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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-05-2007

La risa de Eva Forest

Julio Csar Guanche
Rebelin



En silencio, muy lentamente, acabamos de decirles a nuestros hijos que Eva Forest ha muerto. A sus cuatro aos, sus rostros reflejan los nuestros. Julio Antonio ha preguntado: "y no la veremos ms?, y cuando pronunciamos el difcil, acaso imposible de pronunciar: "No", Csar responde: y no podemos hacerle una estatua?

Ellos le llaman "mi ama Eva". Repaso en la memoria las fotos. Ella los carga en dismiles posiciones, en distintas edades. En cualquier rincn de la casa aparece un lpiz, una rana de juguete, un sacapuntas, un papelito dibujado a mano, que ella enviaba en rfagas.

En Hondarribia, viv una semana en la casa de Eva y Alfonso. All un amigo record que uno reconoce olores en todas las casas, menos el olor de la propia. Conservo el aliento de aquella casa, los recodos de su olor. Los seres humanos tomamos a menudo la forma de las cosas: hemos aprendido en la historia de ellas un encorvamiento, un gesto de la mano, un parpadear de los ojos, una grafa al sentarnos, una manera de mirar, e irresponsables, pensamos que son nuestros, que nacimos con ellos.

La casa de Eva tiene el olor de Eva. Pero si uno la observa, la casa actual nada tiene que ver con el mapa de su nacimiento. La casa ha ido cambiando segn las edades, ms bien segn las estaciones, de Eva. El pasillo, las flores de la fachada, el patio, el bao lleno de fotos y hojas secas, han tomado la consistencia fsica de sus brazos, piernas,
rodillas y orejas. El pasillo de la escalera tiene la forma de su corazn: all donde los carteles anuncian las batallas por la libertad de Eva, carteles en castellano, en euskera, en francs, en ingls, carteles que claman por la libertad de ella, Eva presa, Eva sin saber de sus hijos, Alfonso expulsado de pas en pas, mientras Eva recibe en prisin las visitas de los torturadores y los poemas de Alfonso.

Al pasar por un estadio de ftbol, no recuerdo su nombre, Eva comenta emocionada que, tras salir de la crcel, all la recibi una multitud que deliraba en la felicidad del coraje. Su cara se enciende. En ese momento, ella es el rostro de la libertad, de los que luchan, caen, se levantan y siguen. Eva en Madrid, en Viet Nam, Eva en Cuba, en Iraq. Eva a solas consigo misma, y contra lo que dentro de uno quiere desistir. Ella es el rostro de la tristeza, del dolor de las prdidas, pero es tambin la faz de una conquista: cuando se ha arrebatado al miedo la posibilidad de ser uno mismo.

En la foto Eva sale de la crcel. Afuera le esperan Alfonso, y Evita, que da un salto con un ramo, escaso de flores, en la mano. La foto retiene a Evita en el aire, suspendida a centmetros del suelo, agitando la mano. Para mi su salto es mi sobresalto, el sobrecogimiento de ese gesto, lo que la distancia entre el suelo y el salto de Evita grita, todo lo que, habiendo callado, ahora revienta.

Eva nos hace descender por una montaa enrevesada. Hace detener el automvil y nos lleva hacia un muro. All escuchamos, en silencio, el ruido del mar. All abajo, muy abajo, rompen las olas. Eva narra, despacio -todava en susurros dcadas despus- su historia de la lucha contra Franco, la gestacin de Operacin Ogro, habla de amigos que
quedaron, de personas que deberan estar siempre, de la memoria como una trama de dignidad a diario conquistada.

En su casa, Eva prepara una "sopita de amor". Yo, en silencio, no pregunto, no hablo. Solo agua y cebolla es la sopa. Corteza de pan y cebolla, golpea Miguel Hernndez en mis sienes. Esa sopa es el alimento de muchos das de los hijos de Eva, de Eva presa. No lo digo en voz alta, pero me juro que el sabor, la textura, el color de esa sopa no podr olvidarlo. No olvido. De esa sopa habrn de beber mis hijos si aspiran a ser libres. Maana o dentro de treinta aos, pero de seguro
nos encontraremos, ms de una vez, frente a su plato. Ese da, como tantos, volveremos a hablar de Eva.

Ver cmo le explico a Csar que la silueta de Eva es incapaz de ser atrapada en una estatua. Ello le dir, y por supuesto, miento. No hablamos de su cuerpo. Le dir que puede dibujar su sonrisa. Una sonrisa que no cesa. Una sonrisa que lo llevar, impertrrito y tenaz, por el camino rudo de la verdad.

Pablo de la Torriente Brau escribi semblanzas extraordinarias a las que titul Hombres de la Revolucin. Eva figurar, en las mltiples reescrituras de esas crnicas, como una mujer de la revolucin. Al igual que los hroes de Pablo, la risa de Eva tiene una feroz capacidad de contagio: el contagio que solo provee una revolucin cuando es vivida de veras, cuando se hace sangre en la tenacidad de la solidaridad, del amor, de la amistad, de la lucha y de la crtica de la lucha que se hace nuestra. La risa de Eva contagia, redime, libera: nos hace felices.

Pienso ahora en Hiru, un proyecto editorial tan desmesurado como realista, llevado por tres mujeres y un hombre ("que es casi una mujer ms, cosa que decimos como un gran elogio ", deca Eva), uno de los catlogos de ideas de izquierda ms intensos, abiertos, revolucionarios y lcidos habidos en lengua espaola en las ltimas dcadas y que Eva
solventaba con dinero robado literalmente a sus almuerzos.

Pienso ahora tambin en Los nuevos cubanos, libro an indito, donde Eva entrevist a campesinos en la provincia de Granma, buscando en ellos el testimonio de otra vida. De la vida que naca en las personas que comenzaban a hablar en pblico, en las discusiones asamblearias entre guajiros curtidos por el hambre. Su inters: la sociologa, o ms bien,
la antropologa del "hombre nuevo", del nico "hombre nuevo deseable": el que se hace, siendo l, en el otro.

Hace dos aos, Eva y Alfonso volvieron a aquel lugar, all donde haba trabajado entonces Eva con otras compaeras. A su regreso de Granma, ella, rindose sin parar, contaba cmo las "guajiras" la haban reconocido, y sobre todo, cmo mostraban a las "ms nuevas" -las ms jvenes- a Alfonso, cual trofeo de guerra, y le llamaban con cario "el
marido de las gallegas". Alfonso rea tambin. Pero Alfonso sigue riendo. Quien haya conocido a Eva Forest de la manera en que Alfonso Sastre la ha conocido es posedo ya para siempre por una risa inevitable.

Hace tiempo promet a Eva una carta de amor. Lo digo sin sonrojarme. Se lo dije a escondidas de Alfonso. l sabe comprender. Lo hago aqu, apenas recibida la noticia, escribiendo sin parar esta nota, que Lupe lee en silencio. No pretende otra cosa que ser un sostn para nosotros mismos, para recordarnos que es posible la sonrisa, tanto como el dolor, porque la vida de Eva, "hazaa sediciosa", es parte de nosotros mismos.

Eva, ten siempre, como si fuesen nuestras, porque lo son, las palabras de Alfonso: Y un da, compaera, volveremos triunfantes al espacio habitado que jams era nuestro.
      
19 de mayo de 2007



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