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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 05-07-2007

Literatura nuestra

Luis Britto Garca
La Jiribilla



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Literatura, voz perdurable de una comunidad. La gran obra impone un idioma, y ste configura culturalmente a la nacin. La Divina Comedia hace evidente a Italia, as como el Quijote convierte en irrefutable a Espaa. Creer en una literatura latinoamericana es postular la nacin de Amrica Latina. Pero as como Nuestra Amrica est dividida por fronteras postizas, nuestra literatura est escindida en las repblicas ilusorias de los gneros. Exploremos este continente mediante la precaria brjula de ms de dos centenares de obras concursantes en el Premio Internacional de Novela Rmulo Gallegos.

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Idiomas y pueblos tienen races compartidas. La comunidad originaria se rene alrededor del mito; la nacin en torno de la Historia. Toda meditacin sobre el origen es tambin constitucin del Ser. La novela histrica reinventa el pasado mediante los prejuicios del presente para definir un Yo. Reescribimos la Historia para hurgar en la herida todava abierta de la Conquista, como Mercedes Franco en Crnica Caribana. William Ospina en Ursa, Jorge Galvn en El hierro y la plvora, Francisco Prez de Antn en La guerra de los capinegros y en Los hijos del incienso y de la plvora. Reinventamos la historia para resucitar prceres inmortales: Angel Miguel Rengifo rememora a un americano universal en Miranda el hijo del mulato; Eduardo Sevillano se ocupa de otro en El nio Sol de la Negra Hiplita; Pedro ngel Palou reescribe la biografa del legendario Zapata en clave narrativa y con lenguaje denso, hiriente y desgarrador; Jos Len Tapia renueva los Tiempos de Arvalo Cedeo con el calendario de la crnica y el reloj de la tradicin oral. Corregimos la Historia para enderezar los entuertos de las derrotas: Ignacio Solares, en La invasin, reconstruye el zarpazo imperial que despoj a Mxico de ms de la mitad de su territorio; David Toscana, en su deslumbrante El ejrcito iluminado, recluta un puado de inadaptados para invadir Estados Unidos y recuperar Texas armados slo con la esperanza.

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Despertarse del diluvio de sangre de la Historia es aflorar en el torrente del idioma. Desde los aos sesenta del siglo XX, el castellano de Amrica se regocij en los vertiginosos juegos del adolescente que proclama su autonoma. Redimir el ser era reinstalarse en los Parasos del Lenguaje. La postmodernidad desfoli este Edn, pero todava algunos sentimos el verbo como un goce. An el lenguaje adquiere visos de protagonista en Salvador Golomn, de Alexis Daz Pimienta, donde comentarios eruditos sobre un autor imaginario se entretejen con ejercicios de estilo. O el arcasmo reviste una elegancia barroca, casi ertica en los dejos y enzarzamientos de La visita de la Infanta, de Reinaldo Montero. O el modo de narrar configura casi un idioma propio, autrquico, deleitable en su secreta complicidad, como sucede en De los mos Caribes, de Csar Chirinos. Aunque omito mencionar otra nacionalidad que la latinoamericana, destaco que la mayora de estas obras transcurren en el alucinatorio vrtice del Caribe. En otras obras las bsquedas formales son menos evidentes. Pero la forma es lo que distingue a la literatura del mero inventario. Quiz procedimientos como la diversidad de voces o de texturas textuales, que antes suscitaron escndalo, ya no espantan ni desorientan. Slo se discute si construyen una determinada narracin o la destruyen.

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Lo que maana ser Historia es hoy confrontacin social. Slo colectivamente superamos las barreras temporales y clasistas. Nuestra realidad parecera haber escrito argumentos slo superables mediante el modo de contarlos. De all que las epopeyas sobre la contemporaneidad sean narradas mediante una prosa que aplica todos los recursos ficcionales: exploracin interna de los personajes, diversidad de puntos de vista, habla coloquial, comentario vivencial y compromiso humano ms que doctrinario o partidista Por ejemplo, Fernando Barragn revive la rebelin mesinica de Canudos en Sertanejos. El traumtico asesinado de Gaitn es recontado por Arturo Alape en El cadver insepulto y por Miguel Torres en El crimen del siglo, con estrategias de crnica, reportaje, indagacin. y hasta monlogo interior. Helena Poniatovska investiga laboriosamente las luchas sindicales de los ferrocarrileros para crear un relato atemporal, El tren pasa primero, una novela coral con centenares de personajes, todos profundos, ninguno previsible, tan cargada de crispacin poltica como de tensin potica, signada por la relacin de amor y odio entre el hombre y sus instrumentos de trabajo, construida con una prosa como las maquinarias que describe: escueta, funcional, rtmica, poderosa, mantenida por el aporte de millares de vidas para facilitar la comunicacin entre los hombres. Imposible desvivir lo vivido, imposible revivir el pasado, imposible ser otro, resume la autora en un prrafo final que cierra y abre todas las vas de la vida.

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La confrontacin de clases traza la frontera de la violencia. Alonso Cueto denuncia en La hora azul la imposicin del neoliberalismo mediante el terrorismo de Estado. Jos Agustn, que inicia su carrera con intimistas novelas de aprendizaje, incursiona en la violencia policaca con Armablanca. Eloy Yague Jarque cuenta en Cuando amas debes partir la epopeya de un comunicador que slo toca el fondo de su barranco existencial en el abismo del 27 de febrero. Martn Solares teje una asfixiante trama de corrupcin, brutalidad policial y trfico de drogas en Los minutos negros, esos cinco minutos que oscurecen en la existencia de cada hombre. En Nuestra Amrica decir novela policaca es decir novela negra y narrativa de la violencia poltica o de la corrupcin. Y a pesar de ello hay relatos de la nostalgia, de la intimidad, del exilio y de la maravilla, que comentaremos en breve.


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