El acceso a una vivienda se ha convertido en la
mayor preocupación personal de los ciudadanos, según el barómetro del
CIS, por delante incluso del desempleo, el terrorismo o la inmigración.
España, junto con Italia, es el país de la UE donde los padres más
aguantan a los hijos en casa -se independizan a los 34 años como media-
pese a que es también el lugar con la mayor tasa de viviendas del
mundo: 23.700.600 millones, 51 casas por cada 100 habitantes.
Mientras la mayoría de la gente se las ve y se las desea para acceder a
una vivienda a sabiendas de los altísismos precios de las viviendas, en
Marinaleda comprar una casa cuesta 15 euros al mes. No hay errata:
15,52 euros para ser precisos incluyendo los 50 céntimos que carga el
banco por expender el recibo.
Es decir, que la factura mensual de la vivienda -90 metros cuadrados
repartidos en dos plantas, 100 metros de patio, tres habitaciones,
salón, baño, aseo, cocina, azotea y una pequeña terraza- equivale al
precio de dos entradas de cine con sus correspondientes palomitas. El
mismo piso pero sin patio, de segunda mano, en Triana, uno de los
barrios populares de Sevilla, supondría una hipoteca de unos 1.000
euros al mes durante 30 años.
Aplicando Constitución
El misterio de este milagro lo explica el Alcalde, Juan Manuel Sánchez
Gordillo , portavoz nacional de la CUT, en cinco palabras:
«Artículo 47 de la Constitución» . Lo que han hecho, asegura, no ha sido sino aplicar al pie de la letra lo que dicta la norma máxima.
El primer paso que dio Marinaleda fue hacerse con un buen trozo del
suelo municipal y declararlo urbanizable y de titularidad pública. A
todo vecino que necesite una casa, el Consistorio le facilita sin coste
alguno el suelo. «El suelo supone el 60% del valor final de la vivienda
y el Ayuntamiento lo facilita gratis a los vecinos que quieran
implicarse en la construcción de su propia casa, así reducimos el
precio final más de la mitad», explica el Alcalde.
Fulminada la partida más cara, el suelo, se buscó el modo de que los
materiales tampoco costaran un duro.
«También
ponemos a su disposición los materiales mediante convenio con la Junta,
el arquitecto que realiza el proyecto y los albañiles. Al final, la
vivienda les sale por unos 36.000 euros, cuando el precio normal sería
por lo menos el doble o el triple, que pueden ir pagando con cuotas de
15 euros al mes». Los
albañiles que levantan la estructura son contratados por el
Ayuntamiento como refuerzo, para dirigir a los autoconstructores y
suplir la falta de oficio con la paleta de algunos de los vecinos.
Al precio final de 36.000 euros, la cantidad que debe pagar la familia
se le descuentan las jornadas (a 40 euros) que el autoconstructor ha
trabajado en la obra. Una familia que haya trabajado 400 peonadas se
libra de un plumazo de 16.000 euros de la deuda. Es decir, que les
queda por pagar 20.000 euros. Y puesto que su recibo mensual es de 15
euros, 180 euros al año, tardarán unos 111 años en abonar el coste
total de la casa. Hasta entonces, esta familia no tendrán en su mano la
escritura que los acreditará como dueños de la vivienda. No podrían,
por tanto, venderla ni especular ni enriquecerse a costa de ella hasta
el 2117. La idea es que los hijos hereden el legado: la deuda de 15
euros al mes y la vivienda.
Bajo esta fórmula se han construido 350 viviendas, otras 20 están en
construcción y 100 más en proyecto. El único requisito es estar
empadronado en el municipio y llevar allí como mínimo dos años.
Nos preguntamos: ¿Cómo es posible que haya tres millones de casas
vacías y se construya a un ritmo frenético -500.000 viviendas en 2004,
800.000 en 2005, 850.000 en 2006- cuando es imposible para los jóvenes
acceder a ellas?.
Para la CUT está claro: Es la especulación. Muchas de las viviendas no
se compran por necesidad sino para especular, para comprarla por cinco
y venderla por 30. Algo que las estadísticas oficiales confirman: El
37% de los españoles sabe, ya sea por actuación propia o por la de
algún familiar o conocido, de alguien que ha hecho una compraventa de
vivienda con el único fin de hacer negocio.
Pero como Marinaleda o El Coronil demuestran otra política de vivienda es posible.