Portada :: Cultura :: Manuel Sacristn, "Miradas filosficas"
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 29-10-2007

La labor socrtico-lectora de Manuel Sacristn

Salvador Lpez Arnal y Joan Benach
El Viejo Topo

Este escrito es el captulo 2 de la seccin Ciencia, lgica y filosofa de El legado de un maestro, Papeles de la FIM, Madrid, 2007, editado por S. Lpez Arnal e Iaki Vzquez lvarez


Nuestra ordenacin del inventario del tesoro ajeno ser correcta -a pesar de seguir siendo nuestra, no del propietario- si en ella figuran todas las partidas de aqul. Esa es la piedra de toque de la libertad de lectura, fundamental, por otra parte, para la contemplacin esttica. La cuestin del espritu de poca y el espritu generacional no es, sin duda, despreciable, pero es posterior a la cuestin de la obra y su lectura correcta. Un libro es ante todo un libro; luego, adems, algunas otras cosas. La libertad de lectura autoriza a leer desde cualquier plano, siempre que desde el plano elegido puedan leerse todos los elementos de la obra, expresa o tcitamente

M. Sacristn (1954), Una lectura del Alfanhu de Rafael Snchez Ferlosio, Lecturas, pp. 81-82

 

Platn: [...] Y como es fecundo, se aficionar ms a los cuerpos hermosos que a los feos. MSL: Afirmacin que Ditima no ha fundamentado. Agathn s lo haba hecho, pero de la afirmacin de que el amor slo engendra en belleza no sale, una vez introducida la divisin entre belleza corporal y del alma, que el amor del amor deba engendrar -ni siquiera pueda- en cuerpo bello

Nota de traductor (1956): Platn, El Banquete, p. 88.

 

 

1. Lletraferit

La amplia diversidad de registros en la obra y hacer de Manuel Sacristn ha generado, como no poda ser de otro modo, valoraciones y aproximaciones no siempre coincidentes1 sobre algunas de sus intervenciones pblicas -que acaso no siempre han aquilatado suficientemente circunstancias familiares, contextos y momentos de ruptura (Capella 2005: 28-36; Castellet 2006; Garca Borrn 1987: 43-50)- o incluso sobre el alcance y permanencia de su aportacin filosfica y poltica (Mostern 1996: iii); Piera 1996: 155-156). En cambio, es comnmente reconocida, sin apenas disidencias, la huella y profundidad de su labor como profesor, como introductor de temas y autores, como ejemplo de aproximacin rigurosa a textos centrales de varias tradiciones filosficas. Fernndez Buey ha sealado (Juncosa 2006) la importancia de la libertad de lectura que Sacristn practic siempre al aproximarse a la obra de Marx o Engels2, o a la de Gramsci, Lukcs o Harich, pero tambin, entre otros posibles ejemplos, a la de Sartre, Carnap, Jaspers o Heidegger. Transitando por el mismo sendero Rubert de Vents, entrevistado por Xavier Juncosa para Integral Sacristn, reconoca que el autor de La veracidad de Goethe le haba enseado a leer con otras perspectivas, desde puntos de vista poco frecuentados, con otra mirada, hacindole detener en pasos poco ledos o mal pensados, y todo ello no por especial empeo didctico de Sacristn o por su dominio de una metodologa detallada y garantizada sino a partir de la observacin detenida de cmo el propio Sacristn lo haca in fieri. En parecidos trminos se han manifestado, entre otros, Xavier Folch, M Rosa Borrs, Albert Domingo Curto, Miguel Candel, Joaquim Sempere o Lloren Sagals.

A pesar de este reconocimiento, y sin olvidar algunas excepciones muy notables (Fernndez Buey 1989; Sempere 1976), este aspecto del hacer filosfico-socrtico de Sacristn no siempre ha sido suficientemente subrayado, y no se han analizado con detalle su deslumbrante forma de leer, su tenaz empeo en el ejercicio razonado y paciente de la razn pblica, y la importancia que todo ello ha tenido para personas de varias generaciones que le conocieron y trataron, no slo en el mbito acadmico o en sus intervenciones en seminarios o conferencias del PSUC-PCE (o de grupos prximos), sino tambin en muy diversos espacios ciudadanos e incluso, y destacadamente, en el mbito del magisterio de personas con escasos medios, recin llegadas a Catalunya y con escasa formacin cultural. Sacristn fue maestro a mediados de los setenta en Can Serra, una escuela de adultos de LHospitalet de Llobregat dirigida por Jaume Botey3, en la que ense a los trabajadores asistentes a leer crticamente peridicos y textos bsicos de las tradiciones obreras, con el mismo esfuerzo y con el mismo rigor con que siempre prepar sus clases o conferencias universitarias (Fernndez Buey: Juncosa X. 2006; Piera 1996: 154). Sin olvidar, por otra parte, que este magisterio lo ejerci Sacristn no slo entre personas del mbito de las Humanidades o con fuerte compromiso militante, sino entre estudiantes y cientficos naturales. Recurdese, por ejemplo, el valor que Sacristn conceda a los aportaciones de estos ltimos en asuntos poltico-sociales y culturales, sus sentidas reflexiones sobre ciencia y movimiento obrero en la Carta de redaccin del primer nmero de mientras tanto (Sacristn 1987: 37-40), consideraciones que como delgado hilo rojo atraviesan prcticamente toda su obra, o su insistencia en la necesidad de una naturalizacin temperada si bien no colonizadora- de las ciencias sociales (Sacristn 1984: 453-467)4.

Aunque, efectivamente y en paralelo, no se trata slo de destacar lo que Sacristn seal en este mbito de la lectura rigurosa y afable, del leer con precisin pero con empata, sino de volver a insistir tambin en que una de las tareas sin prdida que cabe seguir practicando hoy es leer sus escritos con respeto, sin urgencias, contextualizados, sin entreguismo y con el rigor crtico que l se merece (y que sin duda siempre practic). Hay aqu, pues, una invitacin a proseguir, iniciar o reiniciar la lectura de una obra, no tan escasa como a veces se ha dicho5, y no slo por la cuidada e informada argumentacin que puede verse siempre en ella; no slo porque Sacristn pusiera su atenta mirada sobre lugares, temas y autores no muy frecuentados (y que, ms all de modas pasajeras y de derrumbes pueden seguir siendo de inters y actualidad); no slo por el trabajado rigor de su estilo intelectual (que ensea siempre) sino porque la lengua en la que se expres -oralmente y por escrito- es uno de los mejores castellanos ensaysticos que conocemos. El autor de La memoria del logos, que tiene credenciales contrastadas en estos y otros muchos asuntos, ha ledo con admiracin de filsofo-fillogo los pasos finales de la tesis doctoral de Sacristn: Por eso no es de esperar que el hombre interrumpa su dilogo racional con la realidad para entablar ese otro dilogo en la historia del Ser (HW, Holzwege 252) cuyos personajes se niegan a declarar de dnde reciben la suya (Sacristn 1995: 248). Aun esforzndose mucho, no es fcil disentir de esta valoracin de Emilio Lled.

Recordemos el descubrimiento del joven Sacristn. Para el Laye de junio-julio de 1951, el nmero 14 de aquella revista que Josep M Castellet llam la inolvidable, Sacristn aport ocho escritos. Cuatro de ellos eran comentarios a obras de Simone Weil (Sacristn 1984: 468-479). En su resea de A la espera de Dios, Sacristn anot crticamente el trabajo de edicin de J. M. Perrin: lo ms grave de sus notas e introducciones era que apenas una sola frase respetaba ntegramente el pensamiento al que se refera. Este hombre -apuntaba Sacristn irnicamente- no ha sido capaz de leer ni una sola lnea sin esperar que el texto dijera lo que l ya piensa desde los primeros das de su infancia. Y ello, no porque el editor fuera un mal escritor o porque fuera el primer caso de una gran inteligencia incapaz de entender ms que sus propias creaciones, sino porque, aada, poco a poco va uno descubriendo que es ms difcil saber leer que ser un genio (Ibdem: 471).

Descubierta la dificultad, Sacristn, a sus 25 aos, se empe en proseguir por este intrincado sendero. En qu consista ese saber leer, dnde radicaba la complejidad de esa tarea? l mismo seal, en su reconocido comentario al Alfanhu de Snchez Ferlosio (Manera 1996: LXXIX; Sacristn 1985b: 65-86), que la libertad de lectura autorizaba a leer desde cualquier plano, siempre que desde ese plano pudieran leerse, expresa o tcitamente, todos los elementos de la obra, aun sabiendo que esa finalidad era, en esencia, un desideratum: prcticamente, una lectura es tanto ms correcta cuantos ms elementos de la obra explique. Leer bien sera pues equivalente a intentar ver con claridad, a saber interpretar de forma completa, detallada y matizada, sin o con las mnimas anteojeras, los textos (y contextos) a los que nos enfrentamos, sin dejar a un lado sus partes sustanciales, distinguiendo el metal de la ganga, incluso cuando casi todo es ganga y naufragio.

Sacristn supo hacerlo y consigui transmitirlo. Cuando se le vea (y oa) leer en clases, en seminarios, en conferencias, o tambin al estudiar sus escritos, sola ocurrir lo que acertadamente ha expresado Ignacio Perrotini (Juncosa 2006; Perrotini 2005: 67-69): hablar, discutir con l, escucharle, te haca pensar en Carroll y en su Alicia en el pas de las maravillas. Sacristn siempre era capaz de extraer un nuevo conejo de su sombrero, una nueva criatura, una nueva idea, un autor, un argumento, un enfoque, un punto de vista en los que hasta entonces casi nadie haba reparado, y que completaba, para mejor, su aproximacin al texto o al argumento discutido. En el caso de la faceta lectora que estamos comentando, tres notas pueden destacarse: la creatividad y empata, sin sectarismo ideolgico que censurara o negara corrientes o autores; el rigor formal, la precisin trabajada -en expresin de Andreu Mas-Colell- y la aspiracin a construir cuadros holsticos a partir de aproximaciones parciales, imprescindibles por lo dems.

Sin olvidar la decisiva influencia de determinados profesores preuniversitarios (Ceballos 2006), la avidez y diversidad lectoras del Sacristn joven (Bonet 2006; Domingo Curto 1999) o la importancia de trabajos juveniles tan sugerentes (y vivos hoy) como Tres grandes libros en la estacada o El deseo bajo los olmos de Eugene ONeill (Sacristn 1985: 17-28, 29-38; Fernndez Buey 1989: 64-66), su estancia en el Instituto de Lgica de la Universidad de Mnster entre 1954 y 1956 fue muy importante tambin para nuestro asunto (Fernndez Buey 1995). Cuando menos por dos razones: por la formacin lgico-analtica que adquiri durante este perodo, por el incremento de su rigor y precisin formales, y, adems, y de no menor importancia, por la forma en que se produjo su vinculacin a la tradicin marxista-comunista que, como ha recordado Vicente Romano (Lpez Arnal y De la Fuente 1996: 324-338), tuvo all de la mano del fresador alemn Hans Schweins y del lgico y filsofo Ettore Casari, un momento decisivo: situarse en el mbito del socialismo activo, combatir en y junto a las fuerzas del antifranquismo no meramente desiderativo, nunca supuso para Sacristn la aceptacin devota de los iconos categoriales asociados a la liturgia del materialismo dialctico (expresin que, por otra parte, apenas us), como puede comprobarse fcilmente (re)leyendo no ya sus influyentes escritos de los aos sesenta sino sus primeros artculos en revistas como Horitzons o Nuestras Ideas, o el apartado dedicado al marxismo en su largo, documentado y trabajado ensayo de 1958 sobre la filosofa de la postguerra europea (Sacristn 1984: 172-194).

Acotado el tema, desearamos ilustrarlo con dos ejemplos aparentemente distanciados pero, en nuestra opinin, complementarios e incluso centrales dentro de sus intereses filosficos: en primer lugar, mostrando la forma en que Sacristn se acerc al joven Marx en una conferencia sobre dialctica de 1973, y, en segundo lugar, dando cuenta de sus comentarios a textos de Theodore Roszak en sus clases de metodologa de las ciencias sociales del curso 1983-1984. En el primer caso, una aproximacin bsica, intelectiva, empeada en comprender sin saltos ni imposturas, previa a cualquier reflexin sobre rupturas, continuidades, influencias o cosmovisiones de un signo u otro; en el segundo, una lectura critica, no entregada, que no le impeda ir ms all de la epidermis textual y de rpidas descalificaciones analticas, ayudando al autor cuando fuera necesario, destacando los asuntos de inters que el texto sealaba con mayor o menor finura y fortuna.

 

2. Revisin de la inversin.

Fue en 1973, en la Facultad de Derecho de la Universidad Autnoma de Barcelona, cuando Sacristn, en sesin organizada por Juan-Ramn Capella (ausente aquel da por enfermedad, esto es, por persecucin de la brigada poltico-social franquista), dict una conferencia Sobre la dialctica (Sacristn 2007b), asunto que, como es sabido, le acompa a lo largo de los aos: su ltimo curso de metodologa de 1984-1985 estuvo centrado en este polismico concepto, sobre el que en 1983, en una entrevista para La Vanguardia, comentaba: Su enfoque totalizador [el de Marx], lo que con lxico hegeliano se llamara dialctico, ha hecho poca en las ciencias sociales y est tan vivo como el primer da Recurdese, por otra parte, lo que escriba a Snchez Vzquez en una carta de junio de 1985: Si consigo reunir a tiempo energa suficiente, enviar un trabajo sobre dialctica que tenia pensado para tu jubileo.

En esta intervencin en la UAB, despus de comentar sucintamente el uso de la nocin en Herclito y Platn y las novedades de la categora en Hegel, se centr Sacristn en el anlisis de la concepcin joven-marxiana, advirtiendo que aunque la relacin Hegel-Marx no era cuestin simple, no haba ninguna duda de que el pensamiento marxiano provena genticamente de Hegel; negarlo, como hacan entonces algunas escuelas marxistas, era lo mismo que afirmar que la suma de 2 ms 2 fuera 18, 23 o lo que se quisiera: Marx haba aprendido del autor de la Fenomenologa y usaba su lxico; sostener lo contrario era falsear los hechos por un supuesto cientificismo que, en el fondo, no era tal sino desinformacin o, peor an, puro sectarismo. Ahora bien, aun aceptando, como haba que hacer, que la dialctica marxiana proviniera de la hegeliana no por ello deba inferirse que fueran una y la misma cosa: gnesis no es estructura.

Generalmente, prosegua Sacristn, la manera de presentar la relacin entre ambos consista en afirmar que Marx prescinda del sistema hegeliano, pero conservaba su mtodo invirtindolo: en el Marx epicreo el punto de partida no era lo ideal sino lo real-emprico. Ya en 1843 haba formulado el joven Marx su primer comentario crtico y en l aparecan afirmaciones que avalaban esa lnea interpretativa: La familia y la sociedad civil son los presupuestos del Estado. Ellas son los elementos propiamente activos, pero en la especulacin [es decir, en el sistema de Hegel, aclaraba MSL] sucede a la inversa. Hegel haba sostenido que el Estado era la base de la familia y de la sociedad, mientras que para Marx era el Estado lo fundamentado en aqullas. Empero, si slo se destacaba esta inversin, se ignoraba entonces, sealaba inmediatamente Sacristn, otro tipo de crtica que Marx haba formulado tambin muy tempranamente.

As, en ese mismo texto, poda leerse: Lo importante es que Hegel hace en todas partes de la Idea el sujeto y del sujeto real o propio el predicado (Curiosamente, Francis Wheen (2007: 24), en un reciente estudio sobre la gnesis de El Capital, ha recogido este apunte de Marx que sobrevivi a uno de los cuadernos utilizados por l en Kreuznach: Nota. Bajo Luis XII; la Constitucin por la gracia del rey (Carta magna otorgada por el rey); bajo Luis Felipe, el rey por la gracia de la Constitucin (monarqua impuesta). En general, podemos sealar que la conversin del sujeto en predicado y del predicado en sujeto, la sustitucin de lo que determina por lo que es determinado, constituye siempre la revolucin ms inmediataEl rey hace la ley (vieja monarqua), la ley hace al rey (nueva monarqua) [El nfasis es nuestro]). El paso anterior le permita a Sacristn construir su propia interpretacin: ante el hecho de que los griegos haban tenido una cultura muy geomtrica, un historiador empirista se limitara a constatarlo; un historiador de orientacin materialista buscara las causas de ello y, muy probablemente, estudiara la base agrcola de esa cultura; en cambio, prosegua, Hegel lo que sostiene es que el Espritu de Geometra se realiza a s mismo en Grecia. El sujeto ya no es el individuo -los griegos, materialmente viviendo, que son gemetras- sino el predicado. Y a la inversa. Hegel no dir, pues, que Los griegos han sido gemetras sino que La Geometra es griega, que la Edad de la Geometra es la Edad griega.

Hasta aqu, hasta esta primera parte del enunciado marxiano, seguiramos en la socorrida idea de que hay que invertir a Hegel para obtener una dialctica ajustada, materialista. Pero, prosegua Sacristn, Marx aada a continuacin: Pero de hecho el proceso va siempre por el lado del predicado. Marx estaba sealando, en su opinin, que Hegel sostena en teora, slo en la teora, la inversin de sujeto y predicado (Grecia-Geometra), pero en su prctica lo que haca propiamente es historia de los griegos, y el proceso segua entonces por el lado del predicado. Con ello, el supuesto Hegel-idealista, el autor especulativo por antonomasia, adquira riqueza y fuerza empricas porque, a la hora de la verdad, desarrollaba el predicado -los hechos, la vida material griega- aunque, tericamente, no los considerara propiamente sujetos.

Pero haba ms. La crtica que Marx formul a Hegel era una crtica en dos frentes: no slo le reprochaba su falseamiento de lo real, de lo emprico, convirtindolo en ideal, sino que, adems, discrepaba de l por transformar frecuentemente lo ideal en emprico. Cuando Hegel sostena que la edad de la Geometra es Grecia, Marx pensaba que no slo se estaba deformando la realidad griega sino tambin la idealidad de la propia ciencia geomtrica. No se trataba slo de invertir, de poner la Geometra donde estaban los griegos y viceversa, sino de reconstruir los dos polos, dado que, sealaba, al cambiar sujeto por predicado, observacin que sola pasarse por alto, Hegel ha falseado los dos, no slo uno y, adems, impeda pensar correctamente el tema si nos limitbamos a la usual metfora de la inversin. Marx no slo haba dicho, pues, que la dialctica hegeliana inverta los hechos sino tambin que falseaba la Geometra misma porque para hacer plausible la afirmacin de que la Geometra es griega o que la Idea se hace Geometra en Grecia no tiene ms remedio que forzar la idea de Geometra para embutirla en los datos griegos, falseando simultneamente de este modo la vida griega real y la idea de Geometra. En la lectura de Sacristn, no se trataba slo de invertir sino de recomponer los dos extremos y obtener as la dialctica marxiana de la hegeliana.

Como nota final de su comentario, Sacristn record que muy pronto la dialctica de Marx aplicara al pensamiento de Hegel una crtica que normalmente se supona que haba dirigido slo a la filosofa de Feuerbach: la consideracin de que el verdadero conocimiento se consumaba en la prctica, no tan solo en la contemplacin terica. Marx no slo haba sostenido que tena que invertirse el idealismo hegeliano sino que tenan que recomponerse, adems, los dos polos de la relacin y, por ltimo, para llegar al punto final, haba que resolver ese conocimiento en la consciencia prctica, en la vida cotidiana y en la prctica revolucionaria, transformadora.

Recurdese que la categora de prctica, nada simple, muy matizada, fue tambin esencial en el marxismo de Sacristn y en sus posiciones polticas (1983b: 169-170 y 189; 1987: 120-121).

 

3. Titanes y monstruos.Comprendiendo a Roszak.

 

El segundo ejemplo nos sita en un mbito algo alejado, en la cuidadsima forma en la que Sacristn se aproxim a las reflexiones de Theodore Roszak en las clases de metodologa de las ciencias sociales del curso de 1983-1984 (Sacristn 1983a), al desarrollar el apartado de las crticas epistmicas y materiales a la ciencia moderna. Si detrs de su aproximacin al texto del joven Marx est su permanente inters por la nocin de dialctica y por temas gnoseolgicos prximos, en este segundo caso nos situamos ante una cuestin central del ltimo Sacristn: el papel de la tecnociencia en las sociedades contemporneas y las mltiples y urgentes cuestiones anexas de sociologa y poltica de la ciencia (Sacristn 2005: 55-82; Tello 2003).

Un breve apunte de contexto para situarnos en aquellas coordenadas: exista en tendencias del pensamiento crtico norteamericano de los aos sesenta y setenta del siglo XX un manifiesto rechazo, no siempre equilibrado, y no nicamente dentro de la corriente contracultural que representaba Roszak, hacia el saber cientfico institucionalizado. No slo estaba presente el recuerdo sangrante de las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el desprecio abyecto del presidente Truman hacia J. Robert Oppenheimer (Peter Goodchild 1985), no slo el mundo haba estado al borde de la catstrofe nuclear con la crisis de los misiles de 1962, sino que la posibilidad de una guerra atmica segua siendo algo ms que una singular ensoacin de Kubrick que tuviera en Edward Teller el modelo de su doctor Strangelove (Cornwell 2005: 421-427)*6.

Sacristn adverta en estas clases de metodologa de 1983-1984, al igual que en cursos anteriores, que no era correcto presentar las motivaciones de la crtica contracultural como puramente materiales; eran, como sola ocurrir en estas cuestiones, un mixto de diversas perspectivas: la ciencia era mala (socialmente) y era errnea (epistmicamente), aunque, ciertamente, los desencadenantes de la preocupacin s que eran de orden bsicamente existencial: la contaminacin de las ciudades, la masificacin de la vida cotidiana, las dificultades de comunicacin en los aglomerados metropolitanos. El ejemplo de Roszak que coment Sacristn iba en esta direccin:

(...) Estoy pensando en un monstruo que me inquieta tanto como todos los dems. Un monstruo que es hijo exclusivo del cientfico... Me refiero a un demonio invisible, que acta mediante un veneno sutil y no slo en la carne y los huesos, sino tambin sobre el espritu. Me refiero al monstruo del sinsentido, el malestar psquico, el vaco existencial, en el que el hombre moderno busca en vano su alma.

 

Seal Sacristn, en primer lugar, que no haba duda de que cualquier persona con formacin cientfica considerara el paso muy superficial, puesto que suponer que la ciencia deshaca el sentido del mundo era un presuposicin altamente original: la naturaleza, el mundo tendran sentido y, sin embargo, conocerlos sera destruir su sentido; era hiptesis poco consistente, ya que el mundo o tiene sentido o no lo tiene, para quien sea capaz de hablar de sentido de las cosas objetivas. Para gente de formacin ms analtica, como es mi caso, para bien o para mal, lo que no tiene sentido es hablar de sentido del mundo. Sentido tienen las acciones humanas. Tiene derecho a hablar del sentido del mundo, del sentido de las cosas, quien crea que el mundo es producto de un Dios creador; entonces s, porque la realidad objetiva tendra entonces el sentido insuflado por el acto de creacin voluntaria y planificada. Pero si uno no haca esta hiptesis de un Dios creador con intencionalidad entonces no tiene derecho a buscar sentido en el mundo, en las cosas. Sentido es algo que tiene que ver con las intenciones y el lenguaje. Donde no hay lenguaje para expresar ni conocimiento ni intencin, no tiene sentido hablar de sentido, dira una persona de formacin analtica como es mi caso (Sacristn 1983a). Por tanto, conclua, era una ingenuidad decir que la ciencia era un monstruo que haba destruido el sentido de la naturaleza, a no ser que se aadiera y la naturaleza tena el sentido siguiente: Dios la cre para esto y para lo otro, pero si no se incorporaba esta clusula, lo que entonces poda afirmarse es que una persona que escriba as no haba aprendido an a pensar o bien lo haca con notables errores.

De hecho, prosegua Sacristn, era mucho ms slida y bien pensada la idea tradicional del dogma cristiano segn la cual Dios haba creado el mundo para su gloria, aunque fuera una frase que muchos tampoco entendamos mucho, pero al menos la entendemos gramaticalmente: si Dios haba creado el mundo para su gloria, el mundo tena un sentido; a saber, glorificarle. Lo que no era posible entender era que, sin haber sido creado, el mundo tuviera sentido.

Empero, y este el punto que queramos destacar, la lectura de este paso de Roszak por Sacristn no quedaba limitada a su descalificacin por falta de sentido, a la manera de un discpulo desbocado del primer Carnap. Sacristn, por el contrario, seala que sera pobre -y por pobre habra que entender aqu, de lectura errnea, de mala lectura- quedarse en esta crtica. Si uno ayudaba un poco a Roszak, la expresin es del propio Sacristn, consegua hacerle decir con ms precisin las cosas que l estaba sugiriendo, y sala entonces algo que haca sentido, que s poda entenderse. Si en vez de hablar de sinsentido del mundo o de las cosas, hablamos del sinsentido de las acciones, de la conducta y de la convivencia humana, entonces Roszak, apuntaba Sacristn, puede estar queriendo decir que esta cultura de base tecnocientfica est rompiendo las redes de sentido de la convivencia humana. Esto s que tiene sentido y se entiende bastante mejor. Con un poco de buena intencin, siendo generosos con l, podramos pensar que est aludiendo al hecho de que en una megalpolis moderna una persona puede ser atacada a pualadas, tirada en el suelo o atropellada por un automvil, sin que eso influya para nada subrayado esto ltimo con neta indignacin- en la conducta de los que est pasando alrededor, cosa que en los peridicos vemos, no dir cada da, pero con cierta frecuencia como noticias de los lugares ms avanzados de nuestra civilizacin; Nueva York, por ejemplo.

Sacristn prosegua su lectura: Tal vez no todo lector considere la degradacin del sentido en la Naturaleza -esto es una ingenuidad, sealaba, que ya hemos salvado, lo del sentido en la Naturaleza- como una cuestin moral, pero yo s, porque el sinsentido cra desesperacin y la desesperacin es, segn pienso, un destructor secreto del espritu humano, una amenaza tan real y tan mortal para nuestro salud cultural como el abuso de la energa de los tomos para nuestra supervivencia fsica. En mi entender, por lo menos, matar a viejos dioses es una trasgresin de la conciencia tan terrible como confeccionar recin nacidos en un tubo de ensayo. Igualmente, insista, era fcil rechazar prima facie un texto as por su sentido literal, por su enorme ingenuidad: matar viejos dioses sera una trasgresin, pero los dioses, viejos o nuevos, se mueren cuando la gente deja de creer en ellos, pase lo que pase. Haba que imaginarse, adems, la horrorosa tarea que pareca desprenderse de esas palabras. Mantener en vida a los viejos dioses siempre haba costado tambin mucha sangre, no haba que engaarse: La nueva civilizacin montada sobre la destruccin de los mitos por la ciencia, en la medida en que est montada en eso, sin duda est arrojando productos bastantes crueles -monstruos, como dice Roszak en este ensayo-, pero tampoco es cosa de olvidar el tipo de monstruosidad que dio de s la lnea de conducta consistente en mantener a toda costa vivos a los viejos dioses. Eso ha costado tambin, como es sabido, mucha sangre y muchas hogueras, que luego se pueden olvidar en otro momento, pero que es malo olvidar; tambin hay que tenerlas presentes. No todos los sufrimientos vienen de la innovacin; muchos han venido tambin de la conservacin.

Finalmente, coment Sacristn, volviendo de nuevo a Roszak, lo que buscan como conocimiento el filsofo Platn y el hechicero don Juan es precisamente la significatividad de las cosas que la ciencia ha sido incapaz de hallar como rasgo objetivo de la naturaleza. Ir a donde nos lleva esa concepcin del conocimiento -la de don Juan, de la mstica, aclar Sacristn- no es denigrar el valor ni el atractivo de la informacin, no es ser anticientfico ni antirracional. No nos lleva a ninguna decisin entre lo uno y lo otro, sino al reconocimiento de prioridades dentro de un contexto filosfico integral. Puede ser muy atractivo recoger informacin -por recoger informacin l entiende ciencia, comentaba Sacristn-. sta puede ser decisivamente til, instrumento de nuestra supervivencia, pero no es lo mismo que el conocimiento al que nos asimos en las crisis de la vida. Cuando nos encontramos con la decisin tica, la muerte, el sufrimiento, el fracaso, o en los momentos en que nos oprime la tremenda vastedad de la naturaleza, hacindonos sentir frgiles y caducos, lo que el espritu reclama es el sentido de las cosas, la intencin que ellas ensean, la significacin perdurable que dan a nuestra existencia.

Nuevamente sealaba Sacristn que si uno era capaz de disculpar el supuesto completamente gratuito de que las cosas tuvieran sentido, era justo reconocer que esta versin de la crtica material, ya no epistmica, de la ciencia, era no slo racional, como deca el propio Roszak, sino perfectamente razonable y sensata. Era verdad que ningn conocimiento cientfico le ayudaba a uno, sin ms mediaciones, a tomar una decisin vital; era absolutamente razonable y racional pensar que ante las grandes decisiones vitales ni siquiera la ciencia sirviera para prepararlas. Pero, aun admitiendo que sirviera para ello, lo que no puede es arrojar la decisin; por tanto, es una tarea cultural importante el cultivo de las facultades humanas que determinan la decisin.

Por esto ltimo, en su magisterio, en los aos en que pudo ejercer de profesor universitario, Sacristn no olvid tampoco esa arista, el cultivo de esas otras facultades o potencialidades humanas que tienen que ver directamente con la pulsin moral o con la sensibilidad esttica. Un ejemplo: en las clases de metodologa de enero de 1982 (Sacristn 1981), al describir las iniciales posiciones de rechazo global o de aceptacin entusiasta del nuevo saber cientfico, apunt dos casos muy notables. En el segundo apartado situ a Condorcet y su Bosquejo de un cuadro histrico de los progresos del espritu humano; en el primero, el Frankenstein de Mary Shelley, una de las primeras manifestaciones del sentimiento de rechazo vital de la ciencia, de regresismo cientfico en funcin de sus temidas consecuencias prcticas.

La complejidad del cuadro intelectual, filosfico, en que se enmarcaba esta reaccin estaba perfectamente ilustrada por la personalidad de Shelley y por su libro. La autora, coment Sacristn, era la esposa del poeta y se poda estar seguro de que tambin l coincida con las reflexiones de la novela. Entre otros motivos, porque Mary Shelley la haba escrito en Roma, en uno de esos encuentros con los Keats, y era inverosmil, prosegua Sacristn, que no estuvieran todos ellos de acuerdo con lo que ella estaba escribiendo. Pues bien, este libro, que ledo por una persona ingenua, parecera fruto de una mentalidad tradicionalista o incluso reaccionaria, provena de un ambiente que era prcticamente el de la extrema izquierda intelectual de la poca. Shelley, de hecho, haba sido el poeta ms de izquierdas de la tradicin romntica inglesa. Hasta extremos conmovedores apunt Sacristn. Una vez, al bajar a los calabozos de la Jefatura Superior de Polica de Barcelona, al cabo de un rato de estar all, me di cuenta que en una de las paredes algn preso haba araado, con las uas, un verso de Shelley precisamente, y en ingls. No s qu raro preso sera ste pero el hecho es que all estaba. No s si con la democracia lo habrn quitado cuando habra habido que ponerle un marco.

El poema, los versos araados en la pared, en traduccin del propio Sacristn, decan as:

La luz del da

despus de un estallido

penetrar

al fin

en esta oscuridad.

 

No es seguro que el poema sea realmente de Shelley -el mismo Sacristn tuvo finalmente dudas sobre la autora-, pero, en todo caso, como era imaginable, no hay marco ni poema ni recuerdo alguno. Pero, en cambio, s que existe el reconocimiento de que tambin en este caso Sacristn supo, en circunstancias nada fciles, dirigir bien su mirada de lector atento, incorporar aristas y vrtices politicos, trasmitiendo a los asistentes de aquel curso de metodologa de las ciencias del curso de 1981-1982, poco despus del regreso de su primer viaje a Mxico del que haba vuelto con fuerza y espritu renovados, algo ms que la comprensin filosfica y analtica estricta (y encorsetadora) de temas, tesis, argumentos, textos, crticas e inquietudes.

 

4. Hiptesis, conjeturas.

Los volmenes de la coleccin Hiptesis que Manuel Sacristn codirigi con Francisco Fernndez Buey incorporaban en la contraportada tres citas escogidas por el propio Sacristn, una de las cuales era una interesante propuesta epistemolgica de Engels: La peor hiptesis es mejor que la falta de hiptesis.

Recogiendo esta atendible recomendacin, podemos preguntarnos: de dnde proviene la singular forma de leer de Sacristn? Cuales son sus caractersticas centrales? Qu atributos sobresalen en esta faceta de su magisterio? Aventuremos las siguientes consideraciones:

1. Sacristn estudi bachillerato en el Instituto Jaume Balmes de Barcelona (Ceballos 2006; Antonio Sacristn y J. M Castellet en: Lpez Arnal y De la Fuente 1996: 286-295 y 306-323), donde tuvo un excepcional profesor de literatura en aquellos aos de la posguerra incivil: Guillermo Daz-Plaja, cuya mxima finalidad pedaggica era crear lectores vocacionales, con procedimientos abiertos y entonces inusuales. Sus alumnos de Bachillerato tenan que escoger para lectura diez libros cualesquiera, no importaba cules, siempre y cuando fueran los que ellos realmente deseasen leer. No es difcil conjeturar la importancia que pudo tener para el Sacristn adolescente un magisterio tan poco coercitivo, con tanto margen de libertad, tan abierto a inquietudes diversas y, desde luego, tan riguroso.

2. Contrariamente a lo que en ocasiones se ha sostenido, Sacristn no fue un filsofo doctrinario, aunque s tuvo posiciones filosficas argumentadas en diversos mbitos polticos, lgicos y epistemolgicos (Lpez Arnal 2006). No fue ni un filsofo anclado en una tradicin sin variaciones ni un ciudadano con destacable motivacin poltica pero inflexible. Algunas muestras de ello: preguntado en 1983 sobre la crisis del marxismo, no tuvo reparo alguno en defender que todo pensamiento decente, incluida su propia tradicin, deba estar en permanente renovacin (Lpez Arnal y De la Fuente 1996: 232; Piera 1996: 153). A partir de los aos setenta, tras la irrupcin de la problemtica ecologista, Sacristn impuls una renovacin del ideal emancipatorio, de los procedimientos de intervencin y de la prctica poltica socialista que, como mnimo en Espaa, no tuvo parangn (Tello 2005)). Cuando en la revista Nous Horitzons coment un ensayo del Garaudy marxista sobre el pensamiento de Lenin, Sacristn finaliz su reflexin apuntando algo que hoy puede parecer trivial pero que no lo era tanto en 1969: Es necesario de una vez dejar vivir a los clsicos. Y no se ha de ensear a citarlos, sino a leerlos. Cuando aos ms tarde, en la carta del primer nmero de mientras tanto, Sacristn -y sus compaeros de redaccin- hablaba de la necesidad de sosegar la casa de la izquierda, no tuvo ninguna duda doctrinal en citar un verso de San Juan de la Cruz (estando ya mi casa sosegada), uno de los poetas que ms le influyeron.

En sntesis, como ha destacado Manuel Monereo (Sacristn 2005: 237-241), la tradicin poltica y filosfica de Sacristn fue ante todo la de una escuela antidogmtica. l nunca seal qu tena que pensarse ni qu doctrina tena que interiorizarse. Haba que pensar con la propia cabeza.

3. Sola recordar Sacristn uno de los dos aforismos elegidos por Marx en aquel juego de preferencias con su hija Laura: Nada humano me es ajeno. Tampoco a Sacristn ningn conocimiento le fue extrao. Un ejemplo poco acadmico puede ser ilustrativo. En declaraciones a Xavier Juncosa para su Integral Sacristn, Jordi Guiu record que, cuando l y Antoni Munn le entrevistaron para El Viejo Topo en 1979, al final de la conversacin hablaron sobre las revistas que circulaban en aquellos aos. Sacristn les pregunt por sus lecturas y preferencias. Ellos le hablaron, presuponiendo desconocimiento por su parte, de una revista de rock Vibraciones que publicaban tambin los editores del Topo. Sorprendentemente, Sacristn no slo la conoca sino que coincidi con su opinin: la lea asiduamente y le pareca una publicacin excelente.

Sus intereses vitales e intelectuales fueron amplsimos: lgica, filosofa de la ciencia, historia, marxismo, anarquismo, antropologa, poltica, crtica teatral y literaria, poesa, ecologa, ciencias naturales, medicina, sociologa de la ciencia, clsicos castellanos, Gernimo, Gandhi, Goethe, Espriu, Brecht, Maiakovski, etc. incluso cmics, como se refleja en los regalos familiares para Reyes y en las tiras que sola dibujar para su hija cuando regresaba a casa por la noche despus de los encuentros y de sus cotidianas reuniones polticas. No es extrao que esa amplitud de lecturas, esa variedad de intereses, se tradujera en una aproximacin enriquecedora en sus numerosas lecturas. Testimonios de todo ello pueden verse hoy en los cuadernos de lectura que pueden consultarse en Reserva, fondo Sacristn, de la Universidad de Barcelona. Por ejemplo, en sus precisas notas histricas y analticas sobre El Capital (Sacristn 2004: 179-288); en sus detalladas observaciones sobre la Fenomenologa hegeliana; en sus comentarios sobre La lgica de la investigacin de Popper o La estructura de Kuhn; en sus anotaciones sobre la obra de Gramsci o, por poner un ejemplo muy diferente, en sus ajustadas observaciones sobre el poemario de Brossa recogido en Poesa rasa o sobre los ensayos que estudi para su proyectada aproximacin a Maiakovski.

4. Sacristn encajaba en la definicin clsica del filsofo: aspiraba y amaba el conocimiento, sabedor como pocos de sus propios lmites (Ovejero Lucas 2006). No es casual que en sus clases de metodologa recordara con frecuencia aquel paso de la carta que Einstein dirigi el 1 de diciembre de 1919 a la seora Born: Yo no estoy de acuerdo con la estimacin pesimista del conocimiento. Una de las cosas ms bellas de la vida es ver con claridad las relaciones y eso slo puede negarse estando de un humor totalmente sombro y nihilista. O que, por recordar un ejemplo conocido, citara con frecuencia el indignado texto de Marx en el que llamaba canalla a quien hiciese cuadrar, sin ms mediaciones, y aun a costa de falsificaciones, datos y teoras con sus propias ideas. Amar el conocimiento exiga rigor, atencin, permanente posibilidad de rectificacin y la consideracin de que tambin en los textos de autores alejados de las simpatas ideolgicas de uno mismo pueden hallarse ncleos de veracidad.

Sacristn nunca acept la descalificacin de argumentos o posiciones en funcin de posiciones polticas no compartidas. Fue sta una batalla constante en sus intervenciones polticas y filosficas, especialmente en el seno de su propia tradicin. Desde nuestro punto de vista, ste fue uno de sus mayores logros. No fue fcil conseguir que pensadores y activistas socialistas tuvieran inters, e incluso aceptaran, argumentos e informaciones provenientes de autores situados en mbitos no cercanos o incluso militantemente antisocialistas.

Tambin esto enriqueci sus puntos de vista, la calidad y profundidad de sus argumentos, y aliment su profundo y constante antisectarismo.

5. No habra que olvidar por otra parte su sincera pasin por la verdad, por la veracidad. En su vida familiar hay netos indicios de ello; el rgano de expresin de los intelectuales del PSUC de principios de los sesenta se llam Veritat por insistencia suya y llevaba en primera pgina un lema gramsciano muy de su gusto: La verdad es siempre revolucionaria; al comentar la experiencia checoslovaca, Sacristn insisti reiteradamente que una de sus principales virtudes era el saldo de verdad social, de autntica realidad social no ocultada que poda poner al descubierto; uno de sus ensayos ms celebrados de crtica literaria lleva por ttulo, precisamente, La veracidad de Goethe; fue contundente su respuesta a Guiu y Munn en la entrevista de 1979: A m el criterio de verdad de la tradicin del sentido comn y de la filosofa me importa. Yo no estoy dispuesto a sustituir las palabras verdadero y falso por las palabras vlido/no vlido, coherente/incoherente, consistente/inconsistente, no. Para m las palabras buenas son verdadero y falso, como en la lengua popular, como en la tradicin de la ciencia. Igual en perogrullo y en nombre del pueblo que en Aristteles (Lpez Arnal y De la Fuente 1996: 103). Este amor a la verdad, su veracidad lectora (Piera 1996), explica no slo su inters por autores distantes, como en el caso de Roszak, sino su equilibrada aproximacin a autores cultivados de su propia tradicin, como, por ejemplo, Lukcs, Heller o Harich, pero con los que mantuvo claras diferencias en temas no marginales.

Todo ello es coherente con su conocida concepcin sobre la filosofa y sobre un filosofar amigo de la ciencia que cree, como l mismo ya seal en una conferencia de abril de 1959 sobre El hombre y la ciudad, que todo hombre que piensa sus cosas hasta el final filosofa inevitablemente, o que defienda, como en otra intervencin de 1979, una interesante relacin entre el trmino filosofa y el comportamiento cvico que ste denota: En un mundo en el que nos aseguraran cierta garanta contra desmanes de las fuerzas productivas, pero a cambio de una prohibicin de la investigacin de lo desconocido, probablemente todos nos sublevaramos; o por lo menos, todos los filsofos que merecieran el nombre (Sacristn 2005: 70).

6. Por otra parte, Sacristn supo seleccionar siempre los autores, textos y temas esenciales. No es cuestin trivial saber guiarse, como l lo haca, entre los anaqueles infinitos de la Biblioteca de Babel. De ah su insistencia en la necesidad de leer a los clsicos, de ir a las fuentes, de no quedarse instalado, incluso en temas difciles o de no fcil divulgacin, en la literatura secundaria (Sacristn 2003: 57-66). A este respecto, Lloren Sagals ha sealado sus conversaciones con Sacristn sobre la discusin de la posicin de Einstein en torno a las leyes probabilsticas de la mecnica cuntica y la necesidad de consultar los textos originales. Ello no significa, claro est, que Sacristn despreciara la literatura divulgativa bien informada; un ejemplo de ello es su excelente opinin del ensayo de Nagel y Newman sobre el teorema de incompletitud de Gdel.

Adems, en las caractersticas centrales de su forma de leer, hay una sntesis creativa y nada trivial entre el rigor analtico y la finalidad holstica; entre la abstraccin y el inters por los detalles y la concrecin, tal como prueba su singular concepcin de la dialctica; entre las consideraciones tericas y una cuidada atencin por la historia de los problemas; entre el intento de ensamblaje no forzado de hechos y teoras, distinguiendo entre hechos establecidos e intuiciones iluminadoras, y finalmente, entre lo que seran aspectos comunitarios y lo que son ms bien enfoques o intereses estrictamente personales.

Sacristn fue, pues, un lector riguroso y con empata, con un singular estilo intelectual, del que, como suele ocurrir con los clsicos, puede seguirse aprendiendo hoy, sabiendo por lo dems que no slo fue capaz de leer textos y autores de forma penetrante y singular sino que supo entender tambin de forma muy especial las vidas de luchadores o filsofos como Jernimo, Galileo o Gramsci. En un sentido artculo de 1967 sobre este ltimo (Sacristn 1983: 63), sealaba: [] como balance de la descripcin de esa experiencia, puede tal vez sealarse algn importante problema pendiente en el pensamiento socialista contemporneo, problema identificado y abierto en la obra de Gramsci, y no resuelto en ella, probablemente porque todo autntico pensador descubre problemas ms all de sus soluciones. Como su admirado Gramsci -Uno puede tenerle mucho amor a Gramsci. Yo se lo tengo desde luego. Es un figura muy digna de amor, pero no porque sea una perspectiva de xito del movimiento obrero, sino porque como cualquier mrtir es digno de amor-, tambin Sacristn fue un autntico pensador socialista.

Notas .

(1) As, en lo que respecta a sus concepciones metafilosficas y su nocin (neokantiana) de un filosofar no especulativo (Bueno 1971: 9-19); en lo que se refiere a su concepcin de la poltica y a su activismo poltico, tanto el de sus aos de militancia en las filas del PSUC-PCE como en su etapa de profunda renovacin del ideario emancipatorio (declaraciones de Javier Pradera para Integral Sacristn); en sus incursiones y preferencias en el mbito de la filosofa marxista: Korsch, Lukcs, Harich; en su aproximacin a determinadas corrientes de la filosofa analtica que se ha valorado en ocasiones como simple y trasnochado positivismo, o en la que fue, en arriesgado juicio de compaeros suyos de generacin, su total falta de gusto artstico-literario, con bsquedas creativas poco conseguidas.

Se han comentado tambin crticamente algunos aspectos de su tarea de traductor, uno de sus trabajos ms continuados y medio bsico de subsistencia durante ms de 15 aos, e incluso se ha sealado que fue un conferenciante informado pero poco atractivo, nada original, aunque estas dos ltimas consideraciones apenas han conseguido eco.

 

(2) Sobre este punto, su conferencia El trabajo cientfico de Marx y su nocin de ciencia (Sacristn 1983: 317-367); el recordado coloquio que le acompa (Sacristn 2004: 307-326) y Karl Marx como socilogo de la ciencia (Sacristn 2005a) son de cita obligada, pero sus trabajos iniciales en este mbito filosfico no transitaron por senderos distantes. As, Jesuitas y dialctica, Para leer el Manifiesto Comunista, Tres notas sobre la alianza impa, Humanismo marxista en la Ora martima de Rafael Alberti, el prlogo para su traduccin de Revolucin en Espaa,... Para una detallada bibliografa de Sacristn, vase: Capella 1987: 193-223.

Sobre Engels es de obligada cita su prlogo al Anti-Dhring, acaso unos de los textos ms influyentes de Sacristn. Para la reedicin del texto de Engels en OME-Crtica, Sacristn escribi la Nota editorial sobre OME 35, pp. IX-XIX, y en una de las carpetas de RUB-FMSL puede consultarse unas anotaciones de lectura que llevan por ttulo: Anti-Dhring, agosto 1976, en la preparacin de la edicin OME.

 

(3) El paralelismo con Wittgenstein es en este punto obvio, aunque las motivaciones fueran muy distintas. Curiosamente, Sacristn estructuraba sus conferencias e intervenciones siguiendo el modelo del Tractatus. En una pgina (18/7/1959) de un diario interrumpido que se conserva en Reserva de la UB, fondo Sacristn, escriba: El papel de Wittgenstein (Tractatus) en mi cap. III es el de negador de la abstraccin, por sus dos (=uno) principios: a) que la forma no se expresa; b) que las funciones no designan.

Por otra parte, tambin en Reserva, puede consultarse esquemas de conferencias y programas, y material preparatorio de sus clases en Can Serra. Sacristn escribi tambin un informe sobre unas reuniones celebradas el 20 de octubre y el 4 de noviembre de 1976 con todo el profesorado de apoyo (Neus Porta, Rafael Grasa, Francisco Fernndez Buey). En l se vierten juicios como los siguientes: No olvidar el carcter de iniciacin. Ser muy sencillos. Estilo narrativo. Contar historias, leer documentos o resumirlos. El objetivo es dar unas pocas ideas claras (comunismo, burgus, proletario, capitalismo, imperialismo, comunismo cientfico, explotacin, mercanca, valor, plusvala, estado, revolucin social) apoyndolas en un modesto marco histrico en la medida en que este marco ayude a la comprensin. Cada bloque y cada sesin dentro de l se tienen que dar de la forma ms autocontenida posible, pensando en que la asistencia ser irregular. El cursillo no debe durar ms de un trimestre, contando incluso las sesiones que fallen. La numeracin de los puntos de cada bloque no significa, por lo tanto, que cada tema haya de ocupar por fuerza una sesin.

Sobre los cursillos elemental y adelantado, apuntaba: Atenerse a los miembros menos formados del grupo, aunque los ms preparados se aburran algo. Asegurarse de la comprensin literal del texto antes de comentar y actualizar. Rebasar el trimestre de duracin. En el cursillo elemental, leer en la sesin misma. En el cursillo elemental, saltarse la crtica de la literatura socialista si (como es muy probable) extraa a los menos preparados (y, por lo que vi el da de la presentacin, puede resultar extraa a todos). Sobre los coloquios indicaba: Conviene la participacin (o la presencia) del mayor nmero posible de profesores, adems del moderador. A pesar de que queramos evitar la pedagoga tradicional en el coloquio, seguramente har falta cada vez una especie de ponencia inicial por profesorado. Sigue sin resolverse la cuestin de si las amas de casa van a poder asistir al coloquio previsto o habr que organizar otro para ellas. En vez de la hora y el da, finalmente decididos para el coloquio por la mayora (mircoles, 20 h), las amas de casa haban propuesto los jueves a las 21h. Los cursillos empiezan hoy [la cursilla es ma].

 

(4) Por ello no es causal que cientficos naturales como Carles Muntaner, Eduard Rodrguez Farr, Guillermo Lusa o Manuel Monlen Pradas se reconozcan en su magisterio. La importancia que Sacristn concedi siempre, y en especial en sus ltimos aos, a temas de poltica y sociologa de la ciencia puede verse reflejada en: M. Sacristn: Escritos de sociologa y poltica de la ciencia. Barcelona, Montesinos (en prensa); presentacin: Guillermo Lusa; eplogo: C. Muntaner y J. Benach.

 

(5) Javier Muguerza ha apuntado un interesante argumento contra la posible minusvalorizacin de la obra de Sacristn desde el punto de vista de la extensin: desde cundo se ha considerado la importancia de una obra (filosfica o no) por el peso o volumen de sus pginas publicadas? Un compaero de generacin como Gil de Biedma, cuya obra potica es reconocida por todos (y, desde luego, por el propio Sacristn), coincide con l en este punto -como coinciden Rulfo, Berlin o el mismsimo Feynman- y nadie pone en tela de juicio la huella e importancia de su obra por el cardinal de sus versos. Adems, en Sacristn, y acaso tambin en esos otros autores, hay una notable lejana de la aspiracin a la hinchazn mxima del currculum. l mismo escogi para la edicin de su obra el ttulo de Panfletos y materiales y no parece, mirado como se quiera mirar, incluso en los aos ochenta, que la eleccin fuera una meditada decisin publicstico-comercial.

Algunos ejemplos ms: 1) Sacristn dej interrumpido un manuscrito de presentacin de su Antologa de Gramsci de finales de los sesenta, que luego ha sido editado por Albert Domingo Curto con el ttulo de El orden y el tiempo; slo la intervencin, y peticin de entrega como obsequio, de Jacobo Muoz salv ese escrito de la papelera y del olvido. 2) Sacristn escribi en 1965, para una enciclopedia temtica de la editorial Labor, un largo desarrollo de la voz Lgica que, finalmente, no lleg a editarse; lo guard en un cajn y no hizo nada, absolutamente nada para su publicacin. Fue su hija Vera quien edit pstumamente ese escrito con el ttulo Lgica elemental (Vicens Vives, Barcelona, 1996). De esa poca es tambin un proyecto de ensayo de Teora del conocimiento, que dej inacabado y sobre el cual no volvi nunca. 3) Al editar sus escritos en Icaria, Sacristn no slo dej en el tintero escritos de tanto inters como Jesuitas y dialctica, Tres notas sobre la alianza impa, Tpica sobre marxismo e intelectuales, o su material de trabajo sobre el Manifiesto Comunista, sino que no se esforz apenas por conseguir papeles y escritos de su poca de dirigente comunista clandestino (Nota previa al volumen, Intervenciones polticas, Icaria, Barcelona 1985, pp. 9-10). 4). Hay, adems, pendientes de publicacin, numerosas conferencias transcritas pero no publicadas y sus apuntes de Fundamentos de Filosofa de sus primeros aos de profesor universitario tras su vuelta de Alemania; tampoco Sacristn se empe en la edicin de estos papeles.

 

(6) Un ejemplo de desvaro de ese saber acadmico, citado por el propio Sacristn en Tres notes sobre laliana impia (Sacristn 2006b): en un texto de un reconocido psiclogo norteamericano, recogido crticamente en la Monthly Review de 1960, se afirmaba: Si la devastacin producida por una guerra atmica llega a ser tan grande como parece que puede ser, los que salgan de un refugio antiatmico al acabar la guerra pueden encontrarse en un mundo primitivo... Probablemente tendrn que tener ms cuidado de la tierra, dedicarse a la caza y a la pesca, podrn olvidar los relojes y la urgencia de los horarios. Inmediatamente, satisfecho por la hondura de su descripcin, el autor conclua preguntando: Es tan terrible la perspectiva de una vida as?.

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* El ttulo de esta comunicacin es deudor de un sentido artculo de Sempere (1976). A l, a su amistad, a su generosidad, a su magisterio, al ejemplo de Joaquim Sempere, jams pretendido ni exhibido, desearamos dedicar nuestro trabajo. Curiosa y coincidentemente, Flix Ovejero ha publicado recientemente en Claves de la razn prctica (n 166, junio 2006, pp. 46-55) un documentado trabajo con el significativo ttulo: Manuel Sacristn. Un marxista socrtico.



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