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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 16-10-2004

Recordando a aquel truclento diario
El Caso

Angel Rekalde
Rebelin


Nada que ver con la tragedia griega. Ese afn de conocer y regodearse en los detalles ms escabrosos y desagradables de la desgracia ajena no guarda la menor relacin con la catarsis, ni siquiera con la dudosa compasin cristiana. Es puro morbo. Curiosidad malsana. Egosmo de mala cepa. Sucios cotilleos de alcahuete. Habladuras de baja estofa.

En las ltimas semanas asistimos a un insoportable despliegue de noticias truculentas que nos infestan el horizonte meditico de cada maana. El suicidio del adolescente de Hondarribia, la muerte de dos mujeres policas a manos de un violador psicpata recin salido de prisin, el suicidio colectivo de siete jvenes en Japn o la crnica diaria de mujeres maltratadas o asesinadas a manos de sus parejas llenan los titulares de prensa. Se nos revuelven en el estmago de las tertulias. Se repiten en las sobremesas de la familia, en el caf del trabajo o en los corrillos de la oficina. Volvemos a los tiempos en que El Caso era el diario ms difundido y manoseado del mercado? Se saba que entonces este peridico de sucesos, sensacionalista, amarillo donde los hubiera, actuaba como blsamo de las conciencias, para sosegarlas, en una poca el franquismo- en que haba que convencer a la poblacin de la fortuna de que disfrutaba en medio de la miseria generalizada, porque las peores calamidades caan en otras casas. Funciona una suerte de ntima complacencia en la sorpresa de que otros sufren peores desgracias.

En el caso de Hondarribia, por ejemplo, a pesar de todo lo ledo y escuchado, no me atrevo a decir que sepa demasiado de lo ocurrido realmente. S s, porque lo dice cualquier manual de psicologa, algo tan obvio como que la publicidad es deplorable en un episodio de esta naturaleza, susceptible de provocar imitaciones. En ningn caso estamos ante un suceso que deba ser discutido en pblico. Tampoco es de recibo el linchamiento desatado a diestro y siniestro, sin las cautelas de la presuncin de inocencia, sin la prudencia de una investigacin que, desde luego, no ha existido por parte de los periodistas.

Y sin embargo, todos hemos participado, hemos escuchado sentencias rotundas, condenas, hemos proyectado nuestras viejas memorias de adolescencia sobre una historia muy personal, muy privada, muy delicada.

No pienso comentar el triste suceso de Hondarribia porque de entrada, a diferencia de tanto tertuliano y comentarista, no me siento informado ni perito en la materia. Pero s me pregunto: A qu viene tanta noticia trgica, tanto sensacionalismo, tanta adversidad y tanto episodio de mala nota?

Con el estilo de informar de El Caso se divulga y construye una visin policial de la convivencia y del comportamiento humano. Los hechos y sucedidos importantes son delitos. Los actores y protagonistas son criminales, o sus variantes de desviados, marginales, miserables, categoras sociales que a la larga se confunden y se meten en el mismo saco en el imaginario colectivo.

La vida en sociedad, en esta lectura cotidiana, es una selva en la que los individuos deben estar sujetos a unas normas (indiscutibles, supremas, establecidas por la autoridad), y que cuando alguien se las salta pone en peligro a los dems: su vida, su hacienda, su integridad, su sexualidad, la de su familia o la de cualquiera. Es, por aadidura, una visin fragmentaria de la realidad, descontextualizada, que no indaga en clases, ni en causas, ni en discriminaciones, ni en responsabilidades de las autoridades o de los grupos de poder. Al contrario, al destacar con escndalo la ruptura de la norma da por bueno, por natural, el orden imperante.

La sociedad es un lugar habitado por potenciales delincuentes. Todos somos culpables en potencia, y cuando un ciudadano observa un acto irregular, es decir, sospechoso, presuntamente peligroso, debe llamar a la polica. El ser humano es un peligro, y debe ser protegido con la fuerza, con la polica- de s mismo y de los dems.

La violencia impregna estos actos que se nos cuentan; la insolidaridad es preferible a la confianza; el recelo es mejor que la bulliciosa alegra comunitaria; slo nos podemos fiar de la Polica.

Ante los problemas, en efecto, la nica solucin es restablecer el orden; es decir, el control, la represin, en resumen el discurso de seguridad, que como sabemos es tan querido de las derechas.

Esta perspectiva compone un discurso de autoridad (segn explica Grard Imbert), en el que domina una interpretacin policial de las relaciones y las actitudes humanas: no hay sitio para los diferentes, ni disidentes, ni accidentes; slo se contemplan asaltos, golpes, crmenes e ilegalidades. Ante la protesta, la disidencia, la crtica a la norma, la desviacin (la homosexualidad, la locura, la droga...), ante cualquier problema, la solucin es la restauracin del orden y la ley.

Cuando hablamos de tantos sucesos, que se nos destacan, que se nos seleccionan, que nos apelan con su morbo, recordemos que tras ellos asoma la autoridad competente, con su eterna mano dura. Es para tomrselo con cautela, tanta polica en nuestras vidas. Pero, cunto nos gustar pensar que ha cado el de ms all, que otro ha mordido el polvo, y hacernos cruces ante esas calamidades ajenas!




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