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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 20-11-2007

Ejecuciones humanitarias

Alberto Piris
La Estrella Digital


Ciertas resoluciones del Tribunal Supremo de EEUU han venido a remover uno de los ms slidos pilares sobre los que descansa parte de la cultura del gran pas norteamericano: la pena de muerte. No es que sta corra el riesgo de ser abolida en toda la Unin; no tema el lector sanguinario ni se alegre el compasivo. Lo que sucede es que algunos pormenores de su aplicacin han permitido descubrir ciertos resquicios legales que abren nuevos espacios a la polmica, nunca del todo silenciada, sostenida por los que all todava aspiran a suprimir definitivamente la pena capital.

Hace dos semanas, el citado tribunal orden detener la ejecucin de un condenado que llevaba diecinueve aos esperndola y que estaba ya a punto de sufrir tan irreversible correctivo. Pero para entender lo que est sucediendo debe saberse que la pena de muerte se ejecuta hoy predominantemente (en 37 de los 38 Estados de la Unin que an la aplican) mediante la tcnica de la inyeccin letal.

Se empez a utilizar este procedimiento en 1977, en sustitucin de la muy comn electrocucin mediante la llamada silla elctrica. Tambin vino a reemplazar a otros dos sistemas harto populares entonces: la horca y la cmara de gas. La razn aducida fue que la inyeccin era un procedimiento ms humano que los otros.

La inyeccin letal consta, en realidad, de tres inyecciones sucesivas, segn se explica con detalle en los correspondientes textos legales. Primero se inyecta al reo una sustancia adormecedora; a continuacin, un compuesto paralizante; y, por ltimo, un producto que detiene el funcionamiento cardaco.

A principios del 2006 surgi el primer molesto contratiempo que encendi las luces de alarma en los fervorosos partidarios de la pena de muerte. Comenzada la ejecucin de un condenado, que haba recibido ya la primera inyeccin, lleg la muy cinematogrfica llamada telefnica urgente que ordenaba detener inmediatamente el proceso. No era que la sentencia quedase revocada de modo definitivo, sino que se exiga aadir un paso ms a su habitual desarrollo: el Tribunal Supremo dictaminaba que el reo tena derecho a alegar ante un tribunal que el mtodo de ejecucin adoptado poda producirle un dolor excesivo y, por eso, poda ser cruel y anticonstitucional.

Incluso su abogado declar que el condenado no discuta la pena que le haba sido impuesta por asesinar a un polica en 1982, sino el molesto padecimiento que aqulla poda infligirle. El Estado de Florida, aada el abogado, podra ejecutarle cuando lo desease, pero usando otro procedimiento ms humanitario. La causa aducida sobre la que tendr que pronunciarse definitivamente el Tribunal Supremo en el 2008 es que la triple inyeccin tiene el inconveniente de que, tras aplicar la segunda dosis, no puede saberse con certeza cul es el grado de sufrimiento del ejecutado en la tercera y definitiva fase de la operacin.

Pero la pena de muerte tendr todava larga vida en EEUU, valga la paradoja. Por una parte, todos los Estados conservan mtodos de ejecucin suplementarios, a los que recurriran si la inyeccin letal se declarase anticonstitucional. Por otro lado, los que temen que tantas trabas legales pudieran dar al traste con el habitual y tranquilizador ritmo de las ejecuciones ya estn ideando nuevos modos que cumplan las exigencias legales. Uno de ellos es la asfixia mediante nitrgeno, que produce, segn se dice, efectos parecidos a los del monxido de carbono, generado por las estufas mal encendidas o por el escape de los automviles. Aado, de mi propia cosecha, que a la muerte por congelacin se le llama muerte dulce y quiz conviniera sugerirla tambin a las instancias adecuadas, por si tuviesen a bien considerarla.

En esta deprimente historia, lamentablemente real, uno no puede sino recordar la estrofa final de una conocida cancin de Javier Krahe:

Sacudir con corriente alterna
reconozco que no est mal:
la silla elctrica es moderna,
americana, funcional.
Y s que iba de maravilla
nuestro castizo garrote vil
para ajustarle la golilla
al pescuezo ms incivil.
Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene... qu s yo
que slo lo tiene la hoguera.

Es de temer que la deslumbrante y acogedoramente clida sugerencia del cantautor no va a ser de fcil aplicacin en un mundo donde se sabe ya que la libre combustin de la madera contribuye a aumentar el temible efecto invernadero. Slo nos queda desear que alguna vez no haya que escribir ms sobre la pena de muerte, y sta quede tan arrumbada en los desvanes de la Historia como lo fueron los sacrificios humanos a los exigentes dioses del pasado.



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