Según el periódico, "bajo la presión de los comandantes militares
para registrar muertes en combate, en los últimos años, el Ejército
ha asesinado cada vez más a campesinos inocentes haciéndolos pasar
por guerrilleros".
"Hay diferentes registros sobre el número de ejecuciones
extrajudiciales, como son llamadas las muertes de civiles. Pero un
informe de una coalición de 187 grupos de Derechos Humanos dijo que
955 civiles murieron entre 2002 y 2007 y fueron clasificados como
guerrilleros caídos en combate, un 60 por ciento más que hace cinco
años en los que sólo hubo 577 muertos por las tropas", publicó el
diario.
"Los asesinatos, perpetrados por unidades bajo las órdenes de
comandantes regionales, siempre han sido un problema en el oscuro
conflicto que ya cumple 44 años", agrega el Washington Post. Pero,
añade, con la reciente desmovilización de miles de combatientes
paramilitares, muchos de los cuales operaban en escuadrones de la
muerte para eliminar rebeldes, los asesinatos de civiles a manos del
Ejército han crecido enormemente desde 2004.
Al parecer, esta táctica habría desencadenado un feroz debate
dentro del Ministerio de Defensa colombiano, entre el lado más
tradicional, que aboga por el desarrollo de una agresiva campaña que
se centre en el número de cuerpos, y entre los reformistas, que
proponen que el Ejército desarrolle otros criterios para medir el
éxito en el campo de batalla, según afirma el artículo.
En Colombia los llaman “falsos positivos”. Así entendidos, parecen una
simple estadística. Pero cuando se les pone nombre y apellido adquieren
dimensión de tragedia, según informa Federico Rivas Molina en el periódico Crítica Argentina. Como la del vendedor ambulante Israel Rodríguez,
que el mes pasado salió a pescar y nunca volvió. Finalmente, su familia
encontró el cuerpo envuelto en una bolsa de plástico y enterrado: el
ejército colombiano lo había clasificado como guerrillero de las FARC
muerto en combate. El caso fue revelado por el diario norteamericano
Los Angeles Times. Los organismos de derechos humanos de Colombia lo
integraron en el fenómeno de los “falsos positivos”. Las Fuerzas
Armadas asesinan civiles, normalmente campesinos o jóvenes, y los
identifican ante el gobierno como guerrilleros. La práctica es el
resultado de la intensa presión por parte de Estados Unidos, principal
financista de la guerra contra las FARC, para que Colombia muestre
progresos. Cuando más muertos, más seguro el flujo de dinero que baja
desde el norte.
La
hermana de Rodríguez, Adelaida, dijo a Los Angeles Times que su hermano
había servido tres años en el ejército y no era guerrillero ni
simpatizaba con la guerrilla. “Nunca le hizo ningún problema a nadie”,
dijo, agregando que creía que el ejército mató a su hermano para “ganar
puntos”. El Observatorio de Derechos Humanos colombiano elaboró a fines
de 2007 un informe basado en testimonios y documentos que estableció en
955 los casos de personas asesinadas en operativos extrajudiciales
desde 2002, cuando asumió el gobierno de Álvaro Uribe. Colombia mereció
por estas prácticas una reprimenda del Alto Comisionado de la ONU para
los Derechos Humanos. En su informe del año pasado, recomendó a Uribe
“revisar los parámetros aplicados para medir los resultados
operacionales de los cuerpos militares y policiales para erradicar las
ejecuciones extrajudiciales”. En otras palabras, lo que la ONU pidió al
gobierno fue que la campaña contra las FARC y el ELN se mida en
términos de desmovilizados y capturados, y no sólo de muertos.
El
gobierno recibió los informes sin demasiado interés, escudado en el
argumento de que la guerrilla ha asumido la nueva estrategia de decir
que cualquier muerto es un falso positivo. Sin embargo, tuvo que ceder
por puro pragmatismo. Ante la insistencia de los demócratas
norteamericanos en vincular los excesos del ejército colombiano con el
bloqueo parlamentario del Tratado de Libre Comercio firmado por Uribe y
Bush, Bogotá asumió algunos paliativos. Ordenó la transferencia de
todas la denuncias de los tribunales militares a los civiles y una
campaña interna de adoctrinamiento en derechos humanos.
Sin
embargo, organismos no gubernamentales denunciaron que los casos de
“falsos positivos” no han disminuido. “Sucede que no nacieron con
Uribe”, dijo a Crítica de la Argentina Iván Cepeda, presidente del
Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice). “Hay una cultura
de ejecuciones extrajudiciales, ya sea para cobrar recompensas o para
mostrar resultados. Son prácticas de carácter sistemático. Lo que ha
sucedido ahora es que con la política de Seguridad Democrática
impulsada por Uribe los falsos positivos se han incrementado
peligrosamente”, denunció Cepeda.
El clima se enrarece aún más
cuando entran en juego las recompensas que ofrece el Estado a
informantes que permitan detener guerrilleros. “Tienen así un incentivo
para denunciar a gente acusándola de ser rebeldes debido a que cobran
independientemente de si la información es correcta”, dijo el abogado
Ramiro Orjuela, representante de víctimas de “falsos positivos”. El
senador Gustavo Petro, del opositor Polo Democrático, aseguró que en
los dos últimos años “se han presentado más de cinco mil detenciones
arbitrarias por pago de informantes y han sido asesinadas alrededor de
200 personas”. La operación es simple: falsos testigos arreglados con
el ejército cobran por identificar a falsos guerrilleros que son
ejecutados en falsos enfrentamientos. La recompensa se reparte entre
todos. Mentiras de una guerra muy verdadera.