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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-03-2008

Elogio de la honestidad intelectual

Diego Taboada
Rebelin


Como ciudadano del Norte" que, histricamente, se ha autodefinido como "civilizado", en oposicin a cualquier tribu, cultura o geografa que no se dejase amoldar (y esto, tanto a efectos tericos, como a efectos prcticos) a su euro-cntrica visin del mundo, tengo que asumir, no la culpa, sino la responsabilidad y el conocimiento cabal del colonialismo y sus consecuencias en nuestra todava estrecha forma de analizar las problemticas concretas, seculares, del mundo actual-por problemas me refiero aqu a aquellos susceptibles de comprensin sociolgica positiva, no a otros problemas de pelaje ms existencial : si bien creo que tales problemas existen, dudo mucho que sean susceptibles de comprensin meramente positiva-, cuando surgen ms all de los lmites geogrficos de Europa y EE.UU. A mi modo de ver, no menos chauvinista puede ser el sentimiento europesta de las elites polticas de la Europa-fortaleza que el patriotismo norteamericano que tanto criticamos en Europa. Cabra preguntarse, incluso, si tiene sentido separar ambas geografas (me alejar de la peliaguda dialctica de las identidades; por precaucin e higiene intelectual, y por miedo a herir sensibilidades demasiado seguras de las mismas), como si stas tuviesen "formas de ver el mundo" u "formas de actuar" -polticamente hablando- diferentes. A mi juicio, creo, rotundamente, que no, a pesar de que, tanto en los estados unidos como en Europa se puedan localizar no pocas resistencias contra la monocorde teleologa poltica del mercado. No tiene sentido concebir aisladamente a ambas geografas, digo, por el mero hecho de la interdependencia econmica de sus respectivas lites polticas y econmicas y, claro est, por los respectivos intereses recprocos que genera tal interdependencia.

Por otra parte, tampoco tengo la menor duda de que en ambas geografas existi, existe, germina y germinar un fuerte rechazo a la concepcin puramente economicista de concebir la existencia humana -y dentro de la existencia entra tambin la poltica : aquello que Francisco Fernndez Buey concibe como una tica de lo colectivo-; el reconocer, verbalizar y visualizar tales resistencias culturales, polticas e intelectuales al Imperio, dentro del mismo espacio, de la misma geografa en la que produce su hegemona material y cultural -la material, a travs de la imposicin de sus paradigmas economicistas, echando mano de "cosmopolitas" instituciones como el FMI o el BM, entre otros. La cultural a travs de la produccin de verdad virtual, cuando no de la produccin de discursos cosificadores y trivializadores de las voces del "otro-, no debe eximirnos del esfuerzo de localizar y reconocer las ideas fuerza contra las que estas resistencias reaccionan. Hoy creo que ya es un hecho histrico reconocido el que, amn de los mecanismos socio-econmicos y polticos pertinentes que el Norte reproduce en el Sur, tambin se han producido y se producen discursos y narrativas del poder que cosifican las voces y las identidades que, tanto desde el Norte como desde el Sur, ejercen resistencia a estos mecanismos de dominio material y simblico.

Creo que una atenta lectura de los Foucault o Edward Said, por ejemplo, sera pedaggica e ilustrativa para cualquier sensibilidad poltica que se autodenomine "de izquierdas". Libros como "Reflexiones sobre el exilio", de reciente publicacin en nuestras libreras, deberan recomendarse como lectura obligatoria a los integrantes de cierta izquierda que pulula tanto dentro como fuera del espacio poltico-institucional. Una izquierda que insiste todava en analizar los problemas socio-polticos, econmicos y culturales globales con anteojeras Europeas u occidentales.

As pues, si asumo la responsabilidad intelectual de las consecuencias del colonialismo, debo responsabilizarme tambin de las prcticas de la forma poltica que financi tal labor colonizadora y produjo continuos discursos y narrativas contra el "otro" : El estado-nacin. Forma poltica, por cierto, cuyo discurso comunitario, disfrazado de un falso universalismo, cre al mismo tiempo el cemento socio-cultural y legal que precedi a la expansin, a escala local y global, de las formas capitalistas de produccin; formas de produccin que, independientemente de los cambios estructurales que hayan podido sufrir a lo largo de su corta -y contingente- historia, han venido perpetuando siempre la servidumbre material y simblica del Norte con respecto al Sur y del Norte con respecto al Norte-, a la par que tambin han ido produciendo fuertes desigualdades socio-econmicas dentro de la propia geografa en la que operaba y opera, y a la par, tambin, de la fetichizacin, trivializacin y mercantilizacin de toda expresin cultural y artstica local, absorbindola en sus aceleradsimas coordenadas espacio-temporales de produccin convirtindolas en "viejas" u "obsoletas" cuando la funcin instrumental a la que sirven, la produccin de plusvala, deja de ser efectiva.

En palabras de Vicente Verd; este capitalismo no slo produce verdad" a travs de la vertiginosa expansin de las nuevas tecnologas de la des-informacin, sino que tambin mantiene las estructuras materiales y simblicas de dominio que, histricamente, lo han venido caracterizando. Los intentos tericos que se obsesionan con perfilar una diferencia cualitativa esencial entre la sociedad moderna-industrial y la postmoderna o de servicios, independientemente de su contribucin o su xito analtico, seguiran coincidiendo con la persistencia de ese dominio simblico y econmico. Adems, la produccin de verdad", la virtualidad real del capitalismo y su capacidad para convertir la opinin doxa- en ciencia episteme-, e incluso de retroalimentarla ntrelos colectivos, como si tal doxa fuese verdad revelada, no es algo que caracterice slo al "nuevo" capitalismo; siendo francos, la produccin de verdad", los discursos, las narrativas del poder, tienen una estructura y un germen social e institucional verdaderamente complejo y aparentemente- oculto : instituciones polticas, mass media, intelectualidad afn o lo que Marx denomin el "cognitariado", instituciones transnacionales, think thanks globales.. etc, pero no dejan de cumplir la misma funcin que, en la era pre-moderna, cumpla la fusin de lo teolgico y lo poltico. En la era moderna hay tambin un continuo y machacn discurso del miedo, y no slo en su versin moderna, secular, sino tambin en su forma pre-moderna, con la apelacin a la auctoritas divina, tanto desde las instituciones polticas norteamericanas -aunque no de forma histricamente continuada, pues habra que echar un ojo a las diferentes narrativas que se han ido cocinando a lo largo de su corta historia poltica- como desde las instituciones polticas de ese "peligroso oriente" en el que, por cierto, nunca se verbalizan ni se hacen visibles las corrientes que se oponen a la fusin de la teologa islmica con la poltica : como siempre, tomando a la parte por el todo, y desde diversos lados, tanto desde el "oriente" como el "occidente" de la aldea global, se logra, rpidamente, crear un enemigo imaginario que, al igual que el Big Brother Orwelliano, sirve no slo de cohesin social interna, sino tambin de canalizacin, hacia fuera, de las energas crticas : lo que une, hacia dentro, es la aversin, el odio al susodicho enemigo, no el esfuerzo colectivo de construir un proyecto poltico colectivo concreto, ni el esfuerzo crtico compartido por entender los mecanismos de dominio internos, en la propia geografa en la que opera el estado-nacin. Hacia fuera, sin embargo, lo que une es el discurso, la narrativa o la imagen que se ha producido del enemigo, y tambin todos los argumentos, toda la doxa que el entramado poltico-meditico y acadmico produce sobre l. Esto sirve de cemento cognitivo a ese odio comn al "enemigo" que, por cierto, no slo habita en una geografa concreta, sino que tambin puede colarseen la propia geografa en la que el estado-nacin reproduce su hegemona.

Antes aluda a la responsabilidad sobre las consecuencias de las prcticas del colonialismo y del estado-nacin; dije que asuma esa responsabilidad, al menos en el sentido intelectual del trmino -los socilogos o los filsofos no cambian el mundo, lo cambian, para bien o para mal, los polticos que quieren, o no, hacerles caso-. Asumir esta responsabilidad es, tambin, asumir la necesidad de romper con el discurso parcial, hegemnico y maniqueo, venga de donde venga : bien del discurso anti-oriental de cierto occidente, bien del discurso anti-occidental de cierto oriente; esto tiene como consecuencia el admitir los lmites, los errores y los discursos hegemnicos de toda filosofa y ciencia social, de todo conocimiento producido con cualquier resto de autosuficiencia occidental -como no tengo la desfachatez de admitir que conozco al "otro" oriental y sus "peligrosas" motivaciones, y mucho menos toda la diversidad de discursos y corrientes ideolgicas que lo componen, me guardar mucho de hacer de crtico de un otro al que no conozco, prefiriendo remitirme a los discursos y prcticas que s me son familiares-, pero tambin, no prescindir de todo aquello que nos pueda servir para tender puentes de dilogo y reconocimiento, teniendo en cuenta las asimetras y sin paternalismos, aqu y ahora, en el presente, en un presente sin amnesia histrica, pero tambin sin retricas de eterno culpable, traducidas en cierto derecho del colonizado a odiar al colonizador -aunque no sea polticamente correcto admitirlo, si bien ningn odio es legtimo, s puede ser moralmente comprensible, entendindolo en sus circunstancias y siendo conscientes, de una vez por todas, de que existieron y existen verdugos y vctimas, y de que son precisamente los primeros los que se aprovechan muchas veces de la legalidad formal del estado-nacin para mantener una situacin de racismo y discriminacin indiscutible, como respuesta al resentimiento razonable de los que apelan a esa misma legalidad formal para, sencillamente, salir de su condicin real de vctimas-. Me consta que el pueril esquema de las vctimas y los verdugos puede ser maniqueo, como, de hecho puede serlo toda palabra y todo discurso en boca de segn que intereses, circunstancias o actores polticos. El arco semntico de las palabras no puede alejarse de la circunstancia, del residuo histrico y antropolgico de una historia conflictiva, as que hacer hacer una necesaria hermeneutica de la sospecha en las palabras y en las imgenes es, hoy da, profundamente necesario para distanciarse de la constante manipulacin meditica, poltica e instrumental cotidiana que sufren. Una vez s, y otra tambin.

Hoy en da, sino siempre, pensar no puede ser otra cosa que resistir.

Dejando esto de lado; asumir la responsabilidad sobre el colonialismo y el estado-nacin, es asumir las fuertes desigualdades socio-econmicas que, tanto en el Sur como en el Norte, ha ido generando, y por lo tanto, mi forma de estar en el mundo no es, no puede ser, exclusivamente, la de una supuesta identidad gallega; ha de ser, precisamente, la de mi identidad como hombre que piensa el mundo desde Galicia. Porque se est, no slo fsicamente, sino en nuestra constitucin afectiva : las presencias no son slo fsicas, y hoy da, ms que nunca, tenemos medios ms que suficientes para sentir la presencia del "otro" que sufre ms all de los lmites del estado-nacin.

Estoy en el mundo como hombre, mi sentido de la justicia no cambia a pesar de las contingencias que me caracterizan : el ser de clase media-baja, el ser hijo de emigrantes gallegos, el haber nacido en una geografa concreta, !o el mismo haber nacido!, el ser mi piel de color blanca, el ser heterosexual, el ser varn, el haberme educado en una religin concreta, sin yo haberlo decidido, sin haber sido las experiencias las que me hayan brindado una compleja batera de ltimas preguntas y respuestas sobre la existencia. Puede que estas contingencias me condicionen, pero no he elegido ninguna de ellas, as que de ningn modo puedo identificarme ciegamente con ellas.

Soy yo mismo, es mi decisin de sentirme o no sentirme parte de alguna comunidad de sentido, lo que debe identificarme; es m decisin. No puede haber profundo sentido de la libertad y de la justicia, de ningn modo, si a las contingencias que nos hacen, las dotamos de cierto alo de necesidad -en el sentido identitario de la palabra-, si a la contingente pertenencia a una clase u otra, la convertimos en una religin laica, si a la contingencia de habernos educado en la infancia en una religin, la convertimos en causa necesaria para identificarnos a nosotros mismos -qu clase de verdades son aquellas que nos son dadas, y no las que desvelamos o descubrimos en nuestra propia existencia?-, si a la contingencia de haber nacido en una geografa, la convertimos en amor patrio, si al color de mi piel lo convierto en fetiche identitario.. o si hago lo mismo con mi inclinacin sexual

El orgullo de clase, en un hombre, es instrumental a su necesidad de llamar la atencin por la injusticia que sufre : a la contingencia de haber nacido en tal clase, le suma la necesidad de clamar por un mundo que no "es" como "debera ser", y a la contingencia de "ser" de clase baja, paria, le exige al mundo la necesidad de reparar una condicin que l no ha escogido. El amor patrio, en un hombre, es instrumental a su necesidad de llamar la atencin, o bien por la injusticia y las duras condiciones de existencia en la geografa que construye, habita y comparte con otros hombres, o bien tambin, en ausencia o miedo de reconocer tal situacin, una vlvula de escape para sentirse orgulloso de algo, en ausencia de reconocer tal injusticia : ante la contingencia de haber nacido en una geografa deprimida, en donde las condiciones de vida son duras o insoportables, se le exige al mundo la necesidad de reparar una condicin que, ninguno de los hombres que la habitan, han escogido. El amor patrio que ignora esta injusticia, sobra decirlo, es ya de por s potencialmente chauvinista y absurdo.

El orgullo de vincularse a o practicar cierta religin, sencillamente, es tambin absurdo de por s; a la contingencia de haber sido educado en determinada confesin en la infancia se le suma la necesidad de perpetuarla acrticamente, o de sentirse orgulloso de verdades que nos han sido dadas y no han sido conquistadas. Verdades que no hemos buscado, ni mucho menos, puesto en duda. Lo absurdo es ya de por s el propio sustantivo : orgullo. Orgullo?, orgullo para referirse a esas verdades que, al contrario que la autosuficiente y masturbatoria exhibicin pblica, requieren no poca honestidad y tacto al ser expuestas?. A mi modo de ver, si hay algo que es totalmente contrario a cualquier persona con "sentimientos religiosos" es precisamente la necesidad de exhibir el susodicho orgullo de serde determinada confesin religiosa.

Se habla siempre como hombre, independientemente de los determinantes espacio-temporales -que existen, pero que no determinan de modo absoluto-; esto es, histricos, culturales, econmicos y geogrficos; si la creciente y desbordante pasin que sentimos por la diferencia puede tener su justificacin terica e histrica, teniendo en cuenta todas las injusticias y cosificaciones del otro que se han practicado en nombre de cierta "universalidad" liberal e ilustrada, en nombre de cierta "universalidad" marxista, o en nombre de cierta "universalidad cristiana. Si a toda esta pasin, digo, no le oponemos una universalidad que no tenga ms categoras que el anhelo poltico de justicia y dignidad globales, en tanto que hombres que construyen y que habitan, fsica y espiritualmente, este mundo; si no oponemos a esta pasin, digo, un contra-sentido comn global. No conseguiremos nada.

La diferencia, al fin y al cabo -de clase, gnero, racial, regional-, cuando sufre una injusticia, en el fondo no reclama sino la recuperacin de una autntica "universalidad" y la exigencia tico-poltica de trascender el "ser" socio-histrico en el que se niega su otredad. Una exigencia tico-poltica anclada en el anhelo de otra vida sin necesidad de remitirse a instancias trascendentes : es la reclamacin de un "deber ser" de la existencia humana, que reacciona contra el "ser", contingente, de la condicin que se sufre.

Es, sencillamente, la exigencia de Justicia.



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