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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 04-12-2007

La seguridad de los espaoles

Santiago Alba Rico y Carlos Fernndez Liria
Gara

El filsofo Santiago Alba y el catedrtico de Filosofa en la Universidad Complutense de Madrid Carlos Fernndez Liria expresan su preocupacin por las implicaciones de la condena en el 18/98. A su juicio, slo una inquietante combinacin de denssima alienacin social y bajsima cultura democrtica pueden explicar la sensacin de seguridad y bienestar de la ciudadana espaola, puesto que la inmensa mayora de los espaoles nos encontramos en la misma situacin que los encarcelados: nadie puede demostrar que tengamos ninguna relacin con ETA.


Tras las detenciones el pasado viernes de 46 de los 56 encausados en el sumario 18/98, el PSOE se jacta de su firmeza contra el terrorismo, el PP expresa su inmensa satisfaccin y los espaoles en general nos sentimos, naturalmente, ms contentos y mucho ms seguros. Por qu nos sentimos ms contentos y ms seguros? Porque la irregular y aparatosa operacin policial ha demostrado la peligrosidad esencial de 46 hombres y mujeres que durante 8 meses acudieron puntualmente a todas las sesiones del juicio en la Casa de Campo de Madrid, a cientos de kilmetros de sus familias y sus trabajos, sin resistencia ni tentativas de fuga. Y por qu esta irregularidad publicitaria nos hace sentir tan contentos y tan seguros? Porque no se trata de garantizar el cumplimiento de una rutinaria sentencia penal sino el de una sentencia poltica cuyo carcter extrajurdico hemos aceptado alborozadamente desde el principio y cuyo contenido punitivo sabamos sujeto a los vaivenes de las fallidas negociaciones de paz y al calendario electoral. Y por qu este atropello nos hace sentir tan contentos y tan seguros? Porque una sentencia de este tipo slo poda alcanzarse despus de una emocionante farsa judicial fundamentada en el principio totalitario de analoga y concretada en toda clase de irregularidades de procedimiento, tal y como han denunciado observadores internacionales y juristas independientes. Y por qu -por qu- esta copia grotesca del grotesco juicio a Sadam Hussein en el Bagdad ocupado nos hace sentir tan contentos y tan seguros? Porque, despus de todo, aqu no se trata de mandar al patbulo a un dictador asesino sino de condenar a 500 aos de crcel a 46 inocentes; porque no hay otra forma de encerrar, y utilizar como rehenes, a 46 periodistas, ecologistas, pacifistas, defensores del euskara y activistas sociales de los que no se puede demostrar su vinculacin con ETA y de los que, en algunos casos, se puede demostrar exactamente lo contrario.

Y por qu la violacin de todos los fundamentos del Derecho, a condicin de que se haga para encarcelar inocentes, nos hace sentir tan contentos y seguros fuera del Pas Vasco? Slo una inquietante combinacin de denssima alienacin social y bajsima cultura democrtica puede explicar este misterio. A fin de cuentas, la inmensa mayora de los espaoles nos encontramos en la misma situacin que los encarcelados: nadie puede demostrar que tengamos ninguna relacin con ETA. No deberamos sentirnos, pues, preocupados e inseguros? No deberan alarmarnos y escandalizarnos unas medidas que en cualquier momento podran tomarse contra nosotros, como inocentes que somos?

Sin ningn rubor, y siempre cuesta abajo, muchos espaoles sostienen su ilusoria seguridad en el hecho de que a los periodistas y activistas vascos no se les ha condenado por lo que han hecho sino por lo que quieren y que basta con no querer ciertas cosas para que la suspensin creciente del Derecho no ponga en peligro nuestras visitas al supermercado, nuestras retransmisiones deportivas y nuestro refresco favorito. Pero que el Derecho y la democracia no tengan ms existencia que la modestia e insignificancia de nuestra voluntad, no debera ya hacernos temblar, al menos de indignidad? Y cunta voluntad tendremos que ceder en un rgimen de presunta voluntad soberana para estar tranquilos? Bastar con no querer la independencia de Euskal Herria, ni siquiera por vas pacficas y democrticas? Me temo que no. Despus de todo, si Euskal Herria estuviera en Serbia o en Turqua, muchos espaoles hablaran ahora de vascos valientes y oprimidos como se habla de los kosovares o de los kurdos, y otros muchos hablaramos de izquierdistas represaliados y perseguidos como lo hacemos con los sindicalistas de Colombia. Cunto hay que dejar de querer para seguir creyendo que podemos seguir queriendo lo que queramos? Dejemos de querer la paz o la solucin del problema vasco; dejemos de querer tambin -los que no consideramos la idea ni absurda ni criminal- la independencia de Euskal Herria y probemos a querer, por ejemplo, la independencia de Espaa. Probemos a querer de verdad -con la misma insistencia que los vascos encarcelados- una Espaa sin Banco de Santander ni tnel de la M-30, sin mafias de la construccin ni inseguridad laboral, con una economa, una educacin y una sanidad verdaderamente pblicas, con tres poderes verdaderamente independientes, con medios de comunicacin controlados por los ciudadanos y no por las grandes empresas; probemos sencillamente a querer -pero de verdad, como los vascos ahora encarcelados, con un mnimo de fuerza colectiva- un poco de aire limpio y de espacio libre para nuestros nios y para los nios de nuestros nios, y descubriremos enseguida que tambin puede haber kurdos en Valencia y colombianos en Madrid como los hay en el Pas Vasco. En realidad, para ser inocentes, y hacernos la ilusin de que no corremos ningn peligro, hay que dejar de querer tantas cosas que quizs deberamos sentirnos culpables de serlo o incluso empezar a a pensar en ser un poco culpables: culpables, al menos, de querer de verdad, al mismo tiempo, democracia y Derecho para Espaa y Euskal Herria.

Pero no es se hoy el peligro. No queremos querer. Queremos dejar de querer cuanto haga falta para poder seguir queriendo nuestro programa de televisin preferido y nuestro refresco favorito al margen del Derecho y con independencia de que haya o no democracia en Espaa. Si hay que dejar de ser vascos, bien; si hay que dejar de ser espaoles sensatos, tambin; si hay que dejar de ser hombres dignos, venga. No me gusta usar en vano un trmino tan desgastado y tan ineficaz, pero esta combinacin de densa alienacin social y bajsima cultura democrtica en el horizonte de un pur institucional que erosiona la divisin de poderes para encarcelar inocentes encaja como un guante en las definiciones ms clsicas del fascismo, al menos en sus formas embrionarias. Hay un fascismo intermitente y homeoptico, de aplicacin local, como las pomadas, y hay ya un fascismo mental generalizado presto a aceptar cualquier medida extrajurdica populista, por muy brutal que sea, mientras no incomode la radical inocencia de nuestra vida privada. En este contexto, los medios de comunicacin son los escultores de un magma subterrneo cada vez ms extendido -cada vez ms superficial- que acepta el encarcelamiento de inocentes en el Pas Vasco con las mismas razones y con el mismo grano de voz, amenazador y familiar, con el que exalta la insolencia del rey ante el presidente Chvez o justifica el asesinato de Carlos Palomino a manos de un militar xenfobo.

Sin negociaciones, sin diferencia entre inocentes y culpables, sin ninguna alternativa poltica, la inmensa satisfaccin de partidos y ciudadanos espaoles ante el encarcelamiento de 46 inocentes est plenamente justificada. A partir de hoy hay ms ETA y menos estado de derecho, dos motivos sin duda slidos para que todos nos sintamos mucho ms contentos y mucho ms seguros.



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