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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-01-2008

Ruanda
El genocidio no deja de parir vctimas

Noel E. King
IPS


Lo que Gilbert Nshimyumukiza recuerda del genocidio de Ruanda es que comenz a llover mientras l y sus hermanos intentaban llevar al interior de su casa a su padre herido. El terreno estaba resbaloso por el barro y el hombre era muy pesado. Luego lo cubrieron con una sbana y esperaron a que muriera.
"La lluvia caa. Me sent y llor. Era tan joven. Pero nadie vino", relat.

Miles de nios y adolescentes ruandeses se vieron en idntica situacin a la de Nshimyumukiza. Hurfanos, sin padres que los aconsejaran, muchos ni siquiera pensaron lo que significara para su futuro abandonar la escuela.

Nshimyumukiza tena nueve aos durante los 100 das de 1994 durante los cuales alrededor de 800.000 miembros de las etnias tutsi y hutu moderados fueron masacrados, a manos de las milicias conocidas como "interahamwe" e incluso ciudadanos ordinarios, empujados a la matanza por el rgimen hutu de lnea dura.

Ahora tiene 21 aos y est desempleado. Tampoco estudia. Admite que sus perspectivas de futuro son desalentadoras. No se trata slo de los problemas fsicos o psicolgicos, sino de su bajo nivel de educacin formal.

"El gobierno admite en la Universidad a quienes se graduaron en la escuela secundaria con un promedio de por lo menos tres puntos", dijo a IPS. "El mo fue 2,8".

Luego del genocidio, a Nshimyumukiza le resultaba difcil preocuparse de sus clases o prestar atencin a sus maestros.

"El gobierno otorg a los sobrevivientes dinero para los aranceles escolares. Pero no tenamos comida, ropa, zapatos. Me consegu un trabajo, cortando el pelo en la calle y esto me impeda ir a la escuela, a veces durante ms de una semana", record.

Noel Munyarwa, a los 10 aos, era un alumno de escuela primaria que se destacaba tanto en matemticas como en travesuras y soaba con tener, algn da, un automvil.

Ahora trabaja como empleado domstico, cocinando y limpiando para pasantes expatriados, muchos de su misma edad, en una organizacin no gubernamental de Ruanda. Gana 40 dlares al mes, ms alojamiento y comida.

Cuando comenzaron los asesinatos en la aldea, su familia se refugi en la iglesia, donde esperaban estar a salvo. Pero las milicias hutu rodearon el edificio y arrojaron granadas a travs de las ventanas.

"Una mat a mi madre y mis dos hermanas", dijo a IPS con una voz apenas audible, su cara convertida en una mscara de dolor. "Pude huir con mi hermana menor y seguimos a otros hacia Burundi", agreg.

Cuando retornaron, seis meses despus, ir a la escuela estaba fuera de la cuestin. El gobierno slo ofreca ayuda para los aranceles, pero nada ms. "Necesitaba zapatos y lpices y comida para despus de clase", relat.

Su familia adoptiva no poda hacer frente a ese gasto, por lo que Munyarwa comenz a vender cigarrillos y galletas en la calle, junto con otros hurfanos. Luego encontraron trabajo en casas, para cocinar, lavar los platos y hacer la limpieza general.

Emmanuel Ngabanziza siempre dese "portarse mal" en la escuela primaria, pero su padre lo golpeara si no figuraba entre los primeros de la clase.

Cuando se desat la matanza, su madre y su padre fueron fusilados frente a l, quien huy junto a sus seis hermanos y hermanas. Cuatro de ellos fueron ametrallados. Ngabanziza y dos de sus hermanas lograron llegar a Burundi con otras personas de su aldea.

"ramos ms de 150 huyendo a travs de los campos. Pero las milicias tambin estaban all, con machetes. Creo que llegamos 50, los dems fueron asesinados", dijo a IPS.

Luego de cuatro meses en un campamento de refugiados en la frontera con Burundi regres a Ruanda y a la escuela, pero no le fue bien.

"Me senta miserable. Estaba muy triste. Nadie cuidaba de m. Senta que haba estado lejos de la escuela por mucho tiempo", relat.

Algunos jvenes ruandeses que lograron sobrevivir al genocidio lograron continuar con sus vidas en mejores condiciones.

Serge Rwigamba, un quisquilloso joven de 26 aos, considera que su vida consta de tres etapas: la despreocupada previa al genocidio, la terrorfica durante la matanza y la actual, la de las secuelas.

Cuando asista a la escuela primaria no pensaba en su origen tnico. Una vez, cuando un maestro pidi que los alumnos hutu se pusieran de pie, l lo hizo con ellos. Eran los mejores jugadores de ftbol del colegio y los admiraba. Slo cuando el maestro, un hutu, le orden bruscamente que se sentara tom conciencia de que era tutsi.

Durante el genocidio, Rwigamba, quien tena 13 aos, se mantuvo ocult en la iglesia catlica Sagrada Familia de Kigali mientras otros tutsis eran arrastrados fuera de ella para ser asesinados a tiros o machetazos por las milicias. Escap a la muerte cubriendo su cara con una pollera para simular que era una nia. Su padre y su hermano no tuvieron esa suerte.

Ahora estudia en la Universidad Libre de Kigali y trabaja como gua en el Museo del Genocidio de la capital, pero todava lucha con recuerdos aterrorizadores.

"Mi padre y mi hermano estn enterrados ac, en algn lugar", dijo mientras recorra su lugar de trabajo, donde 258.000 vctimas descansan en 14 fosas comunes. "Tengo suerte, puedo visitarlos todos los das", agreg.

Como la mayora de los ruandeses jvenes, Rwigamba es mucho ms reticente que sus compatriotas de ms edad cuando se le pregunta si est dispuesto a perdonar a los responsables del genocidio.

"Somos slo humanos, no ngeles. Cuando nos dicen que perdonemos, nos estn pidiendo actuar como si no furamos humanos", seal.

Es ms afortunado que muchos sobrevivientes. Su madre logr escapar y luego volvi a su trabajo en la Cruz Roja. Ahora est jubilada y no puede pagar el costo de su educacin universitaria, pero el empleo en el museo le reporta 240 dlares mensuales, suficientes para cubrir sus gastos.

Rwigamba admite que tuvo suerte y se identifica con los otros sobrevivientes, pero cree que deben hacerse responsables de s mismos. "Hay que animarlos a realizar pequeos trabajos, tienen que tomar la iniciativa", asegur.

Muchos le responden que es ms fcil decirlo que hacerlo y remarcan que se encuentran sin direccin ni gua. "Ojal mi vida hubiera sido diferente", dijo Munyarwa, "pero no s a dnde pertenezco".


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