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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 11-02-2008

La hondonada entre la justicia y las promesas rotas
Bosquejos para un retrato de Mxico

John Berger
La Jornada


Estoy sentado en una cabaa de madera en las orillas de San Cristbal de las Casas, Chiapas, en el sureste mexicano, a punto de dibujar un retrato del subcomandante Marcos.

Veinte aos atrs en este poblado de calles angostas, de casas del color de las flores, cualquier indgena que anduviera por la acera tena que bajarse para permitirle a algn mexicano "blanco" continuar sin perturbaciones su camino.

Tras la toma de la ciudad por los zapatistas en 1994, esto cambi. Lo que hoy ocurre en esas mismas aceras hoyancadas es asunto de decisiones, no de discriminacin.

Al llegar a la cabaa donde se alojaba temporalmente, me pregunt que dnde quera yo que se sentara. Le indiqu una silla junto a dos comandantes zapatistas una mujer con su nia de seis aos y un hombre mayor ya sentados. As, supuse, hablar con ellos y me dejar en paz. Me mir con un dejo de irona, como si leyera mis pensamientos. En paz? S, la paz es un momento.

Ayer haba anunciado enfrente de varios cientos de personas que, por un tiempo, no hara ms apariciones pblicas, porque la amenaza a las comunidades zapatistas y a su forma de vida y lucha de los pasados 13 aos era ahora tan aguda que deba retornar a ser el soldado clandestino que alguna vez fue, y ayudar a organizar la defensa en las montaas. La defensa de aquellos le record al pblico que formalmente renunciaron a cualquier forma de lucha armada desde 1996, pero que, de ser atacados, resistiran empecinadamente.

Puede ser que el nuevo presidente Caldern y su gobierno, despus de las fraudulentas elecciones del ao pasado, calculen que pronto podran proceder a barrer a los zapatistas sin provocar la protesta generalizada. Y como tal, crean que el fulgurante ejemplo de desobediencia zapatista ante la tirana global del fascismo econmico conocido como neoliberalismo, puede ser barrido tambin.

Marcos y los comandantes comienzan a conversar y yo comienzo a dibujar. Ellos tres y la nia de seis aos llevan pasamontaas. "Usamos mscara", reivindicaron alguna vez los zapatistas, "para hacernos visibles". Una extraa paradoja a considerar cuando se dibuja un retrato.

Tres das antes, en la comunidad zapatista de Oventic, conversaba yo con cinco consejeros. Estas mujeres y hombres hablaban con mucha calma porque decan sus propias verdades tan diferente eso de la verdad. La supuesta calma que acompaa la creencia en una sola verdad es una indiferencia despiadada. La de ellos era una calma plena de consideracin. Y sus mscaras, lejos de hacer sus rostros menos humanos o menos nicos, los hacan ms humanos y nicos. Lea sus rostros a travs de sus ojos, y los mensajes de los ojos son las expresiones faciales menos controlables y, como tales, las ms sinceras.

Hablar de sinceridad me hace pensar repentinamente en la foto de una mujer que no usa mscara. Su nombre es Mara Concepcin Moreno Arteaga. Madre de seis nios que cri ella sola. Cuarenta y siete aos de edad. Ella vive a 200 kilmetros al norte de la ciudad de Mxico, donde se gana la vida como lavandera. Hace tres aos fue arrestada por las fuerzas de seguridad del gobierno mexicano, que la echaron a la crcel con el cargo, absolutamente falso, de estar implicada en el trfico de inmigrantes ilegales. [Decenas de miles de hondureos, guatemaltecos y salvadoreos son deportados todos los aos por las fuerzas mexicanas del orden al intentar atravesar el pas rumbo a la frontera con Estados Unidos, donde esperan cruzar hacia el otro lado y hallar trabajo.] Un da, Mara Concepcin se top con seis de esos migrantes, harapientos, que haban cruzado ya medio pas y que le pedan agua. As que les dio agua y algo de comer, porque ante su manera de pedrselo "no haba modo de negrselo".

Despus de ser acusada falsamente pas ms de dos aos en prisin. Su trabajo all consista en pegar etiquetas para ropa de marca. Con los pocos pesos que le daban por estos trabajos forzosos, compraba jabn y papel de bao para mantenerse limpia.

El mensaje de sus ojos en la foto es: "No es posible negarse".

Marcos tiene manos grandes con dedos inusualmente largos. Su piel est gastada y es algo callosa, su textura es parecida a la de las manos de los campesinos. Cuando aparece en pblico asume la postura y la expresin de un mensajero ya sea que con cuidado y lentamente lea el nuevo mensaje en voz alta, o que slo se pare ah y lo encarne. En cambio, aqu en la cabaa est relajado y no mide el tiempo. Sus extremidades se sueltan como las de un piloto de largas distancias que una vez ms logr poner a salvo su aeronave sobre una pista de aterrizaje muy corta. Y de pronto se me ocurre que tiene cierta afinidad fsica con Saint Exupry: tal vez son parecidas su timidez o su reticencia con su tamao y estatura.

Mxico es uno de los pases que cuenta con las ms extensas minas de plata del mundo, como rpidamente lo descubrieron los conquistadores. Es tambin una tierra de espejos. Algunos de ellos, enmarcados y palaciegos, rotos muchas veces, y la generalidad son una multitud de fragmentos, bisutera, lentejuelas, escamas de azogue o mica que absorben la luz. "Cuando tocamos los corazones de otros pues tocamos tambin sus dolores. O sea que como que nos vimos en un espejo", declararon los zapatistas hace dos aos y medio en la Sexta declaracin de la selva Lacandona.

***

La ciudad de Mxico es tal vez la tercera metrpoli en tamao del mundo, con una poblacin desmesurada que bien rebasa los 20 millones. Una ciudad de consumismo sin freno, de pobreza, y redes de estafa y fraude. Barrios enteros gobernados por pandillas que venden droga. Zonas residenciales custodiadas por guardias de seguridad con chalecos a prueba de balas. Una contaminacin colosal. Caos vial. El ro de La Piedad fluye hacia el este por un monstruoso y herrumbrado ducto. El transporte pblico es mnimo. Circuitos urbanos con vas elevadas de tres pisos de alto. Por debajo, sin vehculo, uno se precipita como lo hacen las tijeretas. Aqu a los carros los han vuelto tan indispensables para quienes trabajan como rentar una vivienda. La antigua ciudad azteca de Tenochtitln fue convertida finalmente en un carrusel para los intereses automovilsticos y de gasolina del capitalismo corporativo.

Cada ao un milln de campesinos e indgenas mexicanos son forzados por la pobreza o la desposesin de tierras a abandonar sus hogares rurales y a mudarse a la capital u otras ciudades, mientras sus tierras son absorbidas por las corporaciones de la agroindustria.

Mxico es un pas migrante. Quince millones de hombres y mujeres trabajan en Estados Unidos. El dinero que envan a casa es, junto al petrleo, la principal fuente de divisas de Mxico. Casi todos estos trabajadores carecen de papeles, por lo que en Estados Unidos los califican de criminales y los tratan como tales.

Lo que ocurre es la imagen en espejo de lo que ocurra en el Gulag sovitico. All, a los prisioneros se les forzaba a trabajar hasta caer exhaustos. Aqu, a los trabajadores se les caza como a criminales hasta que se asumen fuera de la ley.

Entretanto, en la ciudad de Mxico millones de miradas interrogantes se intercambian segundo a segundo en relacin con transas, oportunidades, chistes, alternativas, rutinas, cuestiones de honor o meros asuntos sin resolver.

nicamente para los poderosos, apuntan los zapatistas, es la historia una lnea ascendente, donde su hoy es siempre la cumbre. Para los de abajo, la historia es una cuestin que slo puede responderse mirando hacia atrs y hacia delante, creando as ms preguntas.

Observo las cejas, las lneas de su frente, los crculos bajo los ojos, la forma en que la gran nariz se amolda contra el pasamontaas. Su voz fsica es al mismo tiempo distante y persuasiva. La voz escrita es otro asunto. Contrariamente a lo que es comn asumir, la verdadera voz de quien escribe es rara vez (y tal vez nunca) la suya propia. Es una voz nacida de la intimidad e identificacin del escritor o escritora con otros que conocen a ciegas sus propios caminos y que sin palabras guan a quien escribe. Esta voz no surge de su temperamento sino de su confianza.

Y mientras dibujo el volumen de su cabeza, me pregunto cmo definir, cmo delinear, el lugar de donde proviene su voz, como escritor de los mensajes zapatistas. Desde dnde le habla al mundo.

Fsicamente la voz habla desde aqu, desde los interminables precipicios y caadas de los Altos y la selva de Chiapas, hoy controlados por los pueblos indgenas que han recuperado su tierra para cultivarla, y quienes han construido escuelas, clnicas y espacios pblicos en sus comunidades. Pero, desde dnde, figurativamente, habla su voz?

Acaba de hacer rer a la nia. Cuando ella re, su pasamontaas se agita, como el costado de un cachorro cuando resuella.

***

Regreso a la ciudad buscando respuesta a mi pregunta. La arteria principal se llama, inesperadamente, avenida de los Insurgentes! En el centro hay todava docenas de calles con nombres de capitales o pases europeos, porque hace un siglo Mxico se pensaba a s mismo como un faro de Revolucin y Progreso mundiales.

Casi tantos mexicanos van con sus familias en algn momento de su vida a ver la Epopeya del Pueblo Mexicano, los murales de Diego Rivera, como en peregrinacin a la Baslica de Santa Mara de Guadalupe, y hacen su visita a esta inmensa pintura no por estudiar arte sino por remembrar y considerar su destino.

He cambiado de dibujar con tinta a dibujar con carbn, porque ste es ms tentativo, ms craquelado, ms desgastado. La tinta sabe, de inicio, lo que quiere decir; el carbn escucha.

Ninguna reproduccin puede dar idea de la fuerza y la escala del fresco de Rivera que corona la escalinata principal de lo que fuera, hasta hace poco, el asiento del gobierno, el Palacio Nacional. No es descabellada la comparacin que frecuentemente se hace con la Capilla Sixtina, pero con el Juicio Final, no con la Bveda.

Diego, El Elefante como Frida Kahlo lo apodaba, fue tan ordinario como cualquiera de nosotros. A veces era estrepitoso, algunas veces derrotista, otras veces flojo, con frecuencia inconsecuente. Pero se transform cuando se sinti llamado a pintar y encarnar en esas paredes el relato de los pueblos de los que provena. Entonces se volvi consecuente al punto de otorgarle a cada detalle, a cada rasgo, su lugar particular en un vasto destino histrico. En la parte alta de la escalinata uno tiene la sensacin de que son los mil aos de historia los que inventaron al colosal pintor, no al revs.

Los cientos de figuras de tamao humano de las civilizaciones precolombinas, del mercado callejero de Tenochtitln, de los tres siglos de explotacin colonial espaola, de la Guerra de Independencia que termin en 1821 y, ms enfticamente, del siglo que sigui a esa guerra y condujo a la Revolucin de 1910 y a su visin de un futuro diferente: todas estas notorias y annimas figuras estn contenidas juntas en una visin de tal energa y continuidad que, pese a las tantas crueldades que nos gritan, se suman como un todo de invitacin fraternal. Es como si a cada visitante mexicano, al bajar la escalera para irse, le fuera ofrecido un alcatraz de alguna de las canastas de las vendedoras de flores retratadas en los murales.

Al mismo tiempo y sa es tal vez otra razn por la que pienso en el torbellino del Juicio Final de Miguel ngel, la historia poltica del Mxico moderno, segn est plasmada en estas paredes y de acuerdo con todo lo que ha sucedido desde que fueron pintadas, no es sino un gigantesco erial de promesas rotas.

A cierto tipo de esclavitud le siguieron otros; nuevos sistemas de represin y discriminacin remplazaron los viejos. Se inventaron e impusieron formas modernas de la pobreza. Los gringos del norte extrajeron y robaron ms y ms recursos naturales y los pueblos indgenas fueron despojados ms y ms. Slo el grito de "Tierra y Libertad!" de Emiliano Zapata continu resonando la verdad antes de ser asesinado en 1919.

Y entonces llego al punto. La hondonada entre el vasto erial de promesas rotas y la bsqueda popular de ms justicia tena que llenarse de algn modo y los partidos polticos, comenzando por el PRI (el partido de la revolucin institucional!) han intentado durante 70 aos llenar la hondonada con el escombro en que qued convertido lo que alguna vez fue un lenguaje poltico. Promesas rotas, premisas rotas, proposiciones rotas, leyes rotas.

Cada uno de estos principios excepto los del inters propio fueron vaciados de contenido. El debate poltico, las campaas electorales, los discursos para los medios masivos en manos de las corporaciones fueron sistemticamente reducidos a prevaricacin y diversin de aquellos que los antiguos griegos denominaban los idioti (los que buscaban su propio inters) para distinguirlos de los politici. Bajo el fascismo econmico del neoliberalismo esto se est convirtiendo en un fenmeno mundial. La voz de los mensajes zapatistas, que ofrece ejemplo de cmo resistir local y globalmente, surge de esta hondonada.

"No a tratar de resolver desde arriba, sino a construir desde abajo y por abajo.

"No creemos que el fin justifique los medios. Finalmente pensamos que los medios son el fin. Construimos nuestro objetivo al construir los medios con los que seguimos luchando. En ese sentido es grande el valor que otorgamos a la palabra, a la honestidad y la sinceridad, aunque a veces nos equivoquemos ingenuamente."

Me observa dibujar y sonre. Hay dos clases de sonrisas (entre otras muchas): una que espera la conclusin jocosa de un nuevo chiste, y otra que recuerda la broma ya escuchada. La suya es del segundo tipo.

***

Me encontraba en el poblado de Acamilpa, en el estado de Morelos, de donde era Emiliano Zapata. La milpa es un campo de maz donde crecen y conviven otras plantas, y donde muchos pjaros, insectos y animales coexisten tambin. Quiero describir el rostro de una anciana que me fue extraamente familiar. Ser que se parece a gente de mi pueblo en los Alpes, o ser que la edad nos lleva a todos al mismo poblado? En cualquier caso, era sbado por la tarde en un patio de una casa en un pueblito rural lleno de mesas cubiertas con manteles blancos, porque era el cumpleaos de alguien y los invitados estaban por llegar. Ya un acordeonista tocaba algo de msica. Haba una acacia enorme que debi haber estado ah cuando Emiliano Zapata era un nio. En una mesa, trece personas mayores de las comunidades circundantes sostenan una reunin muy seria para coordinar los planes de una desobediencia civil o algn bloqueo de carretera para evitar que su agua la desven y se la roben los especuladores de bienes races. Hablaban por turnos, con cuidado y determinacin. Aceptaban la msica como si fuera un platillo que se coca a fuego lento, y que podran comer ms tarde. El rostro de la anciana estaba bronceado por el sol y el viento, y sus brillantes ojos indicaban que los usaba para avistar en las grandes distancias los vientos que vienen. Para la fiesta de cumpleaos haba globos de colores colgados entre la casa y el rbol de la acacia.

Y esto fue lo que me dijo:"He vivido mi vida como me la dieron para vivirla y ahora pienso en el futuro. Pienso en mis nietos y sus hijos y cmo van a vivir. Tenemos que resistir, por ellos. sos que hoy gobiernan quieren destruir a todos los campesinos y a todas las comunidades indgenas porque quieren quedarse con todas las semillas de la tierra y con todos los litros de agua que vienen de nuestras montaas. As que por eso luego les paramos sus camiones cuando vienen a robarse lo que es nuestro es mejor morir de pie que vivir de rodillas".

Su cabello largo, tan blanco como el mo, estaba peinado hacia atrs de su rostro barrido por el viento y se lo amarraba en un chongo.

Marcos usa un reloj en cada mueca. Uno marca el tiempo de la paz. El otro, el de la guerra. Cuando los zapatistas se enfrascan en una operacin defensiva, trabajan con un horario alterado por si son interceptados sus mensajes.

Hay en todo caso situaciones que desafan cualquier tiempo, todos los tiempos.

En el poblado de San Andrs Sacamch'en, donde, en febrero de 1996, el gobierno pact acuerdos formales con los zapatistas para reconocer los derechos de todos los pueblos indgenas, acuerdos que nunca honr, est la iglesia de San Andrs Apstol. En la iglesia hay varias estatuas de la Virgen y de los santos que llevan ropajes de tela, cosidos y bordados.

Un medioda, la semana pasada, hice un alto ah porque, al igual que en Acamilpa, escuch una msica. La msica era ms antigua y diferente. Dentro de la iglesia haba dos mujeres jvenes, indgenas, con sus bebs a la espalda y a cierta distancia de ellas dos hombres. No haba sacerdote. Los cuatro cantaban en polifona. En el piso de la iglesia haba miles de velas prendidas, muchas veladoras en sus vasos, y sus llamas parpadeaban con el viento que se colaba por una puerta entreabierta. Una de las mujeres, conforme cantaba, balanceaba un incensario, y el humo del incienso flotaba como niebla por encima de las llamas que parecan flores. El ao, la estacin, el da, la hora, eran detalles olvidados. Hasta que uno de los bebs llor de hambre y su mam le dio pecho. La otra mujer alisaba con las manos una tnica que haba trado para la efigie de San Andrs. Saba que era tiempo de cambiar y lavar la que traa puesta el santo.

Tras del pasamontaas, bajo la gran nariz, una boca y una laringe hablan desde la hondonada acerca de la esperanza. He dibujado lo que puedo.

Entretanto, probablemente los zapatistas estn en riesgo. Cualquier ataque sobre ellos vendr de aquellos que en su miopa creen que pueden erradicar su ejemplo.

Traduccin: Ramn Vera Herrera



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