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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 17-02-2008

Novedad editorial
Sed de Europa: relato de un clandestino

Omar Ba
Rebelin

Traducido por Roco Anguiano


El libro es un testimonio en estado puro, exento de cualquier acusacin y miserabilismo. Est escrito en primera persona, con mis propias palabras y mis ms profundas sensaciones. Los hechos se cuentan tal y como los viv, con toda sinceridad. El texto no ha sido objeto de ninguna manipulacin que pudiera enturbiar el contenido, la emocin y los momentos claves. Porque cuando se es presa de un sufrimiento personal tan profundo y de una fuerza tan terrible, cuando se est en medio del Atlntico, dentro de una barca que hace aguas peligrosamente, sin ninguna esperanza de sobrevivir, se sufre y nada ms.

Publicado por Les Indignes de la Rpublique.

http://www.indigenes-republique.org

Editions du Cygne

http://www.editionsducygne.com

Presentacin del libro

La Guardia Civil nos entrega a unos marroques uniformados que nos llevan a El Ksar. El sitio recuerda mucho a un puesto de polica. Nos tratan peor que a animales. Cuando bajamos del camin, nos meten en una celda. Hay rastros de orina y excrementos todava frescos en el suelo. Es el nico calabozo reservado a los clandestinos. No nos dan de comer. Solo tenemos derecho a un trago de agua cada dos horas

La inmigracin clandestina africana preocupa y atemoriza a Europa. Los polticos la han convertido en uno de los puntos centrales de sus programas electorales. Los periodistas, intelectuales e incluso artistas tambin se han ocupado de este fenmeno; unos para describirlo, otros para denunciarlo, algunos para intentar entenderlo. Pero lo ms sorprendente es que apenas hay clandestinos que tomen la palabra.

Pginas escogidas:

Meto en un bolso pequeo dos botellas de agua, mi contribucin a la supervivencia. Llevo otra bolsa con arroz y smola. He cogido un ejemplar del Corn, regalo de mi padre. A su vez, mi madre me da un amuleto para la buena suerte. Cuando cruzo la puerta de casa, me llama para darme un frasquito que contiene una locin fetiche para darme valor. Me lo ato alrededor de la cintura con un hilo de piel de leopardo. En mi cabeza, por fin, est todo claro. Quiero irme pase lo que pase. He estado en los funerales de decenas de jvenes del barrio que se dirigan a las Islas Canarias. Pero eso no impide que me sienta dispuesto a afrontar ese futuro tan negro.

Salgo de Dakar el 5 de septiembre de 2000 en taxi rural. Llego al final de la tarde a la playa de Mbour, mi punto de encuentro con el pasador. Escondo mi bolso en un matorral y me doy un paseo por la playa para examinar el ocano, vindome ya en la otra orilla. Ya no veo las olas monstruosas, sino el hermoso horizonte que parece saberlo todo de mi futuro. Hay jvenes que se dirigen al embarcadero pero no s si estarn de viaje. La consigna del pasador es no hablar a nadie del proyecto.

Unos nios juegan al escondite entre los cayucos alineados impecablemente en la orilla. Los ms pequeos prefieren hacer castillos de arena. Ren a carcajadas y parece que se divierten mucho. Entre juego y juego, se zambullen en el agua fra bajo la atenta mirada de los adultos.

Unos jvenes, con el torso desnudo, se afanan en coser redes de pesca. Canturrean a coro el himno de los pescadores: nuestro es el mar, nuestras las olas, nuestras las capturas, ula, ula! . Mientras espero la hora de la cita, me uno a ellos para pasar el rato. Pero el ambiente es bastante raro. Estoy convencido de que no todos esos jvenes son pescadores. Algunos sin duda estn all por la misma razn que yo.

Los cayucos de los verdaderos pescadores van llegando. La pesca es escasa. Las mujeres, para las que la venta de pescado es su sustento diario y el nico medio para alimentar a su familia, se muestran apesadumbradas. El precio de las sardinas, que intentan negociar, est fuera de su alcance. Se ven obligadas a dejar que los pescadores traten con los representantes de la principal empresa europea de transformacin de pescado situada a pocos metros.

En el ltimo da en mi pas todo me empuja a largar amarras. Mientras que nuestras madres no pueden comprar las dichosas sardinas, los europeos arramblan con todas las capturas. Es una prueba ms de que la salvacin est en su tierra. Incluso aqu, en nuestro territorio, hacen y deshacen a su antojo. Triunfan siempre.

La noche cae lentamente. Las ltimas barcas ya han atracado. Los alegres nios se han ido; los deportistas que corren por la playa tambin. La orilla del mar se vaca poco a poco. Solo quedan algunas parejas de enamorados que se detienen a contemplar la magnfica puesta de sol. Mi hora ha llegado. Se acab el decorado de ensueo. Llega el momento de la verdad. Veo a jvenes que permanecan escondidos, salir de las dunas y los arbustos de la playa. Se dirigen hacia uno de los cayucos, en el que pone Air Europe. Enseguida reconozco la barca que me haba descrito el pasador. Antes de dirigirme a la embarcacin me acerco de nuevo al ocano, cojo un poco de agua en la mano derecha y me la echo en la cara y en el pelo. Rezo.

De repente, veo una silueta a lo lejos. Se acerca al cayuco. Otras dos la siguen en la oscuridad. Un individuo se nos acerca; lleva gafas. Reconozco al pasador. No pierde un segundo y va al grano. Como no viene con nosotros, nombra al mayor del grupo capitn y responsable de la embarcacin. Le da un GPS, un telfono mvil y dos bidones de gasleo. Explica al integrante de esta expedicin clandestina que ha ascendido a capitn, el funcionamiento del GPS y le indica las zonas en las que va a tener que dar un rodeo para esquivar a los guardacostas. Hace un repaso de los riesgos que inundan nuestro camino. Luego el pasador nos indica que nos acerquemos. Formamos un semicrculo en torno a l. Saca una larga lista y nos llama, uno a uno, por nuestro nombre. Parece que estamos todos. Retoma la lista desde el principio. Esta vez al or nuestro nombre le entregamos los quinientos mil francos CFA del billete, unos setecientos sesenta euros. Mientras tanto, un joven vestido con traje negro se ha instalado en el cayuco. El uno de los cmplices del pasador. Mete el dinero en una cartera. A su derecha otro desconocido coge los pasaportes y los mete en una pieza de tela. Los que no tienen ningn documento de identidad, firman en un papelito con escrituras prcticamente ilegibles.

El pasador hace las ltimas comprobaciones, verifica el motor, ausculta el casco para verificar su resistencia. Selecciona un pequeo grupo que se encargar de ayudar al capitn, del que formo parte. El pasador me informa de mi misin: dirigir el cayuco hacia San Luis, el lmite de las aguas territoriales senegalesas. Me explica cmo funciona el motor y lo que tengo que hacer para cambiar la direccin en caso necesario. La maniobra parece simple; basta con girar la cabeza del artefacto que sirve de timn.

- Buena suerte, nos dice casi con maldad.

- Les va a hacer falta, aade uno de sus cmplices.

A partir de ese momento s que tengo una nueva vida por delante. Aunque ignoro las peripecias de la travesa, al menos s que dentro de un instante voy a abandonar mi pas, esta tierra devoradora de esperanza. La sensacin de estar frente a la muerte es mejor que la de ser incapaz de cubrir las necesidades de los mos, porque esa impotencia es eterna. As que ante una muerte que me tiende su mano, o decido sobrevivir o me quedo. Un hombre valiente siempre opta por sobrevivir, me repite mi padre desde mi ms tierna infancia.

La marea ya est alta. Salimos al asalto de las olas para intentar franquear la barrera y largar amarras. En el primer intento, una fuerte corriente empuja la embarcacin hacia la costa. Volvemos a la carga, con determinacin. Entre dos grandes olas ponemos, con mucho esfuerzo, el cayuco en el agua Los dems pasajeros nos alcanzan a nado. La barca empieza a avanzar lentamente. No puedo impedir que se aleje aunque no ha subido todo el mundo, ya que el motor todava no est en marcha. La barca camina a merced de las corrientes y el viento. Los buenos nadadores suben sin problemas. El resto se esfuerza por llegar al cayuco. Remamos con todas nuestras fuerzas para que puedan subir a bordo. Maniobramos ante la mirada fra del pasador y de sus aclitos que permanecen inmviles en la playa.

El capitn pone en marcha el motor. El zumbido es perfecto. No hay seales de que algo no funcione. Salvo que parece que la barca da media vuelta. El motor est al revs. Lo paro. Con la ayuda del capitn lo coloco correctamente. Parezco todo un profesional ante mis compaeros. Me sorprendo a m mismo. En mi vida haba puesto un pie en una barca, pero tengo la total conviccin de que si tengo que morir en el transcurso de este viaje, no ser debido a una bestia acutica sea lo feroz que sea. Para eso, si hace falta, confo en el amuleto de mi madre. Si voy a dejarme la vida aqu, ha de ser por algo mucho ms importante.

Primero tengo que librar la batalla contra una voz interior que me disuade de emprender el camino del Atlntico. No s si tiene razn, pero su insistencia me hace dudar. Dudo. Me da miedo acelerar la cadencia del motor. No consigo ignorar esa voz interior. Los dems pasajeros cuentan conmigo para abandonar el suelo senegals. Entre esos aventureros, algunos son mucho ms jvenes que yo. Sin embargo no parece que duden. Sigo su ejemplo y hago lo que esperan de m.

S que elegir el Atlntico va en contra del sentido comn. Pero qu hacer? Tengo que dejar de pensar. En ese momento mi cerebro es mi peor consejero. Mi corazn est conmigo. Late con esperanza. Vive un sueo que me pertenece. Para no perder la cabeza, y Dios sabe que ganas no faltan, solo escucho a mi corazn y confo en mi instinto.

Nos vamos. No alejo la barca de la costa senegalesa porque debo llevar la embarcacin hasta Guet-Ndar, barrio costero de San-Luis en el norte de Senegal, donde tenemos que recoger a otros pasajeros, candidatos a la emigracin clandestina. Unas treinta personas deben subir todava a bordo.

El capitn saca de su bolsillo el mvil que le ha dado el pasador. La agenda solo tiene un nmero: el de nuestro contacto en Guet-Ndar. Le llama para informarle de nuestra llegada inminente. Atracamos a eso de la medianoche en una playa desierta. Todo est en calma. El capitn llama. Al otro lado, su interlocutor nos ordena que alejemos el cayuco de tierra firme. Parece que el hombre nos ve claramente, pero ignoramos donde puede esconderse. Acatamos su orden. Remamos para alejar la barca de la orilla. El capitn, todava al telfono, ordena que detengamos la barca. Estamos a unos cien metros de la costa. En la noche glacial percibo una especie de ola procedente de la playa, en direccin contraria a las otras. Se trata de los pasajeros que deben embarcar, que nos alcanzan a nado.

Una vez a bordo los recin llegados se instalan sin saludarnos. El capitn saca una lista y hace la misma operacin que el pasador durante el embarque en Mbour. Los treinta candidatos estn todos. Solo nuestro contacto telefnico permanece invisible. Rpidamente me rindo a la evidencia: su misin ha terminado. A partir de ahora, estamos solos frente a nuestro destino, solos frente a este mar embravecido.

El capitn reprograma el GPS. Arranco de inmediato el motor y le paso el timn. Ahora nos dirigimos hacia el delta del ro Senegal que debemos rodear forzosamente, ya que en el encuentro de las aguas marinas con las fluviales no tenemos ninguna posibilidad. El GPS solo menciona los sitios ms importantes del itinerario. Sobre los peligros del recorrido no dice nada. Cada uno de nosotros se convierte en GPS humano y da su opinin sobre el tema. Esta solidaridad es importante. Gracias a ella podemos evitar lo peor.

Normalmente el cayuco solo puede transportar unos treinta pasajeros. Sin embargo, desde que salimos de las aguas territoriales senegalesas somos cincuenta y ocho personas a bordo. Adems en nuestro recorrido hay prevista otra parada en Nuadib, en el noreste de Mauritania para embarcar a una veintena de pasajeros, en su mayora de Mal y Nigeria, segn el capitn

Para evitar los guardacostas de Mauritania cada vez ms atentos a los cayucos senegaleses, damos un gran rodeo. Esta maniobra, hecha por deseo del capitn, nos supone dos das ms de navegacin respecto al plan inicial. Nos vemos obligados a apretarnos el cinturn para que no quedarnos sin comida. En vez de dos comidas diarias solo tomamos una. Tambin adoptamos una estrategia para ahorrar combustible

URL del texto original: http://www.michelcollon.info/articles.php?dateaccess=2008-02-04%2010:13:28&log=invites

Roco Anguiano es miembro de Rebelin, Tlaxcala y Cubadebate. Esta traduccin se puede reproducir libremente con fines no lucrativos, a condicin de respetar su integridad y de mencionar al autor, a la traductora y la fuente.


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