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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 03-02-2008

Poder Popular en Gaza

Ramzy Baroud
Al Ahram Weekly

Traducido del ingls para Rebelin por Sinfo Fernndez


En una entrevista radiofnica anterior a la invasin estadounidense de Iraq, David Barsamian pregunt a Noam Chomsky qu podran hacer los estadounidenses de a pie para detener la guerra. Chomsky respondi: En algunas partes del mundo, la gente no se pregunta nunca Qu podemos hacer?. Sencillamente, van y lo hacen.

Para alguien que ha nacido y crecido en un campo de refugiados de Gaza, esa respuesta, aparentemente indirecta, de Chomsky no necesita de ms aclaraciones

Cuando los habitantes de Gaza asaltaron recientemente la cerrada frontera con Egipto, me volvi a la mente el comentario de Chomsky, junto con otros recuerdos del todava importante e inolvidable- pasado.

En 1989, el campo de refugiados de Burij estaba sufriendo un frreo toque de queda como castigo por el asesinato de un soldado israel. Cuando regresaba a su hogar situado en un asentamiento judo, el coche del soldado se rompi enfrente del campo. Antes de este suceso, Burij haba perdido a cientos de sus residentes a manos del ejrcito israel y el asesinato del soldado israel fue un acto de venganza que a nadie sorprendi.

En las semanas posteriores, decenas de palestinos de Burij murieron asesinados y se demolieron cientos de casas. La orga de muerte no tuvo mucha cobertura por parte de los medios israeles.

En aquella poca yo viva con mi familia en un campo adyacente de refugiados, Nuseirat. Caracterizado por su extrema pobreza, era uno de los hogares naturales de gran parte del movimiento de resistencia palestino. Nuestra casa estaba situada unos cuantos metros ms all de lo que se conoca como el Cementerio de los Mrtires. Era una zona elevada que los nios del lugar utilizaban a menudo para observar el movimiento de los tanques israeles cuando daban comienzo a sus incursiones diarias contra el campo. Silbbamos o gritbamos cada vez que avistbamos a los soldados y utilizbamos un lenguaje de seas para comunicarnos mientras nos escondamos detrs de las sencillas tumbas.

Aunque observar, gritar y silbar eran los nicos medios de respuesta de que disponamos, no estbamos precisamente a salvo. Mis amigos Ala, Raed, Wael y otros murieron todos asesinados en esos encuentros diarios.

Durante el ms letal toque de queda en Burij, el sonido de las explosiones que sala del castigado campo lleg hasta Nuseirat. Los habitantes de mi campo se enfrascaron en un debate que no era terico ni faccioso. La gente era brutalmente asesinada, herida o empobrecida mientras la Cruz Roja tena bloqueado el acceso al campo. Algo haba que hacer.

Y entonces, de repente, sucedi. No como consecuencia de polmica alguna apoyada por intelectuales o llamamientos a la accin iniciados en conferencias, sino como acto espontneo sin estructurar que unas cuantas mujeres de mi campo de refugiados emprendieron. Sencillamente, se pusieron en marcha hacia Burij y enseguida se les unieron otras mujeres, nios y hombres. En una hora, miles de refugiados se dirigan al asediado campo vecino.

Qu es lo peor que les podan hacer?, se pregunt un vecino tratando de encontrar valor antes de iniciar la marcha. Los soldados no podrn matar ms que a unos cien de los nuestros antes de que podamos dominarles.

Los soldados israeles se quedaron estupefactos ante las multitudes que llegaban cantando. Aunque muchos de los que se acercaban resultaron heridos, slo uno fue asesinado. Finalmente, los soldados se retiraron a sus barricadas. Los vehculos de la ONU y las ambulancias de la Cruz Roja se cobijaron entre la muchedumbre y juntos rompieron el asedio.

Todava recuerdo esa escena de los vecinos de Burij abriendo primero los postigos de sus ventanas, y despus, cuidadosamente, abriendo las puertas y saliendo fuera de sus hogares en un estado de incredulidad que estall en alegra. Mis recuerdos de los cantos, las lgrimas, los muertos que eran sacados para ser enterrados, los heridos rescatados transportados en brazos, los extranjeros compartiendo la comida y los buenos deseos- me reafirman en la idea que aquel acontecimiento fue uno de los mayores actos de solidaridad humana de los que he sido testigo.

La escena se repetira una y otra vez, durante la primera y la segunda Intifada palestinas: la gente normal llevando a cabo actos de extraordinario valor que sin embargo no eran ms que una respuesta ordinaria ante una injusticia extraordinaria. El padre que perdi a su hijo al liberar Burij dijo ante la muchedumbre: Aunque mi hijo haya muerto estoy contento de que muchos ms hayan conseguido vivir.

Ms tarde, aquel mismo da, nuestro campo de refugiados cay bajo un estricto toque de queda militar, hacindonos revivir la reciente pesadilla de Burij. Ni lamentamos ni nos sorprendimos de lo que habamos hecho. Hicimos lo que tenamos que hacer, simplemente lo hicimos.

Ahora, las mujeres palestinas, una vez ms, se han puesto al frente de la sociedad civil palestina de una forma significativa y provechosa. Justo cuando al Ministro israel de Defensa Ehud Barak se le felicitaba por estar consiguiendo dominar a los hambrientos palestinos de Gaza, las mujeres normales se pusieron en marcha para romper el feroz asedio impuesto contra la Franja.

El martes 22 de enero descendieron hacia la frontera entre Gaza y Egipto y lo que sigui fue un momento de orgullo y vergenza: orgullo por ese siempre digno pueblo que se niega a rendirse, y vergenza ante esa supuesta comunidad internacional que permite la humillacin de todo un pueblo hasta el extremo de forzar a que las hambrientas madres se enfrenten a palos, a gases lacrimgenos y a las polica militar para poder realizar actos tan sencillos como comprar alimentos, medicinas y leche.

Al da siguiente, el coraje de esas mujeres inspir la misma audacia que el grupo original de mujeres de mi campo de refugiados inspir hace unos veinte aos. Casi la mitad de la poblacin de la Franja de Gaza cruz la frontera en un esfuerzo colectivo por la mera supervivencia. Y cuando la gente marcha al unsono, no hay fuerza en el mundo, por muy mortfera que sea, que pueda impedir su caminar.

La mayor fuga colectiva de la historia, como un comentarista la describi, quedar grabada en el recuerdo palestino y mundial en los aos venideros. Se analizar sin fin en algunos crculos pero, para los palestinos de Gaza, est ms all de cualquier racionalizacin: sencillamente, se hizo lo que tena que hacerse.

Se pueden derrotar los ejrcitos, pero no se puede aniquilar el espritu humano. El acto de valor colectivo de Gaza es uno de los ms hermosos y ms grandes hechos de desobediencia civil de nuestro tiempo, semejante a las marchas por los derechos civiles en Estados Unidos durante la dcada de 1960, a la lucha contra el apartheid en Sudfrica y, ms recientemente, a las protestas en Birmania.

El pueblo palestino ha conseguido triunfar donde los polticos y los miles de llamamientos internacionales han fracasado. Toman en sus manos los asuntos y vencen. Aunque esos hechos no hayan significado el fin de los sufrimientos de Gaza, suponen una advertencia de que el poder del pueblo es demasiado importante como para poder pasarlo por alto.

Ramzy Baroud es un veterano periodista palestino-estadounidense y es Editor Jefe de Palestine Chronicle. Se puede conseguir su libro ms reciente: The Second Palestinian Intifada: A Chronology of a Peoples Struggle (Pluto Press, London) en Amazon.com.

Enlace con texto original en ingls:

http://weekly.ahram.org.eg/2008/882/fo112.htm



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