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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 15-10-2007

La Espaa descerebrada

Carlo Frabetti
Rebelin


Todos los aos, por estas fechas, recuerdo (y procuro recordrsela a los dems) la famosa frase de Einstein: Quienes disfrutan en un desfile militar, solo por error han recibido un cerebro: con mdula espinal habran tenido suficiente. Tambin recuerdo (y procuro recordrselo a los dems) que el descubrimiento de Amrica no fue tal, y que la peripecia de Coln no tendi un puente fraterno entre dos mundos, sino que franque el paso a la ms infame turba de saqueadores que ha conocido la historia (en la medida en que hicieron de la cruz su coartada, ultrajando, esclavizando, torturando y exterminando en nombre de quien predic la igualdad y el amor entre todos los hombres).

Y no es casual que recuerde ambas cosas a la vez, pues, curiosamente, la celebracin del descubrimiento de Amrica coincide con una de esas aparatosas exhibiciones militares que, como seal una de las ms preclaras inteligencias del siglo XX, solo pueden entusiasmar a los descerebrados. Porque, aun en el supuesto de que los ejrcitos fueran necesarios (y es mucho suponer), exhibir con orgullo los instrumentos de la muerte (incluidos los de carne y hueso) es algo tan grotesco que nos induce a sospechar que, en realidad, la famosa cabra de la Legin no es una mascota, sino un emblema. Qu pensaramos si los verdugos (aun en el supuesto de que la pena de muerte no fuera inadmisible) desfilaran orgullosos con sus hachas, sus nudos corredizos, sus electrodos y sus jeringas letales?

Pero volvamos a la curiosa coincidencia antes sealada. Por qu la Fiesta Nacional (que es tambin el nombre con que se conoce la repulsiva costumbre de torturar animales pblicamente) coincide con el aniversario del descubrimiento de Amrica y se celebra con un aparatoso desfile militar? Solo se me ocurre una respuesta: porque en el imaginario colectivo de los descerebrados, que son legin (esta vez con minscula, lo que es mucho ms grave), la patria es una informe mquina avasalladora que avanza sin freno por el imperio hacia Dios, una gigantesca fortaleza en expansin hecha de hierro y de furia, de sangre y de rapia. Porque el orgullo de ser espaol dimana (como cualquier orgullo que no sea meramente defensivo, que no sea la respuesta a una agresin o un desprecio) de la debilidad y el miedo, del insano deseo de ser ms que los dems alimentado por el enfermizo temor de ser menos. Esa ferocidad del que huye de su propia vileza animaba a las hordas del enano Atila (no llegaba al metro y medio de estatura), y sigue animando a las hordas del enano Franco y del enano Aznar, a los resentidos enanos mentales que quisieran compensar su miseria subindose encima de los dems. Y son muchos (sobre todo en la capital de la Espaa imperial), a juzgar por los resultados de las ltimas elecciones o por la proliferacin de banderolas postrepublicanas y preconstitucionales del 12 O.

Pero tambin somos muchos (cada vez ms) los que no aceptamos una bandera impuesta por el fascismo y asumida por quienes propiciaron la farsa de la transicin; y la rechazamos sobre todo por estas fechas, cuando es inevitable ver en el rojo la sangre derramada de los autnticos americanos y en el amarillo el oro que les robaron nuestros rapaces antepasados, a los que se siguen dedicando calles y monumentos. Somos muchos (cada vez ms) los que no aceptamos la negra Espaa de los Reyes Catlicos, hecha a golpe de expulsiones, expolios y matanzas, esa Espaa a la vez lacaya e imperialista que quisiera perpetuarse negndoles a los pueblos de hoy, como a los de ayer, su irrenunciable derecho a la autodeterminacin.

Cuando en las manifestaciones de los descerebrados ondea la rojigualda con una silueta de toro en el centro, comprobamos con preocupacin que la totmica cabra de los legionarios ya tiene su trasunto civil, inequvoco referente de bestialidad embestidora y de rituales sangrientos. Pero cuando en las manifestaciones de los jvenes (y de los no tan jvenes que no han claudicado) vemos ondear, cada vez con mayor frecuencia, la bandera tricolor (junto a la ikurria, la senyera o el morado pendn de Castilla, que nos restituye el color robado a la insignia republicana), podemos mirar con esperanza hacia un futuro (prximo, muy prximo) en el que aberraciones como la tortura pblica de animales, las reales caceras de osos, las exhibiciones de fuerza y el desprecio a la soberana de los pueblos solo sern recuerdos vergonzosos. Como la conquista de Amrica.



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