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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-03-2007

Memoria de la Guerra Civil espaola

Eric Hobsbawm
Sin Permiso


La Guerra Civil espaola lleg a ser recordada y sigue siendo recordada por quienes fueron jvenes en la poca como la indeleble memoria robacorazones de un primer amor grande y perdido. No es ste el caso en Espaa, en donde todos experimentaron el trgico, mortfero y complejo impacto de la Guerra Civil, obscurecido y asordinado por la mitologa y la manipulacin del rgimen impuesto por los vencedores. Sin embargo, al crear la memoria mundial de la Guerra Civil espaola, la pluma, el pincel y la cmara empuados en favor de los vencidos probaron ser ms poderosos que la espada y el poder de los vencedores

La Guerra Civil espaola uni a una generacin de jvenes escritores, poetas y artistas en el fervor poltico. Que venciera el lado equivocado, no quiere decir que el triunfo ms perdurable no se lo llevaran la pluma, el pincel y la cmara que crearon la memoria mundial del conflicto. El pasado 17 de febrero se cumplieron 70 aos del primer bombardeo de los rebeldes franquistas sobre la ciudad de Barcelona el primero sobre una poblacin civil en el mundo no colonial. Es el da que eligi el historiador Eric Hobsbawm, testimonio de excepcin de la Guerra Civil, para reflexionar sobre su significado en la historia poltica del siglo XX y su superlativo impacto en el mundo de las artes y las letras.

La pelcula Casablanca (1942) se ha convertido en icono permanente de cierta cultura educada, al menos entre las generaciones viejas. El reparto todava resultar familiar, espero: Humphrey Bogart, Ingrid Bergman, Peter Lorre, Sydney Greenstreet, Marcel Dalio, Conrad Veidt, Claude Rains. Sus locuciones se han hecho parte de nuestro discurso, como las siempre mal citadas: Tcala otra vez, Sam o Detenga a los sospechosos habituales. Si dejamos de lado el asunto amoroso de base, se trata de una pelcula sobre las relaciones entre la Guerra Civil espaola y la poltica general de ese extrao pero decisivo perodo en la historia del siglo XX, la era de Adolf Hitler. Rick, el hroe, haba luchado con los republicanos en la Guerra Civil espaola. Sale de ella derrotado y cnico en su caf marroqu, y la pelcula termina con su regreso a la lucha en la II Guerra Mundial. En suma: Casablanca versa sobre la movilizacin del antifascismo en los aos 30. Y quienes se movilizaron contra el fascismo antes que muchos otros, y de modo superlativamente apasionado, fueron intelectuales occidentales.

Hoy puede verse la Guerra Civil, la contribucin de Espaa a la historia trgica de se, el ms brutal de los siglos, en su contexto histrico. No fue, como pretendiera el neoliberal Franois Furet, una guerra entre la ultraderecha y el Komintern un punto de vista compartido, desde un ngulo trotskista sectario, por la importante pelcula Tierra y Libertad de Ken Loach (1995). La nica eleccin era entre dos lados, y la opinin liberal-democrtica eligi abrumadoramente el antifascismo. De ah que, preguntados en 1939 de quin estaban a favor en una guerra entre Rusia y Alemania, el 83% de los norteamericanos manifestaran desear la victoria rusa. La de Espaa fue una guerra contra Franco, es decir, contra las fuerzas del fascismo con las que Franco estaba alineado, y el 87% de los norteamericanos estaba a favor de la Repblica. El caso es que, a diferencia de lo acontecido en la II Guerra Mundial, aqu gan el lado equivocado. Pero si esta vez la historia no la escribieron los vencedores, ello se debe en gran medida a los intelectuales, los artistas y los escritores que se movilizaron masivamente a favor de la Repblica.

La Guerra Civil espaola estuvo a la vez en el centro y en la periferia de la era del antifascismo. Fue central, porque enseguida se vio como una guerra europea entre el fascismo y el antifascismo, casi como la primera batalla de la guerra mundial venidera, anticipando algunos de los aspectos caractersticos de sta, como las incursiones areas contra la poblacin civil. Pero Espaa no tom parte en la II Guerra Mundial. La victoria de Franco no guard relacin con el colapso de Francia en 1940, y la experiencia de las fuerzas armadas republicanas no fue relevante en los posteriores movimientos de resistencia en tiempo de guerra, aun a pesar de que stos se nutrieran en buena parte en Francia de republicanos espaoles refugiados y de que antiguos brigadistas internacionales jugaran un papel decisivo en los movimientos de resistencia en otros pases.

Para situar la Guerra Civil espaola en el contexto general de la era antifascista, hay que tener presente tanto el fracaso a la hora de resistir al fascismo, como el desapoderado xito de la movilizacin antifascista entre los intelectuales europeos. Me refiero no slo al xito del expansionismo fascista y al fracaso de las fuerzas avaladoras de la paz en su intento de detener la venida aparentemente ineluctable de otra guerra mundial. Recuerdo tambin el fracaso de sus oponentes en punto a cambiar el estado de la opinin pblica. Las nicas regiones que experimentaron un genuino giro poltico a la izquierda tras la Gran Depresin fueron Escandinavia y la Amrica del Norte. El grueso de la Europa central y meridional estaba ya bajo gobiernos autoritarios o a punto de caer en sus manos, pero hasta donde podemos juzgar por datos electorales fragmentarios, la tendencia en Hungra y en Rusia, por no hablar de la dispora alemana, era a la derecha. Por otro lado, la victoria del Frente Popular en Francia fue un desplazamiento dentro de la izquierda francesa, no un desplazamiento de la opinin pblica hacia la izquierda. Las elecciones de 1936 dieron a la amalgama de radicales, socialistas y comunistas un escaso 1% ms de votos que las de 1932.

Y sin embargo, si reconstruyo bien a partir de mi memoria personal las percepciones de esa generacin, mi generacin de la izquierda, furamos o no intelectuales, no nos veamos a nosotros mismos como a una minora en retroceso. No pensbamos que el fascismo continuara ineluctablemente su avance. Estbamos seguros de estar a las puertas de un mundo nuevo. Dada la lgica de la unidad antifascista, slo el fracaso de los gobiernos y de los partidos progresistas para unirse contra el fascismo contaba a la hora de explicar nuestro rimero de derrotas.

Eso ayuda a entender la desapodera deriva hacia el comunismo entre quienes se hallaban ya en la izquierda. Pero ayuda tambin a entender nuestra confianza como jvenes intelectuales, pues ese grupo social se moviliz de modo superlativamente fcil, y aun desproporcionado, contra el fascismo. La razn es obvia. El fascismo incluso el fascismo italiano se opona por principio a las causas que definan y movilizaban a los intelectuales como tales, es decir: a los valores de la Ilustracin y a las Revoluciones Americana y Francesa. Salvo en Alemania, con sus robustas escuelas de teoras crticas contra el liberalismo, no haba un cuerpo significativo de intelectuales laicos que no pertenecieran a esa tradicin. La Iglesia Romana Catlica contaba con muy pocos intelectuales eminentes conocidos y respetados fuera de sus propias filas. Yo no niego que en algunos campos, sobre todo en literatura, algunas de las figuras ms distinguidas se hallaran claramente en la derecha TS Eliot, Knut Hamsun, Ezra Pound, WB Yeats, Paul Claudel, Cline, Evelyn Waugh, pero incluso en la legin literaria, la derecha polticamente consciente constitua un modesto regimiento en los aos 30, excepto tal vez en Francia. Una vez ms, eso se hizo patente en 1936. Los escritores norteamericanos, aceptaran o no la neutralidad de EEUU, se oponan en masa a Franco, y Hollywood ms an. De los escritores britnicos encuestados, cinco (Waugh, Eleanor Smith y Edmund Blunden entre ellos) se declararon favorables a los nacionalistas, 16 eran neutrales (incluidos Eliot, Charles Morgan, Pound, Alec Waugh, Sean O'Faolain, HG Wells y Vita Sackville-West) y 106 estaban a favor de la Repblica, muchos de ellos de manera apasionada. En lo que hace a Espaa, no ofrece duda con quin estaban los poetas de lengua castellana los que ahora se siguen recordando: Garca Lorca, los hermanos Machado, Alberti, Miguel Hernndez, Neruda, Vallejo, Guilln.

El sesgo oper ya contra el fascismo italiano, aun a pesar de que ste careca de dos caractersticas que contribuan a la impopularidad entre los intelectuales: el racismo (hasta 1938) y el odio al modernismo en las artes. El fascismo italiano no perdi el apoyo de los intelectuales, salvo el de quienes estuvieran ya en posiciones de izquierda en 1922, hasta la Guerra Civil espaola. Parece que, con raras excepciones, los escritores italianos en marcado contraste con lo que ocurri en Alemania no emigraron durante el fascismo. Pero 1936 es un punto de inflexin en la historia cultural y poltica italiana. Tal vez sea esa la razn de que la Guerra Civil espaola haya dejado pocas huellas en las bellas letras italianas, a no ser retrospectivamente. Quienes escribieron sobre ella fueron activistas emigrados: los Rossellis, Pacciardi, Nenni, Longo, Togliatti. En cambio, el antifascismo intelectual se activ contra Alemania desde el momento mismo en que Hitler tom el poder, hizo autos de fe con los libros que figuraban en el ndice de la ideologa nazi y desencaden una oleada de emigrantes ideolgicos y raciales.

Las reacciones a la Guerra Civil espaola tanto de los intelectuales como de la izquierda movilizada fueron espontneas y masivas. Aqu, al menos, el avance del fascismo era resistido con las armas. Decisivo, ciertamente, fue el llamamiento a la resistencia armada, el ser capaces de combatir, no meramente de debatir. WH Auden, solicitado que fue para ir a Espaa por el valor propagandstico de su nombre, escribi a un amigo: Ser con toda probabilidad un soldado condenadamente malo. Pero cmo escribir para ellos sin serlo?. Creo que se puede decir sin yerro que el grueso de los estudiantes britnicos ms conscientes polticamente de mi edad sentan que deban luchar en Espaa y tenan mala consciencia si no lo hacan. La extraordinaria oleada de voluntarios que fueron a luchar por la Repblica es, creo, nica en el siglo XX. La cifra ms fiable del volumen del cuerpo de voluntarios extranjeros que fueron a luchar por la Repblica est en torno de los 35.000.

Formaban un haz variopinto por su procedencia social, cultural y personal. Y sin embargo, como dijera uno de ellos, el poeta ingls Laurie Lee: Yo creo que compartamos algo ms, algo nica y exclusivamente nuestro en aquel tiempo: la oportunidad, que nunca ms volvera a presentarse, de hacer un gesto grande y expedito de sacrificio personal y de fe... pocos sabamos que bamos a una guerra de obsoletos fusiles y atascados caones dirigida por amateurs tan valientes como aturdidos. Mas por el momento no haba medias verdades ni vacilaciones; habamos encontrado una nueva libertad, casi una nueva moralidad, y habamos descubierto un nuevo satanofascismo.

Yo no digo que las brigadas estuvieran compuestas de intelectuales, aun cuando alistarse voluntario para Espaa, a diferencia de apuntarse a la Legin Extranjera francesa, entraaba un grado de consciencia poltica y, desde luego, un conocimiento del mundo que el grueso de los trabajadores no politizados no posea. Para la mayora de ellos, salvo para los procedentes de la vecina Francia, Espaa era terra incognita, a lo sumo un perfil en un atlas escolar. Sabemos que el cuerpo ms grande de brigadistas internacionales, el francs (un poco menos de 9.000) proceda abrumadoramente de la clase obrera 92% e inclua no ms de un 1% de estudiantes y miembros de profesiones liberales, prcticamente todos comunistas. Dadas sus calificaciones tcnicas, el grueso de ellos se emple de hecho detrs de las lneas de frente. No obstante, dentro o fuera de las Brigadas, el compromiso, a veces el compromiso prctico, de los intelectuales est fuera de duda. Los escritores no slo apoyaban a Espaa con dinero, discursos y firmas, sino que escribieron sobre lo que all ocurra, como Hemingway, Malraux, Bernanos y prcticamente toda la generacin de jvenes poetas britnicos (Auden, Spender, Day Lewis, MacNeice). Espaa fue la experiencia central de sus vidas entre 1936 y 1939, aun si despus la perdieran de vista.

Tal fue manifiestamente el caso en mis das de estudiante en Cambridge entre 1936 y 1939. No es slo que la Guerra de Espaa convirtiera a jvenes de ambos sexos en gentes de izquierda, sino que nos inspiraba el ejemplo de quienes fueron a Espaa a combatir. Cualquiera que entrara en la habitacin de estudiantes socialistas o comunistas en el Cambridge de aquellos das poda estar seguro de encontrarse all con la fotografa de John Cornford, intelectual, poeta y dirigente de la organizacin estudiantil del Partido Comunista, que haba cado en combate en Espaa el da en que cumpla 21 aos, en diciembre de 1936. Lo mismo que la familiar foto del Che Guevara, era una imagen potente, icnica: pero nos era ms cercana, y, colgada de nuestras paredes, recordaba diariamente por qu estbamos luchando. El caso es que pocos estudiantes fueron a luchar a Espaa luego de que el Partido Comunista de Gran Bretaa decidiera desaconsejar a los universitarios sin especial preparacin militar el alistamiento voluntario. Muchos de los que combatieron se sumaron a las fuerzas republicanas antes de que el partido fijara esa poltica. Sin embargo, los brigadistas internacionales britnicos incorporaron a un nmero significativos de intelectuales de talento, bastantes de los cuales cayeron en combate. Hasta donde soy consciente, ninguno de los supervivientes ha expresado jams arrepentimiento por su decisin de ir a combatir.

Las polmicas entre los perdedores de la Guerra Civil, a veces malignas, no han cesado desde 1939. No fue as mientras la Guerra estuvo viva, a pesar de que incidentes como la prohibicin del disidente POUM y el asesinato de su dirigente Andrs Nin provocaron protestas internacionales. Es obvio que un buen nmero de voluntarios extranjeros llegados a Espaa, intelectuales o no, quedaron impresionados por lo que all se vea, por el sufrimiento y la atrocidad, por el carcter implacable de la conduccin de la guerra, por la brutalidad y la burocracia en el propio lado, o en la medida en que se percataran de ello por las intrigas y los enfeudamientos dentro de la Repblica, por el comportamiento de los rusos y por tantas otras cosas. Tambin aqu la polmica entre los comunistas y sus adversarios sigui ininterrumpida. Y sin embargo, durante la guerra, quienes dudaban permanecieron silenciosos luego de abandonar Espaa. No queran prestar ayuda a los enemigos de la gran causa. Tras su regreso, Simone Weil, aun si manifiestamente decepcionada, no dijo palabra. Auden no escribi nada, aunque modific su gran poema de 1937, Spain, en 1939, y rechaz su republicacin en 1950. Confrontado con el terror estaliniano, Louis Fischer, un periodista estrechamente vinculado a Mosc, denunci sus lealtades pasadas, pero se cuid muy mucho hacerlo mientras su gesto pudiera daar a la Repblica espaola. La excepcin confirma la regla: el Homenaje a Catalua de George Orwell. Se lo rechaz su editor habitual, Victor Gollancz, "en la creencia, compartida por tantas gentes de izquierda, de que todo debe sacrificarse en aras a preservar un frente comn contra el ascenso del fascismo. La misma razn le dio Kingsley Martin, editor del influyente semanario New Statesman & Nation, para rechazar una resea crtica del libro. Representaban los puntos de vista abrumadoramente predominantes en la izquierda. Orwell mismo admiti tras su regreso de Espaa que mucha gente me ha dicho con distintos grados de franqueza que no se debe contar la verdad de lo que est sucediendo en Espaa y del papel desempeado all por el Partido Comunista, porque hacerlo predispondra a la opinin pblica contra el gobierno espaol, y as, ayudara a Franco". En realidad, el mismo Orwell reconoci en carta a un reseista amigo que lo que dices respecto a no dejar que los fascistas dispongan de las disensiones entre nosotros es muy cierto. Ms an: el pblico no mostr el menor inters en el libro. Se public en 1938, con una tirada de 1.500 ejemplares, y se vendi tan poco, que cuando, 13 aos despus, fue reeditado la primera edicin an no estaba agotada. Slo en la era de la Guerra Fra dej Orwell de ser una figura embarazosa y marginal.

Huelga decir que las polmicas pstumas sobre la Guerra Civil espaola son legtimas, y a decir verdad, esenciales. Pero slo si logramos separar el debate sobre cuestiones reales del parti pris polticamente sectario, de la propaganda de la Guerra Fra y de la pura ignorancia de un pasado olvidado. La cuestin principal que plante la Guerra Civil espaola fue, y sigue siendo, cmo se relacionaban la revolucin social y la guerra en el lado republicano. La Guerra Civil espaola fue, o empez siendo, ambas cosas. Naci de la resistencia de un gobierno legtimo, con ayuda de la movilizacin popular, contra un golpe militar parcialmente exitoso; y, en zonas importantes de Espaa, de la transformacin espontnea de la movilizacin en revolucin social. Una guerra seria dirigida por un gobierno precisa de estructura, disciplina y un grado de centralizacin. Lo que caracteriza a las revoluciones sociales como la de 1936 es la iniciativa local, la espontaneidad y la independencia o aun la resistencia frente a la autoridad superior. Y eso fue especialmente as, dada la muy particular fortaleza del anarquismo en Espaa.

En suma, lo que se plante y sigue plantendose en esos debates es lo que divida a Marx y a Bakunin. Las polmicas sobre el partido marxista disidente POUM son aqu irrelevantes, y dados su reducido tamao y su papel marginal en la Guerra Civil, apenas significativas. Pertenecen a la historia de las disputas ideolgicas dentro del movimiento comunista internacional o, si se prefiere, de la guerra implacable de Stalin contra el trotskysmo con el que sus agentes identificaban (errneamente) al POUM. El conflicto entre el entusiasmo libertario y la organizacin disciplinada, entre la revolucin social y el triunfo en la guerra, es un conflicto real en la Guerra Civil espaola, aun suponiendo que la URSS y el Partido Comunista desearan que la guerra terminara en revolucin y que las partes de la economa socializadas por los anarquistas (es decir, puestas bajo control obrero local) funcionaran suficientemente bien. Las guerras, por flexibles que sean las cadenas de mando, no pueden ser libradas ni las economas de guerra funcionar de manera libertaria. La Guerra Civil espaola no habra podido echar a andar por no hablar de ganarla con prescripciones de tipo orwelliano.

Sin embargo, en un sentido ms general, el conflicto entre revolucin como aspiracin a la libertad y el triunfo en la guerra no es puramente espaola. Apareci con todo su vigor tras la victoria de revoluciones en guerras de liberacin: en Argelia, probablemente en Vietnam, ciertamente en Yugoslavia . Puesto que la izquierda perdi la Guerra Civil espaola, en este caso el debate es pstumo y cada vez ms alejado de las realidades de la poca, como ocurre con la pelcula de Ken Loach, por otra parte tan inspirada y conmovedora. La repulsin moral provocada por el estalinismo y por la conducta de sus agentes en Espaa est justificada. Es correcto criticar la conviccin comunista de que la nica revolucin que contaba era la que otorgaba al partido un monopolio del poder. Con todo, esas consideraciones no son centrales para el problema de la Guerra Civil. Marx tendra que haberse confrontado con Bakunin aun cuando todos los que estaban del lado republicano hubieran sido ngeles. Pero hay que decir que, entre quienes se batieron como soldados por la Repblica, la mayora encontraba a Marx ms relevante que a Bakunin, a despecho de que algunos supervivientes puedan recordar la espontnea pero insuficiente euforia de la fase anarquista de liberacin con tanta ternura como exasperacin.

Luego de su breve momento en el centro de la historia mundial, Espaa regres a su posicin marginal. Fuera de Espaa, la Guerra Civil pervivi, como sigue perviviendo entre un buen nmero de sus coetneos no espaoles, en rpida disminucin. Lleg a ser recordada y sigue siendo recordada por quienes fueron jvenes en la poca como la indeleble memoria robacorazones de un primer amor grande y perdido. No es ste el caso en Espaa, en donde todos experimentaron el trgico, mortfero y complejo impacto de la Guerra Civil, obscurecido y asordinado por la mitologa y la manipulacin del rgimen impuesto por los vencedores. Sin embargo, al crear la memoria mundial de la Guerra Civil espaola, la pluma, el pincel y la cmara empuados en favor de los vencidos probaron ser ms poderosos que la espada y el poder de los vencedores.

Eric Hobsbawm es el decano de la historiografa marxista britnica. Su ltimo libro es un volumen de memorias autobiogrficas: Aos interesantes , Barcelona, Critica, 2003.

Traduccin para www.sinpermiso.info: Antoni Domnech


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