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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 28-03-2008

A propsito del principio de precaucin
Un cambio de paradigma en las polticas ambientales y de salud?

Salvador Lpez Arnal
Rebelin

El presente texto fue incluido en el volumen: S. Lpez Arnal, Albert Domingo, Pere de la Fuente y Francisco Tauste (coords): Popper/Kuhn: ecos de un debate. Montesinos, Barcelona, 2003.


Para Mercedes Iglesias Serrano, que, como siempre, ley atenta, corrigi con cuidado y me ense con paciencia.

[...] Sin embargo, a partir de los aos setenta el mundo exterior afect a la actividad de laboratorios y seminarios de una manera ms indirecta, pero tambin ms intensa, con el descubrimiento de que la tecnologa derivada de la ciencia, cuyo poder se multiplic gracias a la explosin econmica global, era capaz de producir cambios fundamentales y tal vez irreversibles en el planeta Tierra, o al menos, en la Tierra como hbitat para los organismos vivos.

Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX.

[...] La ciencia puede revelar el alcance de dicha crisis, pero slo la accin social puede resolverla. Hoy en da, la ciencia puede servir a nuestra sociedad exponiendo la crisis de la tecnologa ante el juicio del gnero humano. Este bloque dictaminador ser exclusivamente el que haya de decidir si el conocimiento creado por la ciencia debe destruir la humanidad o promover el bienestar humano.

Barry Commoner, Ciencia y supervivencia

1. La irrupcin del principio

Alrededor de los aos cincuenta del pasado siglo y durante ms de dos dcadas, trabajadores portuarios de Barcelona empezaron a manipular amianto procedente de Canad y Sudfrica. No fueron sometidos ni a revisiones ni a controles mdicos porque la legislatura sobre los trabajos de riesgo de aquella poca no inclua esa substancia. Recientemente, decenas de estos trabajadores, con la baja por indisposicin o ya jubilados, han enfermado de cncer de pulmn o de pleura y sufren fibrosis pulmonar. El amianto acta por acumulacin. Las fibras de pequeo tamao -la fraccin respirable- llegan al pulmn, se acumulan en los alvolos y producen los fibromas. Sabemos hoy que las personas con mayor riesgo de contraer asbestosis son las que han estado respirando esas partculas durante mucho tiempo. De hecho, algunas de ellas han fallecido en los ltimos aos sin conocer el origen de la enfermedad. El amianto, sustancia netamente txica, ha sido prohibido definitivamente este ao y Espaa ha sido el ltimo pas de la UE en desterrar su uso. Sin embargo, segn fuentes sindicales informadas, la prohibicin no impedir la muerte en las prximas tres dcadas de unos 500.000 trabajadores en la Europa comunitaria1, 50.000 de ellos de tierras hispnicas.

La teora de las catstrofes, desarrollada en Francia en los aos sesenta a partir de la topologa matemtica, investiga las situaciones en las que una alteracin gradual produce rupturas bruscas, analiza la interrelacin entre cambios continuos y discontinuos. La teora del caos, iniciada en los aos ochenta en EE.UU, construye modelos de situaciones de incertidumbre e impredictibilidad en las que hechos aparentemente nimios, como el aorado batir de las alas de una mariposa, pueden desencadenar efectos insospechados -un tornado, por ejemplo- en lugares muy distantes y distintos. En 1973, Rowland y Molina2 fueron los primeros qumicos que observaron que los clorofluorocarbonados (CFC 11 y CFC 12), ampliamente usados en refrigeracin y en los extendidos aerosoles, destruan el ozono de la atmsfera terrestre. Por qu este peligrossimo e indiscutido resultado no pudo percibirse antes? Probablemente, por la relacin sealada entre los cambios graduales y las alteraciones bruscas. A principios de los aos cincuenta, la emisin de los elementos qumicos citados no superaba las 40.000 toneladas, mientras que entre 1960 y 1972 se arrojaron a la atmsfera terrestre ms de 3,6 millones de toneladas de estos productos, es decir, 90 veces ms. Apenas veinte aos ms tarde, la existencia de grandes agujeros en la capa de ozono de la atmsfera ya era de dominio pblico y la nica investigacin sensata que caba desarrollar intentaba conocer con qu rapidez se agotara y cundo se rebasara la capacidad de recuperacin natural.

Estos dos ejemplos, entre otros muchos posibles, nos acercan a problemas acuciantes de poltica de la ciencia y de la tecnologa. Thomas S. Kuhn, en su clsico de 1962, incorpor la polismica nocin de paradigma como categora central del hacer cientfico normal. En el coloquio internacional de filosofa de la ciencia celebrado en Londres en 1965, Margaret Masternam seal que el autor de La estructura empleaba el trmino en no menos de veintin sentidos, o posiblemente ms...3 En alguno de ellos, caba usar paradigma como cambio de concepcin, como nuevo marco de anlisis o nueva cosmovisin. Aunque Kuhn us el trmino para el anlisis de las prcticas cientficas y de su desarrollo histrico, probablemente no resultar inconsistente extenderlo a otros mbitos cercanos, como el de la poltica cientfica, el I + D de los presupuestos pblicos.

El objetivo de esta comunicacin es dar cuenta de los razonables argumentos que sealan la necesidad de un cambio de perspectiva en la poltica ambiental y sanitaria, irrupcin de un nuevo paradigma que, adems, en opinin de sus defensores, puede y debe provocar alteraciones importantes en las prioridades de los programas de investigacin y en las relaciones entre las comunidades cientficas y la ciudadana. Es momento de sopesar nuestras clsicas y usuales perspectivas de anlisis y abandonar el enfoque del clculo de riesgos para aceptar y asumir activamente el llamado principio de precaucin, con los cambios legislativos que este enfoque normativo sin duda va a ocasionar4. De hecho, este principio nace, o adquiere nuevos vuelos, ante la percepcin, compartida por amplios sectores de las comunidades cientficas afectadas y por la ciudadana en general, que los esfuerzos para combatir urgentes y profundos peligros avanzan a un ritmo demasiado pausado.

2. En el principio fueron los principios

Nos encontramos ante un debate moral-poltico nada marginal. Consultoras multinacionales como Wirthlin Worldwide y Nichols-Dezenhall Communications Management Group sostienen que el principio de precaucin representa al mismo tiempo una seria amenaza contra la ciencia rectamente entendida, el comercio mundial, la libertad de los consumidores y el progreso tecnolgico5. Sin embargo, no slo el poder multinacional nada preventivamente en las turbulentas aguas del lobby anti-precaucin. Henry I. Miller y Gregory Conko, en un artculo publicado en Nature biotechnology (19 abril 2001, pp.302-303), sostienen que este principio no es slo antitecnolgico y liberticida, sino que es tambin y preferentemente el mtodo escogido por un minoritario y, por supuesto, violento grupo de radicales trasnochados para imponer su irracional forma de vida al resto de ciudadanos del mundo6.

En la misma lnea argumentativa, Robert Nilsson, miembro de la Inspeccin qumica sueca (KEMI), profesor de toxicologa en la Universidad de Estocolmo y asesor de numerosas comisiones, ha sealado su preocupacin por el peligro de regulaciones ilgicas (sic) y por la excesiva prevencin, mostrando su alarma, e incluso indignacin, porque Massachusetts y San Francisco tiendan a seguir las reglamentaciones suecas que toman la moderacin como punto de partida. Segn Nilsson, la consecuencia de este enfoque normativo ha sido la actual quimofobia mundial, fomentada por este principio aparentemente positivo pero que es en realidad la anttesis de la ciencia, siendo abyectamente aprovechado por quienes se ganan la vida asustando a los dems y quienes mantienen que la mera posibilidad de hacer algn dao es suficiente para prohibir el uso de cualquier sustancia. Ese principio exige que quienes desarrollan tecnologas demuestren que son seguras, lo cual es cientficamente imposible. Uno slo puede demostrar que algo es o no es daino hasta ahora, no que nunca lo ser7. Nilsson se lamenta del que denomina maximalismo de la socialdemocracia sueca que, en su opinin, llega a extremos ridculos como el siguiente: los niveles de plomo en la sangre de los ciudadanos suecos han ido disminuyendo en los ltimos 20 aos como resultado de la progresiva disminucin del uso de este metal como aditivo de la gasolina, hasta el punto de que el nivel de plomo de los nios suecos en los ltimos aos equivale al de los que viven en zonas no contaminadas del planeta, como el Himalaya. Sin embargo, protesta escandalizado Nilsson, el gobierno sueco ha decidido acabar con todo lo que contenga plomo: bateras de los vehculos, tanques de pesca, quillas de los veleros, uso no restringido de plomo en balas y perdigones, etc., con el consiguiente y perverso efecto en la poltica-econmica: La aplicacin de medidas de ese tipo frena el desarrollo de cualquier pas, causando los niveles de desempleo que tiene Suecia.

Pero, en qu consiste este principio de precaucin que tanta alarma causa entre poderosas instancias del poder econmico y cientfico-tecnolgico? Si desde un enfoque productivista desaforado resulta comercializable cualquier producto mientras no se demuestre positivamente su nocividad -y demostrar aqu suele significar la quimera de un perfecto desarrollo sin sombra de duda deductiva y experimental-, desde la ptica de los defensores del principio de precaucin slo deberan comercializarse productos de los que sepamos, con razonable certeza (no con una imposible certidumbre total), que no son nocivos8. Slo en situaciones en las que no se dispusiera de alternativa sera aceptable la distribucin de productos potencialmente peligrosos siempre y cuando -y este punto es decisivo para entender la relacin ciencia-sociedad que postulan los defensores del principio- la comunidad ciudadana afectada decidiera aceptar los riesgos de su uso. Obviamente, de aqu se colige la necesidad de informacin, discusin y crtica pblica de los nuevos avances y aplicaciones tecnolgicas.

En un excelente artculo sobre la Geografa de la salud: el suroeste espaol bajo el microscopio9, Joan Benach, profesor de la Unidad de Investigacin en Salud Laboral de la Pompeu Fabra, ha argido en el mismo sentido. No disponer de un diagnstico cientfico totalmente ajustado y aceptado sin tomo o quark de duda no puede servir de pretexto para la inaccin. Por varias razones: en primer lugar, porque el conocimiento cientfico siempre es incompleto; en segundo lugar, porque la obtencin de buen saber siempre es tarea larga y difcil y los problemas del da a da no siempre pueden esperar y, finalmente, porque el conocimiento tan slo no basta: un buen diagnstico puede o no llevarnos a una intervencin, sta puede ser o no adecuada y puede desarrollarse o no de forma eficaz. Como seala el principio de precaucin -escribe Benach-, cuando una actividad amenaza con daar la salud humana o el medio ambiente, aunque la relacin entre causa y efecto no est completamente establecida cientficamente, no caben excusas para actuar. Cabe pecar aqu por defecto, pero jams por exceso. De hecho, como se seal anteriormente, el principio de precaucin nace precisamente de la percepcin de que los esfuerzos para combatir problemas como el cambio climtico, la degradacin de los ecosistemas o el agotamiento de los recursos naturales avanzan muy lentamente, y que los problemas ambientales y sanitarios continan agravndose con mayor rapidez de la que la sociedad dispone para identificarlos y corregirlos10.

Es conocida la posicin central de las creencias previas en debates que se interseccionan con el mbito cientfico. Si los cientficos dicen obrar, y de hecho obran, de buena fe, si la ciencia es la bsqueda desinteresada y sin trmino de la verdad, si todos sus practicantes creen por igual en el llamado mtodo cientfico y si, finalmente, tienen casi todos ellos acceso a datos similares, cmo explicar entonces su desacuerdo profundo en ocasiones y en temas tan acuciantes como el cambio climtico, por ejemplo? Robert L. Park, nada sospechoso de maximalismo anticientfico, ha apuntado una conjetura no por sabida menos verosmil que sita algunas de estas discrepancias en el mbito de las valoraciones moral-polticas:

(...) El clima constituye el sistema ms complejo que los cientficos se han atrevido nunca a abordar. Existen enormes lagunas en los datos relativos al pasado distante, lo cual, unido a las incertidumbres de las simulaciones informticas, significa que incluso los cambios ms pequeos en los supuestos previos dan como resultado proyecciones muy distintas y desencaminadas. Ninguno de los dos bandos discrepa en este punto. Tambin coinciden ambos en que los niveles de CO2 en la atmsfera estn aumentando. Lo que les separa son sus cosmovisiones polticas y religiosas, profundamente distintas. En pocas palabras: quieren cosas distintas para el mundo11.

3. Las declaraciones de Wingspread y de Lowell.

Breve, pero sustanciosa, la declaracin de Wingspread12, firmada bsicamente por cientficos suecos, alemanes, canadienses y norteamericanos, y algn trabajador o propietario agrcola, data de enero de 1998 y constata, en primer lugar, que la utilizacin de substancias txicas y su emisin, la explotacin de los recursos naturales y las alteraciones del medio ambiente han tenido consecuencias involuntarias -aunque tal vez no siempre- que afectan y han afectado a la salud humana y al medio ambiente. As, las altas tasas de dificultades de aprendizaje, el asma, el cncer, las malformaciones fetales y las especies en extincin, la disminucin de la capa de ozono y la contaminacin mundial con substancias txicas y materiales nucleares.

Segn la declaracin, la legislacin ambiental que se ha adoptado, especialmente las basadas en la evaluacin de riesgos, no han logrado proteger suficientemente la salud humana y el medio. De ah la necesidad de un cambio de paradigma, de otra perspectiva, de un nuevo principio regulador, puesto que, sostienen los firmantes, existe una evidencia abrumadora de que el dao para los seres humanos y el medio ambiente a nivel mundial es de tal magnitud y gravedad que hace necesario establecer nuevos principios para encauzar la actividades humanas.

Por ello, si aceptamos por principio de realidad que las actividades humanas pueden involucrar riesgos, algunos de ellos nada despreciables, la declaracin seala que todos -empresas, gobiernos, organizaciones privadas, comunidades cientficas, etc- debemos proceder en una forma ms cuidadosa que la que ha sido habitual en el pasado reciente. De ah que sea necesario poner en prctica nuevos enfoques en las relaciones entre la especie y la naturaleza basados en el principio de precaucin que los autores formulan del modo siguiente: cuando una actividad se plantea como una amenaza para la salud humana o el medio ambiente, deben tomarse medidas precautorias aun cuando algunas relaciones de causa y efecto no se hayan establecido de manera cientfica en su totalidad. Deben ser los proponentes de una determinada actividad, y no la ciudadana, los que asuman la carga de la prueba de su inocuidad.

La declaracin finaliza sealando que la puesta en prctica del principio ha de ser abierta, transparente y democrtica, debe incluir a todas las partes potencialmente afectadas, aspirando a un examen detallado de toda la gama de alternativas que incluya como un posible hacer la no accin, la suspensin -acaso provisional- de la aplicacin de una tecnologa que pueda parecer arriesgada para la especie y sus equilibrios.

La segunda declaracin13 fue elaborada en el encuentro internacional sobre la ciencia y el principio de precaucin organizado por el Lowell Center for Sustainable Production de la Universidad de Massachusetts, celebrado entre el 20 y el 22 de septiembre de 2001, y ha sido firmada por un amplio espectro de investigadores que incluye a cientficos y personas interesadas de muchas reas geogrficas (Filipinas, Espaa, Argentina, Cuba, Noruega o Dinamarca, por ejemplo).

Se reafirman los firmantes en la declaracin de Wingspread, en la necesidad de cambiar las formas en que se toman las decisiones de proteccin ambiental y las maneras en que el conocimiento cientfico influye sobre dichas decisiones, sealando al principio de precaucin como un componente clave en la toma de decisiones en los mbitos ambiental y sanitario, particularmente cuando deban considerarse amenazas complejas y an inciertas y apuntando que la puesta en prctica efectiva del principio requiere elementos como la defensa del derecho bsico de cada individuo (y de las futuras generaciones) a un ambiente saludable y promotor de la vida, o la identificacin, evaluacin y puesta en prctica de los caminos ms seguros entre los que sean viables para satisfacer las necesidades sociales.

Sealan los autores que la toma de decisiones de forma precautoria no es enemiga del conocimiento cientfico sino que es consistente con la buena ciencia dadas las lagunas de incertidumbre, e incluso de ignorancia, que persisten en nuestra comprensin de los sistemas complejos. Cuando no existen certidumbres, las decisiones polticas deben tomarse reflexiva y abiertamente a partir de la informacin disponible. No es aceptable, por irrazonable, que tengamos que esperar una evidencia cientfica incontrovertible sobre posibles daos de una determinacin actuacin antes de emprender acciones preventivas.

Empero, prosigue la declaracin, no slo la comunicacin entre cientficos y diseadores de polticas ambientales y de salud necesita mejora sino tambin conviene rectificar las formas en que los actuales mtodos de investigacin pueden contribuir a retardar la deseable accin precautoria. De este modo, la compartimentacin del conocimiento cientfico dificulta, por una parte, la capacidad para detectar e investigar los sntomas y advertencias tempranas y, por otra, el desarrollo de opciones que eviten posibles daos. Se sostiene pues que una puesta en prctica del principio precisa nuevas metodologas mejoradas y una nueva relacin entre ciencia y poltica que enfatice la continua actualizacin del conocimiento, as como una mejora en la comunicacin de los riesgos, las certezas y la incertidumbre. Con esos objetivos en mente, hacemos un llamamiento a la regulacin de los programas de investigacin cientfica, las propiedades de financiamiento, la educacin sobre la ciencia y las polticas cientficas.

Finaliza la declaracin sealando que, indudablemente, la actividades humanas no pueden estar totalmente exentas de riesgo -respondiendo as a las falsas acusaciones de desenfoque quimrico de algunos detractores- y que, por tanto, la finalidad del principio no es erradicar definitivamente todo dao potencial. No se trata en ningn caso de detener el avance cientfico. An ms, remarcan los firmantes, la implantacin del principio no slo no es contraria al progreso del conocimiento sino que puede ser un factor de desarrollo cientfico, al estimular la innovacin en la bsqueda de mejores materiales, de productos ms seguros y de procesos de produccin alternativos. Se concluye sealando que el enfoque defendido en la declaracin comparte los valores y las tradiciones preventivas de la medicina y la salud pblicas.

Se impone, consiguientemente, un necesario y razonable cambio de rumbo. Son obvias, segn los defensores del principio, las inconsistencias del actual proceso regulador: si nuestra normativa es la adecuada, si nuestras leyes son correctas, si son, adems, efectivas, por qu entonces, por ejemplo, los niveles de mercurio en pescados de agua dulce son tan elevados que se desaconseja su consumo por mujeres embarazadas? Cmo es posible que la leche materna no cumpla con los niveles mnimos establecidos por la FDA (Administracin para alimentos y medicinas) de los EEUU para los alimentos de los bebs?14.

3.1. Una lnea paralela que intersecciona con el enfoque preventivo.

Silvio O. Funtowicz y Jerome R. Ravetz15 han argido en su ensayo La ciencia posnormal muy en consonancia con la posicin anterior. Como Mart Boada apunta en la presentacin de su trabajo, para estos autores, nuestra tradicin cultural estrictamente cultivada no puede darnos un conocimiento suficiente que d las respuestas predictivas que demandan los problemas ambientales globales16. Para dar salida a la crisis ambiental existente, el ideal de racionalidad de la ciencia normal es no slo insuficiente sino incluso, en muchos casos, inapropiado.

En la esquemtica y usual visin de las tesis kuhnianas sobre la ciencia y su historia, se suele distinguir entre ciencia normal y ciencia revolucionaria o extraordinaria. En la visin del Kuhn de La estructura, los cientficos realizan su labor dentro de una cosmovisin ontolgica y metodolgica que es aceptada sin discusin. Su labor, la tarea de las comunidades cientficas, puede ser comparada con la resolucin de complejsimos rompecabezas. Cuando, por razones varias, el marco en el que se mueven se resquebraja, cuando el paradigma entra en crisis, nos movemos en un terreno resbaladizo, en una situacin de ciencia no-normal -extraordinaria o revolucionaria-, hasta que, nuevamente, un exitoso paradigma sustituye al anterior y, con l, despus del conflicto, la paz provisional y un nuevo perodo de ciencia normal, de prctica e investigacin cientfica realizada bajo el paraguas protector de un paradigma consensuado. Funtowicz y Ravetz sostienen que la actual situacin cientfico-ambiental -aunque no slo- exige un cambio de paradigma que permita un nuevo tipo de prctica cientfica que denominan ciencia posnormal. El subttulo de su ensayo -Ciencia con la gente- es clara seal de uno de los atributos que la caracterizan: una ciencia, una prctica cientfica, tecnolgica y cultural que, adems de perseguir el beneficio de la ciudadana en su conjunto y no slo de la nfima minora dominante, sea realizada con ella, con su participacin activa. Ya no es suficiente una Science for people, sino que es urgente y necesaria una science with people.

Martnez Alier cita en su prlogo a la edicin castellana uno de los ejemplos analizados de esta ciencia posnormal: el caso de los cultivos transgnicos. El debate no era muy intenso hasta 1999, pero cuando la revista The Ecologist publico su nmero especial sobre Monsanto -edicin que, dadas las suaves presiones de la multinacional biotecnolgica, la imprenta habitual de la revista se neg a editar-, informando entre otros asuntos de la tecnologa terminator de la transnacional (semillas manipuladas genticamente para evitar su reproduccin), el debate adquiri un auge muy importante entre sectores amplios de la poblacin y no slo entre los miembros destacados de las comunidades cientficas, consiguiendo su prohibicin en Ro Grande do Sul (Brasil) y presionando fuertemente para que una normativa europea regulase su importacin y etiquetado. De este modo, la participacin activa de la ciudadana ha conseguido que se reconozca la existencia de incertidumbres sobre los efectos de los cultivos transgnicos en el ambiente natural y sobre la salud humana. Con palabras de Martnez Alier, Urgencia. Incertidumbre. Conflictos de valores. Son caractersticas de la ciencia posnormal, que no es ciencia elitista, por encima de la gente; no es tampoco bienintencionada ciencia para el pueblo. Es, de hecho, ciencia con la gente17. Las incertidumbres ticas de la difusin planificada de organismos vivientes genticamente manipulados a escala microbiolgica derivan, apuntan los autores, de nuestra ignorancia ecolgica. No hay posibilidad de certeza predictiva en este campo. El rango de las interacciones posibles entre los organismos y el ambiente es tan inmenso que escasamente puede ser clasificado y mucho menos cuantificado. No podemos aspirar, como ha pretendido y pretende la ciencia normal, a una anticipacin certera de acontecimientos no deseados por sus importantes y nefastas consecuencias.

Otros ejemplos recientes, enmarcables dentro de lo que los autores llaman ciencia posnormal, seran el terrible asunto de las vacas humanamente alocadas, la fiebre aftosa, las polmicas sobre incineradoras de residuos urbanos y produccin de dioxinas, el debate sobre la inseguridad de los mtodos de almacenamiento de residuos nucleares, la urgente discusin sobre la reduccin de la emisin de gases con efecto invernadero, la polmica sobre cunta biodiversidad silvestre y agrcola conservar en el mundo y dnde, o, como ha sealado recientemente Jeremy Rifkin, la propiedad del sistema electromagntico, hoy en manos de los gobiernos pero en el punto de mira de los sectores privados dominantes18.

De qu se trata entonces, qu proponen los defensores de esta ciencia posnormal? Se trata de dejar orillado el paradigma de la racionalidad occidental? En absoluto. La ciencia normal, en sentido kuhniano, es perfectamente vlida para contrastar la validez o no de determinada conjetura, pero en cambio, segn Funtowicz y Ravetz, no es vlida para decidir si debemos usar o no la energa nuclear, para determinar el valor que debemos dar a la conservacin de la biodiversidad o para pronunciarnos sobre si resulta o no aceptable el uso de determinadas tcnicas de manipulacin genticas. Debemos servirnos entonces exclusivamente de los informes de los profesionales del sector, de los tcnicos en estas materias? Ojal, contestaran sin duda Funtowicz y Ravetz, pero la urgencia de los temas y la incertidumbre de nuestros conocimientos es tan importante que no podemos contar tan slo con la opinin de los especialistas. Desconocemos, por ejemplo, los riesgos probabilsticos de daar la salud humana comiendo carne con hormonas y alimentada, adems, con soja transgnica. Estas limitaciones nos trasladan al mbito de la ciencia posnormal.

Es destacable el punto de vista de la ciencia posnormal respecto a la unidad de la ciencia y a las divisiones acadmicas en especialidades. La unidad defendida por los autores no deriva primariamente de un conocimiento bsico compartido sino de un compromiso compartido con cierto tipo de enfoque tendente a resolver problemas polticos complejos (p.75). Para esta tipo de ciencia es impensable, e indeseable a un tiempo, el conocimiento dividido en especialidades temticas cerradas y, prcticamente, incomunicadas. El compromiso de la ciudadana implicada con la resolucin de un determinado problema cientfico-poltico les llevar, en opinin de Ravetz y Funtowicz, a adoptar cualquier forma de reflexin y accin que les resulte apropiada para su objetivo. Se ha defendido, desde determinadas y conocidas posiciones epistemolgicas, la idea de la ciencia como una bsqueda sin trmino y desinteresada de la verdad. Los autores argumentan que esa concepcin pretende restringir el compromiso tico del cientfico slo al mbito del proceso y de la construccin de su producto, pero no, en cambio, a su uso o abuso, no a las relaciones sociales de su produccin. Esta actitud tradicional ha llevado a los cientficos a atribuirse todas las consecuencias benficas de las investigaciones y a endilgar culpa a la sociedad por cualquier dao que se produjese (p.76). La ciencia posnormal no les proporciona esta proteccin.

Este enfoque tico-epistemolgico, sealan los autores, tiene el rasgo paradjico de que en su actividad de resolucin de problemas se invierte el dominio tradicional de los hechos duros sobre los valores blandos. En virtud de los altos niveles de incertidumbre que se aproximan a la ignorancia crasa en algunos caos, y a que lo que se pone en juego en las decisiones es muy extremo, podramos incluso intercambiar los ejes de nuestro diagrama, haciendo de los valores la variable horizontal independiente (p.50). Estamos pues ante un nuevo enfoque de racionalidad cientfica en el que la poltica de la ciencia no es nicamente una instancia posterior y externa al puro, estricto y no contaminado quehacer cientfico sino instancia normativa con neta presencia en los programas orientativos de esa misma actividad. La tradicional distincin entre hechos y valores no slo habra sido invertida, sino que, en la forma de actuar de los cientficos posnormales, ambas categoras no podran ni deberan ser separadas tajantemente. Consiguientemente, segn esta concepcin, no tendra sentido alguno considerar, por ejemplo, los riesgos ambientales como simples externalidades de la actividad cientfico-tcnica.

4. Ejemplos justificativos.

Decamos pues que el principio de precaucin favorece aquellas polticas que protegen la salud humana y el medio ambiente ante los riesgos de incertidumbre y que la clara posibilidad de efectos catastrficos sobre ecosistemas del planeta han debilitado en amplias capas de la poblacin la confianza en la capacidad de las ciencias y polticas ambientales para identificar y controlar los riesgos. Veamos ahora algunos casos que parecen abonar esta nueva direccin, este urgente cambio de paradigma en nuestras polticas sanitarias y ambientales.

En su clsico, y todava impresionante, Ciencia y supervivencia18, Commoner sealaba que en 1957, en el resumen oficial The Effects of Nuclear Weapons, publicado por el nada sospechoso departamento de Defensa norteamericano y por la AEC (Atomic Energy Commission), se aseguraba que la lluvia radiactiva descendera lentamente de la estratosfera, y que el 50% de ella no alcanzara la superficie terrestre hasta siete aos despus de haberse producido. Esta accin retardada, dara tiempo a a la descomposicin de muchos istopos durante la cada, con lo que se reduciran netamente los efectos finales sobre los seres humanos. Commoner seala que, cinco aos ms tarde, en la segunda edicin del manual, se reconoci lo errneo del clculo: casi toda la lluvia radiactiva estratosfrica alcanza la superficie terrestre en cuestin de meses, asunto que est en relacin directa con la situacin geogrfica y la poca elegida para el experimento. De este modo, cuando la lluvia alcanza la superficie de nuestro planeta sigue conteniendo todava un porcentaje no desdeable de radiactividad peligrosa. Como consecuencia de este error, los clculos efectuados se alejaron enormemente de la realidad. Si en 1956, W. F. Libby, comisario de la AEC, predijo que las pruebas nucleares realizadas durante el mes de mayo de 1954 habran depositado sobre suelo estadounidense un mximo de siete milicuries de estroncio-90 por milla cuadrada, las mediciones realizadas por la Comisin de energa atmica demostraron que el contenido medio de estroncio-90 en suelo estadounidense haba alcanzado los 47 milicuries por milla, casi ocho veces ms, en 1958, aunque el nmero total de experimentos apenas si se haba duplicado desde 1954.

En la misma lnea, en una conferencia impartida en 1981, Manuel Sacristn20 ilustraba la peligrosidad de las centrales nucleares y la variacin de los datos con un par de observaciones. La primera era una historia que se recoga detalladamente en un ensayo de aquellos aos, El sndrome nuclear. Su autor, Santiago Vilanova, se refera a la fluctuacin de los valores de radiacin mxima soportable segn los gobiernos, que, como es sabido, son la instancia que prescribe la cantidad de irradiacin que puede soportar un trabajador de una central nuclear o las personas de una poblacin cercana al lugar donde est ubicada. Desde 1925 hasta 1956, la variacin de los valores que se estimaban inocuos para el organismo humano pas de 46 rems a 5 rems. Si en 1925 se aconsejaba como valor lmite 46 rems por ao, ya en 1934 se baj esa estimacin hasta la 21 rems y medio, menos de la mitad. En 1949 se estipul en 15 rems y, en 1956, se dej tan slo en 5 rems, menos de la novena parte de la cantidad inicial. El descenso mereca el siguiente comentario de Sacristn: Excuso decir la fiabilidad que nos puede merecer estos 5 rems por ao cuando estn dictados por las mismas instancias que en el ao 1925 admitan la friolera de 46 rems.

La historia tena adems un eplogo. Sealaba Sacristn que cada vez eran ms frecuentes los cientficos que consideraban que no haba dosis mnima inocua por el carcter acumulativo de toda la dosis de irradiacin. O sea, que no solamente es una trayectoria de evidente desdecirse de los gobiernos, sino que estamos ante la posibilidad de que no haya dosis mnima que no haga dao, que no perjudique. Contra este argumento, admita MSL, se suele objetar que ya hay una irradiacin natural en los arroyos, rocas, etc., pero, apuntaba el autor de Pacifismo, ecologa y poltica alternativa, esa irradiacin natural no poda evitarse y, por otra parte, (...) parece haber bastante probabilidad de que la irradiacin natural no se acumule en lo que se llama cadenas trficas, es decir, en las redes de alimentacin, donde s se acumula la irradiacin producida por nosotros. En los productos de la fisin de un reactor salen elementos que no existen en estado natural, sino que los producimos nosotros en el reactor.

Un tercer ejemplo ahonda en la misma direccin21. Cuando los asistentes de vuelo explican las medidas de seguridad se solicita no usar aparatos electrnicos durante el despegue y el aterrizaje y no hacer uso de telfonos mviles en ningn momento del vuelo. Hay una evidencia limitada de que estos aparatos pueden interferir con los sistemas esenciales de navegacin y control areos. De hecho, en 1999, la Administracin Federal para la Aviacin (FAA) de EEUU encomend un estudio que presentase evidencias claras para corroborar esa hiptesis. El estudio fracas en la bsqueda de evidencias. Sin embargo, la FAA dictamin preventivamente que en ausencia de mayores evidencias de seguridad, la prohibicin segua vigente.

Este caso ilustra ntidamente aspectos centrales del principio en discusin. En primer lugar, actuar, no paralizarse ante la incertidumbre, incluyendo en este hacer la prohibicin de ciertas prcticas. La mayora de los usuarios coinciden, y parece la actitud ms razonable, que es preferible no poder usar el telfono mvil durante el vuelo a correr el menor riesgo de accidente. En segundo lugar, el principio seala quienes tienen la responsabilidad de modificar normativas y acciones. Probablemente, en el caso comentado, la mayora de personas estaran de acuerdo en que quienes deseen alterar las reglas existentes deberan ser quienes aportaran pruebas concluyentes de que las rectificaciones propuestas no incrementaran los riesgos actuales. Consiguientemente, son ellos los que deberan tener toda la carga de la demostracin. Pero, supongamos que la situacin no fuera esa, conjeturemos que la preocupacin por el uso de estos aparatos electrnicos no hubiese surgido desde un principio y los pasajeros pudieran utilizar sus mviles durante el vuelo y, supongamos igualmente, que unas pocas disfunciones aisladas aconteciesen en los sistemas de navegacin de algunos aviones, causando razonables preocupaciones. Debera entonces prohibirse el uso de estos telfonos? Admitiremos sin duda que el fin de esta prctica conllevara prdidas econmicas y es muy probable que se hiciera entonces un estudio de costes y beneficios, lo que requerira considerar riesgos, algo muy difcil de conseguir con la certidumbre necesaria. Sera esta perspectiva entonces un enfoque cientficamente fundamentado? Dejara de ser un procedimiento altamente incierto, donde los riesgos evaluados seran muy pocos y las consecuencias potencialmente catastrficas? Sin duda, la disponibilidad de una alternativa viable -en nuestro ejemplo, telfonos fijos en los aviones- facilita actuar en ausencia de mayor certidumbre, pero todo ello, en opinin en de los defensores del nuevo marco normativo, ms bien abona el potencial del principio de precaucin a la hora de estimular la bsqueda de tecnologas ms seguras.

El siguiente caso toca fibras centrales del poder poltico-militar. A finales de septiembre de 2002, quince cetceos aparecieron varados en las islas de Fuerteventura y Lanzarote. Doce de ellos muertos. El gobierno canario conjetur que el origen de las muertes se deba a las maniobras militares hispnico-otnicas que se desarrollaban en la zona y pidi el cese inmediato del, digamos, ejercicio. El Ministerio de Defensa hizo caso omiso de la consideracin de esta instancia representativa de la voluntad ciudadana. El 9 de octubre, el director general de Poltica Territorial y Medio Ambiente del Gobierno de Canarias, advirtiendo que el ministerio de Defensa an no haba aportado los datos solicitados sobre la intensidad de las emisiones de las embarcaciones militares, declar con la claridad necesaria que la muerte de los cetceos estaba relacionada con las citadas maniobras. El responsable del departamento se basaba en sendos informes cientficos realizados por la unidad de anatoma patolgica de la Facultad de Veterinaria de Las Palmas y por la Sociedad para el estudio de los cetceos en Canarias (SECAC) en los que se sostena que todos los animales afectados sufrieron la accin causal en el mismo intervalo de tiempo y que fue sta la que provoc lesiones vasculares que daaron el funcionamiento normal de los rganos afectados. Como consecuencia de esta disfuncin, algunos animales vararon vivos y, posiblemente, murieron antes de llegar a la costa.

Los anlisis cientficos establecan pues que la nica causa que no poda descartarse era la inducida por una seal acstica intensa. Pareca razonable pensar, con alta probabilidad, que esta seal era atribuible a las comunicaciones militares. Empero, en esa misma fecha, un portavoz de la Armada aseguraba que se mantena abierta una investigacin sobre lo sucedido durante las maniobras Neotapn y que haban recabado informacin de la OTAN -que segn parece estudia el problema desde hace aos-, pero que, aunque la investigacin no haba terminado, los datos preliminares apuntaban a que no haba una relacin causa-efecto entre el sistema de sonar de los barcos y la muerte de los cetceos22. El 6 de octubre, otro animal haba aparecido en la playa de Jacomar, al sur de Fuerteventura, en avanzado estado de descomposicin. Los especialistas sealaron que, si se confirmara que el animal tena las mismas lesiones, se elevaran a 13 el nmero de cetceos muertos por causas no naturales. No haba aqu seales que aconsejaban una poltica preventiva? No tenamos buenas o casi excelentes razones que apuntaban a una suspensin cautelar de estos ejercicios? Acaso hay aqu un uso perverso de la consideracin de que la investigacin iniciada no haba terminado? Cundo puede darse por acabada definitivamente una investigacin?

Finalmente, en la misma direccin ilustrativa, puede citarse el caso de los PVC23.Hay evidencias de que varios de los plastificantes, miembros de la familia de los ftalatos, son txicos para la funcin reproductiva de los animales y existe la posibilidad, slo la posibilidad, de que tambin lo sean para la reproduccin humana, aunque la evidencia de esta ltima conjetura es limitada. Hasta 1999, muchos juguetes de plsticos de PVC, diseados para ser chupados o masticados, contenan ftalato de diisononilo. La evidencia de riesgos para la salud humana es dbil e incierta. De hecho, los fabricantes de productos con PVC han argumentado que no hay evidencia de daos provocados por su utilizacin, despus de ms de 40 aos de uso sin efectos nocivos apreciables.

Hay algn error en este razonamiento? La ausencia de evidencia del dao es equiparable a la evidencia de ausencia de dao? Si admitimos, como parece razonable, que nunca podr probarse sin atisbo concebible de duda la absoluta seguridad de un determinado artefacto, el principio de precaucin intenta entonces minimizar las limitaciones de una poltica reguladora basada centralmente en el anlisis de riesgos, favoreciendo, por el contrario, la bsqueda de alternativas cuando tengamos sospechas en torno a la peligrosidad de un determinado producto qumico. Si existe una alternativa ms segura, por qu aceptar riesgos por mnimos e inciertos que puedan ser? La agencia danesa para el medio ambiente utiliz esta perspectiva tico-lgica cuando decidi eliminar los ftalatos de los juguetes: haba una exposicin a estos compuestos, se tenan datos sobre su toxicidad en animales, la exposicin afectaba a nios, especialmente susceptibles a muchas sustancias txicas, existan alternativas y el producto, por otra parte, no pareca cumplir una funcin imprescindible, por qu usar entonces este plastificante en los juguetes?

5. La cultura de la prudencia.

El revuelo armado recientemente en la Academia, y fuera de la Academia, por el The Skeptical Environmentalist24 de Bjorn Lomborg no ha sido una simple brisa de verano. Las crticas, sin negar defensas25, han llovido y no desde cualquier tribuna: Lester Brown, Paul Erlich, Stuart Pinn, no se han dejado llevar por la contencin al apuntar numerosos puntos dbiles en los desarrollos y conclusiones de Lomborg. Pero en un alarde de imaginacin y, probablemente, de generosidad, supongamos, aunque no admitamos, como sostiene Lomborg, que la tecnologa est mejorando la vida en la mayor parte del planeta y que nuestra civilizacin occidental es medioambientalmente sostenible, podemos entonces defender sus tesis de que el protocolo de Kioto no nos sirve?

Su argumentacin va en sentido contrario al aconsejada por el principio de precaucin. Lomborg seala que es ms rentable permitir la mayor parte de las emisiones, y pagar las consecuencias segn vayan llegando, que tratar de restringirlas en exceso. Usa la impactante cifra de 5 billones de dlares, extrada de un nico estudio de la Universidad de Yale, y la utiliza como base para evaluar la eficacia de las alternativas propuestas, especialmente la defendida por el acuerdo de Kioto. Segn l, al protocolo no le salen las cuentas: sus costes seran muy considerables y sus beneficios -detener el calentamiento- apenas seran perceptibles. Por lo tanto, hoy gloria desarrollista y maana arreglo. Todo apunta, sin embargo, a que Lomborg parece situarse en el lado irracionalmente positivo de la vida y de la historia, y, por lo sabido y sufrido, no parece ste el caminar ms sensato. El autor de The Skeptical Environmentalist2 apuesta siempre por los escenarios ms optimistas, arguyendo, a ttulo de ejemplo, que buena aparte de los combustibles fsiles sern reemplazados por energa solar. Las preguntas se imponen: cmo, cundo y por qu.

Estamos sin duda ante una batalla poltica de calado y con variadas estrategias. Riechmann ha sealado un posible sendero transitable por los grupos multinacionales y sus intelectuales orgnicos: dado que es demasiado tarde para redefinir el principio de manera favorable a esas corporaciones industriales, los think tanks del capitalismo globalizado realmente existente posiblemente recomienden adherirse nicamente a un imposible enfoque precautorio totalmente comprobado en los hechos y poner el acento en la distincin entre interpretaciones razonables y lecturas desviadas o lunticas, esto es, extremistas o radicales en su supuestamente asptico y neutral lenguaje. Se abre as una lnea de lectura razonable y moderada del principio, acorde con el ms irresponsable productivismo y al servicio de los grandes poderes y su abultada cuenta de resultados. De nuevo aqu, como en tantas otras ocasiones, vale la pena no olvidar la sentencia de Tentetieso en Alicia a travs del espejo: yo, el poder, fijo el verdadero y nico sentido de las palabras. Como (casi) siempre, de la ciudadana activa e informada depende que esta sentencia irrefutable sea falsada.

Hace algo ms de veinte aos, Manuel Sacristn, en una comunicacin para unas jornadas sobre ecologa y poltica, ya sealaba la necesidad de aceptar, darwinsticamente, que la especie ha desarrollado, en su evolucin, para bien y para mal, una plasticidad difcilmente agotable de sus potencialidades y sus necesidades. Hemos de reconocer que nuestras capacidades y necesidades naturales son capaces de expansionarse hasta la autodestruccin. Hemos de ver que somos biolgicamente la especie de la hybris, del pecado original, de la soberbia, la especie exagerada26. Biolgicamente, vale la pena subrayar, pero no, en cambio, cultural ni polticamente. Necesitamos un cambio de perspectiva, de enfoque, de anlisis, que nos permita caminar por un sendero menos arriesgado, con la necesaria prevencin adecuada para el caso. Y no slo en el plano terico, sino en el complejo mbito de la accin. Alguien tan poco sospechoso de radicalismo o desviacin irracionalista como el antiguo y admirado director de Nature, John Maddox27, ya seal con pesimismo que:

[...] En todas partes a se presiona a la comunidad investigadora para que sea ms relevante y por relevante se suele entender que contribuyan a la competitividad nacional en la produccin y venta de artculos comerciales tangibles. En cambio, los gobiernos de los pases ms ricos se han mostrado tacaos a la hora de aportar fondos para las organizaciones de salud pblica, cuando lo justo sera reforzar sus actividades para hacer frente a las necesidades an desconocidas de los aos venideros... Sin embargo, para estar prevenidos es preciso fomentar estas actividades a una escala con un vigor que est a la altura de las desconocidas necesidades. Esto demuestra que una cosa es la retrica de supervivencia y otra muy distinta tomar decisiones.

Superar la retrica vaca, ir ms all del mero decir y de las hermosas pero olvidadas declaraciones es sin duda un buen programa moral-poltico-ciudadano para tiempos arriesgados y colricos como los que nos toca vivir. No es momento de olvidar que si en el principio fue el Verbo, la Accin razonada debi siempre su fiel acompaante.

Notas

(1) Josep Maria Corts y Laura Sali, Las viudas del amianto, El Pas, 15.9.2002, p.30.

(2) Eric Hobsbawm (1995), Historia del siglo XX, Barcelona, Crtica, p.544.

(3) Margaret Masternam, La naturaleza de los paradigmas, en I. Lakatos y A. Musgrave (eds), La crtica y el desarrollo del conocimiento, Barcelona, Grijalbo, 1975, p.162.

(4) Refirindose al crucial asunto del aumento de los accidentes laborales, Federico Durn Lpez (Promover la prevencin, El Pas, 15.9.2002, p.20) ha apuntado, entre otras razones, a la existencia de unos planteamientos normativos centrados ms en la reparacin del accidente que en la evitacin del

mismo, con unos dficits normativos y culturales importantes, y con una legislacin de prevencin compleja e indiferenciada.

(5) Jorge Riechmann, Introduccin: un principio para reorientar las relaciones de la humanidad con la biosfera, en Jorge Riechmann y Joel Tickner (coords) (2002), El principio de precaucin, Barcelona, Icaria, pp. 7-8.

(6) ibidem, p.8. En el mismo sentido, Henry I. Miller, mdico y bilogo investigador del Hoover Institution de la Universidad de Stanford ha sealado (analitica.com; Venezuela analtica editores 2001), despus de quejarse de la actitud de gobiernos tan respetables como los de Alemania e Italia, que con la aplicacin del principio de precaucin Los funcionarios gubernamentales de los pases que instrumentan esas polticas promovidas por la ONU impedirn que sus conciudadanos se beneficien de adelantos tecnolgicos, condenndolos al atraso y al subdesarrollo. Esa es la misma gente que se queja y se da golpes de pecho por las grandes desigualdades en los ingresos en el mundo moderno, mientras utilizan sus cargos oficiales para asegurar que su gente nunca saldr de la miseria

(7) http://www.analitica.com/va/ambiente/opinin/4193692.asp

(8) Jorge Riechmann, Introduccin: un principio para reorientar las relaciones de la humanidad con la biosfera, Ibidem, p.8.

(9) El Pas, junio 2002, p.30.

(10) David Kriebel y otros, El principio de precaucin en las ciencias ambientales, en Jorge Riechmann y Joel Tickner (coords) (2002), El principio de precaucin, Barcelona, Icaria, p. 103..

(11) Robert L. Park,Ciencia o vud. De la ingenuidad al fraude cientfico. Grijalbo Mondadori (Aula abierta), Barcelona 2001, 326 pginas. Traduccin de Francisco Ramos [Edicin original: Woodoo Science. Oxford University Press, Nueva York, 1999].

(12) La declaracin de Wingspread sobre el principio de precaucin puede consultarse en Jorge Riechmann y Joel Tickner (coords) (2002), El principio de precaucin, Barcelona, Icaria, pp.39-40. Curiosamente, Eckard Wimmer, profesor de Gentica molecular y microbiologa de la Universidad de Nueva York en Stony Brook y consejero del Pentgono, ha sealado que la erradicacin de la viruela no es razn suficiente para la eliminacin de las dos nicas muestras el virus que se conservan en USA y Rusia. Preventivamente seala que en pocos aos sera posible tomar de Internet la informacin de su genoma y reconstruirlo(de hecho, l lo ha hecho con el virus de la polio). Adecuadamente analizado, el mismo Pentgono es un firme partidario del principio. Wimmer ha apuntado que tiene unidades dedicadas a analizar escenarios hipotticos, por remotos que parezcan en principio (Javier Sampedro, entrevista a Eckard Wimmer, Nunca ms ser posible erradicar un virus, El Pas, octubre 2002).

(13) El principio de precaucin, op.cit. pp.125-131.

(14) David Kriebel y otros, El principio de precaucin en las ciencias ambientales, El principio de precaucin, op.cit., pp.103-104.

(15) Silvio O. Funtowicz y Jerome R. Ravetz, La ciencia posnormal. Ciencia con la gente, Icaria, Barcelona 2000. Presentacin de Mart Boada. Prlogo a la edicin espaola, Joan Martnez Alier. Prlogo a la edicin argentina, Cecilia Hidalgo.

(16) El principio de precaucin, op.cit. p.8.

(17) Ibidem, p.12.

(18) La fundacin para el Progreso y la Libertad, vinculada al ex presidente de extrema derecha de la Cmara de Representantes estadounidense Newt Gingrich, instaba en un informe de finales de los noventa a que el espectro dejase de ser propiedad pblica y pasara a manos privadas.

(19) Barry Commoner (1971), Ciencia y supervivencia, Barcelona, Plaza & Jans, pp.26-27.

(20) Manuel Sacristn Las centrales nucleares y el desarrollo capitalista, curso 1980-81. Club de Debats. Biblioteca Ajuntament de Santa Coloma de Gramenet.

(21) David Kriebel y otros, El principio de precaucin en las ciencias ambientales, en El principio de precaucin, op.cit., pp.106-108.

(22) S.Menndez/M. Gonzlez: Los estudios vinculan los cetceos muertos con las maniobras militares, El Pas, 9.X.2002, p.32

(23) David Kriebel y otros, El principio de precaucin en las ciencias ambientales, en El principio de precaucin, op.cit. pp.109-111.

(24) Bjorn Lomborg (2001), The Skeptical Environmentalist: Measuring the Real State of the World, Cambridge University Press. Puede consultarse una excelente aproximacin crtica en El informe Lugano y la ciencia de Fernando Sapia Navarro y Jorge Velasco Gonzlez, Revista de Libros, nm 54, mayo 2002, p.50. Curiosamente, y en sentido contrario a algunas de las crticas vertidas por Lomborg, Jeremy Rifkin (Los albores de la economa del hidrgeno, El Pas, 27.9.2002, p.15) sostena: Los expertos sealaban que nos quedaba petrleo barato y disponible para unos cuarenta aos aproximadamente. Ahora, sin embargo, algunos de los gelogos petrolferos ms importantes del mundo insinan que la produccin mundial de petrleo podra alcanzar su suelo y comenzar un drstico descenso mucho antes, ya a finales de esta dcada, poniendo por las nubes el precio del crudo.

(25) Algunas de ellas, como la matizada defensa de Pablo Rodrguez Palenzuela y Francisco Garca Olmedo, El caso Lomborg, Revista de Libros, 54, pp.3-6, no ahorra crticas. As. No nos parece que el autor haga una crtica seria al informe del IPCC (...); simplemente se sita en los escenarios ms optimistas del informe, y ello por razones harto discutibles. Estando bsicamente de acuerdo con las conclusiones del IPCC, Lomborg emplea un tono crtico que resulta completamente incongruente.

(26) Manuel Sacristn (1987), Pacifismo, ecologa y poltica alternativa, Barcelona, Icaria, p. 10.

(27) John Maddox (1999), Lo que queda por descubrir, Madrid, Debate, pp.348-349.



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