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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-04-2007

El pensamiento discreto/3
El pensamiento onrico

Carlo Frabetti
Rebelin


El discreto encanto (el encantamiento discontinuo) de la religin estriba, en buena medida, en su habilidad para inculcar la incoherencia propia de los sueos en las conciencias supuestamente despiertas (de ah los rituales adormecedores tan frecuentes en todas las religiones: salmodias, melopeas, cnticos monocordes, rezos repetitivos, etc.).

Aunque hoy podamos considerar apresurada su conclusin de que los sueos son realizaciones disfrazadas de deseos reprimidos, algunas de las observaciones de Freud sobre la actividad onrica y su relacin con las pulsiones resultaron esclarecedoras, y nociones como la de fusin de contrarios parecen especialmente adecuadas para explicar ciertos aspectos de la mentalidad religiosa. Pues la religin no solo toma de los sueos la idea de una vida incorprea en otro nivel de realidad, sino tambin su discurso irracional.

En los sueos todo es posible, y en sus dominios las cosas ms incompatibles pueden coexistir e incluso llegar a confundirse. En el maleable universo onrico, puedo volar, pasar a travs de las paredes, estar simultneamente en varios lugares o participar en una accin mientras la veo desde fuera, y mi padre puede estar vivo y muerto a la vez o ser al mismo tiempo joven y viejo. Todas las noches pasamos varias horas en el mundo de los sueos, y no es de extraar que seamos tan sensibles a su discurso superrealista. Un discurso que, convenientemente adaptado al mundo de la vigilia, puede convertirse en un eficaz instrumento de dominacin. Y eso es precisamente lo que hace la religin, que, a cambio de la incondicional sumisin a sus preceptos, nos promete una vida incorprea y libre de las ataduras materiales, un dulce sueo eterno ms all de la muerte (a la vez que amenaza a los insumisos con una eterna pesadilla). Y una vez aceptado el discurso onrico de la religin, para la mente reblandecida, retrotrada a su nocturno estado de laxitud, nada es inaceptable. As, un Dios supuestamente justo y misericordioso puede infligir un castigo infinito a un ser de responsabilidad limitada como es el hombre. Y aunque ese Dios sea omnisciente y sepa de antemano todo lo que vamos a hacer, somos libres y plenamente responsables de nuestros actos.

Creer en el infierno, o pensar que la predestinacin es compatible con el libre albedro, no es menos demencial que aceptar un silogismo tan absurdo como: Todos los nmeros pares son divisibles por dos; ocho es un nmero par; ocho no es divisible por dos. Hay que concluir, pues, que los miles de millones de creyentes que hay en el mundo estn locos? En tanto que creyentes, s. Lo que ocurre es que, afortunadamente, hay muy pocos creyentes autnticos (y hay muchos herejes que ni siquiera saben que lo son): la inmensa mayora son hombres de poca fe, como nos recuerdan las propias Escrituras. El pensamiento onrico que subyace a la devocin es un claro ejemplo de pensamiento discreto, discontinuo, que sucumbe de forma intermitente al discontinuo encantamiento de la religin (que alterna las proposiciones ms razonables con los conjuros ms disparatados).

Es probable que solo algunos msticos y visionarios se abandonen de forma permanente a la sublime locura del delirio religioso, del mismo modo que solo algunos dementes creen de verdad en la astrologa o en la cartomancia. Igual que los tartamudos consiguen hablar a trompicones, la mayora de los creyentes (de cualquier dogma, no solo de los propiamente religiosos) logran pensar a ratos, pero les cuesta articular un discurso coherente a partir de sus dispersos momentos de lucidez: son tartatontos, pensadores discretos, fciles presas de cualquier ideologa, de cualquier ilusin.

A primera vista, puede parecer extrao que el discurso de la religin sea tan palmariamente contradictorio; pero a poco que pensemos en ello nos daremos cuenta de que no podra ser de otra manera. Dios tiene que poseer todas las cualidades imaginables en grado sumo, y por lo tanto ha de ser omnisciente y omnipotente. Pero, a la vez, el hombre ha de ser libre y responsable de sus actos, pues de lo contrario no se le podra premiar ni castigar por ellos. Y si el castigo infligido a los malos no fuera eterno, al estar situado en otro plano de realidad y sub specie aeternitatis, su poder disuasorio sera insignificante. Si solo hubiera purgatorio, y no infierno, a quin le detendra la idea de un vago castigo transitorio en el ms all si luego le sucedera una felicidad sin fin? Por otra parte, solo una pena eterna para los malos puede saciar la inconfesable (pero fomentada por la propia religin) sed de venganza de los buenos, que sufriran un agravio comparativo si al final todos, justos y pecadores, acabaran juntos en el paraso. Por eso la misma religin que predica el amor y el perdn amenaza a los pecadores con un castigo infinito y les promete a los justos una infinita venganza. Por eso hay un dogma que dice que Dios sabe de antemano todo lo que vas a hacer y otro que afirma que eres libre de hacerlo o no. Por eso Dios es a la vez infinitamente bueno e infinitamente cruel. Y como solo en los sueos es posible tal fusin de contrarios, la religin tiene que convertirse en un estupefaciente masivo capaz de adormecer la razn de millones de personas. El opio de los pueblos.



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