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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 13-10-2004

Cuba vive, Cuba mide

Santiago Alba
Rebelin


Digo que voy a decir apenas dos palabras sobre Cuba o, mejor, sobre las cosas que decimos de ella.

Cada vez que entramos a discutir la estatura de la isla, incluso en el seno de la izquierda, aceptamos inevitablemente los trminos del falso debate amaado por la derecha; es decir, concedemos que lo que verdaderamente importa, el metro de las adhesiones y las condenas, la prueba aritmtica de su xito o de su fracaso, tienen que ver con la respuesta a la pregunta cmo se vive en Cuba: si la cartilla se queda corta, si la vivienda encoge, si los cubanos "resuelven", si la prostitucin aumenta, si los jvenes no entran en los hoteles, si los "opositores" se asfixian. A nadie puede extraar que los enemigos de la Revolucin, tan poderosos que hasta pueden ignorar el principio de no contradiccin, utilicen este criterio estrechamente econmico para condenarla mientras atribuyen el infierno de Hait o de Bolivia a obscuros atavismos culturales y piden paciencia -un plazo ms, una dcada an- a los que mueren de hambre en Guatemala o en la Repblica del Congo; o mientras defienden, invirtiendo ahora el razonamiento, que la zozobra cotidiana de Iraq es el medio necesario para alcanzar el muy espiritual objetivo superior de la democracia. Ms extrao es que los propios izquierdistas afinen sutilmente sus reservas (con majestuossimos peros y dolientes decepciones) en el terrreno del ms abstracto de los empirismos, desde la contabilidad y la experiencia, como si la Revolucin fuese un experimento de laboratorio y no una revuelta an sin ganar; y como si se tratase de contar -cuentas y cuentos- y no de resistir. Incluso los incondicionales de Cuba acaban tratando de compensar las dificultades innegables de los cubanos citando los innegables logros en materia de enseanza, salud, deporte o investigacin, sin darse cuenta de que la importancia de estas conquistas reside menos en su valor objetivo -indiscutible para sus beneficiarios- que en la diferencia de la que surgen. Y no deja de ser triste que finalmente los propios Estados Unidos, aunque slo sea para combatirla, sean ms sensibles a esta diferencia que algunos intelectuales que saben ser muy de izquierdas en Iraq, en Palestina o incluso en Nepal.

En otro sitio demostrar por extenso que Cuba es una lengua de tierra; y demostrar que es, al mismo tiempo, la ltima lengua de nuestros antepasados, la voz ya residual de los gigantes de 1789 y de los vencidos cclopes de las guerras anticoloniales. Es una franja delgada, una ua, un cabello, un corcho en el mar, un cordel muy fino, muy frgil, quizs mal anudado, quizs debilitado, pero constituye el nico hilo que an nos recuerda el proyecto emancipatorio de nuestros mayores ilustrados, el ltimo vestigio de la modernidad devorada por la biocracia del capitalismo. Si Cuba cayera, si Cuba fuese pasada por las aguas, si se hundiera en la lava sin fronteras, no tendramos ya ni siquiera un monte Ararat en el que volver a plantar las primeras vias despus del diluvio; si Cuba cayera, si Cuba dejase de alzarse como un escollo frente al aluvin, no slo los cubanos: todos tendramos que empezar desde cero, como si no hubiese habido ni Grecia ni Espartaco ni Bastilla ni nada. Tendramos que volver a empezar desde el Ancien Regime o incluso desde ms atrs, contra Tiberio y contra Carlos V, contra Thiers y contra Mussolini, desde la aceptacin natural -de nuevo- de la esclavitud, la teocracia y el racismo. Defender Cuba no es defender la sanidad pblica y universal, la enseanza gratuita, la cultura generalizada, la investigacin pionera, la medicina solidaria y tambin la alimentacin insuficiente, las viviendas estrechas, la escasez de gasolina, los apagones, la ejecucin de delincuentes y el encarcelamiento de Raul Rivero, como si Cuba fuese un lote de criaturas inevitablemente ligadas entre s o un conjunto floral nacido enrevesado de la misma tierra; defender Cuba es ms bien defender esa diferencia -la llamemos socialismo o no- en la que se asientan los valores que siempre hemos defendido y que sobrevive (la diferencia) incluso a las cosas que no apoyamos o que no nos gustan.

No se trata, pues, de cmo se vive en Cuba sino de qu est en juego. Cmo se vive? Digamos la verdad: se vive mal y de nada sirve a los que querran vivir mejor saber que hay al menos 87 pases en los que se vive peor. Pero, qu est en juego? Est en juego no slo la conservacin de algunos milagros que se han convertido en costumbres y que tienen que ver con la igualdad y la fraternidad; estn tambin en juego la libertad y la independencia en una trama universal de sumisiones injustas, humillantes y mortales. La diferencia cubana es inseparable de y est condicionada a la victoria en una guerra de liberacin nacional que han perdido uno por uno todos los pases de Latinoamrica y del mundo y que se viene librando en la isla, sin solucin de continuidad, desde 1868, cuando Carlos Manuel de Cspedes proclam la libertad de los esclavos en La Demajagua. Por esta diferencia s, por esta independencia, condicin de todo lo dems, tambin; por esta independencia-diferencia hay muchos cubanos que no slo aceptan vivir mal sino que aceptaran vivir un poco peor; y medir sus angosturas desde nuestro saln, despreciando su sacrificio como intil y hasta improcedente, es lo mismo que burlarnos de su superior conciencia poltica, su superior estatura moral y su superior dignidad humana. Cuba no habra sobrevivido 45 aos si la Revolucin, a la que no dejan desarrollarse econmicamente, no hubiese triunfado intelectual y moralmente; es decir, si la mayor parte de los cubanos no tuviese menos presente cmo se vive en Cuba que lo que se estn jugando all.

Cuba es, pues, una trinchera a la que EEUU no permite ser un pas. En las trincheras tambin se vive; en las trincheras la gente fuma, habla, se enamora, se re, escribe libros y silba canciones; y en una trinchera tan grande y tan hermosa, con tanta ceiba, tanto flamboyn y tanta palmera, con tanta inteligencia y tantas manos, a veces luchar es una fiesta. En una trinchera, en todo caso, la claridad se mezcla con las sombras, el herosmo con la normalidad ms cenicienta. Nunca la paideia de la resistencia es tan completa como para evitar -frente a la presin radical del enemigo- las rendiciones individuales: los que desertan, los que buscan su propia ventaja en la apretura, los que acaban cediendo -pobrecitos- a la solucin individual o al apao privado. Pero en esta trinchera, en todo caso, la diferencia alienta y no se trata -lo dir rpidamente para ponerme a cubierto de la justa reprimenda de mi admirado Juan Jess Rodrguez Fraile, que hace no mucho me haca algunas certeras observaciones en estas mismas pginas- no se trata de una diferencia slo de grado: no es que en Cuba se viva menos mal, se oprima menos, haya menos injusticia o menos violencia. Es verdad que desde la grada superior, donde no tenemos que disputarle ni la tierra ni las vacunas a un invasor, solemos tender a menospreciar las diferencias de grado, olvidando que un grado -a menudo menos- es en la mayor parte del planeta la diferencia que existe entre la vida y la muerte. Pero es que, en un sistema mundial de explotacin e intercambio desigual, las diferencias favorables de grado slo pueden entenderse como privilegios conquistados y defendidos a costa de los otros o como discontinuidades cualitativas reidas contra un sistema de privilegios. Menos mala, menos violenta, menos injusta, este menos de Cuba no es sencillamente la resta satisfecha de un cupo invariable, resignado, de mxima maldad; es en la historia la apertura cualitativa -la cierren o no- a otro mundo. Restar y resistir no es complacerse en una injusticia relativa: es atravesar el capitalismo, en las condiciones -s- que todava decide l, con un hilo de otro color; incubar en el ambiente ms hostil que pueda imaginarse el huevo de otra lgica. Triunfe o no, la arrodillen o no, Cuba es al mismo tiempo de este mundo y de otro mundo; y ese otro mundo slo podemos defenderlo all, en esa roca, contra esas fuerzas, dentro de esas paredes. Dnde si no? Fuera de la historia? Sin geografa ni armas ni memoria ni lbidos ni estrategias?

(Aadir de paso que entiendo muy bien lo que invoca Juan Jess Rodrguez Fraile con su imperativo de "querer siempre lo universal", pero quizs es mejor plantearlo de otra manera, al pie del rbol y no desde la copa. No, de ninguna manera y -an ms- todo lo contrario: hay que querer siempre lo ms concreto: la tierra, la casa, el novio, los hijos, los geranios, el aire limpio, el agua corriente y hasta la luz elctrica y comprender, al mismo tiempo, que nada de esto est individualmente asegurado -y precisamente porque no sera justo- si su disfrute no es formal y materialmente universalizable. Esto es lo que Cuba ha entendido muy bien, aunque no pueda verificarlo del todo: la necesidad de defender simultneamente lo universal (las estrellas y las leyes), lo general (la alimentacin, la sanidad, la enseanza) y lo colectivo (los medios de produccin y, por ejemplo, los de transporte) en medio de un huracn mundial que ha privatizado ya no slo los bienes generales y los bienes colectivos sino que est privatizando tambin los colores, las formas y la mismsima excelencia moral -que Kant asociaba a la visin de las estrellas. "Querer lo universal", "estar slo pendiente de lo absoluto" y no admitir ni una sola concesin por debajo de esa ambicin total, es sencillamente concedrselo todo a los ms fuertes y quitrselo casi todo a los ms dbiles).

Si algo nos falta a los intelectuales europeos de izquierdas es un poco de modestia. Sentados en nuestro silln, la nevera surtida y la habitacin caldeada; o ligeros y aptridas, de avin en avin y de congreso en congreso, discutimos algunos pasajes de Marx o algunas lneas de Gramsci y nos preguntamos si en Cuba hay o no socialismo y cunto y desde cundo y hasta qu punto. Algunos llegan a la conclusin irrefutable de que en la isla no hay socialismo y de que, en consecuencia, cualquier cosa que sea lo que haya all, no vale la pena. As que ceden la isla con todos sus habitantes al capitalismo estadounidense, que es la nica alternativa realmente existente: si Cuba no es verdaderamente socialista, mejor dejarla caer junto a Hait o Nicaragua o El Salvador u Honduras. Que se la queden ellos! Ambiguos, reticentes, quisquillosos, puntillosos, bizantinos, ms inteligentes que nuestros colegas caribeos, acabamos convirtindonos sin saberlo, sin quererlo, en el embrague del imperialismo. Porque nos resulta difcil aceptar que no somos nosotros, sino los cubanos, quienes tienen que decidir si la Revolucin vale o no la pena; como nos resulta difcil aceptar que todava hoy, cuarenta y cinco aos despus, no obstante todas las penalidades, contra todas las penurias, entre apagones y achuchones, la mayor parte de los cubanos no quiere entregar la isla, sea socialista o no, a los privatizadores de escuelas y de estrellas enrocados en Miami.

Incluso apoyar la Revolucin es tan fcil, tan arrogante, tan inmodesto, como condenarla. Confieso que no la apoyo sino que me apoyo en ella. No la apoyo. En la trinchera, en las penosas condiciones de la resistencia, hay cubanos que claudican, que no pueden ms, que se rinden, que se cansan, que desesperan y se inclinan por la solucin individual; a sos los compadezco, pues no puedo estar seguro de que no hara yo lo mismo en su lugar. Pero a los otros, a los que aguantan, a los que "resuelven" y no reniegan, a los que saben lo que est en juego y aprietan los dientes, a los que no ceden, a los que admiten las dificultades e improvisan todos los das soluciones, a los que concentran en sus cuerpos el decoro -como deca Mart- que debera estar mejor repartido tambin entre los hombres; a los que se sienten cansados y no se rinden (y se ren y se enamoran y escriben libros en la trinchera); a sos los admiro locamente, insensatamente, y les doy las gracias. Y si al final slo quedara uno -porque vivir mal es siempre real, aunque no siempre verdadero-; si slo un cubano en pie dijese "no" a los estadounidenses, la razn, la moral, la dignidad y la belleza estaran de su parte; y yo lo admirara locamente, insensatamente, y le dara las gracias.

Cmo se vive? O qu est en juego? "El verdadero hombre" -deca tambin Jos Mart- "no mira de qu lado se vive mejor sino de qu lado est el deber". Eso quizs no es socialismo, pero es sin duda su condicin irrenunciable. Parece mentira que todava haya que empezar por ah. Parece mentira que todava haga falta explicar eso.




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