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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 08-03-2008

Conclusin desalentadora de la Cumbre de presidentes latinoamericanos
Una reconciliacin poco creble

Carlos Aznrez
Rebelin


La Cumbre de Ro tuvo un cierre inesperado: minutos antes, Alvaro Uribe, cruzaba todo el recinto para intentar abrazar a un ms que digno presidente Rafael Correa, quien presionado por el marco de hipocresa generalizada instalada en el saln cedi al impulso y salud al agresor de su pueblo y al asesino del Comandante Ral Reyes y una veintena de sus acompaantes. Luego, Uribe repetira el show con el Comandante Hugo Chvez y finalmente termin el periplo, con un apretn de manos con el presidente Daniel Ortega.

Qu haba sucedido? Qu provoc la instalacin de este sorpresivo escenario, luego de que durante toda la sesin de la Cumbre, Uribe, con tono entre histrico y amonestador haba defendido a capa y espada su idea de aplicar el Terrorismo de Estado a quienes se le oponen?

Muy simple. Triunfaba una forma singular de entender la "poltica", o mejor dicho, la necesidad de "unir" ficticiamente lo que en el da a da es cuestionado por una realidad que estos mandatarios (la mayora de quienes sonrean y festejaban el show) parecen no observar ni tener en cuenta.

Despus de cada una de las excelentes exposiciones por parte del presidente Correa, de Ortega, Chvez y Evo Morales (para citar a quienes ms enjundia pusieron a la hora de caracterizar al presidente colombiano como "mentiroso", "falaz" y terrorista de Estado), Uribe no slo no retrocedi en su discurso guerrerista sino que en algn momento lleg a perder los papeles y respondi con chicanas macartistas a los dichos del mandatario de Ecuador. Sabedor de que su rol en dicha Cumbre era la de jugar la partida que le marcaban desde Washington, procedi en todo momento con una impunidad irritante: una y otra vez defendi su proceder y el de sus mandos militares al invadir territorio del pas vecino, seal a las FARC como "terroristas ligados al narcotrfico" y defini a los guerrilleros asesinados como "tenebrosos delincuentes y criminales".

Cada una de sus tramposas actitudes y de sus amenazantes palabras fueron contestados primero por Correa y luego por el resto de los mandatarios bolivarianos.

Entonces, todo indicaba que Uribe deba ser duramente condenado y castigado, avanzando en este terreno con mucha ms vehemencia que en la anterior reunin de la OEA, pero por estos extraos caminos por los que transita la mal llamada diplomacia (y algunos dirn con razn, "las polticas de Estado") se termin montando una escena teatral de acuerdo, con el paramilitar presidente colombiano sonriendo y estrechando manos de quienes hasta ese momento lo haban marcado a fuego.

La reflexin inmediata que surge frente a lo visto es que este tipo de actuaciones en nada contribuyen a la paz entre los pueblos. Son simples y peligrosas postergaciones que desencadenarn nuevos conflictos. Por un lado, porque el rbol no puede ocultar al bosque y en Colombia, existe una dictadura militar que acompaa a un presidente surgido de las entraas del paramilitarismo y confeso "combatiente del anticomunismo", como lo moldearon sus patrones del Pentgono y el Plan Patriota.

El mandatario colombiano sigui al pie de la letra un argumento belicista y logr finalmente imponerlo. Si bien se conden la idea de que un pas no puede bombardear a otro bajo ninguna circunstancia, de ninguna manera se sancion al agresor con la contundencia que corresponda. Eso es lo que manifest Rafael Correa cuando despus de que Uribe le estrechara la mano, opt por darle la espalda y luego, al hablar y conceder con rostro crispado que aceptaba la salida impuesta por sus colegas (sobre todo, la del presidente de la sesin, el dominicano Leonel Fernndez, que parafraseando a la Madre Teresa de Calcuta, instaba desde el plpito a todos los enfrentados a que se abrazaran), volvi a sealar que si bien como presidente de Ecuador aceptaba la propuesta conciliadora, como hombre comprometido con la causa popular iba a defender "a muerte" su idea de que lo que se haba cometido era una masacre y la artera invasin del territorio de su pas. Ms an, dirigindose a la presidenta, Cristina Kirchner, expres: "Yo estoy seguro que si hubieran bombardeado Argentina, usted hubiera reaccionado con ms vehemencia que yo". Se refera a una alocucin poco feliz de la mandataria argentina quien haba llamado tambin a que las partes enfrentadas bajaran su agresividad y consider -en un arrebato represivo disfrazado de garantismo- que Colombia tiene derecho a combatir a las FARC pero desde la legalidad.

En el final, entre sonrisas no convincentes, manos estrechadas, algunos abrazos poco sinceros, aplausos de la claque de presidentes y gestos frvolos por doquier, Uribe pareca un ngel cado del cielo y ora se reconciliaba con Chvez, prometiendo no enviarlo a la Corte Internacional, ora reciba complacido la decisin de Ortega de reiniciar las relaciones diplomticas rotas 24 horas antes, prometiendo aceptar lo que el Tribunal de La Haya disponga sobre el conflicto limtrofe entre Colombia y Nicaragua.

Es inevitable el mal sabor de boca para quienes no comulgamos con este tipo de intransitables caminos del todo vale para salvar las apariencias. Pero sobre todo, para la memoria de gente como los cientos de sindicalistas y campesinos colombianos asesinados por el fascismo militar y paramilitar, o el comandante Ral Reyes y sus compaeros cados bajo las balas y las bombas del asesino Uribe por ser consecuentes con "otra forma" de hacer poltica, mucho ms difana y menos especulativa que la que se pudo ver en la Cumbre de la Repblica Dominicana, la nacin de patriotas transparentes como Juan Bosch y el coronel Francisco Caamao De, uno destitudo y el otro asesinado por ser revolucionarios consecuentes.


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