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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-11-2007

Otra vez Marruecos

Alberto Piris
Estrella Digital


El Reino de Marruecos "llam a consultas" a su embajador en Madrid a fines de la pasada semana, cuando se hizo pblica la visita de los Reyes a Ceuta y Melilla. Digamos que, en la era de las comunicaciones inmediatas y universales, cualquier consulta que el Gobierno de Rabat tuviera que plantear a su representante diplomtico en la capital de Espaa, para aclarar pormenores o escuchar sus opiniones, no hara necesario que ste se trasladase a Marruecos.

Pero el lenguaje diplomtico est lleno de sutilezas para los no iniciados, y del mismo modo que una "nota verbal" es un escrito formal, redactado conforme a unas normas rgidas e inmutables, y no tiene, por tanto, nada de oral, una "llamada a consultas" tampoco tiene nada de llamada ni de consulta, sino que es un modo de mostrar desagrado por alguna decisin adoptada por el Gobierno ante el que est acreditado el embajador en cuestin. Es una forma atenuada de retirada del embajador, reduciendo temporalmente el nivel de la representacin diplomtica y mostrando explcitamente un enfriamiento en las relaciones entre ambos pases.

Tambin en lenguaje diplomtico, el Gobierno del pas que sufre esta medida puede replicar adoptando anloga decisin y retirando a su embajador, si desea mantener la presin y, probablemente, agravar un poco ms la situacin. Por el contrario, puede no darse por aludido y dejar las cosas como estn, a la espera de que ulteriores medidas apaciguadoras y el paso del tiempo hagan retornar las relaciones a su nivel normal y enfriar definitivamente el conflicto. Al escribirse estas lneas, sta parece ser la postura adoptada por el Gobierno de Espaa y la tnica moderada con la que acaba de comenzar la visita.

No es nada nuevo el hecho de que las relaciones hispano-marroques sufran, a veces de modo imprevisto, altibajos notables, a causa de los varios intereses conflictivos existentes entre ambos pases. Pero como tambin son numerosos los intereses coincidentes, de ah que estos periodos febrfugos que elevan de cuando en cuando la temperatura de la relacin entre ambos pases no sean de muy larga duracin y no lleguen a alcanzar el punto de no retorno. No debe sorprender que todo esto ocurra entre dos Estados que en el pasado se han enfrentado en varias ocasiones y cuyos "lazos histricos", a los que tan a menudo se alude en sentido encomistico, han dejado impresa en ellos la nefasta huella del colonialismo y sus inevitables secuelas.

Todo lo anterior no quita importancia a la decisin adoptada por Marruecos ni evita la posible agravacin del conflicto. Es siempre peligroso, en cualquier pas, azuzar a la opinin pblica en uno u otro sentido y, una vez excitada, adoptar las decisiones apropiadas para satisfacerla. Y mucho ms peligroso es, todava, dejarse arrastrar por esta dinmica, tan poco controlable, cuando lo que se desea es distraer a la ciudadana de otros problemas internos, agitando el seuelo de una antigua y popular hostilidad exterior, como a menudo ha hecho en el pasado el Gobierno de Rabat.

No constituye un alivio de la actual tensin saber que en ambas ciudades espaolas "se ha desatado la euforia patritica", o que los miembros del fantasmal Parlamento del vecino pas consideren la visita "una seria provocacin y un ataque al pueblo marroqu", y organicen manifestaciones para mostrar su hostilidad a Espaa. Y no porque las expresiones de patriotismo espaol y marroqu, respectivamente, no tengan ciertos fundamentos comprensibles, sino porque el apasionamiento ciego puede llevar a estallidos de violencia, si en lo que es legtima aspiracin de unos pueblos se infiltran actividades agitadoras, siempre decididas a llevar el agua a su molino.

Es, pues, muy recomendable para las autoridades de ambos pases mantener la calma y encontrar, por el momento, el punto de equilibrio entre el innegable derecho de los Reyes de Espaa a visitar dos ciudades espaolas, y el del Gobierno y el pueblo marroques a expresar su permanente reivindicacin sobre ellas a las que llaman "ciudades expoliadas", dentro de los trminos de pacfica y obligada convivencia entre dos pueblos vecinos.

En poco contribuyen al xito del viaje real declaraciones como las del diputado del PP Gustavo de Arstegui, mxime cuando fue su partido el que ms complic las relaciones hispano-marroques y al que evidentemente molesta hoy el hecho de que haya sido un Gobierno socialista el que haya propiciado la primera visita oficial de los Reyes a las dos ciudades africanas. Considerar sta en simple clave electoral revela tanta ruindad como todo lo que ha rodeado a la esperpntica actuacin del principal partido de la oposicin en torno al juicio y sentencias dictadas por los atentados del 11M.

Por ltimo, no se asuste el lector si escucha una nueva amenaza de "Marcha Verde" contra Ceuta o Melilla. Todo eso forma parte de la dinmica del actual conflicto, pero se puede sospechar que ni los intereses espaoles ni los propiamente marroques resultaran beneficiados si la tensin subiese hasta tan peligroso punto. Es de esperar y desear que la razn se imponga a la pasin, tambin en Rabat.



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