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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-10-2007

Al rescate de la imagen del Che

Daniel lvaro Martnez
Rebelin


En el marco de las celebraciones efectuadas en Francia con motivo de la conmemoracin del cuadragsimo aniversario de la muerte del Che, su hija Aleida nos ha convocado a rescatar la dignidad de su icono. A revivificar la imagen del Guerrillero Heroico transformada por el capitalismo en logotipo comercial con la fuerza de sus ideas, hoy ms vigentes que nunca.

Cmo abordar esta noble y perentoria tarea? Propiciar que una imagen nos interpele y ejemplarmente la de un hroe que ha vencido a la muerte es como sumergirse en un mar sin fondo. Como bucear en las honduras que nos dieran origen, en busca de las numinosas fuentes en las que abrevaran nuestros ancestros ms remotos. Inmersos en estilos de vida y de produccin solidarios, ellos fueron los primitivos forjadores de nuestra Patria Grande. Su luz alumbra nuestra subjetividad comunitaria, la conciencia que nos constituye como pueblo en marcha. Desde esta conciencia fundacional emergen nuestros lderes, a quienes reconocemos como tales en la medida en que reproduzcan las proezas de los protagonistas arquetpicos.

Leonardo Boff, en su artculo Espritu, Materia y Vida: eras de lo humano, nos remite a la era del espritu. Cuando grandes smbolos, ritos y mitos daban cuerpo a nuestra experiencia fontal. Cuando las imgenes, a la vez que seguan siendo imgenes, eran tambin centros energticos de la vida y de la naturaleza con los cuales el ser humano deba confrontarse y escuchar sus llamadas. Con el advenimiento del neoltico accedimos a la era de la materia en la que las fuerzas espirituales y psquicas de la era anterior fueron consideradas magia y supersticin, y asistiramos hoy a los albores de la era de la vida que aguarda nuestro compromiso y protagonismo: ...La vida, y no el crecimiento, debera ser el gran proyecto planetario y nacional.

Ntese que, dentro de este marco orientador, el capitalismo habra tenido su gnesis y culminacin imperialista en la ltima etapa de la era de la materia, cuyos actuales estertores coincidiran con la agona del proceso de secularizacin que le acompas desde sus orgenes. Bajo tal ptica, y aun a riesgo de que me tilden de exagerado por remontarme a pocas tan lejanas (para mi percepcin cercanas), intentar revivificar la imagen del Guerrillero Heroico mediante el rescate de un vocablo devaluado por el neoltico agonizante: el vocablo mito.

Qu entendemos por mito o mitos? El discurso corriente acostumbra enfatizar su sentido peyorativo: el mito de la democracia, los mitos del marxismo... de lo que fuere. Bajo titulares de este tenor se alude a proposiciones que bajo lupa analtica se consideran falsas, haciendo hincapi en que la gente las adopta como verdaderas por haberlas asumido desde siempre, sin filtro crtico. Si los anlisis respectivos contribuyen a desenmascarar manipulaciones, bienvenidos sean. Mas por lo general quedan inconclusos sin trascender el mbito del raciocinio, y la argumentacin consecuente resulta condicionada e impulsada por otros mitos inadvertidos. Los cuales devienen peligrosos, no por falsos sino por ocultos, por operar sobre el subconsciente. Si restituimos al vocablo mito su calidad de lenguaje, en sentido lato, la disyuntiva verdad o falsedad no es aplicable a su mbito. Es acaso ms veraz el ingls que el espaol?... Sin embargo, la lengua condiciona nuestra manera de pensar y de sentir. Impregnados hasta la mdula de herencia cultural helnica (si seremos mticos!...), acostumbramos contraponer ms de la cuenta Mythos y Logos, imaginacin y reflexin... como si el intelecto fuera el componente primordial de nuestro ser.

Tambin es frecuente asimilar mito a leyenda. Al igual que Artigas, Bolvar y Mart, hoy el Che sera un hroe legendario. Como rplica a la intencin neoliberal de mantener a estos prceres bien tiesos en sus respectivos pedestales, es comn escuchar o leer que la muerte los ha convertido en mitos, y que, para poder emularlos, debemos previamente desmitificarlos. Pues bien; entiendo que tal apreciacin, no slo puede llegar a ser un grande y peligroso mito no es posible aislar a nadie del entorno multidimensional donde la mitologa acta, sino que lo adecuado, para que la rplica motivadora opere, es exactamente lo opuesto a lo que se nos propone. Para que cualquier modelo nos entusiasme y propulse nuestra accin, antes debe, de alguna manera, convertirse en mito.

As como el apretn de manos, el abrazo, el beso, el amor fsico, son rituales excelsos cuando renuevan la calidez de la comunicacin humana, y gestos deshumanizantes cuando se vacan de vida; asimismo pero con mucha ms fuerza el mito, en cuanto estructuracin simblica, puede llegar a ser la cumbre de lo expresivo o el smmum de lo intolerable. Es ejemplar que la imagen del Che presida una manifestacin militante y suscite su fervor. Es indignante que el capitalismo neoliberal transforme esa misma imagen en fetiche consumista.

Acaso la forma ms frtil de constatar esta ambivalencia mtica, relativamente clara en el mbito colectivo, sea confrontarla con experiencias personales. Como tales, stas son intransferibles. Pero la confrontacin es necesaria para abordar en el mbito privado el desafo propuesto por Aleida Guevara. Aportar algunos ejemplos de mis vivencias, con la conviccin de que los efectos que destacar trascienden mi individualidad y pudieren resultar tiles a quienquiera procure un abordaje semejante.

Escribo inspirado en un retrato del Che subtitulado con una frase de la inolvidable carta de despedida a sus hijos: "...Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo ms hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo...". Esta imagen didctica me interpela. Opera mi liberacin, en la medida en que me abra a su mensaje; o bien mi esclavitud, en la medida en que la conserve como objeto decorativo.

Tengo un nieto de tres aos que desde muy pequeo conoce (por mi intermedio) la gesta victoriosa de la Revolucin Cubana contra el malo Batista. Para que todos los nios como l tuvieran alimento, medicina, escuela... El Che, cuyo rostro luce en la cartula de un calendario cubano del ao en que mi nieto naci (2004), es el modelo de vida que le ha propuesto su abu. El calendario, que ocupa un lugar destacado en la sala desde la cual escribo, contiene diversas fotos de Che y una de Fidel. Constituye una fuente de inspiracin asidua para mi nieto, quien con frecuencia me pide que lo alce para revisarlo. Con esta actitud, que ocasionalmente me sorprende e impacta, le infunde vida a un conjunto de lminas que por mi parte no soportara exhibir si as no ocurriera.

Un ltimo ejemplo de la influencia de este conjunto iconogrfico en mi historia personal. Me han tocado en suerte tres cirugas en el transcurso del ltimo ao. Particularmente en la primera, que fue la ms difcil, el rostro del Guerrillero Heroico grabado en mi mente me inspir un estoicismo del que yo mismo me asombr.

Afrontar con entereza el dolor fsico, nuestras pasividades forzosas y la misma muerte, es parte de la enseanza imperecedera del Che. En su carta de despedida a Fidel nos leg un ejemplo eximio de cmo operaran en l mismo, en la instancia suprema, la fuerza de las imgenes grabadas en lo ms ntimo de su ser: ...Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos, mi ltimo pensamiento ser para este pueblo y especialmente para ti.

Si a poco ms de seis aos del triunfo revolucionario, al dejar Cuba para batallar en otras tierras del mundo, fue capaz de escribir de esa manera, tal vez haya sido l quien mejor haya advertido la ambivalencia insoslayable del mito que construy, en su ferviente bsqueda del hombre nuevo, y quien mejor haya vibrado ante la potencia mtica de la epopeya que protagoniz. Tanto por la fineza potica que impregnaba su lenguaje llano y directo inherente a su prdica de la nueva tica socialista, como por el estoicismo de su vida nmada en el que de alguna manera revivificaba el modus vivendi de nuestros ancestros, proyectado hacia un futuro liberador de las ataduras neolticas, el Che fue, acaso sin saberlo, un genuino recreador mtico. Es significativo que, en la carta de despedida a sus padres, l mismo se identificara con Don Quijote portando su adarga al brazo y sintiendo bajo sus talones el costillar de Rocinante.

Supo adems captar como nadie la tremenda potencia mtica de Fidel. En El socialismo y el hombre en Cuba, el memorable ensayo dirigido a Carlos Quijano, director del semanario Marcha de Montevideo (publicado por ste el 12 de marzo de 1965), al ponderar la importancia de rectificar errores de conduccin poltica mediante una conexin ms estructurada de los lderes con la masa, el Che expresaba:

...en el caso de las iniciativas surgidas en los estratos superiores del Gobierno utilizamos por ahora el mtodo casi intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas planteados.

Maestro en ello es Fidel, cuyo particular modo de integracin con el pueblo slo puede apreciarse vindolo actuar. En las grandes concentraciones pblicas se observa algo as como el dilogo de dos diapasones cuyas vibraciones provocan otras nuevas en el interlocutor. Fidel y la masa comienzan a vibrar en un dilogo de intensidad creciente hasta alcanzar el clmax en un final abrupto, coronado por nuestro grito de lucha y de victoria.

Cerca de medio siglo ha transcurrido y aquel mtodo casi intuitivo se perfeccion notablemente. Mltiples organizaciones de masas en constante desarrollo contribuyeron a ello. Sin declinar el vigor y la frescura de aquel dilogo de intensidad creciente. Sin bajar el nivel del clmax ni la coronacin del grito de lucha y de victoria que el Che supo hacer suyo: Patria o muerte! Venceremos!

El mito nos es consustancial, no podemos vivir sin l. Y es radicalmente operante: es el elan vital que inspira nuestros actos. Revela nuestra imperiosa necesidad de dar sentido a la multiplicidad de dimensiones en que nos encontramos inmersos, de encontrar centros unificadores de accin que nos permitan dominar el timn evolutivo: desde el raudal de significaciones del pasado, avanzar con mpetu hacia las atracciones del futuro. Antes que raciocinio, el mito es praxis, sensibilidad, vivencia. Es contexto desde el cual el ser humano se siente expresado y, en consecuencia, no sale de l fcilmente, sino en la medida en que tome conciencia de la mitologa en vigor. Esta toma de conciencia es la nica desmitificacin posible. Transmitologizacin, deberamos decir, para mejor alertar sobre cules mitos se adoptan y cules se abandonan en una instancia determinada. Sin esta alerta, la accin cierta y no regulable del mito oculto hace que ste devenga absoluto. Al ser inconsciente, no asumido, el mito pierde su vigencia transfiguradora y propende a justificar un modo de encarar la vida. No provoca, liberando, sino que establece, esclavizando. Deja de ser causa motriz y sntesis expresiva del accionar del hombre, para convertir a una de sus dimensiones en dominante.

Cuando el mito pierde transparencia y deviene absoluto, se transforma en fetiche. Se queda, no con la energa dinamizadora del hroe arquetpico, sino con su estatua. Se convierte en efigie totalitaria, en propugnculo de idolatra; donde lo que se adora y defiende a rajatabla es una nica dimensin, por ejemplo, la integridad de la cristiandad, o su versin posmoderna neoliberal: la incorrupcin del mercado. ste es el gran lmite y el gran peligro del mito. Es lo que llamaramos ideologa en el sentido peyorativo marxista: la idea proyectada que la sociedad tiene de s misma, que se hace absoluta y tiende a legitimarse, a entronizarse por gracia divina, a mantenerse in statu quo. Entonces el mito resulta agobiante y alienante, opresor del individuo y de la sociedad. Porque ha dejado de ser lenguaje para derivar en objeto independiente, extranjero, ajeno a la calidad humana.

La funcin de todo mito es consumirse en aras de lo que provoca. No otra cosa fue la vida del Che, no otra cosa debera infundir en nosotros su imagen peregrina. Cuarenta aos es un lapso simblico y su celebracin una oportunidad sin par para que nuestro grito de lucha y de victoria, con renovada pasin y energa vuelva a resonar como otrora.



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