El pleno
de la Cámara de Diputados aprobó ayer, con 462 votos en favor, seis en
contra y dos abstenciones, el controvertido proyecto de reformas
constitucionales en materia judicial –conocidao popularmente como ley Gestapo–,
que incluye disposiciones severamente criticadas por organismos
defensores de los derechos humanos y por otros sectores de la sociedad,
como la extinción de dominio, la atribución de facultades
extraordinarias al Ministerio Público (MP) y a los cuerpos policiacos,
el acceso de las autoridades a los datos personales y bancarios de los
sospechosos, y la inclusión de la figura del arraigo –que podrá ser
hasta por 80 días– en el marco constitucional.
Por fortuna logró
evitarse la supresión de las modificaciones al artículo 16 de la
Constitución, mediante las cuales se autorizaba el allanamiento de
domicilios por las policías, sin orden judicial de por medio, por más
que el fracaso de esa adulteración aberrante del marco legal no
obedeció a un espíritu de respeto a las garantías individuales, sino a
una lógica pragmática de los legisladores de los partidos
Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN), quienes,
ante la oposición de los diputados del Frente Amplio Progresista (FAP),
decidieron eliminarla para alcanzar los dos tercios de la votación
necesarios para la aprobación del proyecto en su conjunto.
Así,
aunque se eliminó el allanamiento injustificado de los domicilios, se
mantuvieron intactas otras disposiciones violatorias a los derechos
humanos, entre las que destacan la facultad que, en lo sucesivo,
tendrán las policías para realizar detenciones discrecionales y
arbitrarias, así como la inclusión del arraigo en el marco legal
vigente, que rompen con el principio constitucional de presunción de
inocencia, abren un amplio margen para el atropello de las libertades
ciudadanas y colocan a la población en su conjunto en un estado de
indefensión ante la autoridad.
El
combate al crimen es una de las responsabilidades irrenunciables del
gobierno y, para realizarla, éste debe contar con instrumentos
jurídicos adecuados y eficaces, pero no lesivos para las garantías
individuales. Esto no es cosa menor en el contexto de un país en el que
los derechos humanos son violentados en forma cotidiana y en el que el
gobierno ha exhibido constante indiferencia al respecto. Como botón de
muestra ha de recordarse que, durante la visita de la alta comisionada
de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Louise Arbour, el titular
del Ejecutivo federal, Felipe Calderón Hinojosa, aseguró que “en México
no hay mayor amenaza a los derechos humanos que la que representa el
crimen organizado”, como si fueran menores los atropellos que cometen
las propias fuerzas públicas y que han mostrado un claro incremento en
esta administración y en la pasada.
Por
otra parte, la reforma judicial exhibe una terrible insensibilidad ante
las causas profundas de la delincuencia, como la miseria, la
desigualdad, la falta de educación, el desempleo, los ínfimos niveles
de vida de grandes sectores de la población, la desintegración familiar
y la descomposición del tejido social. La lucha contra la delincuencia,
por tanto, no debiera centrarse en aparatosos despliegues militares ni
en reformas retrógradas y autoritarias que colocan al país en la lógica
de un Estado policial, sino en la atención gubernamental a los factores
señalados.
Se argumenta que las alteraciones al marco
constitucional operadas ayer son indispensables para garantizar la
seguridad ciudadana y el Estado de derecho. Pero salta a la vista que
con el incremento de atribuciones a las corporaciones policiales
nacionales, cuyo grave descontrol es admitido hasta por los altos
círculos del gobierno, no se logrará más que incrementar la zozobra de
la población, la cual no gana nada en protección contra la delincuencia
pero queda prácticamente inerme ante los abusos de la policía. Flaco
favor, por último, puede hacerse al estado de derecho cuando se socava
uno de sus pilares esenciales, que son de las garantías individuales.
Lo aprobado ayer es una regresión a las ideas de “paz y orden”
porfiristas, expresión de una mentalidad autoritaria e impermeable al
entendimiento de las realidades nacionales, y resulta tan peligroso
como impresentable. Debe ser revertido.