La socialdemocracia –a diferencia del neoliberalismo– lleva tiempo preocupada por la necesidad de armonizar espacio público y capitalismo. Su principal objetivo es la paz social, la estabilidad que permita preservar el modelo de explotación sin que los efectos negativos repercutan en su agenda de gobierno. Cuando alcanza el poder, su cálculo del consenso –herencia de las luchas sindicales europeas de los años 60 y 70, el pacto capital-trabajo que presidió Europa– le incita, ya que no desea alterar las reglas, a extender, en el caso español es evidente, derechos sociales (legítimos) a grupos minoritarios con cierta cuota de representación a cambio de privatizar con discreción, levantar algún hospital frente a las desregulaciones, elevar, con porcentajes ridículos, las pensiones mínimas y crear guarderías en barrios marginales concediendo, al tiempo, subvenciones a colegios con ideario de Legionario. Migajas políticas, diezmos laicos. Ocupado el cuerpo social en estériles polémicas, las redes macroeconómicas se hacen cada vez más tupidas. La confusión semántica avanza. Llaman “público” a los servicios generales, la intendencia básica de la comunidad: sanidad, educación y transporte. El término “colectivo” ha desaparecido del vocabulario. Cada vez que el complejo tecnológico-militar acelera el ciclo del turbocapitalismo (la expresión es de Luttwak), la socialdemocracia apela a la conservación del dominio público como si se tratara de proteger una reserva natural: flora y fauna. Pese a la apariencia de libertad, el modelo económico de intercambio entre empresas y naciones diseñado por el capitalismo financiero –al principio fue el verbo, Bretton Woods, 1944– constituye la única realidad posible. Afirmar que la democracia es incompatible con el capitalismo –como se demuestra en infinidad de países– les parece una excentricidad radical. En este territorio de progresía, aeropuertos internacionales, aristocracia obrera, segundas residencias y EPS encuentra la socialdemocracia su tradicional bolsa de votos. Los conservadores, más proclives al modelo liberal puro, apelan al autoritarismo, el orden, los valores de la familia, la religión y la eficacia.
Como es sabido, neoliberales y socialdemócratas tienen, en los sistemas de partidos, infinidad de puntos en común. Ambos patrones de gestión atentan contra lo común, contra la construcción de identidades comunitarias, contra el tejido socio-asociativo cercenando, de hecho, la resistencia. Los beneficios bancarios crecen cada año y los medios de comunicación lo celebran con algarabía y despliegue fotográfico. Parece ser síntoma inequívoco de la salud de las naciones. Los antiguos sindicatos de clase se han convertido en gestores de servicios y los partidos de la izquierda transformadora, tras su renuncia a la revolución, pasean por los pasillos de la historia parlamentaria la espera de pactos y prebendas. Leo Decidme cómo es un árbol (Umbriel-Tabla Rasa, 2007), las memorias del poeta Marcos Ana, 23 años en las cárceles franquistas. Por sus páginas desfila una forma determinada y valiente de mirar el mundo. Marcos Ana siempre supo, como tantos olvidados, la diferencia entre lo público y lo colectivo. Aquellos que defendemos lo común, lo colectivo y comunista (Ecce comu, en palabras de Gianni Vattimo), somos piezas de museo, arqueología del siglo XX. Derrotados por el neoliberalismo, confío en que, restos del naufragio, seamos útiles para levantar, con la ayuda del movimiento altermundista, la mitopoiesis creativa y espontánea del porvenir. De lo contrario, cualquier día nos darán medallas por haber tragado sin protestar –falsa dignidad de muerto– todas sus reformas en beneficio de la sofisticada y plural democracia de mercado.
María Toledano es filósofa y colaboradora de www.rebelion.org