Vivimos en sociedad. Nos desarrollamos cómo personas en el seno de una
comunidad social. Ambas afirmaciones pueden semejar obviedades gratuitas, mas
es crucial tener estas referencias claras para abordar con coherencia la cuestión
impositiva.
Otra de las claves que debemos tener presente es que la economía se sustenta en
el principio de que las necesidades son infinitas, mientras que los recursos
necesarios para darle respuesta son limitados. La economía en su definición
clásica es la ciencia encargada de optimizar el uso de los recursos para cubrir
el máximo número de necesidades, bajo el parámetro de eficiencia.
Recientemente veía la luz un artículo del Presidente de los EEUU, George W.
Bush, en el que defendía lo que denomina como reembolsos tributarios, que no
son otra cosa que la devolución de una parte de los impuestos cobrados a la
ciudadanía norteamericana, con el objetivo teórico de intentar ayudar a
mantener el tipo a las familias que sufrieron el varapalo de la crisis de las
hipotecas "baratas".
Esa medida, la del reembolso tributario, fue la que sirvió de inspiración a la devolución de 400€ del IRPF prometida por Zapatero en la pasada campaña electoral.
Al margen del disparate en términos socioeconómicos que representan ambas
medidas, lo realmente peligroso es el núcleo del discurso que las justifica y
sustenta.
La derecha ha ganado la batalla comunicativa en relación a los impuestos. Los
conservadores consiguieron que se instale socialmente la idea de que los
impuestos son algo negativo: un exceso perverso de un estado que nos niega la
libertad obligándonos a pagar.
Pero ¿qué son en términos sociales los impuestos? Son nuestra cuota por formar
parte de un colectivo, de una comunidad. Cuando nos asociamos a un centro
cultural, o a un club deportivo, adquirimos una serie de derechos (disfrute de
las instalaciones, participación en actividades, recepción de publicaciones…) a
cambio de una aportación económica en forma de cuota.
Pues bien, los impuestos son nuestra cuota social, con la que hacemos nuestra
aportación para sufragar los servicios e infraestructuras de las que nos
beneficiamos todas y todos (hospitales, enseñanza pública, seguridad pública,
carreteras, instalaciones culturales…).
La devolución de impuestos supone un triple error. Primero, supone que el
estado reconozca que cobró de más, poniendo en jaque la credibilidad del propio
sistema tributario. Segundo, pone en tela de juicio la proporcionalidad que
debe caracterizar el sistema impositivo, ya que la devolución aún teniendo un
impacto diferente en los distintos niveles de renta, incluye también a las
personas con las rentas más elevadas.
En tercer y último lugar a devolución de impuestos supone declarar el fracaso
del estado del bienestar.
Desde el anuncio de Zapatero, conversé con muchas personas, muy diferentes
entre si, pero que coincidían en una idea formulada cómo pregunta: ¿el gobierno
central no tiene nada mejor a lo que destinar ese dinero?
Para que una administración devuelva recursos, que decíamos al principio son
limitados en relación a las necesidades, la situación tendría que ser utópica,
en el sentido de haber cubierto completamente todas las necesidades. Hecho que
no se corresponde ni de lejos con la realidad.
Cualquier persona podría indicar un destino mejor para esa importante cantidad
de recursos que se quieren reintegrar: aumentar la financiación de la sanidad para
poner fin a las vergonzosas listas de espera, sufragar la puesta en marcha de
más política social, mejorar la enseñanza, aumentar la dotación económica de la
justicia (que tanto está dando que hablar últimamente), establecer un subsidio
social básico que erradique las bolsas de pobreza, el pago de la deuda
histórica con Galiza y un larguísimo etcétera con el que podríamos escribir la
lista de tareas pendientes, de necesidades no cubiertas.
Hay un cuarto elemento que agrava el citado triple error, que es el origen de ese
dinero que ahora se quiere devolver: el superávit en las cuentas públicas. El
hecho de que las administraciones públicas no se endeuden por encima de unos
niveles aceptables, es algo positivo porque genera dinamismo económico y además
refuerza la solvencia del estado.
Una cosa es no endeudarse y otra gastar menos de lo que se puede, por eso es
muy preocupante que un gobierno haga gala del superávit en las cuentas
públicas.
¿De donde proviene ese superávit? ¿Cómo puede haber un exceso de ingresos sobre
los gastos en las cuentas públicas? Básicamente, hay dos caminos: que se
ingrese más de lo previsto, o que se gaste menos de lo presupuestado; o una
conjunción de ambas. En caso de que se ingrese más, evidencia un error en la
previsión. En caso de que se gaste menos demuestra incapacidad en la gestión ya
que habrá actuaciones que siendo necesarias no se lleven a término.
Hay un argumento definitivo para rechazar los reembolsos tributarios de Bush o
las devoluciones impositivas de Zapatero: ese reintegro sólo puedo gastarlo en
la compra de bienes de consumo, no puedo destinarlo a colaborar en la
construcción de hospitales, en la ampliación de las becas, en la apuesta por
las energías renovables, en la cooperación internacional, en las políticas de
igualdad…
No quiero que me devuelvan mi cuota social, porque formo parte de esta
comunidad y porque los impuestos que pago son mi aportación solidaria a la
mejora de las condiciones sociales.