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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-09-2007

El deslinde y la memoria de don Petro

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin



Tengo la suerte de conocer a Don Petro, a Don Enrique, un curtido y querido campesino que el 29 de julio de 2007 retorn a su finca en Curvarad, cerca de la frontera con Panam. Lleg acompaado de decenas de seres que como l guardan un sentimiento de indignacin por lo acontecido. Los paramilitares y militares que escoltan la expoliacin, le echaron hace aos de su territorio, como a miles de familias de comunidades campesinas, negras e indgenas. Ahora est sembrado de palma aceitera por empresas criminales. All regres l otra vez y comenz a tumbar palma, a recuperar su terruo, y, con ese trozo de lo que era selva, recobr una parte importante de las razones para vivir y morir. De alguna manera su valeroso acto refleja y condensa la historia del pas. De un pueblo burlado que toma conciencia de sus lecciones y fuerzas a partir del sufrimiento, que no se queda solamente en el dolor, y que lucha. Nadie mediadamente decente y estudioso en el empeo de buscar la paz justa, puede negar que en el origen del conflicto social, poltico y armado, se halla el acceso a la tierra, entre otros derechos histricamente negados, y que los sectores dominantes han generado una cultura de violencia e impunidad para arrebatarla a los pobres como fuente primaria en la reproduccin de unas relaciones y estructuras de injusticia y servidumbre.

No conozco al otro Sr. Petro, el senador del Polo. S lo he visto, muchsimas veces, en la televisin, en los noticieros, en la prensa, y lo he escuchado tambin protagonizar en la radio. Nadie puede negar su arrojo, como tampoco el valor y la valenta de muchos opositores al rgimen de Uribe, que, al contrario de lo que pasa con el senador, no tienen a su alcance los medios de comunicacin del sistema. Recuerdo del senador Petro que fue parte de la embajada colombiana en Bruselas, como pas tambin con otros integrantes de guerrillas que pactaron su entrega entre 1989 y 1990, y que obtuvieron algunos puestos en delegaciones diplomticas, como Vera Grave en Espaa, o Bernardo Gutirrez en Italia, entre otras cosas. Este ao, 2007, supe de un debate sobre el paramilitarismo, y que hubo por parte de Petro unas ambiguas propuestas al respecto, como un acuerdo de todos por la verdad que defraudaba expectativas de vctimas de crmenes de lesa humanidad. En estas mismas pginas de rebelin.org, en abril, expuse a propsito: El debate sobre la para-poltica, que cremos un libro apenas abierto, de sendos captulos y anexos, parece que ha tenido con esa escenificacin una especie de eplogo, que termina lo que levemente comenzaba a descubrirse, de cara al mundo, que es en gran parte lo que desde hace muchos aos las vctimas y organismos de derechos humanos ya testificaban y documentaban sin mayor eco.

Con sentido de oportunidad en la oscuridad de la vocera del Polo, dice Petro en la revista colombiana Cambio (11 de septiembre de 2007): nosotros decimos que son como el movimiento de Pol Pot en Vietnam, uno de los ms criminales y antidemocrticos de la Historia. Decimos que las Farc no son revolucionarias, que no son de izquierda sino de derecha y que son criminales Por lo que el Polo tiene que luchar es por la profundizacin de la democracia y no contra Uribe, que es un ciudadano pasajero. Petro propone desfarquizar a Colombia, as como formul, segn sus palabras, desparamilitarizarla. Y remata el senador Petro sobre la candidatura a la alcalda de Bogot: Le apost a Mara Emma Meja y hubiera preferido un gobierno de Carlos Vicente de Roux. Es decir, el poltico Petro reconoce que apost por dos personas que, a su modo, contribuyeron a la entronizacin del paramilitarismo y la impunidad.

Tuve ocasin en este portal de escribir: Se busca y no se halla por ninguna parte, todava, declaraciones de contricin, por ejemplo de Carlos Vicente de Roux, nada menos que el Consejero Presidencial de Derechos Humanos de los presidentes Gaviria y Samper, o de Mara Emma Meja, Canciller de este ltimo, ambos hoy destacados polticos del Polo. La memoria evoca, desentierra y reconstruye cientos de casos en los que nos correspondi vivir no slo su desplante, sino el cinismo de sus acciones en el marco de la perversin del sistema de impunidad que los contrataba. Campesinos, sindicalistas, indgenas, activistas sociales, defensores de derechos humanos, que con su digna lucha sobreviven a las consecuencias de ese arrasamiento, no olvidan la infamia del oficio de quienes se emplearon en el encubrimiento de esa poltica-para.

Tenemos ante s los discursos del ex consejero presidencial de Roux o de la ex canciller Meja, y de varios ms, y las terribles exculpaciones que beneficiaron al Estado, en una poca de crmenes atroces. El silencio de entonces, cuando no su abierta defensa de una lgica de coartadas y evasivas que supieron transmitir desde sus cargos civiles, debe exhortarnos a invertir el valor moral de aquella mxima: Somos dueos de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Ellos, los que transigieron y agraciaron crmenes desde el Estado, son esclavos de sus silencios. Bertrand Russell se refiri a los criminalmente ignorantes de las cosas que tienen el deber de saber. Y tambin que es imposible mantener la dignidad sin el coraje para examinar esta perversidad y oponerse a ella.

En el mes de mayo de 2007 del mismo modo record: Al respecto hay silencio de los implicados y desconcertantemente un silencio corporativo que ya conocemos. Mirar para otro lado es la realpolitik que amamanta convenientemente a muchos. Al menos Mancuso ha reconocido una importante parte de su responsabilidad. El problema moral est expuesto, indiscutiblemente: quienes mucho menos deben, evidentemente, mucho menos, o nada, han hecho para contribuir a la verdad que les corresponde desvelar. Meja, de Roux y otros siguen plcidamente sus campaas polticas, sin explicar lo que deberan a las vctimas a las que deben.

Petro est en campaa. No hay duda. Est en su derecho. Como otros tambin estn en el derecho de resistir. Entre ellos los que inermes ante la agresin y la impunidad, despus de probar cientos de veces y por muchos aos ante instancias del Estado, han tenido que emprender contiendas desiguales, con la memoria en la mano, como la de Don Enrique Petro. En sus ojos y manos trabajadoras est marcado ese grito rebelde que es tambin el de miles de colombianas y colombianos que se han levantado de diversas formas, legales y extralegales, contra la opresin. Es un derecho humano, y de los pueblos. El senador Petro debera saberlo por su pasado, aunque sea complicado no naufragar atado a los grilletes de mecanismos psicolgicos que van de la justificacin del arrepentimiento a la defensa de lo instituido y sus beneficios. Pero su labor de poltico de centro debera estar por encima de su defeccin, pues le responsabiliza el hecho de haber cautivado a un cierto electorado con un discurso crtico de izquierda, dentro de una coalicin que l y otros han rentabilizado, ms cuando sta nace en las humeantes fosas tras el vaco que ha dejado el terrorismo de Estado, luego de la masacre de honestos luchadores populares, despus del genocidio poltico cometido contra la Unin Patritica y otras organizaciones y sectores alternativos. Hacer lea del rbol cado, o comer del muerto, no es tico, senador Petro.

El deslinde que hace con su dignidad y su memoria Don Enrique Petro, el vigoroso campesino, no cayendo en las trampas de una democracia de ficcin que le ha estafado, cortando l ahora, con su corazn y su derecho, la palma para agronegocios de los paramilitares, puede conducirle a la muerte. El deslinde que con su tasada memoria hace el senador Petro, puede conducir a otros a la muerte, por el hecho de quedar sealados si no condenan un derecho de los pueblos, como es el de la rebelin, conforme al requerimiento cerril del senador. Ojal igual ardor hubiera brillado en la exhortacin que nunca hubo a Mara Emma Meja o a Carlos Vicente de Roux para que hicieran pblica retractacin por su pasado cmplice.

No cabra decir que al senador Petro le falten bases para nobles ideales, como los que otrora le condujeron a la insurgencia, por los cuales dice lo que dice. Ahora bien, lo que ya hizo el senador Petro, figurando en el enjuto debate sobre el paramilitarismo, comentando lo que por aos cientos de personas sin cmaras de televisin y micrfonos al frente ya haban dicho y por lo que pagaron con su vida y derechos, no debera pasar de nuevo con un tema, la regulacin de la guerra y su realidad en Colombia . Una ardua temtica en la que l debe participar, por supuesto, como uno ms, con plena facultad, pero en la que no es honorable lograr provecho personal para su escalada verbal y poltica. Tal materia, de vital importancia, no puede pasar a ser patrimonio electoral o botn de una guerra para servirse individualmente. Petro, el aspirante, sabe que esta cuestin reporta muchsimos votos. Sobre ella trep el pasajero Uribe. No obstante, es cierto que existe una demanda moral que no puede aplazarse ms. A ella han contribuido miles de personas de todo el mundo, comenzando por los y las que perseveran al lado del pueblo colombiano, que no debe sufrir ms; la gente que comprende cmo la rebelin nace de la necesidad de lmites a la injusticia, y por eso aboga por lmites a la rebelin cuando sta en la prctica puede arruinar valores ticos y polticos. Luego lo que Petro reivindica no es nuevo, ni es ms claro porque l lo vocifere. Est hace tiempo en el horizonte, tambin desde cuando Bolvar en 1820 firm un tratado de regulacin de la guerra libertadora que no le arrodill. Hace ms de una dcada el ELN y las FARC miraban hacia all.

Expuse ac en un artculo en junio pasado: en otro tiempo el FMLN de El Salvador, entre otras insurgencias, dio a conocer unas normas propias, sobre sus mtodos, medios y fines del combate a un sistema oprobioso. Las FARC deben sin ms demora hacer explcito y pblico, en tanto resorte de una eticidad , el conjunto de reglas bsicas que asumen, comenzando por las suyas, que le comprometen de plano y sobre las que puede establecerse un mnimo juicio. No debera contribuir a la barbarie que el negacionismo de Uribe resguarda, ni aumentar la distorsin de la realidad , ya suficientemente desfigurada por palabras como las arrojadas por el Senador Petro, del Polo Democrtico, quien, con otros de su agrupacin, ya no slo condena la disensin armada, sino que se ha referido a las FARC una y otra vez como los khemeres rojos de Camboya bajo el rgimen de Pol Pot, sealando que esta organizacin alzada en armas vive un proceso de polpotizacin. Ese no es, o no puede ser, el relato y el testimonio de la rebelda , cuya lucidez nace de los lmites infranqueables , sin menoscabar con ello el derecho y la libertad de luchar, pese al cerco y a la derrota. Las FARC no pueden mirar ms para otro lado, ni calcar el cinismo de su enemigo, pues como organizacin que se dice revolucionaria no puede ser ms indolente ni causar ms dao indiscriminadamente, a ciudadanos comunes, no poderosos, mientras en un pas, de hambre y a la venta, los corruptos y asesinos se pasean en plena libertad para sus negocios.

El movimiento de progresistas y de quienes se respeten como revolucionarios y revolucionarias, dentro y fuera de Colombia, dentro y fuera del Polo, quienes bregan por genuinas alternativas, por una solucin fundamentada en cambios para la justicia, no pueden contemplar cndidamente el hurto o la transferencia al teatrillo de la poltica de gangas, de un propsito tan definitivo, crucial y urgente. La bandera de la humanizacin que explica la rebelda, y que incluye perentoriamente la humanizacin de la confrontacin armada, debe ser alzada y defendida honradamente tambin por los que no se resignan ante el rgimen de ignominia que hoy encarnan Uribe y otros ciudadanos pasajeros. Ms all de evitar caer en una encerrona vergonzosa, debe asumirse en serio este campo, para la propuesta y la accin coherente y estratgica, que dignificara y proyectara a quienes buscan seguir batallando por transformaciones autnticas, o al menos por condiciones para resistir. Un ejemplo lo tenemos en Don Enrique Petro, hoy solo y en el silencio de una finca con palmas por tumbar, que una vez se sonri de nuestra irona cuando le preguntamos si pensaba que Colombia era una democracia.

 

- Carlos Alberto Ruiz es jurista, ex asesor de la Comisin Gubernamental para la Humanizacin del Conflicto, Colombia.




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