Portada :: Cultura :: Manuel Sacristn, "Miradas filosficas"
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-06-2007

Manuel Sacristn, pensador polidrico

Salvador Lpez Arnal
Memoria



 

Para Xavier Juncosa, quien me ense que Benjamin y Sacristn eran polidricos y que adems sus poliedros eran regulares y con numerosas caras.

 

 

Lo primero, pero, sobre todo, lo ms decente que se puede hacer sobre un autor recientemente muerto, cuando lo que se considera es su muerte, es meditar sobre l, no juzgarle. Aprender de l, no ponerse a juzgar. Una ltima observacin: en el supuesto de que uno no crea que toda vida humana es un fracaso, como Sartre crea, tal como est las cosas en nuestra cultura, el xito no es precisamente un concepto que me parezca de mucho inters ni nada entusiasmante para seguir adelante. Prefiero un fracaso honrado, claro, y sin opresin ni agresin.

Manuel Sacristn (1980)

 

En cambio, en el caso de Gernimo, se cruzan dos cosas. En primer lugar, una vieja pasin por las culturas amerindias. Cuando yo era joven estudiaba nhuatl, saba mi gramtica nhuatl y tena mi pequeo diccionario confeccionado por m mismo, porque en los aos cuarenta no conoca ningn diccionario nhuatl. Con un vocabulario que haba al final de una gramtica y traducciones alemanas e inglesas me fui haciendo el diccionario. Por una parte, pues, esta vieja pasin y por otra parte, una motivacin ms positiva: la historia de la agricultura en el mbito amerindio.

Manuel Sacristn (1979)

 

1. Polifona

Manuel Sacristn (1925-1985) fue un filsofo y maestro singular.

Contemplado desde diversas atalayas, y dejando mucho poso en la taza, fue, entre otras cosas, un reconocido crtico literario y teatral, que escribi una obra de teatro (El pasillo) y public tres decisivas aproximaciones a la obra de Rafael Snchez Ferlosio, de Goethe y de Heine (Sacristn 1985).

Fue un marxista afinado que ley siempre a los clsicos de forma creativa, sealando que no haba que ensear a citarlos sino a leerlos.

Fue un destacado militante comunista-antifranquista, que form parte de la direccin del PSUC y del PCE (lo que le oblig a realizar mucho trabajo clandestino, con las prdidas que eso comporta) y cuyos papeles de intervencin poltica (sus panfletos, sus materiales, como a l le gustaba llamarlos) siguen siendo escritos polticos admirables de los que hoy se puede seguir aprendiendo.

Fue un filsofo que en su vertiente ms acadmica jug un papel decisivo en la introduccin exitosa de la lgica formal y de la filosofa analtica en Espaa, a pesar de que por motivos polticos, en una de los mayores tropelas de la jerarqua universitaria catlico-escolstica-franquista, no consiguiera la ctedra de Lgica de la Universidad de Valencia en una oposicin pblica de 1962.

Fue un afamado y reconocido traductor y presentador de clsicos tan diversos como Quine, Schumpeter, Taton, Platn, Marx, Engels, Gramsci, Lukcs, Korsch, Curry, Hasenjaeger o Bunge (Capella 1987: 219-221).

Fue tambin uno de los primeros cientficos sociales espaoles que supo darse cuenta de la importancia de la problemtica ecolgica y de lo que ello significaba para la renovacin del ideario emancipador, al mismo tiempo que percibi la importancia poltica de movimientos sociales, entonces emergentes, como el ecologismo, el pacifismo, el antimilitarismo o el feminismo, movimientos en los que particip activamente (Comit Antinuclear de Catalunya, comits anti-OTAN).

Fue editor y director de tres de las revistas marxistas ms importantes que ha dado la cultura espaola y catalana: Nous Horitzons, Materiales y mientras tanto; vio, cuando apenas nadie lo perciba en Espaa, la decisiva importancia de los asuntos relacionados con la sociologa y poltica de la ciencia y la tecnologa; defendi una concepcin singular, documentada y an vigente de la nocin de dialctica; fue un profesor como hubo pocos, un maestro de universitarios, de trabajadores y de ciudadanos, que dio clases de alfabetizacin bsica en una escuela de adultos del extrarradio barcelons, y fue adems, en opinin de Jess Mostern (Juncosa 2006), el filsofo ms brillante de su generacin, a pesar de que por motivos polticos (presiones eclesisticas, expulsin de la Universidad) imparti clases de metodologa de la ciencias sociales, la mayor parte de sus veinte aos de docencia, no en la Facultad de Filosofa de la UB sino en la de Econmicas.

Por otra parte, fueron numerosos los lazos de Sacristn con la historia y la cultura mexicanas. De joven, como l mismo explic en una entrevista de 1979, estudi la lengua de los pueblos nahuas (Fernndez Buey y Lpez Arnal 2004: 100). Cuando aos ms tarde colabor en Laye, una revista barcelonesa editada entre 1950 y 1954, rese diversos ensayos publicados por el Fondo de Cultura Econmica: Ser y tiempo de Heidegger, sobre cuyas ideas gnoseolgicas escribira ms tarde su tesis doctoral; una introduccin de Jos Gaos al clsico de Heidegger, o la Introduccin a la filosofa norteamericana de Herbert W. Schneider, llegando a proponer una singular definicin de Hispanidad:

Los Breviarios del FCE son tal vez los ms sorprendentes de todos esos libros que nos remite la Hispanidad. Son en principio, manualitos divulgadores. Pero con frecuencia sus satinadas pginas producen sorpresas de cierta magnitud (...) Quedamos, pues, en que, por el momento, la Hispanidad es eso que nos permite leer La Colmena de Cela y la Introduccin a la Filosofa de Jean Wahl (Sacristn 1984: 486).

 

Estuvo, desde luego, estrechamente vinculado a su familia republicana exiliada en Mxico, especialmente a su to paterno, militante socialista, por quien tuvo una admiracin sincera y sentida. En Mxico, en 1970, fue donde se edit por vez primera, en Siglo XXI, uno de sus trabajos ms influyentes: la cuidada antologa de Antonio Gramsci, que l mismo anot, tradujo y present.

Sacristn se adentr igualmente en el conocimiento de las culturas amerindias y de sus agriculturas tradicionales cuando estudi, tradujo y anot la biografa de Gernimo editada por S. M. Barrett para la inolvidable coleccin Hiptesis de Grijalbo, que codirigi con Francisco Fernndez Buey.

Fue tambin en Mxico, en Guanajuato, donde particip en un congreso de filosofa celebrado en noviembre de 1981 con uno de sus textos, en mi opinin, ms sugerentes, editado en la revista mexicana Dialctica con el ttulo Sociedad, naturaleza y ciencias sociales (Sacristn 1984: 453-467), al mismo tiempo que imparti un seminario en la Facultad de Ciencias Polticas y de Sociologa de la UNAM y dict una conferencia Sobre la autonoma de la ciencia econmica.

Apenas uno ao despus, volvi Sacristn a la UNAM para impartir un curso de postgrado y unas clases de formacin del profesorado: Induccin y dialctica y Karl Marx como socilogo de la ciencia fueron sus ttulos, dando pie el segundo de ellos a la publicacin de uno de los escritos de marxologa hispnica ms documentados que se conocen; fue tambin entonces cuando fue entrevistado por Gabriel Vargas Lozano para Dialctica (Fernndez Buey y Lpez Arnal 2004: 147-177), en la que seguramente es la ms completa entrevista que se le hizo nunca, y fue, en Ciudad de Mxico, en 1983, cuando Sacristn se cas en segundas nupcias con M ngeles Lizn.

Finalmente, una de sus ltimas cartas, de 10 de marzo de 1985, cinco meses antes de su fallecimiento prematuro en agosto de 1985, estuvo dirigida a Mnica Guitan, profesora de la UNAM; en esta carta, de forma concisa y argumentada, Sacristn expona sus crticas a cualquier consideracin del marxismo como una filosofa de la historia de sustancia y sabor hegelianos.

 

Algunos de los temas ms centrales y ms recurrentes en la obra de Sacristn fueron tratados precisamente durante sus dos visitas a Mxico. Cabe aqu hacer una breve presentacin de algunos de ellos.

 

2. Ciencia con consciencia

Fue muy temprano el inters de Sacristn por temas de sociologa y poltica de la ciencia. Ya en 1959, tras su regreso de la Universidad de Mnster, donde estudi lgica y filosofa de la ciencia y perfeccion su alemn, Sacristn dio una conferencia para un colectivo de arquitectos barceloneses con el ttulo: El hombre y la ciudad (Una consideracin del humanismo, para uso de urbanistas), y en 1966, invitado por la Asociacin de Humanidades Mdicas de Catalunya, imparti otra conferencia titulada Parece que ya no basta con el estetoscopio. Pero fue especialmente en los inicios de los aos setenta cuando se increment su inters por temas de poltica de la ciencia. ste fue uno de los asuntos centrales en sus ltimos aos, tanto en su vertiente acadmica (clases de metodologa y seminarios en la Facultad de Econmicas de la UB) como en sus numerosas intervenciones pblicas.

El punto de vista de Sacristn puede formularse en los siguientes trminos: los peligros, ahora evidentes, de la intensa relacin entre la especie humana y la naturaleza, fuertemente mediada por el saber y las prcticas cientfico-tecnolgicas, haban facilitado en los aos setenta y ochenta un renacimiento de las concepciones que l agrupaba bajo el rtulo de filosofas romnticas de la ciencia. Apreciando algunas emociones que subyacan a su crtica, reconociendo el valor terico y poltico de algunos de sus anlisis y descripciones, Sacristn rechazaba su negativa valoracin del mero conocimiento operativo e instrumental, y apunt, adems, que no representaban ni podan representar un camino de salida, entre otras razones por el peligro de impostura intelectual que les afectaba en ocasiones: disertaban y sentenciaban sobre el conocimiento positivo hablando de asuntos y desde perspectivas que apenas recogan la prctica cientfica realmente existente, sin que ello significara, claro est, que Sacristn no fuera muy consciente de los peligros que representaban la industria nuclear, por ejemplo, o las entonces emergentes biotecnologas.

Estas posiciones estaban afectadas, adems, por un paralogismo (Sacristn 1984: 455) que daaba su comprensin de la situacin al confundir el plano de la bondad o maldad poltica con la correccin o incorreccin epistmicas. Pero, sealaba Sacristn, era precisamente la potencial peligrosidad prctica de la tecnociencia contempornea la que estaba directamente relacionada con su bondad cognoscitiva. Y es que, nuevo plano de crtica, en el supuesto de que existiera, tal como estas filosofas parecan defender, un saber superior al cosificador conocimiento positivo, los peligros sealados no slo no se disolveran sino que se incrementaran exponencialmente por el mayor valor de ese supuesto nuevo saber. Era el buen conocimiento el que era peligroso moral, prcticamente, y tanto ms amenazador cuanto mayor calidad epistmica tuviera.

Estas consideraciones hacia las filosofas romnticas de la ciencia y sus orientaciones socialistas en materia de poltica de la ciencia, fueron, como decamos, ejes bsicos de los escritos, intervenciones polticas y conferencias de Sacristn en sus ltimos aos. Algunos vrtices de sus posiciones este mbito -no muy transitado ni abonado entonces por el marxismo hispnico ni por otras tradiciones acadmicas-, as como en sus repercusiones en el ideario comunista, pueden resumirse as:

Las principales corrientes del marxismo contemporneo haban pensado la ciencia moderna como neto factor de emancipacin. Se parta del esquema clsico de la idea de revolucin (Sacristn 2006c) y de l se infera, respecto a la poltica de la ciencia, un progresismo sin nubes: la ciencia era una fuerza productiva y toda poltica sensata de la ciencia de orientacin progresista y de izquierdas tena que consistir nica y casi exclusivamente en su promocin: cuanto ms, mejor, y de ah una directriz de poltica econmica de la mayor simplicidad: haba que asignar a la tecnociencia la mayor cantidad posible de recursos, no haba ni deba haber ms limitacin que la de las posibilidades existentes.

En su opinin, la principal rectificacin que los diversos condicionamientos ecolgicos y el fuerte desarrollo de la tecnociencia suponan para el pensamiento revolucionario (Sacristn 1987: 9-17; Sacristn 2005: 73-81) consista en el abandono de todo milenarismo, de toda consideracin de la revolucin social como plenitud de los tiempos, ansiado momento a partir del cual obraran, al fin, las buenas y objetivas leyes del Ser, deformadas hasta entonces por las injustas sociedades clasistas. No hay sociedad humana pensable en la que se disuelvan o superen todas las contraposiciones sociales y naturales.

En su programa de poltica socialista de la ciencia haba una politizacin del concepto de prctica pero no con la finalidad de primar determinados programas de investigacin por supuestas coincidencias ideolgicas o poltico-filosficas (la distancia con el lysenkismo es radical), sino en el sentido de orientar la investigacin hacia determinadas reas por sus probables aplicaciones prcticas, sociales, comunitarias, convirtiendo la salud laboral, la lucha contra las desigualdades educativas o sanitarias, la lucha contra la contaminacin urbana o la conservacin del medio, por ejemplo, en tareas prioritarias de esta bsqueda sin trmino, pero no forzosamente sin finalidad, que es la ciencia.

El principio orientador general de su poltica socialista de la ciencia exiga una rectificacin de modos de pensar fuertemente arraigados en la tradicin. Defenda Sacristn una dialecticidad que tuviera como primera virtud prctica el principio aristotlico de la mesura, fruto de la conviccin de que las contraposiciones sociales eran ya entonces de tal calibre que no podan considerarse resolubles al modo clsico hegeliano, por agudizacin del conflicto, sino mediante la postulacin y creacin de un marco en el que pudieran dirimirse sin catstrofe. No era pensable una solucin en blanco y negro por el simple juego de supuestos factores objetivos. Esta era una va recusable, si se trababa de continuar y apostar por un crecimiento econmico-tecnolgico que poda llevar a la Humanidad al desastre, o irrealizable, adems de no deseable, si se optara sin ms por la prohibicin de la investigacin: en un mundo en el que se asegurara, comentaba Sacristn, una cierta garanta contra desmanes de las fuerzas productivas, pero a cambio de una prohibicin de la investigacin de lo desconocido, probablemente todos nos sublevaramos, o por lo menos todos los filsofos que merecieran el nombre (Sacristn 2005: 70).

El programa por l propuesto defenda, entre otros puntos, una preeminencia de la educacin formativa de la ciudadana, primar la investigacin bsica sobre la aplicada, atender a desarrollos cientficos poco operativos y descuidados en su mayor parte, admitira y promovera una actuacin equilibrada y discriminada con pases menos desarrollados, con menor crecimiento econmico, y apostara finalmente por una racionalidad completada, por una racionalidad democrtica y ciudadana que incluira el control social del desarrollo de la ciencia y de la tecnologa.

 

3. Avanzar entre los valles del deseo y de la realidad.

El marxismo no fue para Sacristn una ideologa poltica progresista, ni la verdadera ciencia de la historia, ni el paradigma terico insuperable de una poca, ni un filosofar omnisciente que dictara leyes al trabajo cientfico, sino ante todo, y en contraposicin con muchas de las aproximaciones dominantes en el marxismo europeo de los aos sesenta y setenta, una tradicin de poltica revolucionaria, abierta a otros desarrollos polticos y a otras posiciones normativas. Para l, trminos como marxismo, comunismo, socialismo, anarquismo abarcaban cada uno de ellos formulaciones con tantos matices diferentes que, en su opinin, aludan ms a tradiciones de pensamiento que a fijados cuerpos de doctrina. De hecho, Sacristn sostena que la situacin de crisis en la que ya entonces nos encontrbamos poda ayudar a remontarse a la fuente comn de la que haban surgido todas esas tradiciones y que, por otra parte, las reiteradas y publicitarias afirmaciones sobre la crisis del marxismo no deberan ser ocasin para la desesperacin. Como l mismo observ atinadamente, todo pensamiento decente, marxista o no, deba estar en crisis permanente (Fernndez Buey y Lpez Arnal 2004: 203).

El marxismo era un intento de formular conscientemente los supuestos y consecuencias del esfuerzo por crear una sociedad y una cultura comunistas, y dado que podan cambiar, y cambiaban de hecho, los datos de ese esfuerzo, sus supuestos y sus implicaciones fcticas, Sacristn crea que tenan que cambiar tambin sus supuestos e implicaciones tericas: su horizonte intelectual de cada poca. Esa fue tambin una de sus ltimas tareas: una reorientacin del movimiento y de las tesis comunistas acordes con las urgencias ecolgicas, la crisis del sistema patriarcal o la irrupcin del armamento nuclear. El marxismo era, para l, un intento de vertebrar racionalmente, con el mayor conocimiento del que furamos capaces y con el mejor anlisis cientfico posible, un movimiento emancipatorio. Por ello, Sacristn pensaba que no se deba ser marxista, que lo nico que tiene inters es decidir si se mueve uno, o no, dentro de una tradicin que intenta avanzar, por la cresta, entre el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos confluyan.

En esta consideracin del marxismo como tradicin poltica revolucionaria, en absoluto como mera filosofa terica o como asegurada teora de la Historia, no hay rupturas radicales en su obra ni en su hacer sino matices o tonos diferenciados. Uno de sus primeros escritos marxistas, Jesuitas y dialctica, publicado inicialmente en 1960 en una revista del PCE en el exilio, Nuestras ideas, finalizaba con la siguiente consideracin: Marxismo y dialctica real -incluyendo para el filsofo ese ltimo y decisivo punto de su reinsercin revolucionaria (es decir: dialctico-cualitativa) en el mundo- son inseparables. Lo que quiere decir [...] que un filsofo marxista slo puede ser un militante comunista, porque no hay marxismo de mera erudicin.

En el coloquio de una conferencia que imparti en la Facultad de Econmicas de la Universidad de Barcelona en 1980 con el ttulo: Por qu faltan economistas en el movimiento ecologista?, se le pregunt si no era acaso la misma tradicin marxista la que estaba poniendo trabas a la incorporacin de cientficos del mbito de las ciencias sociales al entonces incipiente movimiento ecologista. La teora marxista del desarrollo de las fuerzas productivas y su choque con las relaciones de produccin imperantes, la tesis de la necesidad del trabajo, el mantenimiento del desarrollismo econmico hasta el estadio de transicin al socialismo o al comunismo, no eran acaso fuertes impedimentos culturales para que economistas de esta tradicin pudiesen incorporarse al movimiento ecologista?

En su respuesta, aceptando parte del planteamiento, Sacristn matiz que tal vez fuera se el caso de economistas de una cierta tradicin marxista, aqulla que vena de la vejez de Engels y que se sola asociar con la II Internacional, tendencia que, indudablemente, haba tenido mucho peso, pero ni incluso en este caso, pensada en todos sus aspectos, la anterior sugerencia poda ser aceptada sin discusin. En su opinin, ni siquiera el esquema transformador del Manifiesto Comunista caa dentro del captulo de los trastos viejos del marxismo. Ms caducada le pareca la tesis de la cada tendencial de la tasa de beneficio que el conocido esquema sobre fuerzas productivas y relaciones de produccin.

Prosegua sealando que, por debajo de sus afirmaciones y sin querer ocultarlo, estaba naturalmente su personal visin del marxismo, que no tiene por qu ser compartida con otros que se consideren tambin insertos en la misma tradicin. Para l, era bsico no olvidar que Marx era un pensador fallecido en 1883; por consiguiente, si su legado, si su obra, tena importancia cientfica tena entonces que estar ms o menos tan revisado como lo que hayan hecho todos los cientficos importantes muertos en 1883 -por ejemplo, Maxwell-, o que han trabajado en 1883, y si lo que l ha hecho no se puede tocar, refutar, rehacer, entonces es que no tena ningn valor. O tena un valor artstico, nada ms, sin que de esto ltimo, adverta, pueda colegirse desprecio alguno. Pero, en su opinin, en el caso de Marx haba ms, algo ms que decisivas aportaciones cientficas en el campo de las ciencias sociales. En l haba tambin el origen de una tradicin emancipatoria, no slo cognoscitiva, y, por tanto, el marxismo vivo es una tradicin, no una teora, no una ciencia como se suele decir.

Obviamente, aada, y acaso esto resuma su consideracin central del marxismo, como tradicin me parece una tradicin muy potente, dotada de un tronco de pensamiento transformador de los ms claros de la historia del pensamiento y capaz, naturalmente, de muchas lneas, como toda tradicin. A m lo que ha hecho Marx me parece ms bien un acto fundador de creacin de cultura que una creacin de un sistema cientfico. Dicho as para el lxico de jvenes intelectuales espaoles, sobre todo barceloneses, de estos aos: se coge la visin del marxismo mo, se la vuelve del revs, y sale la de Althusser.

 

4. Complejos avatares dialcticos.

Algunas incomprensiones bsicas penetraron prontamente en el mbito de la dialctica marxiana. Acaso por llevar a las espaldas la voluminosa mochila filosfica de una tradicin demasiado repleta de teoras leninistas del reflejo y de extraviadas concepciones sobre ontologa y epistemologa, pero es necesario admitir que incluso informados marxistas como Novack (1976: 55) defendieron en los aos sesenta disparatadas tesis sobre las relaciones entre dialctica y lgica. Las leyes de la lgica formal, deca, proscriben la contradiccin, situndose en franca oposicin con la realidad de la evolucin universal: si la ley formalista de identidad afirma que nada cambia, la dialctica, por el contrario, asegura que todo est en constante devenir. Materialismo versus idealismo. Cul de esas proposiciones opuestas era falsa y cul verdadera? A cul deberamos adherirnos y cul deberamos descartar? Esas eran, se sealaba, las preguntas que los materialistas dialcticos formulaban en voz alta y clara a los formalistas empedernidos. Eran las decisivas cuestiones que la lgica formal no se anima a or ni a considerar porque expone el vaco de sus pretensiones y seala el fin de su reinado de dos mil aos sobre el pensamiento humano.

No fue nunca sta la perspectiva ni la posicin de Sacristn. El reconocido autor de Introduccin a la lgica y al anlisis formal nunca vio oposicin alguna entre la lgica formal, clsica o no, y la dialctica. Como Elster, Sacristn crea que la dialctica no ofreca un mtodo operacional que pudiera aplicarse con buenos o regulares resultados dentro de lmites definidos, o que de y con ella pudieran extraerse leyes sustantivas del desarrollo histrico con predicciones precisas para casos conceptos (Elster 1991: 39). Empero, de estas consideraciones compartidas, Sacristn no extraa una condena sin paliativos y sin restos de la finalidad dialctica. Tampoco en esto andaba muy alejado de la posicin del autor de Uvas amargas: sin duda no hay ley de la negacin de la negacin, pero esa nocin, sostena Elster, tiene un cierto valor al dirigir nuestra atencin a problemas que de otro modo podramos haber soslayado (Ibid, 38). Sacristn no hubiera puesto objeciones a esta afirmacin; de hecho, explcita y reiteradamente as lo indic en su prologo de 1964 al Anti-Dhring engelsiano. No slo entonces.

En su presentacin de 1983 a la traduccin catalana de El Capital (Sacristn 2004: 360-364), recordaba Sacristn el experimento mental propuesto por Lukcs en Historia y consciencia de clase: suponiendo que todas las afirmaciones particulares del legado de Marx hubieran sido falsadas o vaciadas por la misma evolucin social, qu era entonces lo que permanecera an vivo de la tradicin marxista se preguntaba Lukcs. El filsofo hngaro no acept la nada como respuesta: si todas las tesis sustantivas del marxismo hubieran sido orilladas por el desarrollo de las sociedades humanas, por el hallazgo de alguna inconsistencia terica o por algn tipo de falsacin, seguira vigente el estilo de pensamiento de Marx, englobante, dinmico e histrico, estilo que el autor hngaro denominaba mtodo dialctico. Admitiendo que la idea lukcsiana le resultaba sugestiva, Sacristn aada un importante matiz: el programa englobaba diversas ciencias sociales, no se opona por principio a la matematizacin en estos mbitos, permaneca atento a los desarrollos de las disciplinas naturales, se totalizaba en la historia, e inclua un ncleo de teora en sentido estricto, falsable y revisable, que se encontraba bsica, aunque no nicamente, en El Capital.

El programa marxiano era ya en aquellos lejanos aos de finales del XIX totalmente inabarcable por un hombre solo, lo que poda explicar, aada Sacristn, los sufrimientos psquicos y fsicos de Marx, al mismo tiempo que daba su estilo de poca a una empresa intelectual que hoy, como ha apuntado entre otros John Berger, consideraramos ms bien empeo propio de un colectivo cientfico-artstico interdisciplinar y no tarea de un investigador en solitario. Quedaba en todo caso como idea imperecedera, conclua Sacristn, la consideracin de que todo programa de transformacin social deba incluir saber real, conocimiento positivo, a pesar de su carcter criticable, revisable y perecedero.

Qu sentido tenan entonces las denominadas leyes dialcticas del paso de la cantidad a la cualidad o de la negacin de la negacin? Lo tenan si se entendan de manera radicalmente distinta: la ley de la doble negacin no era en absoluto equiparable a la ley de la gravitacin universal o a la de la conservacin de la energa. Pero Sacristn seal reiteradamente que esas ideas pertenecan a un gnero intelectual que sera negativo perder. Eran metforas metafsicas del tipo todo cambio consiste en el paso de la potencia a acto o, por poner otro ejemplo por l muy querido, la afirmacin aristotlica del De anima de que el alma es, en cierto sentido, todas las cosas. De ningn modo era ste un saber rechazable, se trataba de un pensamiento semipotico con el que los filsofos haban podido describir la experiencia cotidiana pre-cientfica, metforas que ordenaban experiencia vital. Las leyes adscritas al mtodo dialctico seran una de las ltimas grandes metforas metafsicas que haban contribuido a estructurar la experiencia de sectores de la humanidad, pero no eran ni podan presentarse como ideas cientficas.

Como no poda ser de otro modo, tratndose de una nocin con tanta tradicin filosfica detrs, son diversos los significados del trmino que pueden hallarse en la obra de Sacristn, pero no hay inconsistencia entre ellos y acaso pueda verse un interesante hilo conductor que los enlaza y que, en mi opinin, tiene que ver directamente con lo que fue divisa vital e intelectual de Sacristn por l mismo anunciada en su conocida reflexin metafilosfica de 1968 (Sacristn 1984: 362): [...] J. D. Bernal describi con pocas palabras lo que imponen de derecho a una cultura universitaria sin trampas premeditadas los resultados de esos doscientos aos de crtica. Modernizando su formulacin puede hoy decirse: hay que aprender a vivir intelectual y moralmente sin una imagen o concepcin redonda y completa del mundo, o del ser, o del Ser. O del Ser tachado. La aspiracin dialctica poda ayudar a realizar este empeo con los instrumentos disponibles ms adecuados y aspirando alcanzar los mejores resultados. .

En el conjunto de su obra hay usos de dialctica que no tienen especial relevancia filosfica. Pueden ser traducidos, sin prdida alguna, por filosofar marxista, por concepcin fluyente de la realidad o de la verdad o, en ocasiones, por interrelacin no cooperativa entre partes o elementos de un determinado sistema. Ms all de este significado bsico, los usos singulares del concepto por Sacristn pueden ser agrupados bsicamente en tres apartados: 1) la dialctica entendida como un determinado estilo de pensamiento ; 2) la dialctica pensada como un objetivo gnoseolgico consistente en buscar totalidades, entre los dispersos y variados resultados del hacer cientfico, sin olvidar resultados de las ciencias sociales ni aproximaciones artsticas o filosficas generales, uniendo, pues, en la tarea las dos o tres culturas usualmente distanciadas; 3) la dialctica vista como aspiracin al conocimiento de singularidades, objetivo ste normalmente desechado por el conocimiento cientfico tradicional. El posible hilo conductor de esta taxonoma recorrera el siguiente trazado: la dialctica sera una forma general de pensar que intentara construir sntesis de conocimientos o aproximaciones parciales, de carcter cientfico, artstico o filosfico, sin menospreciar conocimientos emprico-prcticos de tradiciones populares, que permitieran una aprehensin creativa, documentada, no redondeada ni inmutable de singularidades, de totalidades concretas, con el blanco no ocultado de probables intervenciones en determinadas prcticas sociales. No siempre la dialctica es una aspiracin estrictamente gnoseolgica. La XI tesis sobre Feuerbach, su misma nocin del filosofar, la importancia otorgada a la razn pblica y su comprensin del marxismo como tradicin poltica transformadora planean, cercanas, a lo largo y ancho de su concepcin.

Dialctico sera, pues, un trmino aplicable a un producto intelectual que quedara caracterizado por su globalidad y totalidad, por el carcter endgeno de la explicacin, y que implicara, en mayor o menor medida, un punto de vista histrico puesto que no existen objetos sociales atemporales. Podra decirse entonces que una teora sera ms o menos dialctica en la medida en que fuera ms o menos englobante, autoexplicable e histrica. Para la construccin de estos artefactos histricos, para la aprehensin dialctica y revisable de estas singularidades, un estilo intelectual atento a los conflictos o contraposiciones ocultas, que no olvide las propiedades emergentes de los sistemas, que una rigurosamente saberes positivos dispersos y que no renuncie a hiptesis globales documentadas, es un excelente plan de trabajo o, si se prefiere, un magnfico programa de investigacin, un Studium generale y hasta un vivir general para todos los das de la semana (Sacristn 1985a: 49).

 

Referencias bibliogrficas

 

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- (2006b), Escritos de sociologa y poltica de la ciencia. Barcelona, El Viejo Topo (en prensa). Presentacin de Guillermo Lusa y eplogo de Joan Benach y Carles Muntaner. Edicin de Salvador Lpez Arnal

 

- (2007), Lecturas de filosofa moderna y contempornea. Madrid, Trotta. Edicin de Albert Domingo Curto.

 

Tello, Enric (2003). Leer Manuel Sacristn en el crisol de un nuevo comienzo. Eplogo de: Sacristn, Manuel: M.A.R.X. , op. cit.

 

 

Nota: Una versin de este artculo se public en la revista mexicana Memoria n 209, julio 2006.



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