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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 07-02-2008

Subasta de votos

Francisco Corral
Rebelin


Tiempo de elecciones.

Desde que el marketing poltico ha impuesto su ley, las campaas electorales se han convertido en perfectas campaas publicitarias. Los partidos contratan empresas especializadas que, mediante sondeos de opinin, detectan lo que los ciudadanos desean que se les prometa. Y luego encargan a otras empresas la preparacin de los mensajes ms eficaces para responder a esos deseos. Lo que luego harn realmente si llegan al gobierno, ya es harina de otro costal. El objetivo ahora es ganar las elecciones y para eso hay que convencer a los votantes. Y ya se sabe: no mete quien no promete.

Ni que decir tiene que las empresas publicitarias no saben, ni quieren saber, de ideologas; y menos ahora que, segn nos han dicho, ya estn muertas, o al menos catatnicas. En consecuencia, la "ideologa" del partido en cuestin, es algo perfectamente irrelevante en todo este proceso de marketing electoral.

Al mismo tiempo, sesudos socilogos encuestadores nos abruman diariamente con un feroz bombardeo de tartas rayaditas y de columnas cuadriculadas. Pero entre tan cruel avalancha de sondeos y porcentajes, se echa en falta el dato fundamental, el que como simple ciudadano ms me interesara conocer: el precio del voto.

Su clculo debe ser bastante ms sencillo que muchas de las complicadsimas cifras que nos ofrecen. Bastara con sumar el coste de la campaa electoral, la inversin en medios de propaganda, los diversos programas de subsidio al voto, los gastos en acciones electoralistas de urgencia y los diversos etcteras. Dividiendo esa suma por el total de los votos luego emitidos, obtendramos as ese ndice crucial: el precio del voto.

Con un sencillo seguimiento de ese precio, conoceramos tambin su evolucin, sin duda altamente inflacionaria; y ms si la campaa est reida y las espadas en alto. Al elector le contentara saber que su voto ha subido de precio, y que ahora puede valer casi tanto como su declaracin de la renta.

Establecido el precio del voto, tal vez algunos fueran animndose a negociarlo directamente. Y si el ejemplo cunde, el largo y tedioso circo de las campaas electorales se vera pronto reducido a un slo y nico acto esencial: la Subasta.

Habramos dado as el paso definitivo y honestamente asumido de la Democracia a la Plutocracia, siguiendo la clasificacin del viejo Aristteles. Paso que el actual sistema viene dando tmidamente y como con vergenza, entre tropezones, titubeos y ocultaciones, mantenindonos perplejos y confusos, extraviados entre Pinto y Valdemoro, y con la sensacin de no ser ni chicha ni limon.

El procedimiento sera muy simple. Cada partido presentara una oferta econmica a tanto el voto. Y el ciudadano decidira libremente a quien vendrselo. Podra incluso hacerlo por Internet, con el consiguiente ahorro de desplazamientos. Las ventajas seran enormes. En primer lugar, la claridad y la precisin: una cifra exacta y nada de difusas y etreas promesas de subvenciones, ayudas, miles de puestos de trabajo, guarderas, subidas de pensiones, rebajas de impuestos, etc., etc. Nadie puede negar, adems, que el sistema sera absolutamente igualitario: el pobre ingresara por su voto lo mismo que el rico, o incluso ms si lo negocia con astucia. Y, sobre todo, se acabara de un plumazo con las costossimas y pesadsimas campaas.

Los benficos efectos morales del sistema seran tambin mltiples e inmediatos. Habra un incalculable ahorro de energas malogradas, tiempo evaporado, palabras aprendidas, gestos ensayados y promesas incumplidas. Sera, adems, el nico procedimiento eficaz para derrotar a ese candidato sin rostro que ltimamente viene ganando muchas de las convocatorias electorales: la Abstencin. Nadie desperdiciara la oportunidad de ingresar un dinerillo, y muchos disfrutaran la excitacin mercantil de obtener unos duros ms que el vecino.

El que ms y el que menos, en fin, intentara "vender caro su voto", intuyendo sabiamente que en esos das tiene la ocasin (sa con fama de calva) y que, pasado ese momento, no encontrar ms pelos a los que agarrarse que las buenas palabras y, eso s, la firme promesa de estudiar sus problemas.




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