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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-09-2007

La muerte de Pablo Sorozbal Serrano
El dilogo entre Don Absoluto y Doa Totalidad

Santiago Alba Rico
Rebelin


No es verdad que las obras se defiendan solas. Hace unos das muri en Madrid Pablo Sorozbal Serrano (1934) con premeditada sordina, dejando algunos libros que l no supo o no quiso defender y que un mundo trgicamente liviano cree no necesitar. Apenas puedo juzgar sus composiciones musicales, pero tradujo magnficamente a Kafka, Fontane y Bchner (entre otros muchos), produjo una notabilsima obra potica y fue, sobre todo, un extraordinario narrador, un redomado cuentista que seal y explot con fertil puntera la desconocida raz comn entre literatura y charlatanera. En 1986 obtuvo el premio Po Baroja por su novela La ltima palabra, un texto torrencial, golirdico, juglaresco, hilarante, en el que la pasin ertica y la lingstica se conjugan, al revs que en las noches de Sheherezade, para conquistar, y no para proteger, un cuerpo esquivo. Su gran obra, sin embargo, no mereci siquiera una atencin pasajera. Publicada en 1990 por la editorial Tellus, aunque escrita a principios de los ochenta, se apag rpidamente entre algunos focos aislados de admiracin encendida e impotente. No s si fue su ineludible pero inacertado ttulo o el hecho de adelantarse en algunos aos a la actual boga de la memoria (donde olvidamos tantas cosas) o el desprecio de su autor por toda forma de reconocimiento burgus: lo cierto es que Lloro por King-Kong, frase que resume el drama humano y social de la criada protagonista, fue inmediatamente descatalogada por el mercado esclavo, no obstante ser -a mi juicio- la novela que, por su precisin poltica y su belleza literaria, mejor aborda ese triste perodo de la historia de Espaa en el que se derribaron todas las lmparas y que nos hemos limitado a colorear para tener al menos una ceguera de colores. Y lo cierto es que Lloro por King-Kong, que podra defenderse a s misma en un mundo mejor, tiene que conformarse con pedirnos, a los que la hemos ledo y la admiramos, que la defendamos nosotros con nuestros magros medios, la recomendemos antorcha a antorcha y pidamos -como pido yo desde estas pginas- un editor que la devuelva a la vida precisamente ahora, cuando ms vida secreta contiene.

Como recordaba ayer Darwin Palermo, Pablo Sorozbal fue tambin un extraordinario articulista. Atrabiliario, provocativo, ingenioso, rezongonamente tierno, de una galantera a veces procaz, no perdi ocasin para manifestar su feroz y jocundo desprecio hacia todo eufemismo y toda mojigatera, tambin o sobre todo dentro de la izquierda, lo que sin duda agrav el orgulloso aislamiento en el que vivi los ltimos aos de su vida. Valdra sin duda la pena recuperar los textos que lo convirtieron en el ms brillante colaborador del diario vasco Egin en los aos ochenta, en el ms salvaje y deslenguado, y en el menos complaciente con las disciplinas y las estrategias polticas de los partidos. Recuerdo, claro, el mtico Elogio sentimental del tanque ruso, que tanto nos hizo gozar a sus admiradores y que utilic en un guin de Los Electroduendes. Recuerdo tambin, a principios de los 90, en medio de la avalancha de albaneses que trataban de entrar en Italia, su implacable rencor (intencionadamente altisonante, como de la bruja Avera) hacia esos prfugos del socialismo que se disputaban a codazos un huequito en los centros privilegiados del capitalismo para reproducir mejor el sistema global de explotacin. O recuerdo asimismo la ms brillante, la ms convincente, la ms vibrante, la ms descabellada y matemtica defensa de Cuba que haya jams ledo, hasta tal punto desnuda de sentimentalismo que casi me hizo llorar y tan desprovista de toda concesin al enemigo que muy probablemente los propios revolucionarios cubanos hubiesen preferido mantenerla encerrada en un cajn. Pablo Sorozbal era un hombre intratable, en el sentido (lo recordaba tambin Carlos Fernndez Liria) de no aceptar ningn trato o componenda en un mundo que derivaba subjetivamente hacia la traicin, y de no aceptarlo aunque para ello tuviese que dejar de tratar precisamente a todo el mundo.

En octubre de 1992 tuve el enorme privilegio de que Pablo Sorozbal aceptara presentar mi libro Viva el Mal!Viva el Capital! Escribi para la ocasin un texto cuyo original tengo ante mis ojos, cuidadosamente mecanografiado y sin apenas correcciones, con algunas notas de puo y letra a pie de pgina para ilustrar las semejanzas entre el PSOE y la Falange. Lo he ledo de nuevo y no he sentido ni ternura ni tristeza ni nostalgia; lo he ledo de nuevo y me he echado a rer a carcajadas, agradecido de que nos haya dejado -a m y a los que lo conocan mejor que yo- el antdoto contra el pesar de su irrevocable asusencia. Me he redo admirando al mismo tiempo la justicia luminosa de sus frases, que l tallaba con tanto cuidado. Buenaventura Durruti, dice por ejemplo, aquel gran luchador antifascista al frente de su columna fue implantando con mano frrea el mercado libre, esto es, el comunismo, en las comarcas que liberaba de la dominacin fascista durante los primeros meses de la guerra civil.

O tambin este alegato contra el estilo (que -glub- plagi desde la mdula aos despus contra Gabriel Albiac): Est ya uno hasta las narices de los estilistas y su inconfundible personalidad, es decir, de esa tan celebrada, y bien vendida, inanidad que se expresa con la muletilla: el estilo soy yo! Por ilustrar lo dicho: a Azorn se le puede perdonar que sus ideas no tengan gran inters, pero no el tedio que provoca su personalsimo estilo. A Cela se le puede pasar por alto el que la falsificacin y la mentira sean el nico imperativo categrico de su discurso liberal-fascista, y a Umbral que el izquierdismo del suyo sea ms falso que Judas, pero ni a uno ni a otro cabe perdonarles que escriban esa prosa-estandarte engolada y campanuda (propia del jefe de acuartelamiento de la Legin o delegado provincial del Movimiento con veleidades literarias en sus ratos de ocio), mera regurgitacin de s misma. Pase tener ideas pobres o chapuceras, pero no llamar literatura a la exudacin, la cual, como toda secrecin, es, eso s, la cosa ms personal e intrasferible del mundo.

O finalmente este largo exabrupto contra el sindicalismo claudicante: Bien, concedamos que ningn lder sindical 'democrtico' quiera expresarse con la precisa generalidad filosfica con que lo hace la bruja Avera, pero, por qu, en todo caso, no va a lo concreto y les dice a los obreros que en Brasil y ortos pases del Tercer Mundo (o del primero, o del segundo, segn la coyuntura) los dueos del capital producen acero, o lo que sea, a precio de miseria, justo ese mismo cero que, tras la liquidacin de la siderometalurgia vasca y asturiana (como no hace mucho la valenciana) vendern a sus socios capitalistas espaoles (es decir, se lo vendern a s mismos)? Y por qu no sacar las conclusiones lgicas y decirles a esos marchistas siderometalrgicos que su problema se solucionara de inmediato slo con que trabajasen con salarios de esclavitud, pues que la rentabilidad no es ni puede ser otra cosa que la miseria (absoluta o relativa, pero siempre relativamente absoluta) del obrero? Y por qu, dicha esta incontestable verdad, no ir un poquito ms lejos y nombrar la verdad ltima, la de que slo y nicamente el comunismo acaba con esa babarie, esa sinrazn y esa inhumanidad? Pero no, ni los lderes sindicales ni incluso los propios obreros parecen estar por la labor de extraer conclusiones lgicas, se resignan de antemano a la derrota (los que no lo hagan caern indefectiblemente bajo el peso de la ley antiterrorista) y se conforman con tratar de conseguir que el vapuleo sea un poquillo menos catastrfico que el que se teme, aplaudidos por los intelectuales que jalearon la demolicin del muro de Berln, a la espera de jalear el derrumbe de Cuba!.

Pablo Sorozbal no fue, sin duda, uno de esos intelectuales que, quince aos ms tarde, siguen jaleando la invasin de Iraq y la de Afganistn, los bombardeos sobre el Lbano o las leyes antiterroristas; ni de esos que se forjan un estilo para despreciar elegantemente la razn, la verdad y la justicia. Si tengo que describir en pocas lneas cmo era, escribiendo y peleando, no me queda ms remedio que plagiarlo de nuevo y reproducir lo que escribi de un escritor que mereca sus palabras mucho menos y cuyo nombre me he limitado a sustituir por el suyo en este largo fragmento:

Pablo Sorozbal era uno de los pocos absolutistas que quedaban. Me apresuro a aclarar las confusiones: por absolutismo no entiendo 'radicalismo', 'maximalismo' u otra enfermedad infantil ideolgica, sino lo que dice ya la etimologa del trmino 'absoluto', esto es, independencia, liberacin, aquello que es incondionado e irrestricto. En este sentido persegua lo absoluto Pablo Sorozbal y era, por tanto, un absolutista. Corren tiempos de miserables componendas, de infames renuncias, de ignominiosas traiciones, todas ellas maquilladas y travestidas de un relativismo, o lo que es lo mismo, de un pragmatismo vulgar y vergonzoso. Si hoy alguien dice: todo es relativo no est sealando que todo est interrelacionado, sino que si a mano viene hay que sacar tajada de todo y ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. La escritura de Pablo Sorozbal es, por contra, una bocanada de aire limpio donde no medra miasma alguno de cepa 'relativista', sin perjuicio, claro, de que en ella estn siempre presentes las contradicciones dialcticas entre el estambre y la urdimbre de lo real.

Pero es que adems de absolutista, Pablo Sorozbal es totalitario. Pobrecillo! A quin se le ocurre hoy, en plena consolidacin de la 'democracia espaola', con los del PSOE recordando a bombo y platillo los portentos de sus diez aos de cada vez ms perfeccionada dictadura capitalista y los de la oposicin (de derechas e izquierdas) preparndose para proseguir exactamente la misma tarea que los del PSOE con voluntad de servicio inasequible al desaliento; a quin, insisto, se le ocurre hoy, tras la dinamitacin controlada del socialismo real (tan alegre y fervorosamente saludada y celebrada por los intelectuales izquierdistas del mundo libre, tanto ms 'puros' y 'radicales' en su sedicente izquierdismo, lo que no deja de invitar, por cierto, a la reflexin; ya slo les queda la satisfaccin de ver derrumbarse a la 'sucia bestia asesina' del Caribe, aunque espero que no lleguen a verlo), a quin, repito, se le puede ocurrir ser totalitario aqu y ahora? Slo a un despistado! Yo digo, sin embargo, qu hermosura de despiste! qu belleza la de ese dilogo que Pablo Sorozbal se trae con Don Absoluto y Doa Totalidad, hermanos que, en la ignorancia de s mismos, fornican como lo hicieron Siegmund y Sieglinde, en la gloriosa ignorancia no slo de s sino de la advertencia de la diosa madre, Erda, al dios padre, Wotan: 'Un da aciago despunta para los dioses! Sigue mi consejo y desprndete del anillo!'."

Las obras no se defienden solas y uno no puede evitar la conviccin de que el mundo ha sido injusto con las de Pablo Sorozbal. Claro, que eso a Pablo Sorozbal le importaba -con perdn- un carajo. Como era un hedonista, segn le gustaba declarar en voz alta, jams se dej llevar por la amargura; como era un comunista, estaba mucho ms pendiente de injusticias mucho ms graves que se producan y se siguen produciendo en todos los rincones del planeta. Como era un hedonista comunista, se dejaba llevar siempre por los placeres y nunca por la autocomplacencia. La noche en que la muerte dijo la ltima palabra y silenci su charlatanera, su familia encontr en el cajn de su mesilla un poema. Es un buen ejemplo de la maestra literaria con la que luch contra el estilo, defendi el hedonismo, el comunismo y el antinarcismo y dej la intemperie sin obstculos para el dilogo entre Don Absoluto y Doa Totalidad. Tena 73 aos y muri rijoso y enamorado, componiendo el antdoto contra toda tentacin de piedad, pesadumbre o remordimiento de sus semejantes. Contra la tristeza de que no escriba ms -que a l le importara, s, un carajo- urge rescatar su obra del mercado esclavo y ponerse a leerla.

     EPITAFIO

    Pablo Sorozbal Serrano

Mi entierro ha sido emocionante
no han asistido las autoridades,
puesto que yo no tengo nombre
o, por decirlo con mayor precisin,
es mi nombre quien no tiene yo.
El viento, sin embargo, hizo acto
de presencia y le vol el gorro
a una anciana que limpiaba la tumba
de al lado con un trapo triste.
Mis hijos derramaron algunas
lgrimas, y a su madre, aos
ha all, quizs no le agrad el reencuentro,
pues el caso es que siempre tuvo
muchsimas cosas que reprocharme:
mis mentiras y mis verdades,
mi inmadurez, mi ignorancia de eso que es,
dicen, la vida, mi pedante
mana de intentar cambiar el mundo
con palabras y melodas,
y lo que es infinitamente peor:
ni por asomo conseguirlo.
Mi ltimo pensamiento, sabes?
fue tu forma en el sof de la sala,
la atroz justicia de tu falda,
la adolescente furia de tus medias,
inciertas como el relmpago,
rehenes del Gran Turco de mis ojos,
que no ofrece rescate alguno.
Pero tambin pens en esos locales
que t y yo a veces frecuentamos,
recin abiertos, fros, desolados,
impromtus de mi inconfesa sed
de tocar tu bufanda, tus zapatos,
la lluvia que en tus cejas tiembla,
el viento que tu pelo desordena,
el vivo comps de tus pasos
por las aceras secas o mojadas,
los colores de tu silencio,
el hiriente relumbre de tu sombra,
la indemne tristeza de tu voz.
Oh fingida inocencia, la de un caf
con leche enfrindose, lento,
sobre el mostrador de piedra plida
mientras, herida, te escucho hablar
de tu pasin eterna por un nombre
que no es el mo, aunque lo sea,
o del chico que canta muy bien tangos,
o el clebre escritor que admiras,
o el guapsimo violinista armenio!
Oh el espejo secreto de tus dedos,
finos y largos, que sin querer
tejen mi tiempo y sin piedad me instruyen
en la ciencia exacta del horror
de saber que, si no ests, ya nada es,
nada nunca empieza ni acaba,
canalla ontologa del vaco,
agnica cosmologa,
sin agua ni fuego, sin tierra ni aire,
hurfana de tomos y dioses,
pues que el ser, propiamente dicho,
slo es la gracia intacta de tu talle,
la tiniebla de tu sonrisa,
la procaz castidad de tus rodillas,
los avatares de tu escote,
la burla o seriedad de tu palabra!
Ciencia cruel como ninguna,
jams harta de ponerme en mi sitio,
aunque no impidan los desmanes
que contigo, en tu ausencia, me permito.
pero t me comprendes verdad?
Y me perdonas. O acaso no. Mejor
as, quin sabe, t eres docta
en el viejo arte de sobrevivir
(es tu palabra predilecta)
mientras que a m, que estoy ya desvivido,
slo sobrevivir me queda.
Qu rabia, s, eso de haberme muerto,
ahora que andaba, como siempre,
alerta en el impredecible y fugaz
deslumbre de tu epifana
maleva y diurna, que traviste el alba,
que trueca la maana en noche,
la luz en ardiente sombra cerrada!
Pero bilame, amor, al menos,
un zapateado sobre mi tumba.

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