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Aumentar tamaño del texto Disminuir tamaño del texto Partir el texto en columnas Ver como pdf 30-03-2008

Aunque algunos meten pa
Quiere primar la cordura

Ezequiel Meler
Rebelin


 

La jornada del jueves estaba destinada a ser decisiva en la cadena de eventos que se desat desde el inicio mismo del lock out patronal del campo. En primer lugar, porque se cumplan quince das de la medida. En segundo lugar, porque los hechos ocurridos cuarenta y ocho horas antes, en especial en la Ciudad de Buenos Aires, demostraban a las claras que algunos estaban, para as decirlo, llevando harina para su molino. La naturaleza poltica del evento haba quedado a la vista, para bien o para mal. El intento de condicionar a un gobierno electo haba sido repudiado por sindicalistas, industriales y dirigentes oficialistas de todo el pas. Finalmente, porque el peronismo todo o, casi- se congreg en Parque Norte, y haba expectativa por lo que pudiese decir la presidenta de todos los argentinos, designada nica oradora del acto.

Tanta expectativa haba, que algunos se adelantaron a la cita. El primero, el ex presidente Eduardo Duhalde. Tras una serie de declaraciones inconexas, inconsistentes con su propia accin de gobierno, Duhalde trat de mostrarse como un defensor de los cortes de rutas y del campo en general. Luego de sus declaraciones, como es costumbre, lleg su operacin. Coordinados por Miguel ngel Toma y Juan Jos lvarez, dos miembros de su entorno de larga trayectoria en la SIDE, algunos grupos cercanos al duhaldismo residual del conurbano trataron, en la jornada de ayer, de acompaar el boom cacerolero de Recoleta como corresponde. En una muestra ms de su desprecio por la vida humana, estos grupos mafiosos armaron, en exacta rplica de los eventos de 2001, una oleada de rumores respecto a la inminencia de saqueos generalizados, que culminaron de hecho en el sitio a un local de la cadena Wall Mart por bandas de desocupados.

Segn pasaban las horas, el rumor cobraba fuerza: la polica no los puede parar, decan los comerciantes, arma en mano, todava bajo los efectos de la traumtica experiencia de seis aos atrs. En Lomas de Zamora, La Matanza y el sur de la Capital, la gente, acicateada por la cobertura meditica de Amrica y Canal Nueve ambos canales, propiedad del empresario Francisco de Narvez, muy cercano al peronismo disidente y ex candidato a gobernador por el derechista PRO- se preparaba para lo peor. El gobernador Scioli, alertado de esta maniobra, moviliz a todas las fuerzas de seguridad. Lo mismo hizo el Ministerio del Interior. En pocos minutos, haba una camioneta de la polica, federal o bonaerense, en casi cada esquina. Y, aunque finalmente nada sucedi, para las seis de la tarde todos los comercios estaban cerrando, con sus dueos, armados, adentro.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Cristina Fernndez haba comenzado su discurso. Defendiendo su gestin. Defendiendo las instituciones. Convocando al dilogo, pero condicionando su posibilidad al cese de los piquetes. En un tono por momentos didctico, por momentos emotivo, Cristina seal que no poda negociar con una pistola en la cabeza. Cuando termin su exposicin, dos de las cuatro entidades agrarias, Sociedad Rural Argentina y CONINAGRO, que haban anunciado horas antes su voluntad de negociar, consideraron positiva la medida, y razonable el pedido. Las otras dos, Federacin Agraria Argentina y Confederaciones Rurales Argentinas, convocaron a asambleas en todo el pas para decidir el curso a seguir. Por el tono general de sus dirigentes, puede esperarse una tregua de 48 horas que habilite al dilogo.

Hasta aqu, las noticias eran, digamos, relativamente buenas. Despus, se podr discutir el equilibrio entre poltica de cmaras hacia la gente- y de antecmaras esto es, las negociaciones y mediaciones que todos negaban conducir, pero que evidentemente hicieron-. Pero entonces, sin alterar mucho el resultado, lleg el dato de color pardo, claro est-. Nuevamente se batieron cacerolas en los barrios ms pudientes de la Capital. Los opositores citadinos, esta vez, ya no salan a apoyar a un campo que aceptaba negociar con el gobierno, en aras de aguas ms calmas. Salan, ms que nada, a rechazar, por ensima ocasin, el veredicto de las urnas. Esta vez, como para que quedara todava ms claro el componente antiperonista, visceral y racista de la movilizacin, a los coquetos carteles de Estoy con el campo, los batidores de una batalla inexistente agregaron otros ms explcitos. Videla volv, pude leer en uno de ellos. Es una pena, pero no sorprende, que el trotskista Partido Obrero (PO), se colgara en medio de esa turba maligna, pidiendo por la reforma agraria, cuando sus colegas de manifestacin, poco interesados en la calidad de la compaa, estaban pidiendo en realidad el fin de las retenciones al agro. Para variar, la izquierda tradicional argentina mostr, una vez ms y con toda claridad, no slo su carcter funcional a la oligarqua ms reaccionaria, o su nulo compromiso democrtico, sino que, en el fondo, no entiende nada.

Volvamos a la dinmica de la (bizarra) protesta urbana. Bastaba escuchar las declaraciones de los vecinos autoconvocados para comprender, no slo que lo que menos les importaba era el campo, sino que se trataba, ni ms ni menos, de un rechazo a la poltica de derechos humanos del gobierno. Carri, Macri y Pando eran los escasos referentes que mencionaban. Movilizados a la vez como antiperonistas y como defensores de los genocidas, haban mostrado, con una transparencia pocas veces vista, lo poco que vale el discurso republicano, la defensa de las instituciones o cualquiera de las consignas de las frmulas polticas que votaron, en la prctica concreta de sus creencias.

En suma, el gobierno parece haber encauzado el camino de la negociacin con el sector agropecuario, sorteando las horas que sigan sern decisivas en este sentido- la neta intencionalidad golpista de sus interlocutores. Pero lo que ha aflorado en estos das de piquetes y cacerolas es muy distinto del paisaje conocido. La polarizacin poltica que describ no fue causada por la protesta agropecuaria: al contrario, la protesta misma puede verse como un resultado de la polarizacin. En su mtodo violento, en los piquetes por tiempo indefinido, en el intento parcialmente exitoso- de desabastecer a las ciudades, aparecen los signos de un malestar que no explica la economa. Este no ha sido un conflicto ms. La derecha ha mostrado como nunca su virulencia, su capacidad de convocatoria, su estado de movilizacin, etc. Han expresado con claridad imborrable su rechazo a la modernizacin, su repudio a la poltica social, al ejercicio de una justicia para todos, a los ideales democrticos. La Repblica, ha quedado en claro, es su refugio discursivo: las instituciones no pueden interesarles menos.

Ahora sabemos, sin lugar a dudas, que vivimos en un pas dividido como pocas veces, desbordante de violencia contenida, repleto de odio sectario. Los cambios que sigan sern resultado de la sabidura del gobierno a la hora de evaluar el terreno, de encontrar aliados, de reconstruir un campo progresista que vaya mucho ms all del peronismo, venciendo los prejuicios, para seguir viviendo en democracia. Para que no nos gane la violencia.

 

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