Cuando yo era niño, en los
años 50, y concurría a una escuela judía en Filadelfia, solíamos recibir pequeñas
cajas de cartón con una ranura para monedas, que eran distribuidas por
la Fundación
Nacional Judía. En la
cubierta se podían ver a personas hermosas y fuertes plantando árboles.
Cuando la caja se llenaba la enviábamos y a su retorno recibíamos un
certificado con nuestro nombre y una
foto más grande de un árbol que habíamos plantado en Israel. Era divertido y nos
daba una fuerte emoción –yo estaba suspirando por una patria. Vi fotos de kibutzim (plural de kibuts -granja colectiva- n.del t.) y de naranjales que cubrían los valles y
soñaba con ir allí algún día...
Décadas más tarde, ahora ya
un hombre de mediana edad, ví fotos de máquinas israelíes arrancando olivos de
trescientos años y a soldados israelíes
reprimiendo a los agricultores árabes desconsolados ante la destrucción de sus
plantaciones. Viajé por
Cisjordania –tierra palestina ocupada por Israel- y vi las
laderas de las montañas desnudas de árboles, listas para convertirse en
asentamientos judíos. Vi casas árabes
demolidas y jardines arrasados para construir el muro de 8 m de altura que corta las
ciudades y los poblados palestinos. Vi que esto no estaba bien. No me tragué la
historia de que es una construcción para la defensa. Pude darme cuenta que esto es
una mentira.
Cuando volví a los Estados
Unidos y comencé a hablar de mi horror,
tristeza y profunda consternación por lo que había visto, muchas de mis
relaciones judías me dijeron que no debería hablar de esa manera, porque me
convertiría en un enemigo del pueblo judío y así estaría abriendo el camino
hacia un nuevo Holocausto. Muchos judíos
me dijeron que no estaba siendo leal con mi pueblo, que “me había pasado” al
“lado palestino”. Un estudiante para rabino informó a sus colegas de que,
obviamente, yo me había convertido al cristianismo “enmascarado” como judío con
el fin de causar la destrucción del pueblo judío. Hablé de mi experiencia en muchos grupos,
casi siempre en iglesias. Aún no he hablado en una sinagoga. Estoy tratando de
darle un sentido a todo esto y transitar un camino hacia delante. Esto es lo que
he comprendido desde lejos.
La historia judía: la supervivencia y su
sombra
El sionismo fue la
respuesta al antisemitismo de la
Europa cristiana. A
pesar de la Ilustración europea, fracasó la aceptación de permitir a los judíos
establecerse como grupo emancipado en la Europa de los siglos XVIII y XIX, y el
florecimiento de políticas antisemitas en los finales del XIX y la primera mitad del XX, dieron nacimiento al sionismo político bajo el liderazgo de Theodor Herzl. El sionismo expresaba la soberanía del pueblo
judío para establecerse como nación entre las naciones, con su propio
territorio y el poder para alcanzar la autodeterminación. Este es el por qué, desde los púlpitos de las
sinagogas, en las clases de historia judía, en las lecciones a los pequeños y
en animadas discusiones sobre el
problema palestino israelí, se puede escuchar tan a menudo el preámbulo “ a
través de las centurias…”, seguido de la descripción del sufrimiento judío bajo
las manos de sus opresores. Aún más, es en nuestra liturgia, muy notable en la
lectura de las pascuas judías. La
supervivencia del pueblo judío, a pesar de constantes persecuciones, es nuestra
canción favorita –está en nuestro ADN cultural, es el mantra de nuestra
pertenencia-. Y cala profundo.
Esta característica edel judaísmo no es el producto de una aberración cultural ó un defecto de carácter colectivo. Justamente, desarrollar esta particular forma de “blindaje característico” ha sido la forma de supervivencia durante todos los años de persecución, marginación y demonización. Hemos sobrevivido, en parte, gracias a la creación de rituales, hábitos y actitudes de apartamientos, soberbia y persistencia que nos permitieron nunca olvidar, nunca bajar la guardia, y estar siempre orgullosos de nuestra tenaz vitalidad frente a “aquellos que buscaron destruirnos”. Cuando en nuestro moderno idioma litúrgico hablamos del estado de Israel como “el primer florecimiento de nuestra redención”, estamos reflejando la realidad de nuestra supervivencia, el significado de alcanzar la autodeterminación política en el contexto de la historia judía. Es bueno haber sobrevivido.
Pero también debemos ver la
sombra que se nos ha venido encima con esta historia. Nos hemos esforzado por ser los dueños de
nuestro destino –pero, una vez alcanzado esto, también debemos
responsabilizarnos por nuestros actos y por las consecuencias de estas acciones.
Siendo libres, tenemos libres elecciones.
La tragedia de la historia de la diáspora judía, tanto en nuestra propia
narrativa cultural como en la realidad está enraizada dentro de la impotencia y
la pasividad. El sionismo vino a enmendar esto, y sin lugar a dudas tuvo éxito,
mucho más allá de las expectativas de judíos y no judíos por igual. Pero si
ahora nos volvemos esclavos de las consecuencias del empoderamiento, entonces no
somos libres, así como no somos realmente libres. Particularmente, el holocausto
nazi proyecta su sombra sobre nuestra historia moderna y la historia del Estado
de Israel. La campaña nazi destinada a
borrar al pueblo judío pasó a formar parte de nuestra particular “liturgia de
destrucción” judía, la forma en que nosotros como judíos dimos sentido a nuestro
sufrimiento incorporándolo en el contexto de la historia judía. Desde esta
matriz de vulnerabilidad, victimización y sentido se levanta el grito sionista,
“¡nunca más!”. Pero el estado moderno,
con las políticas que lleva a cabo en
su afán de conservar nuestro pueblo y haciendo uso del holocausto como
justificación para acciones injustas, está traicionando el significado de la
historia judía. No se puede alcanzar la propia liberación, aún desde el más
inenarrable infierno, oprimiendo a otro pueblo. Aún más, en los tiempos de poder
y autodeterminación para los judíos en Israel, afrontamos riesgos para nuestra
idiosincrasia como pueblo que exceden con mucho los peligros físicos que soportó
durante milenios de persecución.
Israel y Palestina: la realidad parada sobre su cabeza
La tormentosa controversia
que hoy se suscita en la cuestión Israel-Palestina –una controversia que salpica
a la comunidad judía de Estados Unidos tanto como a la sociedad israelí- es una
evidencia de ese riesgo La historia del conflicto y de los derramamientos de
sangre entre el Estado de Israel, sus vecinos árabes, y los pobladores
originarios de la palestina histórica es la de un inevitable y predecible
resultado de la naturaleza colonialista de la empresa sionista. Aunque el
sionismo, a diferencia de otros proyectos coloniales europeos, no fue
originariamente dirigido hacia la ocupación y explotación de un pueblo sojuzgado
–los sionistas buscaban crear un refugio para sí mismos- no por eso deja de ser un proyecto de
ocupación colonial. Lo que resulta
extraño y misterioso es que en el actual discurso , los roles de los
combatientes están distorsionados: los judíos estan retratados como las víctimas
y los palestinos como los agresores. La
verdad es que los palestinos son las víctimas: desposeídos, inermes y doloridos.
En todo caso, los judíos se alzan victoriosos y con pleno poder. Los judíos de Israel están, con toda seguridad, aguijoneados por los actos de resistencia popular por
parte de los palestinos. Pero en la perspectiva del balance de fuerzas actual,
son nada más que pinchazos. Al tiempo que esta resistencia, llena de la
desesperanza y humillación de un pueblo
desplazado y ocupado, ha sido amplificada y explotada por las fuerzas políticas
dentro y fuera de Palestina. Actos de resistencia tan espantosos como hombres
bombas suicidas y el lanzamiento de
misiles a través de la frontera, no hacen peligrar la actual hegemonía de
Israel, su poder ni su seguridad. Las acciones de los hombres bomba suicidas son
horrorosos y aterrorizantes. Pero es
demasiado fácil y muy conveniente poner
a un pueblo entero bajo este mismo patrón y esto es exactamente lo que se
hace. La imagen de los palestinos como
la de un pueblo violento, como “terroristas” empeñados en la destrucción de
Israel, no es real. La verdad es que a lo largo y a lo ancho, los
palestinos son un pueblo paciente, pacífico –y a este paso un pueblo enfadado,
humillado y dolorido. Su pecado en los últimos sesenta años fue su relativa
falta de organización –efectivamente establecida por los ingleses durante los 30
años de mandato- frente al muy altamente efectivo y organizado proyecto colonial
sionista. Ellos están pagando por esto
ahora mientras transcurre el desmantelamiento de su economía y su
infraestructura, y el continuo plan de
descapacitar su liderazgo y su habilidad para gobernarse a sí
mismos. Israel continuó con lo que los
ingleses dejaron –con mayor eficiencia y
minuciosidad.
La discusión judía
Aunque es dolorosa y sumamente problemática, veo la ferocidad y profundidad de la división que se da dentro de la comunidad judía en la diáspora como una oportunidad para el diálogo. Este es un punto de crisis de reales proporciones para los judíos, y debemos tomarlo seriamente. Debemos alentar esta discusión –sentimos que esto es un peligro y lo ahogamos. Es nuestra responsabilidad como judíos examinar nuestra clase de relación con Israel mas que aceptar pasivamente la historia con la que fuimos alimentados por el oficialismo judío: las sinagogas, las federaciones judías, las organizaciones que hacen presión y el resto de los aparatos devotos de mantener las poderosas corrientes políticas y financieras que apoyan a Israel tanto desde el gobierno como desde fuentes privadas. Debemos examinar nuestras convicciones y sentimientos acerca de qué significa el estado para cada uno de nosotros personalmente, especialmente en relación al antisemitismo. Por ejemplo, yo, como judío que vive en los estados Unidos, ¿creo que el estado de Israel es importante para mí como refugio si es que me sintiera inseguro o perjudicado en mi país de nacimiento? ¿Siento personalmente que la existencia de un estado judío es imprescindible ó forma parte de mi judeidad, ó es que por los valores religiosos y creencias que sostengo como judío? ¿Creo que el mundo le debe un estado a los judíos por las violencias y persecuciones que han sufrido durante centurias y cuya culminación fue el holocausto nazi? Toas estas son preguntas importantes que se deben preguntar, confrontar y ser medidas a la luz de la realidad de los acontecimientos contemporáneos. Más lejos aún, como judíos de la diáspora nos debemos preguntar de dónde nos informamos sobre la historia del Estado de Israel y de su actual situación política. En qué servicio de informaciones confiamos, qué páginas de Internet visitamos. ¿Qué sabemos sobre las discusiones que se llevan a cabo dentro mismo de Israel por estos días, ejemplificadas por el activo diálogo que se puede encontrar en las páginas del Haaretz , de las voces de las organizaciones que se oponen a la política del gobierno, y de los pasos acelerados que se vienen produciendo por historiadores judíos israelíes en la revisión del sionismo?
Debemos tener la voluntad de superar nuestra profunda negación sobre la actual situación y las injusticias que trajo el sionismo. Walter Brueggemann, el teólogo protestante, en su trabajo sobre la imaginación profética, escribe acerca del llamado profético que nos llama a lamentarnos y a llorar, que es la única manera esperanzadora para entrar en una nueva y mejor realidad. En párrafos de Jeremías, solamente cuando estamos en capacidad para llorar, sobre nuestras propias quebraduras, y con la capacidad para enfrentar las implicancias del sufrimiento que hemos causado, podremos ser beneficiarios de la gracia de Dios. En otras palabras, debemos quebrar la negación de lo que hemos hecho. La estructura de poder, por supuesto, tiene el cometido de lo contrario. El estado cuenta la historia de manera de envolver la verdad: “Está hecho en nombre de la seguridad nacional” “Los otros son los terroristas, ellos son el obstáculo para la paz”.
Una particular forma “solapada” de negación, en esta incapacidad de ver la realidad, es cómo algunos judíos están en desacuerdo con algunas de las acciones del gobierno de Israel mientras evitan por el momento confrontar los temas fundamentales de injusticia. Esto toma diferentes formas. La primera de ellas es la forma “pragmática” del abordaje, que también puede ser considerada “iluminación para el propio interés”. “La ocupación”, hacia donde va esa interpretación , “fue un error. Es malo para Israel. Negarles a los palestinos la autodeterminación y someterlos a la constante humillación bajo una administración militar produce odio y desesperación, que luego se vuelca sobre los israelíes en forma de violencia.” Algunas organizaciones judías norteamericanas, con la esperanza de no ser marginadas por el liderazgo comunitario central, ó ser consideradas como “propalestinas”, adoptan esta posición, ignorando la práctica de justicia. .. Dicen “Israel debería espabilarse y cambiar sus políticas si es que quiere vivir en paz y limitar el drenaje económico de un conflicto sin fin.” En conversaciones formales con algunos judíos norteamericanos que opinan de esta manera, algunos confesaron que su postura es realmente mucho más extrema en lo que respecta a sus sentimientos sobre la política israelí, pero que les parece importante arrancar de cuajo estas posiciones para alinearse estratégicamente y conservar la credibilidad con el oficialismo judío así como con los legisladores gubernamentales.
Una segunda forma de negación, a mi entender más seria y más perturbadora, se puede encontrar en el llamado movimiento judío progresista. Haciendo una crítica a esta corriente del judaísmo norteamericano, el teólogo de la liberación judía, Marc Ellis, advierte que mientras esta corriente del judaísmo reconoce la validez de las aspiraciones de los palestinos, limita su visión crítica ya que acepta la necesidad de estos mismos judíos conservadores como la solución de la historia judía. Esta visión admite la necesidad de justicia, que no siempre concuerda con el principio fundante de reconocimiento del derecho a una patria judía histórica en Palestina. “Si tan solamente pudiéramos ordenar este sucio asunto de la ocupación”, dice esta gente”, las cosas se ordenarían correctamente, y podríamos disfrutar del país con la conciencia limpia”. Esta actitud limita el discurso a las acciones post 1967 negando la historia de desplazamientos anteriores a esa fecha. Más aún, las organizaciones de judíos progresistas se niegan a la discusión de la Nakba, palabra árabe que significa “catástrofe”, usada para describir la limpieza étnica que significó el desarraigo de cerca de 750 000 palestinos de su tierra histórica cometida por las fuerzas militares israelíes entre 1948 y 1949. Más bien judíos que se denominan progresistas se irritan cuando otros compañeros ó colegas intentan abordar el tema. Finalmente, esta visión evita la cuestión fundamental que es cómo un estado judío, fundado como abrigo y como patria para los judíos, puede ser una real democracia, con provisión de justicia e igualdad de tratamiento para sus ciudadanos no judíos. Evita todo lo relacionado pero igualmente fundamental tema de la demografía –la cuestión que fundamentalmente rige, por sobre todas las demás, la política exterior del estado israelí y que alimenta el actual conflicto, política y militarmente. Dentro de todo este panorama, los judíos que viven fuera de Israel están atravesados por un amplio espectro de opiniones que van desde las “oficialistas” hasta las “progresistas” y que mientras soslayen esas cuestiones, estarán lejos de una solución.
Esta negación de aceptar las consecuencias de las acciones
judías de antes y después de 1948 entre Israel y Palestina, así como el lamento
continuado sobre la particular tragedia judía es lo que hoy estamos padeciendo
como judíos. El retorno a los límites previos a 1967 (como si esto alguna vez
pudiera suceder) no hará que las cosas mejoren. No hará de Israel una sociedad
justa respecto de sus ciudadanos palestinos. No borrará el padecimiento de los
palestinos que fueron desplazados fuera de sus ciudades, pueblos y comunidades
en 1948. No pone el tema de justicia
como prioritario. Por el contrario,
prima el interés de Israel, y promueve la supremacía, la titularidad y el
paternalismo de los judíos sobre los habitantes originarios no judíos de
la Palestina
histórica, sin importar en qué lado de las fronteras habiten cuando se llegue
finalmente a un acuerdo político. Compra
nuestro derecho a sentir horror por los crímenes pasados y el padecimiento
actual. Tapa nuestro propio grito de
dolor sobre nuestros pecados y crueldades. Aplasta la agonía de confrontar las
contradicciones y dilemas existenciales. Bloquea la discusión. Cierra nuestros
corazones.
Conclusión: cristianos, judíos, antisemitismo y nuestra responsabilidad
El tema del antisemitismo es complejo y profundamente metido en dos mil años de historia occidental. Entre los teólogos cristianos y líderes religiosos , el concepto de separación –que están encarnados en los gospels y que reemplazan al judaísmo como el plan de Dios para la especie humana- vino a ser el Gran Cuco. El argumento, bien sostenido por la historia, es que esta idea. Desarrollada en las primeras centurias después de Cristo y el advenimiento de la fe y la doctrina cristianas, allanó el terreno para el antisemitismo. Pero en su celo por corregir las injusticias del pasado y pretendiendo hacer el efecto contrario al antisemitismo, los líderes y pensadores cristianos corren el peligro de perder de vista un importante aspecto del pensamiento primitivo del cristianismo. En su reformulación de la relación de Dios con la humanidad, el cristianismo produjo una revolución cuando cambió el concepto de “Israel” de lo tribal a lo comunitario. En la formulación del cristianismo sobre el compromiso de Dios con la humanidad a través de su elección por la descendencia de Abraham, a quien se le asignó un rol especial en la historia, se transformó en un Dios amante de la humanidad con una invitación ilimitada para formar parte de la comunidad espiritual universal. Esta fue una enorme contribución, un gran paso hacia delante de especial relevancia en nuestros días , el desafío del asunto de las religiones para cambiar de la “Constantinización”, el poder puesto en la unicidad religiosa, al compromiso con la diversidad, los derechos humanos y la justicia. La opción entre una religión basada y consorte del poder político y la opresión y otra afianzada en el concepto de comunidad es algo que se debe encarar en todas las profesiones religiosas. Judíos y cristianos deben hablar sobre esto, y junto con sus colegas y amigos cristianos deben confrontar juntos lo que debería ser el principal desafío de estos tiempos. Estamos soslayando esta discusión y esto es un peligro.
A nuestros hermanos y hermanas cristianos les digo –, sin sentirse culpables de antisemitismo-, no les otorguen a los judíos un pase libre. No confundan antisemitismo con la crítica a Israel, y de esta manera no permitiendo a los judíos responsabilizarse de su acciones y elecciones, como parte de la comunidad humana, como individuos y como estado entre las naciones. No cometan este error –aún con el riesgo de ser etiquetados de antisemitas, porque se comete una falacia nociva. Como judíos buscamos una política de autodeterminación y la obtuvimos. Ahora debemos conducirnos de acuerdo a principios de justicia y en concordancia con las leyes internacionales como una expresión universal de acordar bajo principios de justicia. Como judíos, nos enfrentamos diariamente con esta opción siendo testigos de las ilegales y opresivas acciones a las que somete el estado de Israel al pueblo palestino y no elegimos de qué lado ponernos. El poder político representa un poderoso desafío en los valores. Los profetas lo sabían bien, hablaban continuamente de esta verdad en las estructuras de poder de sus tiempos. Al apabullado y exiliado pueblo de sus tiempos el segundo Isaías, decía que la redención y el bienestar estaban por venir, pero solamente cuando el pueblo acumulara la sabiduría divina de su sufrimiento. A mis correligionarios en Israel y Estados Unidos, les digo que en última instancia sobreviviremos como pueblo tanto como el alcance que tendremos para entender que nuestro propio sufrimiento nos sirve para hacernos parte de la humanidad, y por responsabilizarnos del sufrimiento donde y cómo ocurra. Fue Roberta Feuerlicht, la ética escritora judía que escribió: “el judaísmo sobrevivió centurias de persecución sin un estado; debe aprender ahora a sobrevivir a pesar del estado”.
Mark Braverman vive en Bethesda, M.D. Es miembro de las Voces Judías por la Paz y activa en el Espacio de Socios para la Paz y en la Alianza Interreligiosa de Washington Washington para la paz en el Medio Oriente.
Contacto: [email protected]