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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-10-2007

A 40 aos de su asesinato
La imagen inmortal del Che

Vctor Montoya
Rebelin



 

 

 

 

 

Recordado comandante:

 

El 8 de octubre de 1967, despus de librar tu ltimo combate en el caadn del Churo y caer a merced de tus enemigos, la pierna herida por un tiro y la garganta desgarrada por el asma, tu diario de campaa y otros documentos escritos con tu puo y letra, quedaron en poder de las Fuerzas Armadas. Es decir, pasaron de tu mochila de cuero a una caja de zapatos, que fue depositado como secreto de Estado en el Alto Mando Militar Boliviano; tu reloj Rolex, que te quit un soldado a poco de tu captura, pas a la mueca del coronel Andrs Selich; tu fusil, ese fusil que hubiera querido heredar para cargarlo al hombro como t lo cargaste a lo largo de la lucha, intentando encender la chispa de la revolucin latinoamericana, pas a manos del coronel Centeno Anaya, quien lo tom sin sentir la misma emocin de felicidad que sinti el Inti cuando te conoci en la Casa de Calamina, en ancahuaz, donde t le estrechaste la mano de compaero, mientras otro le entregaba su carabina M-2; tu pipa, en la cual degustaste la ltima bocanada de humo, como quien est dispuesto a esperar con serenidad la hora de la muerte, se la regalaste al sargento Bernardino Huanca, quien se comport amable contigo. Pero el capitn Mario Tern se adelant y grit: La quiero yo! La quiero yo! Entonces t, mirndolo con infinito desprecio, encogiste el brazo y le dijiste: No, a vos no.

 

En la Higuera permaneciste varias horas con vida. Te negaste a discutir con tus captores y tuviste el coraje de escupirles a la cara. Mas los mercenarios, dispuestos a cumplir las instrucciones de la CIA, decidieron eliminarte en el acto, para luego inventar la versin de que caste en el combate del caadn del Churo, y no que fuiste capturado vivo y ejecutado entre las cuatro paredes de la escuela de La Higuera. Tu asesino fue el mismo suboficial que quiso apoderarse de tu pipa, quien, borracho y asaltado por el miedo, entr en el aula y ejecut la orden de eliminarte. Pero fue tan grande la impresin que le causaste, que, requerido por la prensa, confes: Ese fue el peor momento de mi vida. Cuando llegu, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: Usted ha venido a matarme. Yo me sent cohibido y baj la cabeza sin responder. Entonces me pregunt: Qu han dicho los otros (refirindose a los guerrilleros Willy y Chino). Le respond que no haban dicho nada, y l contest: Eran unos valientes!. Yo no me atrev a disparar, En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Senta que se echaba encima y cuando me mir fijamente, me dio un mareo. Pens que con un movimiento rpido el Che poda quitarme el arma. Pngase sereno me dijo y apunte bien! Va a matar a un hombre!. Entonces di un paso atrs, hacia el umbral de la puerta, cerr los ojos y dispar la primera rfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cay al suelo, se contorsion y empez a regar muchsima sangre. Yo recobr el nimo y dispar la segunda rfaga que lo alcanz en un brazo, en el hombro y en el corazn. Ya estaba muerto.

 

Despus te trasladaron amarrado al helicptero, desde la escuela de La Higuera hasta el hospital de Vallegrande. Te inyectaron formalina en las venas y te presentaron ante las cmaras de la prensa sobre una mesa de tablas, donde yacas como Cristo, el Nazareno, con el aspecto ms de vivo que de muerto; tenas el torso desnudo, los pantalones ajados, los pies descalzos, la barba crecida hasta el pecho y la cabellera precipitndose en cascadas. Aunque tu mirada estaba ausente, tus ojos irradiaban una extraa inocencia, acentuada por tus labios entreabiertos, casi sonrientes en el rictus de la muerte. Ese da, quienes contemplaron tu hermoso rostro de combatiente, cuentan que, incluso despus de ser acribillado, tu cadver rezumaba una aureola que inspiraba admiracin y respeto, quiz porque supiste someter tus ideales a las pruebas del fuego, porque hacan lo que decas, porque vivas como pensabas y pensabas como vivas.

 

En esta ltima fotografa, donde los curiosos se agolpan a tu alrededor, la mirada fija y el aliento sostenido, parecen no salir de su asombro al constatar que ese hombre tendido en la camilla es el guerrillero que quiso crear dos, tres... muchos Vietnam en Amrica Latina, mientras tus captores, sealando las heridas de tu cuerpo, te exponen como un trofeo de guerra, aunque no te mataron en combate sino de un modo cobarde.

 

Sin embargo, sta no es tu fotografa ms conocida, sino aquella otra de 1960, cuando el fotgrafo Alberto Korda, al recoger imgenes para la prensa en La Habana, tras el incendio del barco francs que transportaba un cargamento de armas y municiones para la defensa de la revolucin, fij tu rostro en el visor de la cmara y, atrado por la fuerza y el dramatismo de tu mirada tendida en la baha, te tom una fotografa que, una vez revelada en la cmara oscura, dio la vuelta al mundo y se troc en un aluvin de afiches, banderas, camisetas, chapas, carteles, gorros y estampas; ms todava, tu rostro se pint en las paredes y se grab en la mente de quienes te mutilaron las manos y te desaparecieron, intentando acallar tu voz, soterrar tus ideales y destruir tu imagen, que, hoy como siempre, est presente entre nosotros, incitndonos a repetir aquellas frases de la carta de despedida que les escribiste a tus padres: Otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante; vuelvo al camino con la adarga al brazo... Muchos me dirn aventurero, y lo soy; slo que de un tipo diferente y de los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades...

 

As te recordamos, comandante, con la estrella en la boina y el porvenir en la mirada.

 



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