas".

Este extraordinario pronstico ­"el inminente desecamiento del suroeste de USA"­ es un producto colateral del monumental esfuerzo de cmputo que relaciona 19 modelos de clima por separado (incluidas las instalaciones insignia de Boulder, Princeton, Exeter y Hamburgo) en preparacin del cuarto informe de evaluacin del panel intergubernamental sobre cambio climtico [IPCC, siglas en ingls de Intergovernmental Panel on Climate Change]. El IPCC, por supuesto, es la suprema corte de la ciencia del clima, establecido por Naciones Unidas y la Organizacin Meteorolgica Mundial en 1988, con el fin de evaluar la investigacin sobre el calentamiento global y sus impactos. Aunque el presidente George W. Bush acepte ahora a regaadientes la advertencia del IPCC de que el rtico se derrite con rapidez, probablemente no ha registrado la posibilidad de que su rancho en Crawford tal vez algn da se convierta en una duna de arena.

Los climatlogos que estudian los anillos de los rboles y otros archivos naturales hace tiempo estn conscientes de que el Acuerdo del Ro Colorado, de 1922 (conocido como Colorado River Compact), por medio del cual se suministra agua a los oasis del suroeste que se urbanizan rpidamente, se bas en un registro de 21 aos del flujo del ro (1899-1921) que, lejos de reflejar un promedio, es de hecho la anomala de mayor humedad en por lo menos 450 aos. En fechas ms recientes los investigadores han comenzado a entender qu tan persistente es que Las Nias (los episodios fros en el Pacfico ecuatoriano oriental) puedan interactuar con los breves periodos clidos del Atlntico Norte subtropical para generar sequas en las planicies y en el suroeste que perduran por dcadas.

Sin embargo, como enfatiz Seager en Washington, las simulaciones del IPCC apuntan a algo muy diferente de los episodios de aridez catalogados en el atlas de sequas estadunidenses de Lamont [Lamont's North American Drought Atlas], un compendio actualizado y muy sofisticado de los registros de los anillos de los rboles desde el ao 2 aC a la fecha. Inesperadamente, es la base misma del clima, no slo sus perturbaciones, lo que est cambiando.

Es ms. Esta abrupta transicin hacia un clima nuevo, ms extremo (en nada parecido a lo ocurrido en el ltimo milenio, o tal vez en el holoceno) surge, no de las fluctuaciones en las temperaturas ocenicas, sino de los "cambios en las tendencias de circulacin atmosfrica y de transporte de vapor de agua, que son consecuencia del calentamiento atmosfrico". En pocas palabras, las tierras secas se harn ms ridas, y las hmedas tendrn ms agua.

Los eventos como La Nia, aadi Seager, continuarn influyendo la precipitacin pluvial en las tierras fronterizas entre USA y Mxico, pero originadas desde un fundamento ms rido pueden producir las peores pesadillas de Occidente: sequas de la escala de las catstrofes medievales que contribuyeron al notorio colapso de las complejas sociedades del pueblo anasazi en el Can de Chaco y Mesa Verde durante el siglo XII. (Para que las malas noticias procedentes de las supercomputadoras sean an peores, se pronostica tambin una aridez extremada para gran parte del Mediterrneo y el Cercano Oriente, donde las sequas picas son muy conocidas como sinnimo de guerras, desplazamiento de poblaciones y etnocidio.)

No obstante, es poco probable que el mero pronunciamiento, aunque provenga de 19 modelos climticos unnimes, ocasione mucha alarma en los suburbios aledaos a los clubes de golf de Phoenix, donde los lujosos estilos de vida consumen mil 500 litros de agua per capita al da. Tampoco impedirn que los trascavos sigan modelando los monstruosos suburbios en serie de Las Vegas (donde se proyectan 160 mil nuevas casas) a lo largo de la carretera 93 hasta Kingman, Arizona. Y no frenarn la posibilidad de que con bombas vacen el acufero Oglalla ni impedirn que la poblacin de Texas sea el doble para el ao 2040.

Pese a toda la propaganda reciente que recurre a la idea de un "crecimiento inteligente" y un sensato y precavido uso del agua, los planificadores del desierto siguen troquelando suburbios con el mismo "estpido" y ambientalmente ineficaz molde que ha plagado el sur de California por generaciones. Y el suroeste de la libre empresa nos sigue saliendo con el cuento del que la mayor parte del agua contenida en los sistemas de los ros Colorado y Grande se dedica aun a la agricultura de irrigacin.

A mediado plazo, por lo menos, la proliferacin urbana en el desierto puede sostenerse matando algodn y alfalfa, mientras los grandes productores mantendrn su riqueza vendiendo su agua (subsidiada a nivel federal) a los sedientos suburbios. Un prototipo de esta restructuracin es ya visible en Imperial Valley, California, donde San Diego compra agresivamente ttulos de agua. El resultado (los atentos viajeros en avin podrn notarlo) es el reciente aumento de parcelas muertas en el antiguo tablero esmeralda de alfalfa y meln del valle.

En vena ms futurista, existe tambin la opcin saud. Steve Erie, profesor de la Universidad de California en San Diego, quien ha escrito extensamente acerca de la poltica del agua en el sur de California, me dijo que los planificadores del desierto en el suroeste y Baja California confan en que pueden mantener bien suministrada de agua esta explosin poblacional mediante la conversin del agua marina. "El nuevo mantra de las agencias de agua es incentivar la conservacin y la restauracin, pero los rapaces planificadores ya fijan sus voraces ojos en el ocano Pacfico y en la alquimia de la desalinizacin, sin preocuparse para nada por las perniciosas consecuencias ambientales."

En cualquier escenario, enfatiza Erie, mercados y polticos continuarn dando su voto en favor de esa suburbanizacin rampante y de alto impacto que hoy pavimenta y urbaniza, homogenizando miles de kilmetros cuadrados de los frgiles desiertos de Mojave, Sonora y Chihuahua.

Por supuesto, los estados y las ciudades seguirn compitiendo con mayor agresividad que nunca por sus asignaciones de agua "pero, en lo colectivo, las mquinas del crecimiento tienen el poder de despojar del agua a otros usuarios".

Conforme el agua se haga ms cara, la carga de ajuste al nuevo rgimen climtico e hidrolgico recaer en los grupos subalternos: los jornaleros en granjas y campos de labor cuyos empleos son amenazados por las transferencias de agua, o los pobres urbanos que podrn ver cmo suben las cuotas de agua 100, 200 dlares por mes. Otros afectados sern los rancheros que bregan infatigables por casi nada, incluidos muchos indgenas, y por supuesto las poblaciones rurales del norte de Mxico, que viven en riesgo permanente.

Es un hecho que el fin de la era de agua barata en el suroeste (especialmente si coincide con el fin de la energa barata) acentuar la de por s gran desigualdad racial y de clase y forzar a ms migrantes a jugrsela con la muerte cruzando con gran riesgo los desiertos fronterizos. (No se necesita mucha imaginacin para entrever que el prximo lema de los minutemen ser: "Se vienen a robar nuestra agua!")

La poltica conservadora en Arizona y Texas se envenenar ms, se cargar ms tnicamente, si es que eso es posible todava. El suroeste est sembrado ya por todas partes con un nativismo propenso a crear chivos expiatorios y con algo que slo puede describirse como proto-fascismo: en las sequas venideras, tal vez sas sean las nicas semillas que germinen.

Como bien apunta Jared Diamond en Collapse, su reciente xito editorial, los antiguos anasazi no sucumbieron nicamente debido a la sequa, sino por el impacto de una aridez inesperada en un entorno sobrexplotado donde los habitantes eran poco propensos a sacrificar su "costoso estilo de vida". En ltima instancia, prefirieron comerse unos a otros.

Traduccin: Ramn Vera Herrera

Este texto aparecer en ingls en el especial del Da de la Tierrra de The Nation. Fue proporcionado por su autor para su publicacin en La Jornada.



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