Portada :: Palestina y Oriente Prximo
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-10-2007

Hacia las mismas viejas retricas de siempre

Azmi Bishara
Al Ahram Weekly

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


En el Washington Post del 10 de octubre, Harold Meyerson observaba que, como si no fuera suficiente ya con la erosin que los derechos individuales haban experimentado en Estados Unidos como consecuencia de la guerra de Bush contra el terror, se estaba produciendo ahora un desarrollo que era ms corrosivo an para la democracia estadounidense: la erosin del gobierno de la mayora. Segn parece, tiene toda la razn. Una encuesta del Pew Research Center, realizada el pasado mes de septiembre, indicaba que el 54% de los estadounidenses apoyaba traer inmediatamente a las tropas a casa, el 13% defenda un calendario de retirada y slo el 25% se mostraba favorable a mantener las tropas en Iraq sin fijar calendario alguno.

Quienes toman las decisiones en ese pas se alinean junto a ese 25%. Quieren que las fuerzas estadounidenses permanezcan en Iraq durante un perodo indefinido, de la misma forma que hacen Corea del Sur (50 aos hasta ahora), y esa es la opinin del Secretario de Defensa Robert Gates, entre otros. Los candidatos a la presidencia, por otra parte, tienden a ser imprecisos en la cuestin de la retirada, aunque se d la paradoja de que si los demcratas salen elegidos ser gracias a la fuerza de los votantes estadounidenses que se oponen a la guerra en Iraq, que hasta ahora ha demostrado ser un desastre absoluto.

Eso no es algo que pueda sorprendernos. Aunque la rotacin pacfica del poder es un componente fundamental de una democracia, en opinin de los altos popes y eruditos de teora poltica, no es un elemento especialmente crucial. Para la mayora, el poder se va rotando entre los personajes del mismo partido o de los dos partidos principales sin que se produzca un cambio significativo en las polticas, especialmente en aquellas que se refieren a la naturaleza esencial de la economa nacional, al Banco Central, a las alianzas forneas principales, a la seguridad nacional, y los principios bsicos de la constitucin. Es por ello difcil identificar los contornos del cambio a partir del xito de un candidato republicano o demcrata en Estados Unidos. En gran medida, son las circunstancias poltico-econmicas y las expectativas de los votantes, al final de un perodo concreto, las que determinan las acciones de su sucesor, dejando slo un estrecho margen para la diferencia, sin que importe la afiliacin del sucesor a un partido poltico.

En los sistemas democrticos establecidos, los partidos y presidentes se suceden uno a otro en el poder dentro del marco de los principios bsicos del sistema. En EEUU, la rivalidad entre los dos partidos principales tiene lugar dentro del establishment gobernante y, adems, ya que las consideraciones estadsticas les obligan a competir por el centro del espectro de la opinin pblica, la retrica y los programas de los candidatos rivales son a menudo muy parecidos. Poca sorpresa ha supuesto, por tanto, para sorpresa y consternacin de sus seguidores liberales, que Hillary Clinton haya asumido repentinamente puntos de vista conservadores. No slo no lament haber votado a favor de la guerra en Iraq cuando la cuestin lleg ante el Congreso, sino que ahora rechaza tambin descartar la prolongacin de la opcin militar en Iraq, del mismo modo que se niega a excluir la opcin de la guerra contra Irn.

Hay pases en los que las elecciones significan una eleccin entre dos mundos diferentes, es decir, que las votaciones pueden implicar cambios radicales tanto en la poltica interior como en la exterior. Se me vienen a la mente Ucrania y el Lbano. Pero son pases que an no han madurado en sistemas democrticos establecidos.

Esto no quiere decir que la rotacin pacfica del poder excluya la posibilidad de decisivos momentos polticos importantes en las democracias establecidas. El ascenso al poder de Lincoln, Roosevelt, Thatcher y Reagan, por ejemplo, slo puede entenderse como un cambio radical en las polticas interior y exterior de EEUU y el Reino Unido, y se produjo como consecuencia de los resultados de las elecciones nacionales. Por otra parte, aquellos que suscriben la teora anterior pueden proclamar que, incluso en esos ejemplos, los cambios eran un reflejo inevitable de fuerzas ms amplias, como los cambios en la economa, los ciclos, la naturaleza de las fuerzas de produccin y similares, como opuestos a los cambios en las personas y en los temperamentos individuales. Adems, dichos ejemplos son relativamente raros, no ms frecuentes que los cambios radicales de exigencias similares que se imponen sobre las dictaduras, ya tengan lugar estos cambios en la rotacin del poder mediante reformas pacficas o mediante golpes y medios no pacficos.

La diferencia entre los ciudadanos de una democracia y los ciudadanos de un gobierno no democrtico no est en su capacidad o falta de capacidad para cambiar la poltica sino ms bien en sus derechos respectivos y en la naturaleza de su ciudadana.

Mientras tanto, todos los indicadores sealan que EEUU se inclina irrevocablemente por la confrontacin en la regin rabe, una poltica compartida en grado diverso por sus aliados europeos y rabes y, desde luego, por Israel. Su objetivo es expurgar aspectos tales como la solidaridad rabe, la causa palestina e incluso el conflicto rabe-israel, aislando y sitiando, con el acuerdo y el consenso nacional israel, todo lo que representa ese pasado, del que no ha se resuelto problema alguno.

Con el fin de la poca de los neoconservadores, el lema de extender la democracia de la que esta camarilla hizo alarde se vino abajo, situando en su lugar a su menos engaoso compinche: la lucha contra el terrorismo. El lema que de forma efectiva y flagrante ha usurpado el lugar de la democracia es el de hegemona estadounidense, lo que significa la imposicin de una nica forma de control que lo abarca todo respecto a la regin mental y material situada entre la conservacin de Israel y el Petrleo y las zonas adyacentes. A su vez, la cada de la democracia elimin cualquier vestigio de vergenza o malestar entre los neocon y neoliberales rabes cuyos regmenes, que ejercieron de sirvientes en los das de los neocon de Washington, se sienten ahora amenazados, si no predispuestos, por el chantaje del aliado nmero uno de EEUU. En efecto, incluso ha desaparecido ya hasta la ms ligera compuncin por alinearse con Israel (militarmente o no) en su confrontacin contra otros rabes.

Dejando a un lado, slo por el momento, los diversos detalles que gobiernan los humores y preocupaciones diarias de la gente, de los que se hace eco la prensa libanesa, es posible captar entre lneas una idea general en los diversos encuentros y declaraciones oficiales. Actualmente hay una bastante obvia: cuando se est atrapado en una poltica de confrontacin regional como la que actualmente se est pergeando, es difcil para quienes estn en el punto de mira de esa poltica poder llegar a un acuerdo. Lo dems son minucias. Por supuesto, esto es un anlisis, no un juicio de valores. En relacin a esto ltimo, la poltica de confrontacin no es sino un crimen y una locura.

Si a los libaneses les dejaran tranquilos, no tendran ms alternativa que llegar a un acuerdo. Pero los primeros en rechazar esa valoracin son las facciones libanesas y sus expertos. Les dirn que el acuerdo alrededor de su presidencia es un asunto regional e internacional. Siempre ha sido as, dicen y, como prueba, sealan cunto han agradecido siempre los esfuerzos rabes e internacionales. Sin embargo, a uno no le queda sino creer que si a los libaneses les dejasen hablar llegaran a una reconciliacin, a pesar de la resolucin 1559 de Naciones Unidas, de la cual todas las partes activas en Lbano se distanciaron en el momento que se emiti, con expresiones que iban de la oposicin a la indiscutible condena.

Pero el panorama ha cambiado y aceptar esa resolucin se ha convertido ahora en un requisito previo para poder comprometerse en cualquier negociacin para la cuestin de la presidencia, gracias a la imposicin de la poltica de confrontacin regional, que somete a los actores a esta poltica como aliados en sus juegos domsticos de poder.

Segn est la situacin, se puede acabar en la siguiente predecible ecuacin: EEUU est buscando una poltica de confrontacin y anti-conciliacin en la regin; el consenso sobre la presidencia del Lbano (entre otras cosas, aadimos con cautela) es un asunto regional e internacional; y la reconciliacin local es un improbable resultado de la confrontacin regional.

Si eso es verdad, entonces qu pasa con toda la discusin sobre el Lbano? No querramos, desde luego, que los peridicos de all cerraran, privando as a sus dueos de los ingresos que obtienen de las noticias, declaraciones oficiales y similares. Pero es posible que sea verdad lo siguiente: que, desde al retirada siria, EEUU considera los desarrollos en Lbano como un logro que trata de mantener. En este caso, no querra que un conflicto interno de resultados impredecibles pusiera en peligro ese logro y s querra, por ello, animar a sus aliados all para que lleguen a un acuerdo local, siempre y cuando el acuerdo se quede en ese terreno de lo local, en el sentido de anestesia local, es decir, aplicable nicamente al Lbano en cuanto que no altere su poltica global de confrontacin regional.

Desde luego, el escenario mencionado presume que todo el poder para la toma de decisiones descansa slo en las manos de Washington y que EEUU es capaz de hacer lo que le plazca cuando le plazca. Si esta presuncin fuera correcta, uno tendra entonces que aceptar, en teora, la posibilidad de un escenario tal. Pero incluso en ese caso, encontraramos que EEUU considera la implementacin de la Resolucin 1559 como una preocupacin internacional por la que merece luchar. En Lbano, no es la persona del presidente lo que cuenta sino la composicin del gobierno que forme una vez que sea elegido y la posicin de ese gobierno sobre la 1559. En efecto, la implementacin de sta fue el objetivo mismo por el que Israel haba declarado oficialmente su guerra contra el Lbano. Y ni por asomo estaba interesado en el dilogo o concordia internos en el Lbano.

En ltima instancia, la cuestin es definitivamente poltica. La concordia nacional, como cualquier conciliacin poltica en el mundo, depende de que las partes domsticas sean capaces de aplicar su voluntad independiente valorando de forma realista sus oportunidades para conseguir sus objetivos y, despus, de su buena voluntad para comprometerse en evitar hostilidades de consecuencias imprevisibles. El consenso es sinnimo de teora y prctica de realismo.

En otros frentes, Olmert ha declarado detalladamente ya su posicin sobre las condiciones y limitaciones de un acuerdo. Utiliza aquella vieja tctica de la prueba de la opinin pblica: deja que otros hagan el discurso. Hasta hace muy poco, Olmert ha estado jugando a ambos lados de la trinchera, con Lieberman del Partido Shas por un lado y con el Partido Laborista de Barak por otro. Entonces se dio cuenta que de Barak no estaba realmente al otro lado de la trinchera, por lo que intent atraerle afanosamente para que le flanqueara por la derecha. Barak, por su parte, es consciente de que Netanyahu es su rival ms poderoso y tambin cree que la Autoridad Palestina es demasiado dbil para pronunciarse sobre las condiciones de Israel para llegar a un acuerdo.

Olmert no ha olvidado que Barak perdi su gobierno de coalicin camino de Camp David y que el gobierno de Netanyahu cay en el camino de regreso de Wye River. Olmert, por otra parte, logr recuperar algunos de sus apoyos y ganarse a los medios israeles a favor de un proceso de paz y de la separacin demogrfica en general. Esto es lo que le hizo avanzar sobre Sharon, lo que, a su vez, aument ms an sus ndices de popularidad.

Indudablemente, Olmert tambin tiene en mente que lo que hizo aumentar sus ndices de popularidad no fue la paz o su voluntad de hacer concesiones sino ms bien el proceso en s. As pues, desde su perspectiva, la mejor opcin es mantener en marcha ese proceso sin hacer concesiones. Desde luego, eso es imposible y de ah que de vez en cuando tenga que ofrecer pequeas propinas para fortalecer la posicin del socio palestino dentro de la sociedad palestina.

Por tanto, lo nico que se puede esperar del encuentro por la paz de Annapolis es que se fortalezca el proceso de paz. Hasta que esa reunin se produzca, el primer ministro israel tiene slo dos preocupaciones importantes. Tiene que haber perspectivas de algn tipo de declaracin de entendimiento para no tener que enfrentar las consecuencias de un fracaso reverberante, pero no puede haber concesiones que puedan poner en peligro su coalicin. Lo que comparten todos los partidos de esa coalicin es la capacidad para apreciar de forma realista las posibilidades del encuentro de Annapolis. Y pueden esperar, con toda probabilidad, que el presidente estadounidense no va a presionar a Israel.

Por el lado palestino, cuando algunos dirigentes de Hamas declaran que las conversaciones con Fatah progresan, parecen equilibristas temblorosos en la cuerda floja. Y ms importante an, estn subestimando de hecho la importancia de discutir con la oposicin para la reunin de noviembre de Bush y dejando al margen la necesidad de discutir la conducta de la AP. El efecto final de esas declaraciones es hacer que Hamas parezca interesado en volver ante todo a un acuerdo para compartir el poder con Fatah.

Sin embargo, no es Fatah quien gobierna la AP en este momento sino ms bien una determinada corriente poltica, cuyas principales personalidades provienen bien del exterior de Fatah o bien nunca haban ocupado posiciones claves en ese movimiento. La nica razn por la que esta corriente se liber de Hamas fue para tener libertad de accin y poder agotar su versin de un proceso de acuerdo acompaando a tanta fanfarria internacional. No tienen inters en volverse hacia Hamas, por lo que su respuesta a las declaraciones de Hamas es que no hay ningn progreso en esas conversaciones y que no habr dilogo. Los partidarios de esta corriente son muy perseverantes e inquebrantables. Tienen un proyecto y estn determinados a subordinar cualquier aspecto, como el dilogo, a la implementacin de ese proyecto y a lo que esperan obtener de su puesta en prctica.

Hay indudablemente muchos miembros de Fatah que no tienen objecin alguna en hablar con Hamas. Hay tambin muchos que se oponen a la forma en que la presidencia de la AP est manejando las cosas. Quiz seran stos con los que hablara la gente de Hamas, sin hacer declaraciones de estar hablando en general con Fatah y de una forma que establezca un campo comn donde empezar a construir para poder desarrollar un programa poltico. Seguramente esa es la nica va para impedir, por un lado, la imposicin a los palestinos de un mapa poltico que ponga de relieve un acuerdo injusto, y por otro, un proyecto egocntrico de la AP, sin ninguna oposicin politizada con una visin poltica viable en medio.

Enlace texto original en ingls:

http://weekly.ahram.org.eg/2007/867/op1.htm



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