Portada :: Amrica Latina y Caribe :: Silencio, habla el rey de Espaa
Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 14-11-2007

Real censura

Carlos Taibo
Rojo y Negro


Nuestros medios de comunicacin y, con ellos, claro, nuestros analistas polticos han celebrado con unnimes elogios la respuesta que el rey y el presidente del gobierno espaoles han dispensado a las declaraciones que verti contra Jos Mara Aznar el presidente venezolano, Hugo Chvez. La nica divergencia que al respecto se ha barruntado los ltimos das atae, por lo que parece, a la rapidez y la contundencia de la reaccin de Rodrguez Zapatero, consideradas insuficientes por los portavoces del Partido Popular.

Sorprende tal grado de acuerdo cuanto que lo ocurrido en Santiago de Chile presenta aristas delicadas que piensa quien firma estas lneasdeberan invitar a la prudencia. Creo, por lo pronto, que no somos pocos los que nos hemos sentido molestos ante la actitud asumida por el monarca espaol. Su decisin de reclamar, sin cortesa alguna, que Chvez guardase silencio encaja poco con los modales que parece cabe atribuir a un jefe de Estado de noble cuna. No acabo de entender esa universal celebracin que, encuestas televisivas en mano, merecera entre el pueblo llano la descorts reaccin del monarca. Y tampoco s muy bien quin es Juan Carlos I un responsable poltico, por cierto, no elegido por la ciudadana para determinar las reglas del juego en una cumbre latinoamericana. Ojo que tampoco sale bien parado el rey en lo que hace a su decisin de abandonar la sala de reuniones cuando el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, tena a bien criticar el papel desempeado en su pas por algunas empresas espaolas. Aunque semejante decisin ha sido interpretada en nuestros medios como producto del designio de no inmiscuirse en disputas entre los dirigentes de unos u otros Estados un signo de encomiable prudencia, el gesto con que Juan Carlos I inicia su retirada ms bien revela un franco desprecio una lamentable falta de educacin ante las palabras de Ortega.

Como quiera que no acostumbro a otorgar mayor relieve a desencuentros como los que acabo de mencionar, dejar en el olvido todo lo anterior incluida la pattica observacin de Rodrguez Zapatero en el sentido de que su obligacin era acudir en socorro de un compatriota para procurar el camino de lo principal. Es cierto que Chvez padece de una incontenible verborrea y que le ira mucho mejor si dejase de lado tantos adjetivos grandilocuentes en provecho de la enunciacin serena, sin alharacas, de lo que quiere decir. No lo es menos, sin embargo, que resulta poco presentable que entre nosotros no se haya hecho hueco alguno para debatir, no los modales del presidente venezolano hay que preguntarse, por cierto, qu habra ocurrido si ste se hubiese abstenido de calificar de fascista a Aznar, sino el contenido preciso de unas acusaciones, las relativas al golpe de aos atrs, que no resultan ser ni torpes ni, por desgracia, poco fundamentadas. Tampoco parece que hayamos entendido que uno de nuestros primeros deberes de civismo en relacin con los males de la Amrica Latina contempornea es el que pasa por analizar puntillosamente, primero, lo que hacen tantas empresas espaolas entregadas a la obtencin del beneficio ms descarnado y por esquivar, despus, la tentacin de ese barato nacionalismo que invita a defender nuestros intereses como si stos se hallasen por encima de todo.

Y es que las formas de Chvez, reprobables por mucho que tengan el saludable efecto de romper el circuito vicioso de unas cumbres impregnadas por la retrica ms hueca, configuran un ancdota menor en comparacin con el debate que se nos hurta. Aunque, a ttulo provisional, y en lo que afecta a lo que nos resulta ms cercano, tiene uno que preguntarse qu pluralismo informativo es ste que se asienta, en uno de sus pilares fundamentales, en una censura tan real en el doble sentido atribuible al adjetivo como eficiente.


Carlos Taibo es profesor de Ciencia Poltica en la Universidad Autnoma de Madrid y colaborador de Bakeaz.




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