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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 22-01-2008

Razn de la beligerancia, origen de la rebelin

Carlos Alberto Ruiz Socha
Rebelin



Mientras va madurando un debate en torno al reconocimiento o no de la beligerancia para las guerrillas colombianas, controversia en la que con equvocos se piensa que es apenas una categora jurdica, uno puede ir y venir entre las noticias que cuentan cosas de la gente, y de los indigentes. Sobre estos ltimos, los hechos de cada semana: las decenas de nios/as que mueren por desnutricin y enfermedades curables, o de adultos que perecen sin pasar siquiera las puertas de los hospitales, en el abandono. O la evidencia diaria de jvenes sin futuro. Lo que en junio de 2007 el propio Procurador General en Colombia ratific: de los 18 millones de adolescentes, dos millones se encuentran en indigencia y seis millones ms en estado de pobreza. Otra resea, en la seccin Gente del poderoso diario El Tiempo, tiene que ver directamente con el orden globalizado, no solamente imperial y neoliberal, sino neoseorial, en la fuente de un conflicto social, poltico, econmico, y armado. Nos relata que se cas el sbado 19 de enero en Cartagena de Indias, el hijo del plutcrata colombiano Julio Mario Santo Domingo, uno de los archimillonarios del planeta. Contrajo nupcias con una gringa, editora de la revista Vogue; en una lujosa ceremonia a la que asistieron ms de 400 invitados, muchos de ellos de fuera del pas. Se lee en ese peridico (20.01.08): La novia, de blanco de pies a cabeza, lleg a la iglesia de Santo Domingo, el templo ms antiguo de la ciudad colonial amurallada, en un carruaje tirado por finos corceles... El sofocante calor hizo que invitados a la ceremonia catlica se retiraran del templo restaurado con la ayuda de la Cooperacin Espaola / Entre los cientos de invitados, estuvieron gentes del mundo empresarial, artistas, periodistas y polticos, entre ellos la actual embajadora de Colombia en Espaa, Noem Sann / Desde las primeras horas de la tarde, las autoridades locales cerraron varias calles aledaas al histrico templo El industrial Julio Mario Santo Domingo y su esposa, Beatrice Dvila, residen en Nueva York, Estados Unidos, donde varios grandes almacenes se encargaron de la lista de regalos para el matrimonio.

 

A unos cuantos cientos de metros, las nias prostituidas esperan. El hambre asecha. La exclusin reina. La mierda hiede y vierte su fatal desesperanza. Su germen. Cientos de miles de desplazados/as pobres, negros/as, mulatos/as, olvidados/as, sobreviven, y esperan, en sus barriadas de luces y sombras. All existen decenas de miles de los 4 millones de personas desplazadas, cifra que nos record Franois Houtart, presidente del Tribunal de Opinin realizado para tratar este tema (noviembre de 2007), cuando escribi afirmando con razn que el dolor de Colombia no puede verse solamente fijando la mirada en el caso de Ingrid Betancourt. Esos millones de seres humanos desplazados por la voracidad neoliberal, neofeudal y paramilitar, son, primero que Ingrid, pero con ella, en mi opinin, lugar de verdad, para hallar salidas dignas, sin renuncias. En los trminos de Ignacio Ellacura: los sujetos desde donde puede y debe considerarse lo necesario, lo verdadero, lo justo, lo adecuado. Y no Santo Domingo, ni la clase oligrquica que ha favorecido la entronizacin narcoparamilitar que representa Uribe, y que se ha servido de ella para el saqueo y su mayor acumulacin.

 

Pasa todos los das. La ausencia contra la opulencia. La vida contra la muerte. En la Cartagena de los turistas y puristas. En la Colombia donde estos contrastes no dan vergenza sino slo a unos pocos, de los cuales algunos podrn por bsica capacidad de raciocinio e indignacin, preguntarse si hay derecho a negar que existe un conflicto poltico-militar que nos traduce el cuadro de unos proyectos de sociedad en disputa. Y si hay derecho a olvidar las races de injusticia que explican esta confrontacin y a condenar las rebeldas que surgieron ante esa estructural violencia y la oprobiosa exclusin que dimana como fatalidad para las mayoras.

 

Para muestra basta un botn, reza un viejo dicho espaol. El repugnante Santo Domingo no es el nico, ni el ms poderoso rico. Hay ms con pasaporte colombiano y otros papeles, que pueden impunemente andar tranquilos, festejando mientras se mantiene la chusma al margen. De eso viven gratis, sin costo econmico, ni moral, ni desolacin, pasando muy de lejos de sus fastuosas madrigueras una guerra no gratuita que s sufren millones de colombianos/as, en una tierra prdiga. No se lee, no se quiere ver, se oculta, no se toca, ni si huele, ni se escucha, que la riqueza y la miseria en Colombia matan doble vez; que ambas son abominables; que son todava ms aterradoras, no slo por la desigualdad, cuyos ndices convencionales la denuncian como una de los ms altas del mundo (en Amrica compartiendo este nivel con Brasil y Hait), sino porque, siendo expoliado un caudal colectivo, los ahtos adems de pasearse en un besamanos asqueroso, se sienten y estn cada vez ms blindados, con la cabeza en alto y sin temor alguno, ordenando a sus empleados en aparatos polticos y en medios de comunicacin, la consigna contrainsurgente y antiterrorista, desde la comodidad de su pedestal. Que son ellos, dspotas ilustrados, y no otros, los que albergan ideas polticas sobre el mundo y el pas; que son ellos, nadie ms, deliberantes y beligerantes.

 

El mensaje cala hondo. Por ello es an ms ignominiosa la situacin colombiana, porque se repulsa primero el conflicto armado que impugna ese statu quo y a los movimientos armados de oposicin, y no se atacan frontalmente las causas de la guerra. Pues si el mundo es como Colombia, igual de rico y miserable, la causalidad y perspectiva poltica de esta confrontacin, debe ser valorada como acervo de resistencia y no soslayada. Es rastrero un proceder, cuanto no solamente el nuevo capitalismo es defendido por sucesivos vasallos armados que siembran el terror, sino que sigue dependiendo enteramente su triunfo del nivel de conciencia de los oprimidos, como explica Claudio Katz. O de inconsciencia, alimentada por tesis como aquellas esgrimidas estos das: que debe aislarse cualquier fundamento de la rebelin y que no conviene tensionar (estamos convencidos que polarizar ms a la sociedad colombiana no contribuye a superar el conflicto armado, se afirma, entre otras ambigedades, en una carta al Presidente Chvez, por parte de algunas entidades pacifistas y de asistencia: http://www.codhes.org/). Y peor, cuanto ms servil es la reverencia que la ignorancia dispensa ante las trampas que hacen los amos. Como si polarizada materialmente la sociedad colombiana, no hiciera falta, precisa y justamente, polarizarla polticamente, hacerla ver como es, desde la tica, con rupturas, con opciones, donde y cuando se escoge, no a ciegas, un campo en la brega de la historia de un pas que sigue en movimiento, produciendo abismos.

 

Es posible que algunos se dejen confundir pensando que la discusin sobre la beligerancia es terica y antigua, o algo vigente, pero que debe ceirse a un derecho cerrado. No. Tiene mucho que ver con las realidades degradantes de hoy, con las mismas que impulsan una celada contra las resistencias. Para evitar la emboscada de los de arriba, al menos un conjunto de voces deben asumir las dimensiones de los derechos de los de abajo, debiendo articular entonces, como parte de sus conatos, la reflexin de las nuevas razones de la rebelin. Por ello no pueden ser fragmentados sus campos de estudio y accin argumentativa, donde lo jurdico juega hasta un punto, indudablemente, al lado de la tica y de la inteligibilidad poltica y sociolgica de un conflicto que tiene orgenes y retornos, que no puede ni debe ser superado sin que se generen escenarios de negociacin de los cambios urgentes para el pueblo colombiano, es decir a condicin de estar politizado, a lo cual ayudan mucho las secciones de Gente y economa de los diarios, para no quedarse siempre en las pginas de noticias polticas y judiciales, que nos refieren de qu manera un rgimen narco-paramilitar y oligrquico se ufana de su exitosa administracin. Si hay derecho a bodas de ricos inmunes, habr derecho al menos de escoger sus mortajas los pobres, y a no morir de rodillas. Envolvamos de tica y de poltica, de historia y de economa, la cuestin de la beligerancia; descubramos que valores de humanizacin proponen sus detractores y sus defensores. Albert Camus, hace casi 60 aos nos legaba: Hasta la nostalgia del reposo y de la paz debe ser rechazada; coincide con la aceptacin de la iniquidad. Los que lloran por las sociedades felices que encuentran en la historia confiesan lo que desean: no la disminucin de la miseria, sino su silencio. Alabado sea, por el contrario, este tiempo en que la miseria grita y retrasa el sueo de los ahtos!.



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