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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-09-2007

Otra reaccin indignada por la intervencin del presidente francs en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar
El discurso inaceptable de Nicols Sarkozy

Boris Boubacar Diop
Afrikara

Traducido por Caty R.


El 26 de julio de 2007 en Dakar el presidente francs elegido dos meses y medio antes y en pleno estado de gracia segn los institutos de encuestas de opinin, se sinti suficientemente legitimado y en terreno conquistado para pronunciar un discurso (surrealista) que un mes despus contina hundiendo a unos en el estupor y a otros en la indignacin. Nunca habamos odo producir y reproducir con semejante redundancia y tranquilidad tal sarta de tpicos y tanta ignorancia sobre la historia de frica y Francia, adems con una evidente mala fe sobre la realidad de la tragedia africana de Francia, la Francfrica (1). Esta es la cuestin que comenta el ensayista y novelista Boris Boubacar Diop, autor de muchas obras en las que ha trabajado en la reconstruccin de los crmenes francafricanos. Su reaccin merece una lectura profunda y una amplia difusin.

Quiz est escrito en alguna parte que entre Pars y sus antiguas colonias del frica negra las cosas no deben funcionar segn las normas establecidas en el resto del mundo. La breve visita de Nicolas Sarkozy a Senegal habra podido pasar inadvertida pero, al contrario, le sirvi de pretexto para un discurso inaceptable que nunca se habra atrevido a tener fuera del pr-carr (figuradamente coto privado, N. de T.), ante el ms insignificante de sus pares. En Tnez y Argelia comprendi perfectamente que no le estara permitido portarse como en pases conquistados. Por otra parte tampoco tuvo derecho en el Magreb a la degradante acogida popular y folklrica que le ha dedicado Dakar. En esa atmsfera, que recordaba los tiempos de los gobernadores, pronunci una suerte de discurso sobre el estado de la Unin francesa, por el que hasta se le podra reprochar que se ha confundido de poca. Porque no hay que dejarse embaucar: aunque haya pretendido dirigirse a toda frica, Sarkozy no es tan ingenuo como para imaginar que la voz de su pas llega tan lejos como Johannesburgo, Mombasa o Maputo. Si los intelectuales de esta parte del continente, por una vez, han prestado atencin a las declaraciones de un presidente francs, es porque se les haba resumido previamente el contenido. Desde hace unos das, ellos mismos lo descubren con estupefaccin al mismo tiempo que destapan las realidades de la Francfrica.

Se entiende su clera: hasta en los pases francfonos, donde se crea haber tocado fondo desde hace mucho tiempo, todo el mundo opina que esta vez se ha pasado de la raya.

Ser un jefe de Estado relativamente joven e inexperto no le da derecho a nadie a ser tambin pueril. Cuando se dirige un pas importante no se puede llevar demasiado lejos el juego de yo-no-soy-como-los-dems. Esa falta de humildad de un hombre que todava parece conmocionado por haber alcanzado tan fcilmente su meta le hizo enumerar, ante de un auditorio particularmente avisado, los tpicos ms desoladores de la etnologa colonial del siglo XIX. La ciencia poltica se interesar tal vez un da por este caso sin igual: un presidente extranjero que describe, desde lo alto de su metro sesenta y cuatro, el proceso de todos los habitantes de un continente y finalmente se atreve a ordenarles que se alejen de la naturaleza para entrar en la historia de la humanidad e inventarse un destino. Remozadas por autores franceses especialmente cuidadosos de fomentar el ambiente negrfobo, estas tesis sirven para confirmar una lectura revisionista de la colonizacin, del genocidio de los tutsi de Ruanda y de la trata de negros. La frase Son los africanos quienes vendieron a los negreros a otros africanos es de una inepcia colosal, sencillamente indigna de un presidente de la Repblica. Es un insulto a la memoria de las vctimas y una infame relativizacin de la violencia fundamental del comercio triangular. En toda la historia de la humanidad, una nacin nunca oprimi a otra sin contar con la complicidad, e incluso el celo, de las elites de los pases conquistados. Segn las declaraciones de Robert Paxton cuyo trabajo sobre Vichy es una referencia absoluta Adolf Hitler no estaba especialmente interesado en la ocupacin total de Francia: le bastaba con neutralizarla e instaurar all simplemente una base militar. Son las autoridades estatales francesas de la poca quienes le habran presionado para que se mostrase un poco ms ambicioso, que diablo. Y quin, pues, sino el escritor Charles Maurras salud como una divina sorpresa la entrada de los tanques alemanes en Pars el 14 de junio de 1940? El caso vale para otras partes del globo. Sin las vacilaciones culpables de Moctezuma un hombre de carcter dbil a la cabeza del poderoso imperio azteca y la ayuda de los caciques de numerosas tribus indias, Hernn Corts y su puado de conquistadores no habran conseguido someter a su ley a la casi totalidad de la actual Amrica Latina.

El presidente francs ha rebasado los lmites de lo tolerable y incluso mucho ms all de los famosos pays du champ (2) muchos descendientes de esclavos van a preguntarse cmo se ha llegado a una situacin donde un responsable europeo puede permitirse mantener pblicamente, en la misma escena del crimen, semejantes declaraciones sobre la trata de negros. La referencia a Csaire no cambia nada. La comparacin no es del todo irracional pero Sarkozy no tiene suerte: en el mismo momento en que evocaba con fingida emocin el ruido de alguien que se lanza al mar un negro o un rabe- era esposado y molido a golpes en el aeropuerto de Roissy.

En Dakar, el presidente de la Repblica francesa se neg a llamar a la universidad por su nombre, porque le costaba sin duda pronunciar el de Cheikh Anta Diop. Esta actitud no le engrandece, por decirlo delicadamente; pone a desnudo los lmites de un hombre sin embargo visiblemente decidido a demostrar ese da que era capaz hablar de otra cosa y en otro tono que de racaille y karcher (chusma y barredoras). Su deseo de acercarse a un pblico a quien deba saber hostil quiz le perdi un poco. El papel que se invent (soy joven y te hablo a ti, joven de frica) testimoniaba de todos modos dicho sea de paso una autntica falta de delicadeza hacia su venerable anfitrin (el presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, tiene 81 aos, N. de T.).

No tendremos la crueldad de sealar a Sarkozy que el tuteo nos trae a la memoria muy malos recuerdos. Esto, al fin y al cabo, importa menos que su recurso repetitivo de un yo lleno de presuncin. Lo necesitaba para imaginarse que ni la vida, ni sus padres o profesores ensearon jams nada a los jvenes africanos, que siempre hubo un abismo entre la Verdad y ellos y que l, Nicols Sarkozy, iba a restaar esas carencias de una vez por todas ese 26 de julio de 2007. Pero hasta el estudiante menos advertido de los que asistieron ya haba desmenuzado muchas veces el Discurso sobre el colonialismo y odo a Csaire refutar uno tras otro, con claridad y precisin, los argumentos servidos por Sarkozy que, tal vez no lo sabe, pero su discurso en Dakar es mucho ms viejo que l mismo. Se puede creer que est resueltamente dirigido hacia el futuro mientras que tiene los ojos clavados solamente en el retrovisor de su propia historia.

Nicolas Sarkozy adems se crey en la obligacin de invitar a su auditorio a distinguir entre buenos y malos colonizadores. Admitira que un alemn aplicase la misma pauta de lectura sobre la historia de su pas? Francia estuvo ocupada por Alemania slo durante cinco aos y en condiciones infinitamente menos crueles que la colonizacin pero esperamos el da en que, en lugar de reflexionar sobre un sistema de dominacin extranjera, violenta e ilegtima por su misma naturaleza, alguien tenga la audacia de hacer la seleccin entre los nazis de buena voluntad y los otros.

Al enumerar la lista de las plagas del continente, Sarkozy hace una discreta mencin a los genocidios de los que la colonizacin no tendra ninguna responsabilidad. Hay que estar atentos cada vez que se ve la palabra genocidio utilizada en plural por un representante del estado francs. El nuevo presidente lleg al poder en un contexto de tensin muy fuerte entre Pars y Kigali. La implicacin de Francia en el genocidio de los tutsi de Ruanda est tan comprobada que a veces presentimos en ciertas autoridades del Hexgono como una tentacin de pasar a las confesiones. En realidad es la nica opcin en este difcil asunto. Desgraciadamente Pars corre el riesgo, creando tal precedente, de ver abrirse la caja de Pandora de las derivas sangrientas de la Francfrica. Para escapar del asunto se trata de demostrar la tesis de que Ruanda fue, mirndolo bien, slo un genocidio africano ms y que no hay porqu rasgarse las vestiduras. Antes que Sarkozy, Franoise Mitterrand y Dominique de Villepin por citar slo a dos trataron de desembarazarse, con un decepcionante encogimiento de hombros, de un milln de muertos ruandeses. Sin embargo esa extraa teora de las soluciones finales casi rutinarias en frica no resiste el examen. Resulta, en efecto, que el genocidio, catalogado como el crimen absoluto por la comunidad de las naciones, est definido de manera particularmente estricta por la Convencin de Ginebra de 1948. Y en el sentido que lo entiende sta, el nico genocidio en el continente en el siglo XX es el de los tutsi de Ruanda en 1994. Los otros dos La Sho y el genocidio armenio ocurrieron en Europa y el cuarto en Camboya. Sarkozy no poda ignorar esto. Por lo tanto intent, a propsito, sembrar la confusin en este doloroso tema que merece algo ms que un ridculo tratamiento poltico.

Ms cuidadoso, curiosamente, al evocar nuestro pasado ms lejano que el presente, el orador se abstuvo de hacer la menor alusin a la Francfrica, el escndalo ms largo de la Repblica, segn la expresin dolorida de Franois-Xavier Verschave, a pesar de que Sarkozy era muy esperado en ese tema, porque habra tenido que expresar muchas cosas que hay que decir sobre la poltica africana de Francia desde principios de los aos sesenta. l sabe bien que tras la fachada de las independencias Pars continu, a base de golpes de Estado, apoyando regmenes dictatoriales y controlando totalmente los resortes econmicos y al personal dirigente que hace la ley en sus antiguas colonias. Es as desde los tiempos del general de Gaulle; y sus sucesores, de izquierda o de derecha, siempre mantienen una lnea de conducta a fin de cuentas muy provechosa: un lenguaje moderador estereotipado bajo los oropeles de los palacios y, en la sombra, el lenguaje de la fuerza con su retahla de retorcidos golpes de diversas redes y servicios, intervenciones militares y asesinatos selectivos de personalidades polticas.

Por supuesto no se esperaba que Nicolas Sarkozy lamentase pblicamente la implicacin de su pas -de la cual no hay ninguna sombra de duda- en el genocidio de los tutsi de Ruanda; tampoco que le acometiera un repentino acceso de sinceridad que le hiciera detenerse en el papel de Elf y ciertos grandes grupos financieros a los cuales se dice que est muy vinculado en el saqueo de los recursos del continente. Nadie, ni en los sueos ms quimricos, ha esperado nunca la menor confesin de esta naturaleza: en el mundo, como l lo ve, las cosas no pasan as. Quin no se sorprendi, a pesar de todo, al atisbar en las ltimas semanas seales de un principio de cambio? La relacin francafricana ha alcanzado al final tal grado de putrefaccin que se sabe condenada a largo plazo. De Ruanda a Costa de Marfil pasando por las peripecias de la sucesin de Eyadema las advertencias no faltan desde hace casi quince aos. Hubiera sido hbil por parte de Sarkozy proveerse de un aura de reformador intrpido haciendo de la necesidad virtud. Pero hasta ese pequeo paso adelante, dictado por una asuncin lcida de las realidades del mundo y de los cambios del frica llamada francfona, habra parecido de una audacia inaudita a los padrinos de la Francfrica. El candidato Sarkozy se crey autorizado para declarar que Francia no necesita a frica pero no debi de ser difcil demostrarle al presidente la imprudencia de tales declaraciones. Su evidente mutismo sobre la Francfrica demuestra claramente que no tiene la intencin de operar una ruptura que pondra en apuros a Idriss Deby, Sassou Nguesso y sobre todo a su viejo cmplice Omar Bongo. Sin hablar de los amigos que no va a tardar en adquirir: presidentes en ejercicio y jvenes delfines todava imberbes que se atropellan, parece, a las puertas

sos le oyeron rechazar cualquier idea de arrepentimiento desde la misma tarde de su eleccin y nunca se atrevern a enfadarle con el recuerdo de esta cuestin, delicada donde las haya. De todas las antiguas potencias europeas Francia es la nica que tiene una relacin casi obsesiva con su pasado colonial. El parlamento vota all, con un candor increble, las leyes negacionistas y su clase poltica parece hacer de la cuestin del arrepentimiento un asunto de Estado de una importancia excepcional. Nos gustara recomendar a esas personas ms serenidad. Lamentar los crmenes de los antepasados es un acto que slo la propia conciencia puede dictar a un ser humano. Es, en s mismo, un acto que pierde todo el valor si resulta de un precepto exterior. Sarkozy nunca podr, naturalmente, resucitar a los muertos, ni siquiera curar completamente las heridas de antao, aunque habra podido intentar, desde su posicin, ayudar a las nuevas generaciones a la reconciliacin de los corazones y los espritus. Pero si no tiene la valenta de arrepentirse, que al menos tenga la decencia de callarse. Cuando Nicols Sarkozy lanza: Jvenes de frica, no vine para hablar de arrepentimiento, comete una grave inversin de los papeles. Es privilegio de la vctima y no del verdugo decidir si hay que evocar o no crmenes tan abominables. La reafirmacin constante, a cada segundo, de su negativa a arrepentirse es una verdadera enfermedad del alma. Una sociedad cuyos dirigentes y muchos ciudadanos slo tienen la relacin de denegacin compulsiva y gesticulante, revela en el fondo el malestar que los atenaza y merece, en realidad, ms compasin que odio.

Al or a Nicols Sarkozy hablar as, a su conveniencia, sobre la trata de negros, podemos perder de vista que sta ocasion, a lo largo de varios siglos, por lo menos doscientos millones de vctimas, cifra que da Senghor en su biografa, importante obra de la catedrtica de universidad estadounidense Janet G.Vaillant (3). Poco dado a la exageracin en la materia, el ex presidente senegals explicaba muy sobriamente en una carta a su bigrafa que el trfico de bois dbne (seres humanos considerados como mercancas, N. de T.) contina pesando a la vez en el presente y en el destino de frica.

El poeta de Joal fue citado repetidas veces por Nicols Sarkozy en trminos elogiosos. Lo ms irnico es que se puede pensar que Senghor seguramente no habra consentido que un invitado de Senegal dijera semejantes barbaridades ese 26 de junio sin replicarle de una forma u otra. El hecho de ser un poltico hbil nunca le impidi tener orgullo y sentido de la Historia.

Ms all de las relaciones de seor a vasallo que Sarkozy pueda mantener con sus servidores de la Francfrica, lo que se oy en Dakar desafa tambin a una cierta inteligencia africana francfona. Las desilusiones nacidas de las independencias partidos nicos, guas-infalibles-de-la-nacin, epidemias de golpes de Estado militares y corrupcin llevaron a ciertos autores a someter a frica a una crtica sin piedad. A partir de finales de los aos 80 nuestros socilogos, historiadores o filsofos han publicado numerosos textos con la intencin encomiable de diagnosticar el mal africano y provocar las condiciones psicolgicas para un shock. De un modo menos elaborado pero a menudo movidos por la misma voluntad de favorecer un electrochoque, los novelistas por su parte narran, con la desmesura y los efectos de dilatacin que slo autoriza la ficcin, el proceso de los sistemas polticos postcoloniales. Lamentablemente unos y otros tienden a confundir Estado africano y sociedad africana. sta era sospechosa de incubar, por el simple hecho de permanecer, los grmenes de su propia destruccin muchas veces anunciada en la poca luego, enseguida, vuelta a posponer sine die-. Ah est el ejemplo consumado de una visin simplista de la realidad africana que gira alrededor de s misma, como la serpiente que se muerde la cola, con una cansada monotona. Obviando las relaciones polticas reales de fuerza y el impacto decisivo del estado francs en las luchas de poder en cada pas de su ex imperio del frica subsahariana, la reflexin se polarizaba, con una obstinacin singular, sobre los efectos evidentes del desastre en detrimento de sus causas profundas, menos espectaculares, es verdad.

Esa literatura, en principio destinada a los africanos, de hecho ha sido muy leda por los occidentales. Hizo sus delicias y les proporcion un exquisito sentimiento de inocencia. Estos autores marcaban, sin saberlo, el camino de la negrofobia que aparece cada da un poco ms apacible y liberada pero que sabe ser vulgar e injuriosa cuando llega el caso. En unos aos, el afropesimismo, por decirlo as, fue racializado y vaciado de la energa libertadora de la que era potencialmente portador. En Francia y el resto de Occidente los ensayistas africanistas se sirvieron ampliamente de eso para reavivar los prejuicios ms incongruentes sobre el continente. Y muy a menudo se pusieron a cubierto detrs de esas obras para convencer de la pureza de sus intenciones a un pblico bastante poco advertido. En efecto, era difcil acusarlos de racismo ya que slo recuperaban los anlisis de sus homlogos de Dakar, Yaound o Abidjan.

Las declaraciones de Nicols Sarkozy vienen en lnea directa de ese universo vagamente africanizante siempre dispuesto a fustigar la competencia de la memoria y con tendencia a la suposicin de que los negros se presentan como vctimas perpetuas de los dems. Su reunin de Agen el 25 de junio de 2006 es particularmente reveladora de esta filiacin ntima. Sarkozy estuvo all muy duro contra: Los que escogieron deliberadamente vivir del trabajo de los dems, los que creen que se les debe todo sin que ellos deban nada a nadie, los que quieren todo rpidamente sin hacer nada, los que en vez de trabajar para ganarse la vida prefieren buscar en los repliegues de la historia una deuda imaginaria que Francia habra contrado con ellos y que a sus ojos no est saldada, los que prefieren atizar la sobrepuja de la memoria para exigir una compensacin que nadie les debe en vez de intentar integrarse por el esfuerzo y el trabajo, los que no aman a Francia, los que exigen todo de ella sin querer darle nada, a ellos les digo que no estn obligados a quedarse en el territorio nacional. Cuatro das antes estuvo como invitado de Franz-Olivier Giesbert en la emisin Cultura y dependencias y all dijo textualmente: Yo he recibido al padre mal y al hermano [de uno de los dos jvenes electrocutados en un transformador EDF, hecho que dio origen a los motines de noviembre de 2005]. El padre, que est en Francia desde hace treinta aos, no hablaba francs. El hijo, que naci en Francia y va a Mal slo en vacaciones, iba en boubou (tnica africana).

Que este lder poltico haya juzgado de esa forma a los emigrantes males por decir adis a su ser querido en boubou o por no hablar francs, da la medida de su desprecio hacia los africanos y su cultura. Sin embargo no deberamos olvidar que esa forma de pensar est hoy bastante extendida en Francia. La exposicin de Sarkozy en Dakar llam la atencin porque es un jefe de Estado pero no dijo nada que no se haya ledo u odo durante todo el pasado decenio a buena parte de los intelectuales europeos y tambin, hay que remarcarlo, a un sector de los propios pensadores africanos. Para el afropesimismo, que por otra parte siempre ha sido una corriente filosfica difusa y casi inasequible, debera llegar la hora de una revisin desgarradora. De parte a parte de frica, e incluso de parte a parte de cada pas, estn surgiendo procesos histricos complejos y novedosos. No es razonable prohibir un examen pormenorizado lejos de los prejuicios reductores. Es decir, la eleccin no est solamente entre una glorificacin plcida del continente africano y su excesiva satanizacin. Esas son dos formas idnticas de encerrarse en una perspectiva perniciosa basada en la visin de un mundo occidental demasiado a menudo considerado en lo cierto -A santo de qu?- con respecto a nuestros tiempos gloriosos o nuestra maldicin. Instruir el proceso de las sociedades africanas es legtimo, pero es esencial saber de forma muy precisa de qu se habla. Y si no se encuentra un medio seguro de dirigirse con prioridad a los africanos, las cosas se quedarn todava mucho tiempo como estn, con gran dao para nuestras poblaciones.

Sera muy interesante conocer el balance que el propio presidente francs ha hecho, en su alma y su conciencia, de su visita a Dakar. Quiz no ha comprendido hasta qu punto nos sentimos insultados? Desde un punto de vista rigurosamente poltico, su discurso es un error y no tardar en darse cuenta de ello: los africanos y los negros de la dispora nunca le perdonarn. El tradicional lenguaje estereotipado habra servido mejor a los intereses de su pas. Adems le habra evitado ciertos efectos oratorios artificiosos que resultaron un poco patticos. Finalmente, casi nos dan ganas de agradecer a Nicolas Sarkozy su visita que nos ha aportado, a su pesar, una valiosa informacin: desde el 16 de mayo de 2007 al nuevo y torpe- Rey de la Francfrica se le ha cado la careta.

(1) Francfrica es la denominacin que determinados medios franceses y africanos dan a la pervivencia en frica de los modos de comportamiento propios del colonialismo francs. La Francfrica es tambin la zona del continente africano en la que se siguen dando estos comportamientos.

(2) Durante la guerra fra, uno de los mayores mbitos de la cooperacin francesa estaba en frica y los pases que participaban en esa cooperacin reciban el nombre de Les pays du champ. Francia tiene todava acuerdos bilaterales de defensa con pases como Burkina Faso, la Repblica Centroafricana, Congo, Gabn, Costa de Marfil (suspendido desde que lleg al poder el general Robert Guei), Ruanda, Togo y el ex Zaire.

(3) Vie de Lopold Sdar Senghor : Noir, Franais et Africain, Janet G. Vaillant, ed. Karthala 2006, traducido al francs por Roger Meunier.

Original en francs:

http://www.afrikara.com/index.php?page=contenu&art=1865&PHPSESSID=de11030776579b0343fcb41af998f271

*Boubacar Boris Diop es un reconocido autor senegals que naci en 1946. Novelista, ensayista, dramaturgo y guionista, fue director del peridico Matin de Dakar. En 1998 particip con otros 10 escritores africanos en un proyecto de escritura acerca del genocidio de Ruanda: Rwanda: crire par devoir de mmoire, producto del cual fue su obra Murambi, le livre des ossements. Adems es autor de las siguientes obras:

Novela:

Le Temps de Tamango. Pars, LHarmattan, 1981. Reedicin: Paris, Le Serpent Plumes, 2002.

Les Tambours de la mmoire. Pars, LHarmattan, 1991, coll. Encres noires (Gran Premio de las Letras de la Repblica de Senegal).

Les Traces de la meute. Pars, LHarmattan, 1993.

Le Cavalier et son ombre, Pars, Stock, 1997.

Murambi, le livre des ossements, Pars, Stock, 2000.

Doomi Golo, Dakar, Papyrus, 2003.

Limpossible innocence, Pars, ditions P. Rey, 2004.

Ensayo:

Negrophobie (en colaboracin con Odile Tobner y Franois-Xavier Verschave). Les arnes, 2005.

*Caty R. pertenece a los colectivos de Rebelin, Cubadebate y Tlaxcala. Esta traduccin se puede reproducir libremente a condicin de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y la fuente.


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